Bandeja de entrada Capítulo 24 #2
39%

Capítulo 24 #2

—¡Oh! ¡Joder! ¡Mierda! —me quejo llevándome la mano herida contra el pecho como si así fuera a doler menos.

—¡Serás bruta! —Me la coge y la examina. No sangra, pero menudo daño me he hecho.

Leo chasquea la lengua contra el paladar y niega con la cabeza como si estuviera exasperado.

O como si yo no tuviese remedio.

—¿Cómo se te ocurre pegarme con la mano en la que te acabas de hacer un corte? —Alzo una ceja.

—Ha sido por tu culpa. —Se le escapa la risa.

—¿Mía?

—Por llamarme coñazo. —Vuelve a negar con la cabeza, pero esa sonrisa suya sigue ahí instalada, como si no hubiera manera de borrarla.

Leo inspecciona la herida con el ceño un tanto fruncido y vuelve a limpiar con una gasa nueva. Esta vez intento no reaccionar. Lo consigo.

Más o menos.

Leo rebusca de nuevo en la bolsa y saca un esparadrapo y una gasa. Me envuelve la herida con ambas cosas.

—Nunca imaginé que serías tan quejica —dice tras terminar el trabajo.

—No soy quejica.

—Tampoco creí que fueras tan mentirosilla.

—Coñazo, quejica, mentirosa… ¿Algún adjetivo más que aportar a la lista? —Alza la cabeza. Me mira. Sonríe, pero serio a la vez.

Siento su pulgar rozar la zona de la herida despacio.

—Cabezota, orgullosa, testaruda… —empieza a enumerar en voz baja. Su aliento me hace cosquillas en los labios. Juraría que estamos más cerca que antes—. Más frágil de lo que quieres aparentar… y peligrosamente atractiva cuando te enfadas.

Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. Oh, Dios mío.

De repente, caigo en que no sé dónde tiene la otra mano. O si la va a mover. Si me tocará con ella.

Noto el corazón en los oídos.

El aire queda suspendido entre nosotros, o puede que sea yo, que creo que he dejado de respirar.

No me muevo.

No puedo.

Sus palabras siguen flotando en mi cabeza, repitiéndose en bucle, mientras mi corazón decide que es el momento perfecto para intentar salir por la boca.

Debería replicarle por lo de frágil, pero solo puedo pensar en lo de atractiva.

Trago saliva. Error. Porque eso solo hace que sea más consciente de lo cerca que estamos.

Leo desvía la mirada de mis ojos a mis labios y yo… Yo hago lo mismo. Porque el sueño vuelve, esta vez más real que nunca. Como si no fuera un sueño. Como si de verdad anoche se hubiese presentado en mi casa y nos hubiésemos besado con ganas y mucha desesperación.

Mi respiración se corta.

Un segundo. Dos.

No sé si soy yo la que se inclina o es él.

No sé si el mundo se ha detenido o si soy la única que se ha quedado congelada.

Solo sé que noto su aliento mentolado casi en la punta de la lengua.

—Aitana… —Que pronuncie mi nombre de esa forma tan ronca es demasiado para cualquiera.

Cierro los ojos. A tomar por saco el sentido común y el de responsabilidad. Quiero que me bese como hizo anoche. Quiero ver si la realidad es mejor que los sueños.

—Aitana, ¿estás aquí? —La voz de Nerea se cuela en mi cabeza como un jarro de agua fría.

Me echo tan de golpe hacia atrás que por poco no me caigo de la cama. Ya lo que me faltaba.

Me levanto al tiempo que mi hermana entra en la habitación. Sus ojos van de mí a Leo.

—Hola, Nerea —carraspeo—. Es… Estoy aquí. ¿Querías algo?

Nerea se nos queda mirando en silencio. A los dos. Alternando la mirada de uno a otro. Cuando se detiene en mí por fin, lo hace con una ceja enarcada.

Ni siquiera parpadea.

—Ha llamado Diego —dice, rompiendo este silencio tenso e incómodo—. Ona está bien. Ha sido solo la caída del momento y el susto. Reposo veinticuatro horas y luego como nueva.

Durante un segundo juro que ni siquiera sé quién es Ona.

Fuerzo una sonrisa.

—Eso está… bien. —Por el rabillo del ojo veo que Leo se levanta. Sigue sin camiseta, por supuesto.

—Estaba ayudando a Aitana, que se ha hecho un corte. —Nerea parpadea. Por fin. Baja la vista a mi mano.

—¿Cómo te has hecho eso?

Señalo la puerta del baño con la cabeza.

—Recogiendo un vaso de cristal.

—Ya. —No me gusta ese «ya».

Me quito una pelusa imaginaria del pantalón.

Doy un paso al frente.

—Voy a terminar de recoger…

—No puedes —me interrumpe Nerea—. Hay dos chicas en recepción preguntando por ti. Dicen que han venido a ver la cocina para la reforma.

Suelto un resoplido.

—¿La reforma? No puede ser. He hablado con ellas hace nada por teléfono y me han dicho que vendrían el martes.

Nerea se encoge de hombros.

—Pues están abajo. —Me rasco la nuca. Miro a Nerea y después el suelo del cuarto de baño. Al que no miro es a Leo, aunque lo siento demasiado cerca. Y juro que aún puedo notar el sabor mentolado en la lengua.

Joder, he estado a punto de besarlo.

Porque eso es lo que iba a pasar, ¿no? Leo Valera iba a besarme, y yo… Yo me moría por que lo hiciera.

—Aitana… ¡Aitana! —El grito de mi hermana me hace reaccionar. Pestañeo enfocando la vista en ella.

—Perdón. ¿Qué?

—Te estaba hablando —suspira—. Las chicas. Te están esperando.

«Sí, ya. Verás, es que yo he estado a punto de besar a Leo».

No puedo pensar en eso. Seguro que estoy roja como un tomate.

Me muerdo el interior de la mejilla y cambio el peso de un pie a otro.

—Sí, sobre eso… —Señalo el baño—. Tengo que terminar de recoger la habitación.

—No hace falta —se apresura a añadir Leo—. Puedo hacerlo yo.

—No —contestamos Nerea y yo a la vez.

Por lo menos hay en algo en lo que estamos de acuerdo.

Escuchamos pasos acercándose y, un segundo después, Cintia aparece por la puerta.

—Vengo a relevarte, Ai… —empieza, pero se queda a medias al vernos. Sobre todo al ver a Leo.

Cintia abre la boca y la cierra. Nos mira a los tres. Entorna los ojos y ladea la cabeza.

—Eh…, ¿interrumpo algo? —pregunta con tiento, aunque puedo ver un ligero atisbo de diversión en la comisura de sus labios.

—He ido a correr cuando, al regresar, he asustado a vuestra hermana; se le ha caído un vaso al suelo, que se ha roto, y, al agacharse a recogerlo, se ha cortado —resume Leo de forma ágil y diplomática.

Siento sus ojos sobre mí. Yo sigo sin mirarlo.

Dignidad lo llamarían algunos. Vergüenza lo llamo yo.

Cintia dirige la vista a mi mano.

—Ah… —Es lo único que dice.

Qué situación tan incómoda. Y Leo ha dicho la verdad. Aunque se ha dejado lo de que hemos estado a punto de besarnos.

—Deberíamos bajar —indica Nerea terminando con este silencio—. Nos están esperando.

—Yo me encargo de terminar aquí —señala Cintia.

Me gustaría preguntarle si ha solucionado el tema de las flores de los Gálvez, pero me he quedado muda, así que me limito a asentir agradecida y empiezo a andar hacia la puerta.

Siento los ojos de Leo clavados en la espalda. No puedo irme sin despedirme, así que me detengo y lo miro por encima del hombro. Levanto la mano herida.

—Gracias por esto.

Leo está serio. No sonríe. No muestra esa expresión alegre y despreocupada que lo caracteriza. Está tenso. Y tiene los ojos más oscuros que nunca, brillando con una intensidad que no tiene nada de tranquila. Ni de inocente.

Una intensidad que no sé cómo interpretar, pero que siento en todo el cuerpo.

—De nada.

Salgo de la habitación con el corazón en los oídos y los pasos de Nerea repiqueteando a mi espalda.

Comenzamos a bajar las escaleras. La escucho refunfuñar. La ignoro. Bajamos otro escalón. Sigue refunfuñando. La vuelvo a ignorar. Cuando vamos a llegar casi abajo, me coge del brazo deteniéndome y obligándome a volverme hacia ella. Está un escalón por encima, así que quedamos a la misma altura.

Ladea la cabeza.

—Es un cliente —suelta.

—Lo sé. Estaba limpiando su habitación.

—Ya.

—No soporto cuando dices «ya» con ese tonito.

—Solo quiero que tengas cuidado.

—Siempre lo tengo.

—Ya.

Me suelta, doy la vuelta y termino de bajar las escaleras.

He estado a punto de besarme con Leo y sé que eso está mal, pero no puedo dejar de pensar en que ojalá Nerea no nos hubiese interrumpido.