Bandeja de entrada Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—¿Y si empiezo por otra? —me pregunto a mí misma en voz alta. Me reiría si de repente no me hubiese puesto tan nerviosa. Ahora me da por hablar sola.

Echo un vistazo al resto de las puertas. Las demás tienen el cartelito de «No molestar». La de Leo no tiene nada. No sé si tomármelo como una señal o que el destino es caprichoso y se está riendo de mí.

Casi que me decanto por la segunda opción.

Llamo con los nudillos y espero. Siento como si tuviera en el estómago un ejército de cabras haciendo parkour .

Me muerdo el labio inferior mientras intento hacer memoria para ver si lo he visto esta mañana. Me río. ¿Cómo narices voy a haberlo visto si llevo encerrada en el despacho todo lo que llevamos de mañana? Y uno de los motivos era no tropezarme con él.

Vuelvo a llamar. Por si acaso. Y otra vez más.

A la cuarta, me doy por satisfecha. Aun así, cuando saco la llave maestra y abro, lo hago despacio, por si acaso.

No vaya a ser que me lo encuentre parado en medio de la habitación con esa sonrisa canalla que le marca los hoyuelos, el pelo despeinado y las manos en los bolsillos.

Vamos, como apareció anoche en mi sueño.

—Céntrate, Aitana —me reprendo—. Eres una profesional. Y deja ya de hablar sola, que cualquiera que te vea pensará que se te ha ido la olla.

Empujo la puerta. Nada. La habitación está vacía y en silencio. Eso no me impide entrar casi de puntillas. Siento como si estuviera cometiendo allanamiento de morada.

—¿Hola? ¿Hay alguien? —pregunto—. ¿Señor Valera? Vengo a arreglar la habitación.

Me sudan las palmas de las manos. Ni que fuese el primer tío con el que tengo un sueño erótico.

Me acuerdo de cuando soñé que me lo montaba con Mateo en el establo.

Al despertarme, me entró la risa. Cuando se lo conté a mi amigo, me dijo que me quería con locura y me felicitó —porque estaba seguro de que había llegado al orgasmo y de que había sido épico—.

La verdad, no me acuerdo. Me dijo que se sentía muy honrado por haber acudido a él, pero que solo en sueños podríamos tener alguna posibilidad.

Por supuesto, nadie contesta, así que me relajo. Solo un segundo. Porque cometo el error de inspirar hondo llenándome los pulmones de ese olor a limón que tanto caracteriza a nuestro huésped.

Está por todas partes. También en las sábanas. Revueltas. Esas mismas sábanas en las que se ha acostado a dormir.

Mi mente, traicionera y, por lo visto, calenturienta, decide que es el momento perfecto para añadir un pequeño detalle a esa imagen: yo. Con él. En esa cama.

—Joder con el dichoso sueñecito… —murmuro—. Me gustaba más cuando se me olvidaba qué había soñado nada más levantarme. Era más feliz. Y profesional.

Durante un segundo, me pregunto dónde estará. A dónde habrá ido. Puede que esté desayunando. O escribiendo la dichosa novela. O puede que se le haya pinchando otra rueda y Boni se la esté cambiando. Acto seguido, me gruño a mí misma por pensar todo eso.

No nos importa. Nada en absoluto.

—Cuanto antes la limpie, antes me voy.

Me obligo a moverme. A trabajar. Echo un vistazo a mi alrededor. Nada. No hay nada fuera del sitio. Ni un mísero papel en el suelo. O sobre el escritorio. O una prenda de ropa sobre la cama. Todo está perfecto.

Mi vena cotilla levanta la cabeza y la gira hacia la derecha.

No debería. Está mal, es poco ético, profesional y, si me enterase de que alguna de mis empleadas lo hace, iría de patitas a la calle antes de que pudiera decir perdón.

Pero como estoy sola y no me puedo despedir a mí misma, voy hasta el armario y lo abro.

Ahí está su ropa. No hay mucha, pero está perfectamente colgada y ordenada por colores y prendas de ropa; pantalones por un lado y camisas por otro.

Ahí está el traje con el que lo conocí cuando pinchó la rueda. Y la camisa de ayer. La que llevaba arremangada hasta los codos y le quedaba demasiado bien.

Un ruido en el pasillo me pone el corazón en la garganta.

Cierro de golpe.

—¿Pero qué narices haces? —susurro.

Me acerco a la cama y hago la cama en tiempo récord. Creo que jamás en mi vida he hecho una cama tan rápido.

Paso al baño. Aunque tenga las toallas colgadas, las cambio. Me fijo en los botecitos de los jabones. Están medio vacíos; el gel, el champú y la crema del cuerpo.

«Aquí se ha duchado Leo. Desnudo». Le hago un corte de mangas a mi subconsciente y lo repongo todo.

Limpio los cristales, la mampara y los azulejos. Al llegar al lavabo, lo limpio también, junto con el espejo, y le cambio el vaso donde tiene metido el cepillo de dientes y la pasta. De menta.

Me gusta la menta. Odio el de clorofila y el de fresa.

Voy tan ensimismada, a la vez que acelerada, que no veo el muro de hormigón que se ha detenido en la puerta del cuarto de baño, por lo que mi cuerpo choca contra él de lleno.

Un muro sólido. Duro. Caliente.

Un jadeo se me escapa antes de poder evitarlo. También el vaso, el limpiacristales y el paño que llevaba en la mano, que resbalan y caen al suelo.

El sonido del cristal estallando contra el suelo corta el aire.

—Mierda —mascullo mientras unas manos firmes me sujetan por los brazos evitando que pierda el equilibro.

—¿Aitana? —Levanto la cabeza y mis ojos se encuentran con Leo, el dueño de esta habitación y el culpable de mi excitación mañanera.

Su voz es baja, firme, y tiene un deje de sorpresa en ella.

Está cerca. Tanto que puedo asegurar que sus ojos, que me parecían marrones, son más bien negros.

Trago saliva y mi mirada, sin pedir permiso y sin medir las consecuencias, baja por su cuerpo hasta llegar al abdomen: plano, marcado, tenso y cubierto por pequeñas gotas de sudor que le resbalan lentamente por la piel. Como si lo hicieran a cámara lenta.

Lo sé porque va sin camiseta. Y va sin camiseta porque el universo ha decidido que hoy no me lo va a poner fácil.

Genial. Fantástico. Maravilloso.

¿Esto es legal? ¿Puede ir sin camiseta por el hotel? ¿Hay alguna normativa sobre eso? Tengo que mirarlo.

Porque está claro que aquí se están vulnerando mis derechos como persona funcional.