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Capítulo 23

Aitana

—S í, sí, lo entiendo, pero necesito que venga alguien a verlo esta semana.

—Aprieto el teléfono contra la oreja mientras con la otra mano paso páginas de la libreta donde tengo apuntadas todas las cosas que tengo que hacer hoy—.

No, ya se lo dije a tu compañero. No es una reforma estética.

La cocina no da para más y necesitamos una reforma integral. —Pongo los ojos en blanco—. Septiembre.

Llevo más de una hora hablando con empresas de reformas para que me pasen presupuesto. Esta es la ¿octava?, ¿novena?, vez que llamo. Todas están saturadas porque es temporada alta y tienen mucho trabajo.

No sé cómo explicarles que no es para empezar ahora, sino en septiembre, pero si quiero que empiece en esa fecha tengo que moverlo ya. Tenemos el hotel completo estos meses, no puedo permitirme hacer obras ahora en la cocina.

Parece sencillo de entender. Pues no. Porque no sé la de veces que he repetido las mismas frases.

Estoy a una más de grabarme en vídeo y limitarme a darle al play .

Le doy un trago al café y me trago un gruñido. No está frío. Está congelado. Qué asco.

—¿El martes? —repito buscando rápidamente en la agenda que ese día no tenga nada. Sonrío aliviada—. El martes me sirve. A primera hora, sí. Muchas gracias.

Cuelgo sin poder evitar que se me escape un suspiro. Recuesto la espalda contra el respaldo y cierro los ojos un momento. Solo unos segundos. Los necesarios para relajar un poco la cabeza y descansar.

Hay días en los que el trabajo no se acumula, se multiplica. Como si alguien, en algún sitio, hubiese decidido que eso de relajarse está sobrevalorado y que el agobio y la ansiedad son las nuevas formas de vida.

Encima, tengo sueño y el café no me espabila. Probablemente, porque estoy tan pegada al teléfono que no me da tiempo a bebérmelo y se enfría, y a mí el café frío no me gusta. Me parece una aberración.

Anoche tendría que haber intentado dormir más, pero cada vez que cerraba los ojos el sueño con Leo volvía a hacer acto de presencia, lo que me obligaba a abrir los ojos y lloriquear de frustración.

No sé si por boicotearme a mí misma mi fantasía o porque soy incapaz de dejar de darle vueltas a algo que no debería importarme nada en absoluto.

—Aitana. —Abro los ojos. Berta entra en el despacho con la tablet en la mano y cara de «tenemos un problema».

Fantástico.

—Si vienes para invitarme a un café, acepto.

—Hay dudas con una reserva —apunta pasando por alto mi sugerencia—. Bueno, más que dudas, un problema.

—Qué bien.

—Los clientes dicen que bloquearon tres habitaciones, pero en el sistema solo figura una.

—¿Han traído confirmación de las tres?

—Sí. La lleva el cliente en su móvil, la he visto —se acerca a mí y me tiende la tablet —, pero en nuestra central de reservas no figura.

—¿Cómo reservaron?

—Por teléfono. —Ladeo la cabeza—. Se les envió el correo de confirmación, pero no sé qué ha pasado que no se ha registrado en nuestro sistema.

No sé por qué, pero me viene a la cabeza uno de los puntos del informe del Grupo Beltrán. Hablaba de una mejora de la digitalización. Seguro que se refería a cosas como esta.

Me pinzo el puente de la nariz. Casi me entran ganas de reír. Si solo fuera eso lo que tenemos que revisar…

—¿Aitana? —Levanto la cabeza. Sonrío.

—De acuerdo, vamos a hacer algunos movimientos.

—¿Mágicos?

—Siempre. —Paso el dedo por la pantalla tocando iconos e intercambiando nombres. Se la devuelvo—. Dales las dos estándares y la individual.

Berta frunce el ceño y niega con la cabeza.

—¿Y qué hacemos con los clientes que van a ocupar esas habitaciones?

—Según tengo entendido, son unos amigos que han venido a pasar solo una noche. Los enviaremos a la casa rural de Marta. Tiene dos habitaciones libres y está a cinco minutos. Les cubrimos el traslado y los invitamos a la cena de esta noche.

—Así perdemos dinero. —Me encojo de hombros.

Sí, mucho, pero no podemos hacer otra cosa.

A la gente le cuesta valorar y hablar positivamente de las cosas que le gustan, pero de las negativas siempre están dispuestos.

Y, ahora mismo, nos pesa más evitar un mal comentario que perder un poco de dinero.

Aunque perder dinero también nos viene bastante mal, sobre todo cuando necesito sacar hasta de debajo de las piedras para cubrir todos los problemas que surgen cada día.

—De acuerdo. Ahora hablo con los clientes. Con todos.

Berta aún no se ha marchado y es el turno de Cintia de hacer acto de presencia. Viene con la cara desencajada y un surco de sudor bañándole la frente.

—Dime que no es grave —pido antes de dejarle abrir la boca. Mi hermana se muerde el interior de la mejilla.

—Ona se ha torcido el pie subiendo las escaleras del segundo. —Hace una mueca—. Diego la está llevando al pueblo para que la vean.

Parpadeo. Vale. Una torcedura.

Duele, molesta, pero no es algo de vida o muerte y no hay amputación.

—¿Y Maia?

—Está con las habitaciones de la segunda planta, pero —Cintia niega con la cabeza— ella sola no llega ni de lejos.

Asiento despacio mientras analizo toda la situación.

Hay que limpiar las habitaciones, en eso no hay disputa posible, y Cintia tiene razón, Maia no puede con todo ella sola. No si queremos que termine antes de que los huéspedes quieran regresar a sus habitaciones.

Inclino el cuerpo hacia delante y junto las manos sobre la mesa.

—De acuerdo —me vuelvo hacia Berta—, arregla lo de las habitaciones. Iba a llamar yo a Marta, pero llámala tú y avísala. Dile a Nerea que prepare una cesta de frutas. Las dejaremos en las habitaciones de los huéspedes.

—Vale.

Me giro hacia Cintia.

—Llama a Diego, que te mantenga informada todo el rato. Y le dices a Maia que no se preocupe de las otras habitaciones, que yo las haré.

—¿Tú? —preguntan las dos a la vez. Asiento y me pongo en pie.

—No puedo llamar ahora a Celeste. Entre que viene y todo, perdemos mucho tiempo. Acabo antes haciéndolo yo. Sé limpiar una habitación y cambiar las sábanas.

Cintia rueda los ojos. Berta resopla y se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz.

—Pues claro que sabes. Todos sabemos —apunta la primera—, pero puedo hacerlo yo. —Señala con la mano la libreta que tengo abierta sobre la mesa y en la que figuran, punto por punto, todos mis órdenes del día. La mayoría están sin tachar.

Miro la lista y me encojo de hombros.

—Estarán ahí cuando vuelva. —Rodeo la mesa e insto a mis hermanas a que empiecen a andar hacia la puerta. Lo hacen, aunque las dos me miran por encima del hombro.

—Aitana… —Reprimo el impulso de poner los ojos en blanco. Me pone nerviosa cuando Berta pronuncia mi nombre así, con ese alargamiento de más en la última «a». Como si fuera una madre que está regañando a su hija—. Te recuerdo que tienes lo de la empresa de reformas, y las cuentas, y…

—¿Vas a recitarme todos los puntos de mi lista? —Salimos del despacho y cierro la puerta. Mis dos hermanas se detienen y se cruzan de brazos, las dos con la ceja enarcada.

De los seis, Berta y Cintia son las que más se parecen entre sí. No hacen falta preguntas, tras echarles un pequeño vistazo ya sabes que son hermanas. Y a las dos se les da de maravilla mirarme de forma escéptica.

—Ya lo he dicho antes —añado pasando por el medio de las dos y reanudando la marcha—, todo seguirá en el mismo sitio cuando regrese. Esto es más urgente.

Conforme llegamos a recepción, puedo ver a un grupo de gente esperando. Me acerco a Berta.

—¿Son los de la doble reserva? —le pregunto en un susurro.

Asiente.

—Sí.

—Perfecto. Encárgate de ello. —Me echa un nuevo vistazo.

La conozco, sé que quiere decir algo más.

Berta siempre quiere decir algo más. Pero al final opta por despedirse de nosotras y se acerca a los clientes con esa sonrisa que la caracteriza y que, cuando la ves, llegas al convencimiento de que la vida es maravillosa.

Berta tiene ese poder en la gente. La relaja. La tranquiliza.

Le doy un apretón en el brazo a Cintia antes de separarnos.

—Casi se me olvida. Encárgate también de llamar a los de las flores para la boda de los Gálvez. —Cojo aire despacio—. Ahora quieren peonías en las mesas en vez de los lirios.

Cintia frunce tanto el ceño que le nace una arruga nueva en la frente.

—¿Han vuelto a cambiar las flores?

Asiento a la vez que me encojo de hombros.

—Y aún falta un mes para la boda, yo ya no descarto nada.

—¡Que es la cuarta vez que cambian las flores! ¡¿Qué le pasa a esa gente?!

Suelto una pequeña carcajada mientras comienzo a andar hacia atrás.

—¡Un mes! ¡Muchas cosas pueden pasar en un mes! No lo olvides. —A pesar de estar a cierta distancia, puedo escuchar el gruñido de exasperación de mi hermana.

¿Le molesta que le cambien las flores? Eso no es nada. Una vez unos novios cancelaron el menú entero tres días antes de la boda porque, según ellos, el horóscopo del novio no era compatible con el marisco y no habían caído hasta ese momento.

Creo que en mi vida he visto a Nerea tan alterada, y eso que alterada es su segundo nombre.

Entro en el cuarto donde guardamos los productos para limpiar las habitaciones y me preparo un carrito con todo lo que necesito para limpiar seis habitaciones.

Cojo las sábanas limpias, las toallas, los botes de desinfectante, el limpiacristales, varios rollos de papel, botes de gel, champú, crema corporal y unos cuantos vasos de cristal de repuesto que tintinean entre sí cada vez que muevo el carrito.

Al llegar al ascensor, pulso el número uno y me apoyo en una de las paredes mientras la puerta se cierra y este se pone en marcha. El ascensor tarda menos de tres segundos en llegar.

Salgo y me dirijo a la primera puerta. El estómago se me contrae al ver el número cinco pegado a la madera.

—¿En serio? —La habitación de Leo me saluda como si estuviera burlándose de mí, sobre todo cuando imágenes del sueño de anoche me invaden como una ola caliente, pegajosa e imposible de ignorar.

Unas imágenes que me obligan a cerrar las piernas con fuerza y a echar de menos tener a mano un abanico con el que poder alejar el calor que me recorre el cuerpo.