Capítulo 22
Aitana
N o sé en qué momento he pasado de «un episodio más y me voy a dormir» a estar tirada en el sofá con el bol de palomitas medio vacío sobre la barriga y completamente enganchada.
Y ni siquiera tengo hambre, después de no sé cuántos tacos y la cantidad indecente de margaritas que me he bebido, pero es lo que tiene el insomnio.
En la pantalla, Belly está mirando a Conrad como si el mundo dependiera de ello.
Pongo los ojos en blanco. Quién me iba a decir a mí a mis treinta y dos años que estaría tan enganchada a una serie de veinteañeros que no saben ni atarse los cordones de las zapatillas ellos solos.
La mejor es la madre. La de Belly. La de Conrad me pone de los nervios. Es la culpable de todo y ahí nadie se da cuenta.
—Venga ya… —murmuro llevándome un puñado de palomitas a la boca—, bésala o déjala en paz, pero haz algo.
Ambos protagonistas se quedan en silencio. Mirándose. La tensión se puede cortar con un cuchillo. La sexual.
Los dos contienen la respiración. Vuelvo a llevarme otro puñado de palomitas a la boca. Tengo la garganta seca. Y salada. En nada voy a necesitar un vaso de agua.
Conrad se acerca un milímetro.
Belly respira hondo.
—Ay, por favor… —resoplo—. ¿Cuántos capítulos llevamos ya con lo mismo?
Mastico cruzando los tobillos sobre el brazo del sofá.
—Si no la besas tú, lo hago yo —murmuro—. Te lo juro. Solo para que la pobre no se quede con las ganas.
Un golpe en la puerta me hace dar un respingo. De los gordos. Menos mal que ya casi no quedaban palmitas en el bol o se habrían ido todas al suelo.
Frunzo el ceño y miro la hora en el teléfono. Son más de las dos y media de la mañana. Por un momento pienso que podría ser Diego, que se ha dejado las llaves. O Berta. Pero los dos están en sus habitaciones durmiendo. ¿Verdad?
Echo un vistazo al pasillo, como si así pudiera comprobarlo, pero un nuevo golpe en la puerta me sobresalta. Me llevo una mano al pecho.
—Genial. Fantástico. Justo lo que me faltaba. Un asesino en serie. —Dejo el bol a un lado y me incorporo despacio.
Camino hacia la puerta con cuidado e intentando no hacer ruido. Es muy raro que alguien llame a estas horas, sobre todo porque la casa está en el terreno del hotel. No es que esté en mitad del pueblo ni nada de eso.
Y no he escuchado ningún coche, así que es alguien conocido.
—¿Quién es? —pregunto sin abrir.
Silencio. Un segundo. Dos.
—Soy yo.
Se me para el corazón. De forma literal.
Miro a un lado y al otro esperando encontrar algo. Ni siquiera sé el qué.
Aprieto los labios, respiro hondo —muy hondo— y abro la puerta. Apoyado en el marco, como si fuera lo más normal del mundo, está Leo. Viste igual que en el Mercurio, solo que el pelo lo lleva más desordenado. Como si se hubiera pasado mucho los dedos por él.
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí? —pregunto cruzándome de brazos. Como si así pudiera protegerme de algo.
Sus labios se curvan apenas.
—Buenas noches para ti también, Aitana. —No me gusta cómo pronuncia mi nombre.
Qué narices. Me gusta un montón.
—Son más de las dos de la mañana —indico, por si fuera tonto y no supiera qué hora es.
Su sonrisa se eleva un poco más.
—Lo sé.
—Entonces, repito, ¿qué haces aquí?
Me mira. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y algo en mi estómago se remueve.
Esta vez sé que no son retortijones.
—No podía dormir. —¿Qué? ¿Está de coña?
Echo un vistazo a nuestro alrededor. Sí, estamos solos. No hay nadie y todo parece en orden.
Me muerdo el labio inferior.
—En el comedor del hotel tenemos infusiones.
—No me gustan.
—¿Has probado a contar ovejitas? Dicen que funciona.
Su risa rompe el silencio de la noche. El estómago se me contrae y los ojos se me quedan fijos en su nuez, que sube y baja, y en su sonrisa. No debería ser tan bonita.
Me quedo en silencio mientras él se recompone. Se lo ve tan sereno, tan tranquilo. Tan poco nervioso.
Y muy poco cansado para las horas que son. Puede que sea un ave nocturna. A lo mejor, como yo, solo necesita unas pocas horas de sueño. Ya tenemos algo en común.
«Ni se te ocurra pensar en lo que el señor Valera y tú tenéis en común porque es absolutamente nada».
Cambio el peso de un pie a otro y me muerdo el interior de la mejilla.
—Es muy tarde y…
—¿Puedo pasar? —Su pregunta interrumpe lo que sea que fuera a decir. Parpadeo dejando que mi cabeza analice lo que acaba de decir.
—Eh… ¿no? —carraspeo—. No. —Esta vez hablo en tono más firme.
Vuelve a sonreír haciendo aparecer su hoyuelo.
—¿Por qué?
—Porque no es apropiado.
—¿Por qué?
—Porque es usted un cliente, señor Valera. —Chasquea la lengua contra el paladar contrariado y niega con la cabeza mientras se aparta del marco de la puerta.
Tengo que alzar la cabeza para mirarlo.
Estamos tan cerca que los dedos de mis pies tocan la punta de sus zapatos.
—¿Otra vez con lo de señor Valera? —Arruga la nariz—. Creía que ya habíamos superado esa fase.
Me encantaría replicarle con algo. Lo que sea. Pero no puedo hablar. Solo puedo mirarlo. Y tragar saliva. Está tan cerca y huele tan bien. No tengo ni idea de qué está pasando, pero estoy mareada.
Leo alarga la mano y la coloca en el lateral de mi cuello. Siento calor. Y un cosquilleo. Ya no sonríe. Está serio, y sus ojos están brillantes. Su pulgar me acaricia la piel, que se me pone de gallina. Rezo para que no se dé cuenta, pero sé que es imposible.
Se inclina sobre mí. Su nariz roza la mía.
—¿Sabes? —ronronea—. No he dejado de pensar en ti en toda la noche.
Le ordeno a mi cerebro que hable y a mis manos que lo empujen, pero nada me obedece. Solo puedo mirarlo.
Mirarlo y suplicarle en silencio que me bese. Que me toque. Que me siga acariciando el cuello.
Y, entonces, sin avisar, sin pedir permiso y mucho menos perdón, me besa. Sus labios, fríos, están sobre los míos, y yo…
Yo me entrego a él. Me aferro a su camisa y abro la boca dejando escapar un jadeo cuando su lengua acaricia la mía. Sabe a menta.
El beso es lento. Profundo. Muy peligroso.
Leo baja las manos por mi cuerpo hasta aferrarse a mis caderas y de ahí a mi culo. Me alza al vuelo y me apoya la espalda en la pared. Enredo las piernas en su cintura y gimo muy alto cuando su entrepierna conecta con la mía.
—Esto está mal —susurro contra su boca.
Se me escapa un suspiro cuando clava los dedos en mi piel y él aprovecha para profundizar el beso.
—¿Quieres que pare? —pregunta dejando mis labios para darme un beso en el cuello, ahí donde me ha tocado antes.
«Sí», grita mi subconsciente.
—Ni de coña —contesto.
Cierro los ojos abandonándome a él, a esto, cuando un golpe sordo me hace abrirlos de golpe.
Lo primero que percibo al abrirlos es que no estoy en la puerta de entrada, sino en mi habitación.
Concretamente en mi cama. Lo segundo es que estoy sola.
Jadeante, sudorosa y con la mano metida dentro de mi ropa interior.
Que el sexo me palpita y que no recuerdo la última vez que estuve tan excitada.
¡Si hasta me duelen los labios!
Saco la mano del interior de mis bragas y me incorporo de golpe con la mano en el pecho y los ojos desorbitados.
Acabo de soñar que me besaba con Leo. No solo eso, sino que estaba a punto de acostarme con él. ¡Si hasta me estaba masturbando!
—Oh, Dios mío. ¡Oh, Dios mío! —Tengo la respiración agitada y el corazón desbocado, además de una vergüenza que me muero, y eso que estoy sola.
Me dejo caer en la cama y me cubro la cara con el brazo. Esto es por culpa de Raquel y su idea de tirarme a Leo. Si no hubiese dicho nada, yo no habría soñado esto.
Maldita Raquel.
Me levanto de la cama con la garganta seca, cabreada y, qué narices, cachonda. Estoy tan excitada que estoy a un tris de terminar lo que había empezado, pero antes necesito un vaso de agua.
O un poco de gasolina. No lo sé aún.
Salgo de la habitación y lo primero que escucho es el silencio.
Las habitaciones de mis hermanos están cerradas, por lo que intuyo que estarán dentro.
Tampoco lo voy a comprobar. Ando de puntillas por el pasillo hasta la cocina y las mejillas se me encienden como brasas al rojo vivo al ver la puerta de entrada.
Casi puedo notar el sabor de la menta de Leo en la lengua.
—Estás como una puta cabra, Aitana —me reprendo en voz baja.
—Hola.
—¡¡JODER!! —El grito me sale del alma.
Doy un salto hacia atrás con la mano en el pecho y las piernas temblando. Mis ojos tardan unos segundos en reconocer el bulto que está tumbado en el sofá, a oscuras, y que casi me provoca un infarto.
Diego. No le veo bien la cara, pero me juego mi preciada cámara de fotos a que está sonriendo.
—¡Pero tú eres gilipollas! —le suelto con el corazón latiéndome en la garganta.
Diego se incorpora en el sofá quedando sentado, vuelto hacia mí.
—¡¿Qué narices haces ahí?! —susurro todavía medio en shock —. ¡Casi me da un infarto!
—No podía dormir. —Esas palabras me llevan, inevitablemente, a pensar en Leo y en el sueño. Me froto la cara. Estoy sudando.
Por lo menos la libido se me ha ido de golpe.
—¿Y por eso te has propuesto matarme? —Voy al armario, cojo un vaso y lo lleno con agua del grifo.
—No sabía que hablabas sola.
—No hablo sola —replico.
Tras beberme el segundo vaso, lo dejo en la pila y me acerco al sofá. Me siento junto a mi hermano y los dos nos quedamos en silencio. Él con la cabeza gacha y yo con la vista fija al frente.
El corazón sigue latiéndome muy rápido.
—¿Y por qué no puedes dormir? —pregunto cuando los segundos pasan y el silencio ya empieza a ser pesado.
Por el rabillo del ojo veo cómo se encoge de hombros.
—No sé, estaba pensando.
—¿En Mateo? —Resopla.
—No siempre estoy pensando en Mateo.
—Creía que después de haberlo seguido al cuarto de baño en el Mercurio estarías pensando en él.
El resoplido de ahora sube de intensidad.
—¿Raquel?
— Sip .
—Joder. Sois peor que Radio Patio.
—Yo me pido ser Marisa.
—Te pega más Vicenta. Por cotilla y porque te encanta enterarte de todo antes que nadie.