Bandeja de entrada Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Su pulgar abandona el corte, pero solo para deslizarse a la parte interna de mi muñeca.

Jamás, en mis treinta y dos años de vida, había sentido un cosquilleo tan agudo ante las caricias de nadie. Porque Leo me está acariciando.

Me está estudiando.

—Si no hubiera entrado… —Por fin alza la cabeza y me mira. No sé qué hubiese preferido, porque su forma de mirarme no ayuda en absoluto.

Tengo que recordarme que estamos en un lugar público. Que está lleno de gente. Que mi familia está a solo unos pasos de distancia.

Y que es un cliente. Leo Valera es un cliente.

Una de sus comisuras se eleva hacia arriba. Solo una. La del maldito hoyuelo.

—Si no hubiera entrado —repite—, ¿te habrías apartado? —Su tono al preguntar es áspero. Profundo—. Si te hubiera besado, ¿te habrías apartado, Aitana?

«Mierda. Joder. Yo…».

¿Estoy hiperventilando? No sé si me lo pregunto o lo estoy afirmando.

¿De verdad me acaba de preguntar si me hubiese apartado si ayer me hubiese besado?

Si no estuviese tan nerviosa, me reiría, porque la respuesta es no. No me hubiese apartado. De hecho, dudo mucho que fuese capaz de apartarme si ahora mismo me besase, y eso que ha quedado bastante claro que no estamos solos.

—¡¡¡Aitana!!! —El grito de Raquel hace que el mundo real vuelva de golpe.

El ruido. La música. Las voces. La gente. Todo.

Giro la cabeza y veo a Raquel abriéndose paso entre la gente visiblemente alterada. No hay ni rastro de la sonrisa de hace un momento.

Leo me suelta, aunque no me pasa desapercibido el pequeño apretón que me da antes de hacerlo.

—¿Has visto a Diego? —pregunta mi amiga sin apenas detenerse y sin aliento—. Necesito que me ayude con un par de cajas del almacén. Pesan mucho y no voy a poder yo sola.

¿Diego? Vale, mi hermano. Mi cerebro tarda unos segundos en volver a funcionar con normalidad.

Niego con la cabeza.

—No —consigo decir—. No lo he visto. ¿Le has pregunto a Mateo?

Mi amiga suelta una risa carente de humor.

—Es al primer sitio al que he ido y sus palabras textuales han sido: «Si lo ves, dile de mi parte que le jodan».

—No esperaba menos.

—Ya, yo tampoco.

Raquel resopla frustrada y mira a su alrededor como si esperara que mi hermano apareciera por arte de magia.

—Genial. Fantástico —bufa—. Pues nada, me tocará pedirle ayuda a Felipe, y como vuelva a…

—Yo te puedo ayudar —dice una voz. Las dos nos giramos hacia Leo. Raquel, sonriente. Como si acabara de presentarse el mesías frente a ella. Yo, un poco alucinada.

—¿En serio? —preguntamos al unísono.

Leo se encoge de hombros.

—Claro.

—¿Estás seguro? —pregunto—. Porque ha dicho un par de cajas que, en verdad, serán unas cuantas más.

Y te ayudará en la primera, pero cuando toque cargar la segunda pondrá alguna excusa, como que la llaman, o que tiene que supervisar alguna cosa, y se marchará dejándote a ti solo con todas las demás.

—¡Oye! —protesta mi amiga—. Menudo concepto tienes de mí.

—El que es, Raquel. El que es. —La adoro, pero ya son muchos años juntas y la conozco como la palma de mi mano.

Y el hecho de que Leo vaya a ayudarla es… raro. ¿No?

Raquel protesta cruzándose de brazos.

—Tampoco creo que sea necesario presentarme así. Ah, por cierto —descruza los brazos y extiende la mano hacia Leo—, soy Raquel, la mejor amiga de Aitana. Si quieres saber sus trapos sucios, soy tu persona.

Leo le estrecha la mano.

—Yo Leo, un huésped del hotel que no sabe si le cae bien o no a Aitana. Por eso voy a ayudarte.

—¿Para asegurarte de caerle bien a nuestra chica?

—Evidentemente.

¿Qué? ¿Y por qué Raquel ha dicho «nuestra chica» y Leo ha contestado «evidentemente»? ¿Y qué trapos sucios va a decir?

La mato. Juro que la mato.

Se sueltan las manos y Raquel sonríe. La sonrisa de mi amiga es tan amplia que ella sola sería capaz de iluminar el faro y no necesitaríamos feria para recaudar dinero.

—Pues te lo agradezco en el alma —dice con la mano en el pecho—, porque, como tenga que hacerlo yo sola, acabo enterrada bajo un montón de cajas.

—¿Pero me vas a dejar solo en algún momento?

Raquel finge pensar la respuesta, pero la tiene muy clara.

—Es lo más probable —termina diciendo.

Leo asiente complacido. Serio. Aunque el atisbo de sonrisa está ahí.

—De acuerdo. Una chica sincera. Me gusta.

Lo de que mi vida se ha convertido en el piloto de una serie cobra fuerza con cada segundo que pasa.

Raquel le da un abrazo. ¡Un abrazo! Se suelta, da media vuelta y empieza a andar. Sin despedirse y sin mirarme. Leo ríe por lo bajo, sacude la cabeza y la sigue, aunque antes se detiene, da media vuelta y se inclina sobre mi oído.

Su aliento me hace cosquillas.

—Esta conversación no ha terminado ni de lejos. —El pulso me da un vuelco—. Así que dime dónde quieres que la acabemos.

Se me seca la boca.

Me noto el corazón en la garganta.

Se aparta lo justo para mirarme a los ojos.

Está tan cerca…

—Aitana… —susurra—. ¿Dónde?

Aquí. Ahora.

Respiro hondo, pero el aire sigue sin llegarme, así que opto por cerrar los ojos un segundo. Como si eso pudiera aclararme, pero tampoco funciona.

Me paso la lengua por el labio inferior.

—A medianoche. En el lago —me sale en un hilo de voz. Seguro que es capaz de escuchar cómo me late el corazón de rápido—. Está a un kilómetro hacia el norte saliendo del hotel. Siguiendo el sendero que bordea el bosque. Hay un desvío a la derecha antes de llegar al acantilado.

Me sudan las palmas de las manos. ¿En serio acabo de quedar con él en mi lugar seguro? ¿En mi lugar favorito?

Silencio. Uno corto pero cargado.

Raquel ya debe de haberse perdido entre la gente, pero está claro que a Leo le da igual.

—A medianoche —repite como si saboreara las palabras.

Aparta la mirada por fin, se da media vuelta y comienza a andar como si supiera dónde está el almacén, aunque no me extrañaría que lo supiera.

Leo ha demostrado ser un tío de recursos, seguro de sí mismo y que no se le escapa nada.

Ni siquiera yo.