Capítulo 21
Raquel
M e guardo el móvil en el bolso y llamo con los nudillos a la puerta que tengo justo enfrente. Tengo llave, pero jamás la he usado, y tampoco creo que lo haga.
No quiero.
Llamar ya me genera un nudo en el estómago.
Abrir con mi propia llave sería elevar lo que sea esto al siguiente nivel y, si se eleva al siguiente nivel, habría que hablar.
Que dar explicaciones. Y no estoy preparada para ninguna de las dos cosas, aunque en el fondo me muera por hacerlo, porque estar ocultando esto me mata.
Sobre todo por estar ocultándoselo a Aitana y a Mateo.
La puerta se abre terminando así con mi diatriba interior. Y, como siempre me pasa, una lenta sonrisa estira de la comisura de mis labios hacia arriba en cuanto veo a la persona que me espera al otro lado.
Una sonrisa que hace compañía al revoltijo de mariposas que se me empiezan a formar en el estómago.
Sigue llevando la bata de médico puesta, el pelo revuelto y unas ojeras considerables bajo los ojos. Se le nota cansado, aun así, está guapísimo.
Siempre lo ha sido.
Su complexión es fuerte; jamás pisa un gimnasio, pero aun así tiene unos brazos y unos hombros tonificados. Manos grandes, firmes. De médico. De los que saben exactamente dónde tocar.
Pero lo mejor son sus ojos. Verdes. De ese verde claro que parece tranquilo… hasta que te mira de verdad. Como siempre hace cuando me mira.
Entonces es otra cosa. Más intenso. Más peligroso.
Trabaja demasiadas horas; guardias interminables, cafés a deshoras y decisiones que pesan más de lo que debería cargar nadie. Lo sé porque, aunque no me lo cuente todo, se le nota. En la forma en la que se pasa la mano por la cara o en cómo suspira cuando cree que no lo estoy mirando.
Pero qué voy a decir yo, si para mí Javier Garrido siempre ha sido el hombre más guapo, interesante y divertido del mundo.
Y sexi. Incluso cuando tenía dieciséis años, yo trece, y me miraba como si fuera un insecto al que quisiera pisar con la chancla.
Además de la molesta prima pequeña de su mejor amigo.
—Hola, preciosa —me saluda con esa sonrisa que derrite corazones. Al menos el mío.
Pero me obligo a tragar saliva y a no enseñar con demasiada claridad mis cartas.
—Hola. Yo… —En cuanto me doy cuenta de que me estoy rascando la nuca en un tic nervioso, bajo la mano y le devuelvo la sonrisa—. ¿Puedo pasar?
—Ya sabes que sí. Eso no tienes que preguntarlo. —Javier ladea la cabeza y se hace a un lado abriendo la puerta del todo e indicándome con un gesto de la mano que entre.
No sé qué me provoca un nuevo revoltijo en el estómago, si ese «siempre», el roce de su mano sobre la mía al pasar por su lado o lo bien que huele.
Camino hacia la cocina sintiendo sus pasos tras de mí.
Al llegar, dejo el bolso sobre la encimera y me siento en uno de los taburetes que rodean la isla.
Sobre esta, diviso un sándwich de mantequilla de cacahuete con mermelada de frambuesa, un tazón de cereales de unicornio y un plátano a medio pelar.
—Parece la cocina de un universitario. —La carcajada de Javier es inmediata, baja y despreocupada, llenando la estancia.
—La verdad es que no me importaría tener otra vez dieciocho años. Todo era más sencillo. —«Y que lo digas».
Coge el plátano y termina de pelarlo. Apoyo el codo en la encimera y dejo caer la barbilla sobre la mano observando cómo corta de manera minuciosa la pieza de fruta y la echa en el bol de leche junto con los cereales. Para mí, esa mezcla es asquerosa, pero a él le encanta.
No sé la de veces que lo he visto desayunar eso.
—¿Un día duro? —pregunto señalando con la cabeza su vestimenta. Javier baja la vista a su ropa y frunce el ceño.
—No me había dado cuenta de que aún llevo la bata puesta. —Suspira pasándose una mano por el pelo y revolviéndoselo—. Tenía tantas ganas de llegar a casa…
—Entonces sí que ha sido duro.
Se encoge de hombros.
—Más que duro, cansado. —Levanta el bol—. ¿Quieres?
Me río negando con la cabeza.
—Ni de coña, amigo. Eso es asqueroso.
Me mira con la boca abierta fingiendo estar ofendido.
—Perdona, pero esta mezcla es una delicia. Y no puedes juzgar algo sin haberlo probado antes.
—Me lo dice el tipo que se niega a comer caracoles.
Abre los ojos de par en par.
—¡No me compares! —protesta señalándome con la cuchara como si acabara de cometer un crimen—. Los caracoles son babosos. Y tienen mocos. Además de una textura sospechosamente rara.
Miro su bol con una mueca.
—Y eso lo dices tú —replico—, que te estás comiendo una papilla…
—Deliciosa —termina de decir por mí. Javier baja la vista a su desayuno y luego vuelve a mirarme—. Esto es alta cocina. De hecho, estoy pensando en incluirlo en la carta del hospital.
—Es una idea buenísima. Seguro que el hospital se forra. Ya lo veo: sección gourmet , menú supervivencia posguardia.
—Exacto. —Se lleva una cucharada a la boca con total dignidad. Gime de gusto poniendo los ojos en blanco—. No todo el mundo puede entenderlo.
Niego con la cabeza sin poder evitar sonreír mientras lo observo.
Eso fue lo primero que me enamoró de él.
Su sentido del humor. Bueno, fue lo segundo.
Lo primero fueron sus ojos verdes. Y su sonrisa descarada.
Y su cara en general. Ay, y su culo. Joder, es que tiene un culo que roza lo indecente, y a mí me encanta pecar.
Pues entonces, a lo mejor, su sentido del humor fue lo décimo que me enamoró de él.
Sea como fuere, me encanta. Y por eso estoy aquí, sentada en su cocina. Como si no supiera que esto es una pésima idea.
Como si no supiera que, en algún momento, todo esto va a estallar por los aires y nos va a salpicar a todos de mierda.
A mí sobre todo.
—Eh, ¿qué pasa? —pregunta Javier sacándome de mis pensamientos.
Parpadeo un par de veces. Vaya, pues sí que estaba ensimismada, porque ya no está al otro lado de la isla, sino justo a mi lado.
Coloca una mano en mis rodillas y me guía con ligereza hasta situarme justo enfrente de él. Por instinto, abro las piernas y él se coloca en medio. Lleva las manos a mis mejillas y me obliga a levantar la cabeza.
No es muy alto. Uno setenta y cinco o así. Si tuviera que ponerle un pero, podría ser ese, aunque para mí la altura nunca ha sido un problema. Así que no, no cuenta.
Puede que el único defecto que tiene es que le puso los cuernos a su pareja conmigo. A la madre de su hijo. A la hermana de mi mejor amiga.
Sí, definitivamente puede que ese sea su defecto.
Javier, como si supiera qué estoy pensando —aunque tampoco creo que sea muy difícil de averiguar, pues siempre estoy pensando en lo mismo—, se inclina hacia abajo y roza sus labios con los míos, no sin antes darme un beso en la punta de la nariz.
No puedo evitar sonreír. Y suspirar. Y responder al beso.
Porque con él siempre es así. Fácil. Sencillo. Mágico. Y eso es justo lo peligroso, porque cuando estoy aquí, con él, se me olvida todo lo demás.
Se me olvida quién soy yo y quién es él.
Se me olvida Aitana.
Y se me olvida Nerea.
Y eso no debería pasar. No debería. Pero pasa, y no lo puedo evitar.
Porque él siempre ha sido mi punto débil.
El chico que me miraba como si fuera una cucaracha con trece, pero que aun así me defendió de esas niñas que se metían conmigo en el instituto porque llevaba aparato, gafas y me llamaban cuatro ojos.
El que me acompañaba siempre a casa aunque yo le dijese que no hacía falta, pero él se limitaba a decir «me pilla de camino», aunque los dos sabíamos que mi casa estaba totalmente al contrario de la suya.
El que me dejó una sudadera un día de mucho frío y nunca me pidió que se la devolviera.
El que me regaló el libro de Mujercitas , mi favorito, porque el que yo tenía se mojó por culpa de la lluvia y un error de cálculo.
El primero que me miró de forma distinta, ambos lo notamos, pero nunca dijimos nada.
—Raquel —murmura sobre mis labios. Levanto la vista. Aunque sonríe, sus ojos están serios. Atentos—. ¿Va todo bien?
—Sí —miento.
Siempre miento cuando me hace esa pregunta.
—¿Irás el sábado a la feria? —me apresuro a decir cuando lo veo abrir la boca.
Suelta un pequeño suspiro y asiente.
Sus manos siguen sobre mis mejillas. Me las acaricia con los pulgares.
—Sí. No trabajo y Joan quiere ir. —Sé que no debería, pero no puedo evitar sentir una pequeña presión en el pecho al escuchar el nombre de su hijo.
—Eso es genial.
—¿Lo tienes todo controlado? —Eso creo. Me muerdo el labio inferior. Me encanta ser la coordinadora de las fiestas del pueblo, pero también me da muchísimo dolor de cabeza.
—Aitana me va a ayudar con las fotos, como siempre, y Mateo se encargará de la rifa.
—Nerea me ha comentado que este año llevará un puesto de empanadas, tortillas y croquetas.
Si escuchar el nombre de Joan me produce una presión en el pecho, escucharlo hablar de Nerea es como si esa presión se trasformara en puñetazo.
Lo que es absurdo e injusto para Nerea, porque la que lo está haciendo mal soy yo, no ella.
Aun así, fuerzo una sonrisa. Una que, por cómo me mira Javier, debe de dar un miedo que te cagas.
—Raquel… —jadea en ese tono de impaciencia que me hace sentir ridícula.
Me levanto del taburete obligándolo a apartar las manos de mi cara y a que dé un paso atrás.
—Voy a por un vaso de agua, ¿quieres? —indico intentando pasar por su lado, pero me lo impide cogiéndome del brazo.
No quiero mirarlo, pero lo hago. Levanto la cabeza y sus ojos se encuentran con los míos.
—Nerea y yo somos amigos. Tenemos un hijo en común.
—Lo sé, no he dicho nada.
—Tú no, pero tus ojos sí.
—No sabía que sabían hablar.
—Sí, y mucho.
Intento apartar el brazo, pero su agarre se mantiene. No me hace daño, me aprieta con suavidad, pero tampoco me deja ir.
Lo escucho coger aire y soltarlo poco a poco.
—Dímelo y hablaré con ella. —Su voz suena firme. Mis ojos se abren de par en par.
—¿Qué? —grazno.
Javier da un paso adelante. Nuestras narices están a un tris de rozarse.
—Le contaré lo nuestro. Le diré que estamos juntos.
—¡¿Qué?! ¡Estás loco! ¡No puedes hacer eso!
—¿Por qué no? Nerea y yo no estamos juntos.
—¡Pero eso da igual! ¿Es que no lo entiendes? Ella es… Yo soy… —Me paso la mano que tengo libre por la frente—. Soy la otra, Javier. ¡La otra!
Suelta una risa baja, aunque es una risa seca. Vacía.
—No eres la otra, joder.
—Para Nerea lo seré. ¡Y para Aitana!
Pensar en mi amiga, en que pueda llegar a… odiarme, hace que deje de respirar. Y que me entren ganas de vomitar.
No tengo hermanas. Soy hija única. Así que Aitana es mi otra mitad. Mi refugio. Mi ancla. Mateo también, pero Aitana… Ella es mi todo, y solo pensar en que pueda alejarse de mí me mata.
«Pero aquí estás, con el ex de su hermana».
Cierro los ojos.
—Esto es absurdo —escucho murmurar a Javier. Abro los ojos. Me mira con tristeza—. Raquel, te quiero…
—No lo digas —lo corto rápido, sin dejarle que termine, notando cómo se me encoge el pecho.
Bufa apartando la mirada un segundo antes de volver a clavármela.
—¡¿Por qué no puedo decir que estoy enamorado de ti?! —Su voz sube un poco cargada de frustración.
—Porque entonces lo hace todo más real.
—¿Y si quiero que lo sea? ¿Y si estoy cansado de ocultarme? ¿Y si quiero verte el sábado y besarte delante de todo el mundo?
Niego con la cabeza notando cómo el pulso se me acelera.
—No lo dices en serio.
—¡Pues claro que lo digo en serio!
—Olvídalo.
—Raquel…
—No. —Niego con la cabeza apretando los labios—. Olvídalo, por favor.
Nos quedamos mirándonos. En silencio. Con pesar y con un millón de sentimientos más. Con cosas que no somos capaces de decirnos en voz alta.
Tiene razón. Deberíamos decirlo. Quitarnos esta pesadumbre de encima. Este dolor.
Pero no puedo. Yo… no puedo.
Javier exhala despacio. Entiende que no voy a decir nada más. Que esta discusión —o lo que sea que estemos teniendo— se ha terminado. Al menos por ahora. Porque volveremos a ella tarde o temprano.
Siempre lo hacemos.
Me suelta y da un paso atrás. Cruza los brazos sobre el pecho en una actitud protectora.
—Voy a darme una ducha.
Asiento.
—De acuerdo.
—¿Te quedas?
Tengo la respuesta más que clara. Aun así, me la pienso.
No sé por qué narices siempre finjo pensármela.
—Claro. —Vacilón, al final agacha la cabeza y me besa.
—Te espero arriba.
Se marcha, dejándome sola en la cocina con mis pensamientos, mis remordimientos y el sándwich de crema de cacahuete intacto.
Porque, como siempre, me quedo. Y es que tomar buenas decisiones nunca ha sido lo mío.