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Capítulo 29

Raquel

E ste hombre ni siquiera jadea. Ni suda. Ni parece humano.

Carga cajas como si no pesaran nada. Y pesan.

Yo casi me dejo los riñones en la última que he cargado. Última, única y primera caja que he cargado.

—Oye, ¿seguro que te parece bien quedarte aquí para terminar de cargar todo eso? —pregunto señalando la pila que hay a nuestra espalda.

Tras dejar la caja en la parte de atrás de la furgoneta, Leo levanta la cabeza, se sacude las manos en el pantalón y asiente.

—¿Tengo posibilidad de decir que no?

Me doy golpecitos en los labios con el dedo índice.

—Creo que no. —Se ríe.

—Entonces sí, me parece bien. Puedes irte sin problemas.

Sonrío de oreja a oreja.

—Gracias, eres el mejor. Si sigues así, seguro que entras en la lista de los que le caen bien a nuestra chica.

No me pasa desapercibida la pequeña chispa juguetona que baña sus ojos negros.

Tiene los ojos más oscuros que he visto en mi vida. Son espectaculares. Tengo que comentarlos con Aitana.

En realidad, tengo que comentar varias cosas con Aitana.

Cuando los vi hablando el otro día en el pub , no me pareció tan alto. Ni tan guapo. Ni tan sexi.

Y también tenemos que hablar de que los he pillado a punto de ponerse a hacer manitas en mitad de la feria del pueblo. Porque, vamos, mi amiga presume de mujer recatada y púdica, pero lo miraba como se mira a alguien al que estás a dos segundos de quitarle la ropa.

Y él no se quedaba atrás.

—Pues será mejor que siga con las cajas —masculla yendo hacia la pila—, me da a mí que en esa lista no entra cualquiera.

—Ya te digo yo que no —afirmo. Voy a decirle algo más cuando el móvil vibra con un mensaje.

Felipe. Qué horror de hombre. Me tiene amargada.

Que revise si el altavoz funciona bien —lo he revisado diez veces, pero no parecen ser suficientes—; que le lleve más cinta adhesiva porque los carteles se despegan.

Que le cubra en el puesto del ayuntamiento un momento para poder ir al baño —cuando acabemos, le voy a recomendar que vaya al médico a mirarse la próstata, porque nadie que esté sano mea tantas veces seguidas en media hora—; que si el generador de uno de los puestos parece que falla; que si Protección Civil quiere no sé qué plano, cuando ya los tienen todos por duplicado, pero él ni siquiera lo sabe…

Si sobrevivo al día de hoy, solicitaré por escrito que me hagan un altar en la plaza del pueblo. Me lo merezco.

Leo el mensaje de Felipe; el cartel principal del evento se ha caído y hay que recolocarlo antes de que empiece el acto importante.

Recolocarlo es levantarlo del suelo y ponerlo recto, pero parece que ni eso sabe hacer.

Suspiro y miro a Leo por última vez.

—Me voy. Me reclaman. ¿Te aclaras?

Sonríe haciendo aparecer un hoyuelo en su mejilla izquierda de lo más sexi.

—Me aclaro. —Me despido con la mano y me giro, pero me vuelvo a dar la vuelta porque se me ha ocurrido una cosa.

—¿Te importa si te hago una foto cargando una de esas cajas? Es para ponerla de foto de perfil en el grupo que tengo con Aitana y Mateo. —Leo echa la cabeza hacia atrás soltando una carcajada.

Si no fuera porque estoy pilladísima por el ex de la hermana de mi mejor amiga, juro que esa risa haría que me temblasen las piernas.

—Algo me dice que da igual que dijera que no. Me harías la foto de todas formas.

—Puede ser. Pero, si me das tu permiso, sale nítida. Si me dices que no, te la tengo que hacer de extranjis y saldría borrosa.

—Y no podemos permitir eso.

—Sería desaprovechar material de primera.

Leo camina hacia la pila de cajas, coge una y se la carga al hombro. Repito, la alza como si no pesara nada. Como si en vez de cajas llenas de botellas llevara plumas.

—¿En esta pose bien? —pregunta.

Vale, puede que esté pilladísima por Javier, pero no estoy ciega. Trago saliva.

—Así es perfecto.

Hago la foto, levanto el pulgar en señal de conformidad cuando he terminado y, ahora sí, me marcho.

Camino con la vista fija en la pantalla del teléfono. Abro el grupo que tenemos Aitana, Mateo y yo y cambio la foto de perfil de los tres sonriendo en el jardín del hotel abrazados y con el pelo hecho un desastre por el viento por la de Leo.

El primer mensaje no tarda en llegar.

Aitana:

Borra eso.

Aitana:

YA.

Raquel:

¿Cómo la voy a borrar? ¿Tú has visto cómo se le marca el músculo bajo la camiseta? ¿Has visto alguna vez un bíceps así? ¿Y un abdomen así de plano?

Mateo:

¿De quién es el abdomen? ¿Por qué no lo habíamos visto antes?

Raquel:

Del nuevo ligue de Aitana.

Aitana:

¡No es mi ligue!

Mateo:

Mira la mosquita muerta.

Mateo:

Le doy un aprobado alto.

Raquel:

Me está ayudando a cargar las cajas de las bebidas en la furgoneta.

Raquel:

Sin quejarse.

Mateo:

¿Aunque lo hayas dejado solo tras engañarlo para que lo hiciera?

Otra, en mi situación, se sentiría ofendida por las palabras de mi amigo. Yo asiento porque eso es justo lo que ha pasado.

Raquel:

Según palabras textuales, me ayuda para entrar en la lista de las personas que le caen bien a nuestra chica.

Mateo:

Ha subido a categoría de matrícula de honor.

Aitana:

¡No hay un nuestra chica!

Aitana:

Y, repito, no es mi ligue.

Raquel:

Aitana, cielo, un poco más y te lo tiras en medio de la plaza.

Voy tan distraída viendo el móvil que no veo la pelota hasta que esta impacta contra mi cara. Más concretamente, contra mi nariz.

—¡¡Oh!! ¡¡Joder!! —El móvil sale volando. Me cubro la nariz con las manos. Creo que estoy sangrando.

—¡¡Joan!! —escucho a alguien gritar a lo lejos, pero yo estoy demasiado ocupada notando un latigazo agudo que me sube desde la nariz hasta la frente y me hace ver estrellitas de colores.

—Lo siento, Raquel. ¡Lo siento mucho! —Alguien dice mi nombre. También noto cómo me cogen del brazo, cómo me empujan con suavidad hasta una silla y cómo me ayudan a sentarme en ella.

—Joan, te he dicho que había mucha gente, que aquí no chutases el balón.

—Lo siento, mamá, ha sido sin querer.

—Que alguien traiga hielo.

—¿Está sangrando?

—Creo que está mareada.

—Joan. Puedes, sin querer, echarle sal al vaso de leche, no chutar un balón. Hablaremos luego.

—Vaaaale… ¿Le he roto la nariz?

¿Están hablando de mi nariz? ¿Me la han roto?

Solo oigo voces a mi alrededor y noto movimiento, pero no consigo ver nada. Bueno, sí, estrellitas blancas, rosas y amarillas. Y me lagrimean los ojos una barbaridad.

—Joan, aparta. Nerea, trae hielo. —Esa voz…

Reconozco esa voz.

Intento abrir los ojos, pero es casi una misión imposible. Un puñado de lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas, pero tengo que ver al dueño de esa voz.

—Déjame verte —me pide mientras yo continúo en mi intento de abrir los ojos. Siento sus manos sobre las mías. Soy capaz de reconocerlas con los ojos cerrados.

Parpadeo haciendo que más lágrimas se deslicen por las mejillas, pero consigo abrir los ojos y verlo. También a sus labios fruncidos, su ceño preocupado y sus ojos fijos en mí.

—Javier… —balbuceo.

Sé que hay más gente a nuestro alrededor, pues los escucho a todos hablar y hacer preguntas. Cualquiera diría que me acabo de convertir en la nueva atracción de la feria. Pero yo solo tengo ojos para él.

Javier me coloca un dedo bajo la barbilla y me alza la cabeza. Me palpita la nariz.

—¿Estoy sangrando? —pregunto con miedo. Juro que siento que mi nariz se ha convertido en una bola de fuego que me arde en mitad de la cara.

Javier niega con la cabeza, o eso creo, porque sigo sin poder ver bien.

—No —contesta—, pero la tienes inflamada y va camino de convertirse en un buen moratón.

No me hace gracia, pero aun así me río. Probablemente, por culpa de los nervios mezclados con la vergüenza. Al hacerlo, siento un latigazo que me obliga a arrugar la nariz, lo que hace que el latigazo se intensifique por mil.

—No me hagas reír —pido.

—No sabía que decir «la tienes inflamada y va camino de convertirse en un buen moratón» fuese tan gracioso.

Vuelvo a reírme, vuelvo a arrugar la nariz y, por supuesto, vuelvo a hacerme daño.

—Para.

Me acaricia la mejilla con los nudillos. Tardo unos segundos en darme cuenta de que me está secando las lágrimas.

—Perdona, no quería…

—Javier, aquí tienes el hielo —dice Nerea interrumpiéndolo. La voz de la hermana de Aitana es como otro balonazo, solo que este no es en la nariz, sino en el centro del pecho.

Javier se vuelve y coge lo que su ex le pasa, que no es otra cosa que un paño. Mientras Javier coloca el paño sobre mi nariz con delicadeza, Nerea pasa a ocupar todo mi campo de visión.

La conozco de toda la vida. Aunque su hermana y yo seamos mejores amigas desde casi antes de nacer, nosotras no lo somos.

Ni mejores ni amigas a secas, en realidad.

Nos toleramos y nos saludamos con cariño y amabilidad cuando coincidimos.

No es como con Diego, por ejemplo, que no termina de formar parte de nuestro trío por su no historia con Mateo, pero sería una de las personas a las que no dudaría en llamar si estoy en mi lecho de muerte y tuviera que despedirme de la gente que quiero.

Lo de Nerea y yo es… cordial. Amable. Por eso, cuando me sonríe un tanto compungida —puedo contar con los dedos de una mano las veces en las que Nerea Casamayor ha sonreído, y me sobrarían dedos— siento un puñetazo directo en el estómago.

Un puñetazo que hace juego con el latigazo en el pecho.

—¿Cómo te encuentras, Raquel? —Aunque su pregunta es suave, me pesa como una losa.

—Como si acabaran de usar mi cara como portería. —Javier, a mi lado, se ríe.

Con una mano sostiene el trapo sobre mi nariz y con la otra me acaricia la mejilla. Debería decirle que la apartara, pero no lo hago. Es lo que pasa siempre que Javier me toca: me gusta tanto que la alternativa, que es que no lo haga, me parece una auténtica mierda.

—Lo siento muchísimo, Raquel. —Joan aparece al lado de su madre. Lleva el balón de la discordia en las manos. Si no fuera por el brillo de las lágrimas y el paño, que me tapa la visión, seguro que podría ver la silueta de mi nariz en él—. No quería darte. Lo juro.