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Capítulo 28

Aitana

H e vuelto a soñar con Leo.

En el sueño, estábamos en su habitación, Nerea no nos interrumpía y el casi beso terminaba siendo uno incendiario. De esos que te dejan sin aire, sin sentido común y con todas las defensas por los suelos.

De los que empiezan despacio, como si tantearan el terreno, y terminan arrasando.

Me he levantado sudorosa, jadeando y con dolor de labios. De los de arriba y de los de abajo. He tenido que darme una ducha de agua fría y dedicarle unos minutos extra a mi cuerpo para intentar que dejara de ir por libre.

No ha funcionado.

Pero eso ni siquiera es lo más desconcertante. O lo que más me inquieta.

En el sueño, Leo era Leo. Pero también Leandro Beltrán. A quien me encontraba en el baño recién llegado de ir a correr y sin camiseta era a Leandro, pero tenía la cara de Leo. Como si los dos fuesen la misma persona.

Pero no lo llamaba Leandro, sino Leo. Aunque yo sabía que no era el escritor quien me hacía llegar al orgasmo, sino el tipo que quiere comprar el hotel y que ahora se ha convertido en una especie de… ¿amigo por correspondencia?

Ni siquiera sé qué nombre ponerle a la relación que tenemos. O a la no relación.

A lo que sea esto.

Un «esto» que, encima, no me disgusta. Aunque tampoco es que me guste. Podría decirse que es un término medio. Uno que se rige porque me gustan sus correos. Me hacen sonreír. Y también reír, aunque jamás lo admitiré y menos a él. Su ego ya es lo bastante grande como para alimentarlo aún más.

Un ego que me recuerda al de Leo.

Los dos son muy parecidos en muchas cosas y, a la vez, diferentes.

Resoplo. No sé qué narices hago pensando en ellos. Debo concentrarme en el millón de fotos que Raquel me ha pedido que saque.

Me paso una mano por la frente apartándome los mechones de pelo suelto que se han escapado de la trenza. Está claro que mi vida se ha convertido en el piloto de una serie que jamás aprobaría.

Trago saliva. Aún tengo el sabor del café que me ha regalado el señor Beltrán en la punta de la lengua.

No me puedo creer que me haya regalado una caja de bombones y café. ¿Cuál era la finalidad? ¿Ablandarme? ¿Caerme mejor? ¿Comprarme?

¿O es que va repartiendo detalles por ahí como si fueran parte de su estrategia de empresa?

Me molesta reconocer que ambas cosas estaban buenísimas. En mi vida había probado nada igual.

Se nota dónde hay dinero.

Como el lavabo que Leo mandó instalar. Lo busqué en Internet. Casi me caigo de culo al ver lo que valía. No sé cómo voy a hacer para pagárselo. Pero ya buscaré la manera.

Le dije que se lo pagaría, y eso mismo pienso hacer.

—Aitana, sonríe un poco, que parece que estás cubriendo un funeral y no una feria —me dice Raquel al pasar por mi lado cargada con una caja de pulseras.

Miro la caja, a mi amiga, todo lo que nos rodea y luego otra vez a Raquel.

Pongo los ojos en blanco.

—Te has pasado el juego. —Mi amiga sonríe de oreja a oreja.

—¿Te gusta?

—Necesito un mapa para no perderme. —Raquel se encoge de hombros feliz. Se apoya la caja en la cadera y ladea la cabeza.

—Eso viniendo de ti no tiene mucho mérito. Tú te pierdes hasta en una línea recta.

Me beso el dedo corazón y se lo enseño, lo que le provoca otra carcajada. Una que la acompaña mientras se cuela entre la gente.

A lo lejos diviso a Mateo, que está en el puesto de rifas. Se supone que su trabajo es vender papeletas, pero está más rato hablando con la gente que haciendo otra cosa.

Ajusto la cámara entre las manos y enfoco a una pareja joven que se ríe frente a uno de los puestos.

Él está intentando cazar peces con una caña, sin mucho éxito, mientras ella no deja de reírse.

Disparo sin dudarlo. También fotografío a un grupo de niños corriendo con globos en la mano y a una familia que posa junto al cartel del faro.

Con cada disparo que lanzo, el pecho se me hincha un poco más. Me encanta la fotografía, sobre todo cuando hay personas de por medio: una risa a medias, una mirada distraída o un instante que, si no lo atrapas, desaparece para siempre.

Me gusta fotografiarlas cuando creen que nadie las mira, porque es ahí donde se las ve de verdad. Porque, en esos momentos, son imprevisibles. Se olvidan de todo y se muestran tal cual son.

Y a mí me gusta pensar que soy capaz de capturar eso que nadie más ve.

—Así que te gusta la fotografía.

Se me tensan los hombros casi en un acto reflejo. Reconozco esa voz. La reconocería entre mil.

Probablemente, porque es sexi de narices. Y la única capaz de erizarme el pelo de la nuca. Y conseguir que el corazón me lata un pelín desbocado dentro del pecho. Es demasiado ronca. Y varonil. Y profunda. Y firme. Y sexi. Aunque lo de sexi ya lo había dicho.

Lanzo un último disparo y me giro despacio.

Me gustaría poder decir que sé a qué he fotografiado, pero no tengo ni puñetera idea.

Puede ser desde uno de los puestos de la feria hasta una mancha del suelo que no tiene ninguna importancia.

Solo lo hago para darle tiempo a mi estúpido cuerpo a que se relaje.

Y a mi libido a que se comporte.

Porque, claro, lo primero que me ha venido a la mente ha sido el puñetero sueño. O sueños. Porque llevo dos noches seguidas soñando con él. En el primero no llegué al orgasmo, pero en el de anoche sí.

Con sus dedos.

Y con su lengua.

Y con su…

«Céntrate, Aitana». Suspiro en silencio; es más fácil decirlo que hacerlo.

Respiro hondo una vez. O cien. Y me giro.

Siempre es un error girarte a mirar a Leo Valera, porque su sonría te desarma, su cercanía te atrapa y su forma de mirarte te deja sin reservas.

—Hola —saludo, haciendo que su sonrisa se amplíe.

«No te quedes embobada mirándola», me recuerdo. Así que me centro en sus ojos, aunque no sé qué es peor.

—Buenos días, Aitana. —Se me había olvidado mencionar cómo reacciona mi cuerpo cuando lo escucho pronunciar mi nombre.

Lo que me pasa con este hombre es atracción pura y dura. Aunque una atracción más dura que pura.

Estoy a punto de reírme de mi propio chiste. A punto.

—¿Qué haces aquí? —pregunto agarrando la cámara de fotos como si me fuera la vida en ello.

Leo, con las manos en los bolsillos, se encoge de hombros y echa un vistazo a nuestro alrededor.

—Supongo que disfrutar de la feria.

«Eso es, Aitana. Haz preguntas estúpidas».

—Ya, es solo que… —Me callo. Leo sonríe.

—¿Qué?

Me muerdo el labio inferior. Leo baja un momento la vista a ese punto. Es solo un segundo, pero suficiente para ruborizarme. Lo suelto y enderezo los hombros.

—Solo iba a decir que no te pega.

—¿El qué no me pega?

—Esto. —Hago un gesto vago con la mano abarcándolo todo—. Todo esto. Supongo.

—¿La feria? ¿Crees que no me pega la feria?

—Sí.

—¿Y por qué crees eso?

—Demasiado… caótico. Mucha gente. Mucho ruido.

Su sonrisa se hace más amplia y el estómago se me contrae como un acto reflejo.

No debería sonreír así.

—Crees que no me pega ser caótico.

—Evidentemente.

—Y a ti sí.

Suelto una risa baja.

—Soy la mayor de seis hermanos. Sería raro si mi vida no fuera caótica.

Da un paso adelante. ¿Por qué da un paso adelante? Que se aleje. Huele demasiado bien.

Alzo la cabeza para verlo bien.

—Yo soy el del medio —susurra—. Créeme, mi vida también es caótica. Y conflictiva. —Se lleva el dedo índice a la barbilla dándole golpecitos y frunce el ceño—. Porque, según dijiste, los hermanos del medio somos los más conflictivos, ¿no?

—¿Lo eres?

Se encoge de hombros.

—No lo sé, Aitana. ¿Lo soy? —¿Se está inclinando hacia delante?—. ¿Crees que soy conflictivo?

Me quedo atrapada en sus ojos. Tan negros. Tan brillantes. Tan intensos.

Nunca había visto a nadie con unos ojos tan oscuros.

¿Qué me ha preguntado? Ni siquiera sé de qué estamos hablando.

Leo aparta sus ojos de los míos y los desliza por mi cuerpo. ¿Me está mirando la boca? ¿El cuello? ¿Me está mirando el pecho?

¿Se dará cuenta de que se me han erizado los pezones? Espero que no, me he puesto sujetador.

Porque me he puesto sujetador, ¿no?

—¿Cómo está? —Su pregunta me llega lejana. ¿Cómo está el qué?—. ¿Te duele?

¿Si me duele? No sé de qué me habla. ¿El qué me tiene que…? ¡Mierda! ¡La mano!

Trago saliva y carraspeo saliendo del estupor.

Bajo la vista. Vale, no me estaba mirando las tetas, me estaba mirando la mano.

—Sí —contesto. Vuelvo a carraspear—. Me la he vuelto a curar esta mañana y el corte parecía estar bien.

—Ya. —Saca una de las manos del bolsillo y, antes de que me dé tiempo a reaccionar, entrelaza sus dedos con los míos para girarla y observar el corte—. No tiene mala pinta. No te la has tapado.

Noto cosquilleos en los dedos, pero los ignoro.

—Se supone que los cortes es mejor tenerlos al aire. Para que cicatricen.

—Sí, eso dicen —señala sin mirarme centrado en la herida. Pasa el pulgar con delicadeza por ella. Doy un respingo—. Lo siento. ¿Te he hecho daño?

Aunque me hace una pregunta, no me mira, y menos mal, porque me noto las mejillas como dos señales de tráfico en rojo.

—No —farfullo, y él asiente centrado en mi herida.

Opta por no decir nada más y yo también, por supuesto. Noto el corazón en la garganta y estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para que la piel no se me ponga de gallina.

Los segundos pasan y Leo se limita a mantener mis dedos entre los suyos como si no tuviera ninguna prisa por soltarlos. Su pulgar vuelve a deslizarse por el corte, esta vez más despacio, con cuidado. Como si quisiera, yo qué sé, memorizarlo.

Trago saliva.

El cosquilleo sube por la muñeca. Por el brazo. Se me instala en el pecho y ahí se queda. A la espera. Latente.

—Ayer quise besarte, Aitana —suelta de pronto, dejándome completamente paralizada y fuera de juego.

El aire desaparece. Así, sin previo aviso. Por lo menos el de mi pecho. Ese que me mantiene con vida.

No sé qué hacer, así que me obligo a parpadear. Y a respirar. Pero no sirve de nada. Estoy bloqueada, sobre todo porque Leo sigue sin mirarme, concentrado en la herida. Su pulgar dibuja el contorno del corte con una precisión milimétrica.

—No lo hice porque tu hermana nos interrumpió —continúa.

Creo que estoy a punto de cortocircuitar.