Capítulo 39
Aitana
—M e dijo que llamaba en representación del Grupo Beltrán —explica Ricardo al otro lado de la línea—. Que quería recabar información sobre la situación actual del hotel antes de valorar una posible propuesta formal.
Apoyo la cadera contra la mesa y cruzo el brazo libre sobre el pecho.
—¿Qué tipo de información?
—Lo habitual en estos casos. Titularidad, estado legal, si hay cargas, si la propiedad está repartida… —Hace una pequeña pausa—. Nada que no puedan preguntar, pero sí lo suficiente como para tantear el terreno.
«Tantear el terreno».
El señor Beltrán lleva tanteando el puñetero terreno varios meses y, como no ha obtenido lo que quería, ¿qué ha hecho? ¿Pedirle a otra persona que indague? ¿Qué pasa, que si es una mujer la que pregunta cambiaré de opinión y diré que sí?
Me pinzo el puente de la nariz. Se me está empezando a formar un pequeño dolor de cabeza. Siento como si alguien estuviera ejerciendo presión justo en la frente.
—¿Y quién dices que llamó? —No sé para qué pregunto. Seguro que fue su asistenta. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿Glenda? ¿Greta?
—Una mujer. Se identificó como Claudia. Me acuerdo porque se llama igual que mi nieta mayor.
Claudia.
Mi mente hace clic. Así es como se llama la hermana de Leo.
Cierro los ojos con fuerza reprendiéndome al instante por pensar en Leo en un momento como este.
En medio de una conversación como esta. ¡Que estoy hablando con el abogado del hotel!
¿Y qué más da que la hermana de Leo también se llame Claudia?
Hay miles de Claudias por el mundo. Mi profesora de Educación Física del instituto se llama así y no por eso me pongo a pensar en ella.
Aunque, claro, mi profesora del instituto era una amargada que nos hacía la vida imposible a todos solo porque podía, y Leo…
Leo Ventura es una tentación constante envuelta en piel caliente y manos que no saben quedarse quietas.
Sin olvidarnos de su sonrisa, que viene con la palabra pecado escrita en cada curva.
Por si fuera poco, llevo pensando en él desde que se ha marchado de mi despacho hace más de dos horas.
En Leo y en la cita de esta noche. En las promesas que había escritas en sus ojos. En Leo y en todo lo que hicimos anoche. En lo que hemos estado a punto de hacer esta mañana. En mi despacho.
Joder… ¡Si he estado hablando con mi madre sin las bragas puestas!
—Aitana, perdona. ¿Estás ahí? —Parpadeo regresando al presente. Me aparto de la mesa y me siento en la silla apoyando la espalda en el respaldo.
—Sí, sí. Perdona. Estaba… pensando.
Mentira. Lo que estoy es cachonda. Y excitada. Y loca.
Porque así es como estoy, loca por no poder centrarme. Por no poder hacerlo a un lado por un segundo y seguir pensando en él y en qué tendrá preparado. En si acabará lo que había empezado.
—No te preocupes —dice Ricardo con esa calma de siempre—. Entiendo que esto puede pillarte por sorpresa.
Me obligo a volver. Y a centrarme. Sobre todo por ese «pillarte por sorpresa». Porque no. El problema es que no me pilla por sorpresa.
—¿Te dijo algo más? —pregunto—. ¿Qué intención tenían exactamente?
—No fue más allá de eso. —Se aclara la garganta—. Pero está claro que no es una llamada al azar, Aitana. Quieren dar el siguiente paso.
Aprieto la mandíbula.
—Ya.
—Como le dije a tu madre, no he dado ningún dato sensible.
—Lo sé —respondo—. Confío en ti.
Y es verdad. Siempre lo hemos hecho. Lleva siendo nuestro abogado desde hace más de cuarenta años.
Mi padre siempre me decía: «Si alguna vez me pasa algo, en la única persona en la que puedes confiar, además de tu madre, es en Ricardo Montalbán.
Él nunca dejará que os pase nada. Os cubrirá siempre las espaldas».
Y eso hizo cuando mi padre murió hace cinco años. Y a día de hoy sigue haciendo.
Me levanto de la silla y empiezo a caminar despacio por el despacho. Quedarme quietecita no es una opción.
—Perdón, Ricardo. Muchas gracias por todo. Yo me encargo a partir de ahora.
—De acuerdo, pero… —duda. Un regusto amargo se me instala en la boca del estómago.
La vida me ha enseñado que, cuando alguien duda a la hora de hablar, es porque sabe que lo que tiene que decir no te va a gustar—.
Aitana, sabes que estoy para lo que necesites.
Llevo siendo vuestro abogado muchos años.
—Lo sé. Y no sabes lo que te lo agradezco.
—Por eso… —vuelve a hacer una pausa—. Sé que no quieres oír esto, y que corro el riesgo de meterme donde nadie me llama, pero a lo mejor no es mala idea escuchar lo que tienen que deciros.
Niego con la cabeza aunque no pueda verme.
—No vamos a vender, Ricardo. —Las palabras se me escapan sin ni siquiera pensarlas.
—Lo sé, lo sé. No entra en vuestros planes, pero no está de más escuchar. Te puedes llevar gratas sorpresas si lo haces.
Suspiro. Discutir con Ricardo no entra en mis planes, y menos a estas horas. Fuerzo una sonrisa.
—Claro. Muchas gracias por el consejo. Lo tendré en cuenta. —Es mentira, pero es una mentira educada—. Y perdón por molestarte a estas horas.
—No te preocupes. Para eso estamos.
—Gracias.
En cuanto cuelgo, el silencio del despacho cae de golpe.
Echo un vistazo a mi alrededor deteniendo la vista en la foto de familia que hay colgada en una de las paredes. Salimos los ocho en el jardín del hotel. Era el cumpleaños de mi padre.
Irene, que es la más pequeña, está en brazos de mi madre con los mofletes rojos y una sonrisa desdentada que ocupa media cara.
Cintia está a su lado ligeramente inclinada hacia delante, como si ya entonces le costara estarse quieta, con esa mirada viva y curiosa que siempre ha tenido.
Nerea y Diego están a los lados, uno tirándole del pelo al otro en ese preciso instante, porque, por supuesto, ni para la foto podían comportarse.
Berta me tiene agarrada de la mano con fuerza, como si temiera que saliera corriendo, y yo…
, yo estoy mirando a cámara seria, demasiado para la edad que tenía, con el vestido torcido y las zapatillas llenas de tierra.
Mi padre está en el centro riéndose. No sonriendo, riéndose. Con la cabeza echada hacia atrás y los ojos entrecerrados, como si alguien acabara de decir algo gracioso. Tiene un brazo rodeando los hombros de mi madre, que lo mira de reojo con esa mezcla de paciencia y cariño que siempre ha tenido.
Recuerdo ese día.
El jardín lleno de gente, las mesas largas, el olor a comida saliendo de la cocina, las luces colgadas entre los árboles que encendimos cuando empezó a caer la noche…
Recuerdo a mi padre insistiendo en que soplaría las velas «como una persona seria» y terminó apagándolas de un soplido exagerado que hizo reír a todo el mundo.
Fue un día bonito. De esos que no se piensan, que solo se viven. De esos que, cuando pasan los años, se convierten en algo más. En un recordatorio.
En un motivo.
El motivo por el que este hotel no puede venderse.
Porque puede que no estemos pasando por nuestro mejor momento.
Puede que estemos pasando por uno realmente malo.
Pero es nuestro, y lo arreglaremos como siempre hemos hecho.
Y lo atesoraremos como atesoramos todo lo que nos ha pasado.
Porque este lugar no son solo paredes, ni números ni informes.
Es todo lo que hemos sido, lo que somos y lo que todavía nos queda por ser.
Es cada verano lleno hasta arriba y cada invierno en el que hemos tenido que apretarnos un poco el cinturón. Es cada problema al que le hemos sabido encontrar una solución, a veces sin saber muy bien cómo. Es cada vez que hemos estado a punto de rompernos y no lo hemos hecho.
Es hogar. Y el hogar no se vende, se defiende.
Despego los ojos de la fotografía y busco la caja de bombones. Voy hasta la mesa, la cojo y la tiro a la basura. Me siento en la silla, dejo el móvil sobre la mesa y abro el ordenador.
Frunzo los labios al ver el último correo de Leandro Beltrán. Su amabilidad. Su falsa cercanía.
Me siento traicionada y estúpida. Se ha reído de mí. Pero ¿cómo no hacerlo? Es un hombre con dinero y con poder. Alguien que está acostumbrado a salirse con la suya. Ya me lo dijo en uno de sus correos, solo que yo no quise escucharlo.
Me acerco el teclado y empiezo a escribir.
Para: [email protected]
Asunto: Futuras comunicaciones
Sr. Beltrán:
Le escribo para comunicarle que, tras los últimos acontecimientos, considero oportuno cerrar aquí cualquier comunicación directa entre nosotros.
El Mirador de Ribamar no está en venta ni lo estará en el futuro, por lo que no tiene sentido continuar con este intercambio de correos.
Dado que no ha tenido ningún problema en pasarme por encima para obtener lo que quiere, le agradecería que, a partir de ahora, cualquier asunto relacionado con el hotel se gestione a través de nuestro representante legal, del que he visto que ya tienen el teléfono.
Un saludo,
Aitana Casamayor
Me recuesto en la silla con los brazos cruzados y lo releo. Mis palabras no son bordes, pero sí son claras. Y si sí que son bordes, que lo supere. Que se compre una caja de bombones. O dos. Para superar el sofoco.
Me muerdo el labio inferior. He estado a punto de acabar con «ha sido un placer tratar con usted», pero no lo ha sido, y estoy cansada de este intercambio absurdo de mensajes. Está claro que estos tienen que acabar aquí y ahora.
Me inclino hacia delante y le doy a enviar. En cuanto lo hago, algo se remueve en mi pecho. No sé si es alivio o justo lo contrario, porque mi mente vuelve a esas últimas palabras de Ricardo. También a la conversación que mi madre y yo estábamos a punto de tener antes de que Dani nos interrumpiera.
Sacudo la cabeza. No tiene sentido seguir dándole vueltas, así que hago algo que debería haber hecho hace tiempo.
Busco el correo de Leandro Beltrán y lo marco como «correo no deseado».
Apago el ordenador, bajo la tapa y salgo del despacho.
Aún quedan varias horas hasta mi cita con Leo, pero quiero prepararme bien.
Por una vez, voy a dejar de pensar y simplemente disfrutar.