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Capítulo 29 #2

El pequeño también tiene los ojos brillantes, pero no por la misma razón que yo. Se lo ve tan apenado y compungido que el nudo del estómago se me disuelve un poco y el dolor pasa a un segundo plano.

Estiro la mano tanteando hasta que encuentro la suya.

Espero que sea la suya.

—Lo sé, no te preocupes. —Le doy un ligero apretón forzándome en sonreír a pesar del dolor. Luego me acuerdo de que el trapo oculta mi sonrisa y vuelvo a ponerme seria.

Mejor. Hay que ver cómo duele.

—Además, no estoy sangrando. ¿Verdad? —Tengo que asegurarme porque, en serio, siento como si una aguja ardiendo me atravesara la nariz de lado a lado.

El niño niega con la cabeza y lo oigo sorberse los mocos.

—No hay sangre. Aunque tu nariz parece un globo.

Nerea suelta una risa baja, tan breve que casi pasa desapercibida, porque cuando vuelvo a mirarla tiene la vista fija en su hijo, al que está fulminando con la mirada. Javier también se ríe y desliza la mano de mi mejilla a mi frente.

Y yo…, yo le sonrío al niño, también a la madre, mientras siento que me muero un poco por dentro.

Por el dolor, obviamente, y porque Javier me está acariciando delante de su exmujer y de su hijo.

Y aunque pueda parecer un gesto de lo más inocente, pues él es médico y me está observando, para mí…

Para mí, lo es todo. Y el nudo que había desaparecido vuelve con una fuerza brutal.

—Estoy bien. ¿Lo ves? —digo como puedo, porque de repente me cuesta hablar.

Me incorporo despacio —no soy idiota, sé que si lo hago muy brusco me marearé— y muevo la cabeza de forma disimulada y casi imperceptible solo para hacer que Javier deje de tocarme.

Y lo hace. Y el trapo desaparece de mi cara y su otra mano de mi frente.

Y mi piel se vuelve fría. Y echo de menos su contacto.

Y escucho su suspiro. Y puedo percibir en él su frustración.

Y mi sonrisa se vuelve más amplia. Y le ruego a mis glóbulos oculares que no se les ocurra llorar ahora, que aguanten el dolor un poco.

Y al nudo le pido que deje de crecer, porque al final me hará vomitar.

—Raquel, con cuidado —me pide Nerea acercándose a mí.

—No deberías incorporarte tan rápido —me ordena a su vez Javier en un tono un poco menos dulce que el de Nerea. Como si estuviera molesto por algo.

—Estoy bien —les digo a los dos.

—Deberías quedarte un rato más aquí sentada —añade Javier. Sacudo la cabeza.

—Tengo que trabajar. Felipe me está esperando.

—Yo hablaré con Felipe —masculla tajante. En un tono de voz que no admite discusión.

Alzo la cabeza. Vale, sí, Javier parece molesto.

—No hace falta —respondo rápido—. Puedo hacerlo yo.

—Raquel —insiste bajando un poco la voz—. Te acaban de dar un pelotazo en la cara.

—Gracias por el diagnóstico, doctor. No me había dado cuenta.

Sus labios se tensan. La mandíbula también.

—No es broma —espeta más cortante.

—Tampoco lo mío.

Nos sostenemos la mirada un segundo más de la cuenta. Uno de esos segundos que dicen demasiado. Hasta que termino de ponerme en pie y doy un paso al frente. Su mano acaba en mi brazo en lo que tardo en poner la planta del pie en el suelo.

—Solo digo que te quedes aquí cinco minutos —añade serio, aunque un poco más suave—. No te va a pasar nada por parar un momento.

—A Felipe sí le va a pasar algo si no aparezco.

—Pues que espere.

—No puede.

—Claro que puede. ¿Qué tiene, tres años?

—Es mi jefe. —Estoy empezando a impacientarme—. Hay cosas que no se hacen solas.

—¿Y tienes que hacerlas tú todas?

—Bueno, resulta que yo he montado esta feria. Puede que de las cosas relacionadas con ella sí tenga que ocuparme.

Su mirada se endurece. La mía también. Lo veo tensarse. Aprieta los puños cuando cruza los brazos por delante del pecho. Todo lo de nuestro alrededor ha desaparecido porque estamos en nuestra propia encrucijada. Uno de los dos ha de claudicar, y es él. Resopla y sacude la cabeza.

—Eres una cabezota, ¿lo sabes?

Me encojo de hombros.

—Es parte de mi encanto. —Mi comentario no le ha hecho ninguna gracia.

A mí también hay muchas cosas que no me hacen gracia.

«Y solo tú tienes la culpa». No es hora de que la conciencia haga acto de presencia. No es bienvenida.

Doy un paso atrás. Necesito espacio. Porque, si no…, no sé si lo abofetearía o lo besaría. Que esté preocupado por mí es lo que me pierde.

—Estoy bien, Javier —añado en un tono tranquilo—. Te lo prometo.

No se fía de mí, pero sabe que no le queda otra. Lo que ha dicho es verdad; soy una cabezota.

Suspira, se pasa una mano por la cara y asiente.

—De acuerdo. Pero cualquier cosa…

—Iré a buscar a Mateo o a Aitana y les pediré que me lleven al médico —termino de decir por él, porque sé que estaba a punto de decir «me llamas enseguida».

Y eso no puedo hacerlo. No ahora.

Aparto la vista de Javier y me centro en Joan y Nerea, que siguen plantados en el mismo sitio. El primero con la preocupación aún reflejada en la cara, y la segunda… Prefiero no analizar la mirada de Nerea. Tengo bastante con analizar la mía.

—Disfrutad de la fiesta —digo a modo de despedida, y me marcho de allí cagando hostias tras recoger el móvil, que seguía olvidado en el suelo. Los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas, y sé que esta vez nada tienen que ver con el balonazo.