Capítulo 22 #2
—Soy la hermana mayor. Es mi recompensa por aguantaros durante tantos años. —Se vuelve hacia mí. Ahora que estamos tan cerca puedo verle la cara gracias a la luz de la luna que entra por la ventana.
Está sonriendo.
—Me gusta que seas mi hermana mayor.
Choco su hombro con el mío.
—A mí no me queda más remedio que quererte. Pero intento hacerlo con gusto. —Se ríe tapándose la boca con la mano para no despertar a Berta.
Me pasa el brazo por los hombros y me pega a él abrazándome. Apoyo la cabeza en su hombro. Nos quedamos callados, con nuestras respiraciones como único sonido.
—Entonces… —empiezo a decir—, ¿estabas pensando en Mateo?
—¿Si te digo que no me vas a creer?
—Probablemente no. —No lo veo, pero sé que ha puesto los ojos en blanco—. Deberíais hablar.
—Ya lo hemos hecho.
—¿Antes o después de acostaros en ese baño?
—No nos hemos acostado, le he hecho una mamada.
—¡¡Diego!! —grito dándole un manotazo en el estómago. Por supuesto, no le hago daño, pues está duro como una roca. Así que se descojona.
—Estaba compartiendo información contigo.
—Una información que no necesito saber. —Vuelve a reír. Por lo menos parece un poco más relajado que cuando he llegado—. Os queréis. Lo sabes, ¿no?
—Mateo y yo no nos queremos. Es… —suspira— complicado.
—Descomplícalo.
—Esa palabra no existe. ¿Y cómo quieres que lo haga, con mi varita mágica? —Vuelvo a darle otro manotazo en el estómago.
—Deja a tu varita mágica tranquila. —Se ríe haciendo que su cuerpo vibre y, como estoy pegada a él, vibramos los dos.
—¡No estaba hablando de mi polla!
—Tú siempre estás hablando de tu polla.
—Pues ahora no.
—Por si acaso.
Por suerte, ninguno dice nada más. Nos limitamos a quedarnos otra vez en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Me acomodo un poco mejor contra él y cierro los ojos un segundo dejándome llevar por el vaivén tranquilo de su respiración.
—¿Aitana?
—¿Mmm? —Podría quedarme dormida.
—¿Tengo que ayudarte a enterrar algún cuerpo? —Abro los ojos y me incorporo. Lo miro alzando una ceja.
—¿Qué?
Se encoge de hombros. Aunque está serio, sus ojos brillan divertidos.
—¿Has matado al escritor por lo del lavabo?
Leo.
Leo y el sueño.
Leo y su lengua dentro de la mía.
Leo jadeando contra mi boca.
Leo restregando su cebolleta contra mi sexo.
«No la llames cebolleta, pierde todo el encanto».
Niego con la cabeza.
—Tranquilo, esta noche no tenemos que enterrar ningún cuerpo. Pero te avisaré con tiempo por si hay que hacerlo.
Asiente solemne.
—Gracias. Es sobre todo por logística. Por saber si tengo que conseguir una pala o dos.
—Dos. Una para ti y otra para mí.
—Cintia también nos ayudaría seguro. Berta ni de coña. Y Nerea… —finge un escalofrío— nos daría con la pala en la cabeza a todos y enterraría ella sola nuestros cuerpos.
Le chisto por hablar así de nuestra hermana, aunque no puedo evitar reír. Solo un poco.
—Te matará si te oye hablar así de ella.
—De ahí el no llamarla nunca para que nos ayude a esconder un cadáver.
Me guiña un ojo.
Está mal tener debilidad por alguno de tus hermanos. Se supone que a todos los tienes que querer por igual y todo eso. Y los quiero a los cinco. Con locura. Daría mi vida por ellos. Mataría sin pensarlo por ellos.
Pero Diego… Digamos que Diego tiene el pellizco de mi corazón un poco más grande.
Me acurruco de nuevo contra su pecho solo para incorporarme de golpe dos segundos después.
—¡Nos hemos olvidado de Irene! —Frunzo el ceño. Diego compone una mueca.
—No podemos contar con ella. Seguro que cuando cometamos el asesinato la pillamos en Camboya o cruzando Nueva Zelanda en furgoneta.
Me muerdo el labio inferior.
—¿Te puedo contar un secreto? —Ladea la cabeza un poco.
—Yo también la envidio.
Y esta es una de las razones por las que Diego y yo nos llevamos tan bien. Porque somos iguales en muchas cosas.
—¿Crees que eso está mal?
—Dicen que la envidia nunca es sana, pero yo creo que siempre hay que tener un poco para querer seguir avanzando; si no, puedes cometer el error de estancarte.
No digo nada más. Me quedo mirándolo pensativa dándole vueltas a lo que ha dicho, que no es otra cosa que una gran verdad.
Diego estira los brazos por encima de la cabeza bostezando. No sé qué hora es, pero parece que la noche está empezando a clarear. No tardará mucho en amanecer.
—Me voy a ir a la cama, a ver si consigo dormir unas horas antes de que la jefa me reclame. —Me da un beso en la mejilla y se levanta. Yo, para sorpresa de nadie, no tengo sueño. Se gira—. Oye, ¿alguna vez has pensado en lo que harías si no tuviéramos el hotel?
«¿Alguna vez se ha preguntado qué sería si el hotel no existiera?». No sé por qué me viene a la cabeza la pregunta de Leandro Beltrán. O puede que sí lo sepa; porque nunca me la había hecho nadie, ni siquiera yo misma.
Siempre supe que mi sitio era este. Que el despacho de mi padre un día sería el mío.
Para eso me preparé. Hay gente que nace con un objetivo en la vida y, bueno, este era el mío.
Así que, cuando un hombre como Leandro Beltrán me hizo esa pregunta, me pilló con la guardia tan baja que, por unos segundos, no supe qué contestar.
Luego, cuando mis dedos se pusieron sobre el teclado, las palabras salieron solas:
«No suelo imaginar cómo sería mi vida si el hotel no existiera. Forma parte de mí y yo de él. Así que siento no poder ayudarle mucho con esa pregunta».
Y no mentí. No me imagino mi vida en otro sitio que no sea entre estas cuatro paredes. Por eso no pienso renunciar a él y lucharé con lo que haga falta para que así sea.
No obstante, en mi cabeza, sí que contesté a esa pregunta. Fotógrafa.
Si el hotel no existiera, viajaría por el mundo fotografiándolo todo, hasta las comidas que el señor Beltrán tuviese que valorar.
Parpadeo centrándome de nuevo en Diego.
Me encojo de hombros.
—No lo sé —termino diciendo—. ¿Y tú?
—Probablemente, acabaría liándola en algún sitio y volviendo aquí igual.
Los dos nos reímos porque supongo que tiene razón. Y porque, en el fondo, los dos sabemos que, por mucho que imaginemos otras vidas, siempre terminamos volviendo aquí.
A este sofá.
A esta casa.
A este lugar que, para bien o para mal, es lo único que nunca cambia.