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Capítulo 24

Aitana

—O ye, Aitana. ¿Estás bien?

Está pronunciando mi nombre.

Me está llamando.

Levanto la cabeza y vuelvo a encontrarme con sus ojos negros. Siguen ahí clavados en mí. Mirándome entre sorprendido y preocupado.

No me había dado cuenta de lo bonitos que son.

«¿Sabes? No he dejado de pensar en ti en toda la noche». Esa frase. Esas palabras. El puñetero sueño.

Parpadeo. Tengo un calor de la leche. Me noto las mejillas ardiendo. Creo que me estoy poniendo roja. ¿Se estará dando cuenta?

Pues claro que se está dando cuenta. Su nariz está a un palmo de la mía.

—Aitana… —No debería gustarme tanto cómo pronuncia mi nombre. Prefería señorita Casamayor.

«¿Quieres que pare?».

—¡Ona se ha caído! —exclamo casi gritando. Mi voz emite un chillido tan agudo que ni siquiera sabía que podía emitir.

Leo me mira, alza la ceja ligeramente y suelta una pequeña risa por lo bajo.

—Pues espero que no se haya hecho nada grave. —Su tono destila un toque divertido—. Solo por curiosidad…, ¿puedo preguntar quién es Ona?

—Nuestra camarera de piso —respondo rápido. Carraspeo. Mi voz sigue sonando un poco chillona—. Tenía que limpiar tu habitación, pero se ha caído.

—Vale… —asiente despacio—. Y por eso la limpias tú.

—Sí.

—Pero no se ha hecho daño.

—¿Quién? —Leo se ríe.

—Ona. —Ah, claro. Quién sino.

Parezco idiota.

Niego con la cabeza a la vez que me encojo de hombros.

—Creo que no. Diego la ha acercado al pueblo.

Resopla. Al hacerlo, un mechón de pelo le baila. Lo tiene húmedo. Es por culpa del sudor. El mismo sudor que le recorre el pecho.

Un pecho que, si doy un pasito, solo uno, minúsculo, se quedaría pegado al mío.

—Espero que a ella no la deje tirada.

—¿Qué? —Sacude la cabeza.

—Nada.

Nos quedamos en silencio. Mirándonos. Obligándome a no apartar los ojos de su cara para volver a ponerlos en su abdomen. Pero nadie me debería culpar si lo hiciera.

El aire pesa y, de repente, recuerdo que me sigue tocando. Que sus manos siguen en mis brazos.

Debería pedirle que se apartara. Que estoy bien y que ya puede soltarme. Pero no lo hago.

—El vaso… —susurro acordándome de pronto de que llevaba un vaso en la mano y que ya no está.

Leo ladea la cabeza.

—¿El qué?

Bajo la vista y ahí está el vaso de cristal hecho jirones a nuestros pies junto al limpiacristales y el trapo amarillo.

Por fin mi cuerpo reacciona. Doy un paso atrás, sus manos desaparecen de mis brazos y me agacho a recoger el estropicio.

—Perdona, ya te limpio esto.

—Aitana, ¿qué haces?

—Se me ha caído y se ha roto.

—Pero no lo recojas así, te puedes cortar.

Dicho y hecho. Uno de los cristales me perfora la palma de la mano. Lo suelto rápido, pero el dolor está ahí. Agudo y punzante.

—Joder —mascullo entre dientes. Aprieto la mano por instinto, aunque eso solo consigue que duela más. Es como si me hubiesen clavado una aguja ardiendo en la palma.

—¡Aitana! —La voz de Leo cambia por completo. Ya no hay rastro de diversión en ella. En un abrir y cerrar de ojos, lo tengo de cuclillas a mi lado.

—¡Te vas a clavar los cristales en las rodillas!

—Déjame verte la mano —dice él a su vez pasando de los cristales y centrándose en mi mano. Sus dedos me rodean la muñeca.

—Estoy bien —miento. La verdad es que estoy a punto de echarme a llorar.

—Déjame verte la mano —repite.

—No es nada. —Otra mentira. Es mucho.

Cuando abro la mano, solo veo rojo. Mucho rojo.

La sangre empieza a deslizarse entre mis dedos, roja, brillante, cayendo en pequeñas gotas sobre el suelo.

—No es nada —vuelvo a decir. O eso creo. No sé si me he quedado sin voz.

En serio, hay mucha sangre.

—Yo decidiré si no es nada.

—¿Ahora eres médico? —Por un segundo espero que sí. Creo que estoy empezando a marearme.

Leo me mira con una mezcla de preocupación y paciencia forzada, como si estuviera contando hasta diez para no perder los nervios.

—Cursé primeros auxilios en la universidad, un máster en intervención sanitaria básica, un curso en gestión de emergencias y un doctorado en negación absurda del dolor. —Me lo dice tan serio que me cuesta un poco darme cuenta de que se está quedando conmigo.

Bufo.

—¿Te estás riendo de mí?

—Jamás. —Estira el brazo, descuelga de un tirón una de las toallas y la envuelve en mi mano. Aunque lo hace con cuidado, siento un latigazo de dolor atravesarme el brazo cuando me toca la herida.

—Auch. —De verdad, a un tris estoy de que empiecen a caerme las lágrimas.

—Vamos, arriba.

Leo me coge del brazo y me ayuda a levantarme. Aunque podría replicar —por no perder la dinámica que hay entre nosotros—, dejo que tire de mí y me lleve hasta el lavabo. Abre el grifo, me quita la toalla y coloca mi mano bajo el chorro de agua fría.

Aprieto los dientes. Es solo agua, pero escuece.

—Te has hecho un buen corte.

—¿Qué te ha llevado a afirmar eso, tu curso en gestión de emergencias o el máster en intervención sanitaria? —Leo suelta una carcajada que hace que se me erice la piel del cuerpo. Es ronca, profunda. Muy masculina.

Cuando deja de reírse, que no de sonreír, me guiña un ojo.

—Más bien el doctorado en la negación absurda del dolor. —Cierra el grifo y vuelve a envolverme la mano con la toalla.

Se coloca de lado. Frente a frente. Alza la mano que no está sujetando la mía y la lleva a mi frente. Me aparta unos mechones.

Un escalofrío me recorre de arriba abajo, tan inesperado que se me olvida hasta el dolor de la mano.

—¿Estás bien? Estás un poco pálida. —Prefiero pálida que roja como un tomate.

—Sí. O eso creo. —Sus labios se estiran hacia arriba.

—Del uno al diez, ¿cuánto te duele?

—Quince. —Aprieta los labios. Sé que está intentando no soltar otra de sus carcajadas. Debo de resultarle graciosísima.

—Es bueno saberlo —murmura—. Nueva escala del dolor: Aitana Casamayor.

—Debería patentarla.

—Te lo recomiendo. —Aparta la vista de mi cara para clavarla en la toalla. Casi sollozo cuando su mano abandona mi mejilla.

Desenvuelve la toalla con cuidado y vuelve a examinar la herida concentrado. Su pulgar roza la piel de mi muñeca al recolocarme la mano y mi cerebro, que, claramente, hoy ha decidido no colaborar, deja de procesar información útil.

—No es profundo —dice al final—, pero vamos a limpiarlo bien.

—¿Vamos?

—Sí, vamos. —Me mira por debajo de las pestañas—. Tú vas a quedarte quieta y yo voy a hacer todo el trabajo.

Debe de ser el mareo lo que hace que esa frase me suene a promesa sucia. Una promesa que me hace apretar los muslos.

Sin soltarme la muñeca, coloca la otra en la parte baja de mi espalda y me empuja con suavidad hasta la habitación.

—Siéntate —ordena señalando la cama—. Voy a por el botiquín.

—¿Tenemos un botiquín en la habitación? —Me siento en la cama y él me suelta. Aunque he cambiado las sábanas, el olor a limón es más fuerte aquí que en el cuarto de baño.

O simplemente es porque lo tengo tan pegado a mí que es imposible no olerlo.

Se dirige al armario —ese que hace un momento estaba cotilleando— y lo abre.

—Siempre llevo un botiquín conmigo. —Suelto una risita.

—¿En serio? —Se inclina hasta desaparecer casi dentro del armario. Aprovecho para mirarle el culo. Parece duro. Y le queda genial dentro de esos pantalones.

¿Y la espalda? Bendita espalda. Ancha y firme, con las líneas de los músculos tensándose bajo la piel cada vez que se inclina un poco más. Lo intento, pero es imposible apartar la vista.

Solo lo hago cuando la espalda pasa a ser el pecho, lo que significa que se ha dado la vuelta. Alzo la cabeza. Leo está apretando los labios hasta convertirlos en una fina línea.

Me ha pillado.

Carraspeo concentrándome en la herida y en la bolsa que lleva en la mano.

—Pues sí que tienes un botiquín —indico—. A ver si es verdad lo del curso de primeros auxilios en la universidad.

Camina hacia mí y toma asiento a mi lado en la cama, que se balancea por su peso. Su hombro desnudo roza el mío también desnudo, pues llevo puesta una camiseta de tirantes.

Leo extiende su mano frente a mí, con la palma hacia arriba, y mueve los dedos llamándome. Coloco la mano dolorida sobre la suya. Con el mismo cuidado de antes, me quita la toalla.

—No, pero casi —dice contestándome—. Tengo un hermano que, de pequeño, pasaba más tiempo con la cabeza en el suelo haciéndose brechas que de pie.

Abre el botiquín, coge un bote de antiséptico y una gasa.

—Entonces seguro que se llevaría bien con Diego.

—¿También pasaba más tiempo en el suelo que de pie en posición vertical? Cuidado, puede escocer un poco.

Echa unas gotas de antiséptico sobre la herida. Después le da golpecitos suaves con la gasa. En cuanto el líquido entra en contacto con el corte, todo mi cuerpo se tensa. Aprieto los labios con tanta fuerza que seguro que se me ponen blancos. ¿Un poco? La madre que lo parió.

—Te he avisado —susurra. Pongo los ojos en blanco.

—No sabía que tuvieses un hermano.

La verdad es que no sé nada de él.

Quita la gasa, me coge la mano y se la lleva a los labios. Sopla sobre la herida. Trago saliva y rezo para que no lo haya escuchado.

—Un hermano y una hermana. Gael y Claudia. Yo soy el del medio.

—Dicen que los hermanos medianos sois los más conflictivos. —Eleva una ceja. Sonríe.

—Eso es porque no conocen a Gael. Si la gente lo conociera, no diría eso.

—Baja la mano y la deja sobre su regazo.

Vuelve a echar líquido. Escuece, pero no tanto como antes.

O puede que mi cuerpo esté experimentando otras cosas y se haya olvidado del dolor—.

De los mayores dicen que mandáis demasiado y escucháis poco.

Y que os creéis los jefes del mundo. —Alza una ceja—. ¿Se equivocan?

Me llevo la mano buena al pecho en un gesto de fingida indignación.

—Gracias a los hermanos mayores el mundo funciona y no se va a pique. Somos los responsables, los organizados y los previsores. Los que mantienen a flote el barco.

Se vuelve a llevar mi mano a los labios. Esta vez el inferior me roza el pulgar cuando sopla.

—Vamos, que sois un coñazo.

Está claro que me he olvidado del dolor y de la herida, porque me suelto de su agarre para darle un manotazo en el brazo.