Bandeja de entrada Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Para mí, es un beso cojonudo.

Mateo me agarra la camiseta y me mueve hasta empujarme contra una pared. Abro la boca para dejar que su lengua encuentre la mía. Levanto los brazos y llevo los dedos a su nuca. Esa nuca que hace solo unos segundos estaba acariciándole otro tipo.

Gruño y lo beso con más ganas. Con más fuerza.

—Eres gilipollas —murmura contra mi boca. Jadeante. Estoy a punto de soltar una carcajada, pero Mateo se la traga. Sus manos descienden por mi costado hasta llegar a mi culo. Me lo aprieta.

—Tú más —replico sin dejar de besarlo, porque hacerlo no es una opción. Pero nadie puede culparme; es adictivo.

No dejamos de tocarnos. Palparnos. Besarnos.

Lo hacemos con muchas ganas —demasiadas—, pero también con rabia. Como si quisiéramos discutir también con los labios.

Y discutir es algo que se nos da de puta madre.

Nos movemos por el baño a trompicones. Entre jadeos, suspiros y muchas ganas, importándonos una mierda que alguien pueda entrar en cualquier momento. Tampoco creo que nos diésemos cuenta si alguien lo hiciera.

De repente, no sé cómo, acabo con el culo apoyado en la tapa del váter. Alzo la cabeza. Mateo tiene los labios rojos, el pelo revuelto y los ojos brillantes. Está guapísimo. Y follable.

Sonrío de medio lado sin dejar de mirarlo. Llevo las manos a sus caderas, paso el dedo índice por la cinturilla de sus vaqueros y siento un escalofrío al notar su piel suave y caliente.

—Diego… —No tengo ni idea de si es una súplica, una advertencia o algo a medio camino entre ambas cosas.

—Dime, Ventura.

—Eres un gilipollas. —Su voz suena ronca. Llevo las manos al botón de sus vaqueros y lo desabrocho.

Mateo deja de respirar. O puede que sea yo el que deja de hacerlo.

No lleva ropa interior. Nunca la lleva.

Bajo sus vaqueros y los deslizo hacia abajo. Me paso la lengua por el labio inferior al ver su polla tan gorda, dura y perfecta frente a mí.

—Eso ya lo has dicho antes. —No le doy opción a réplica, pues saco la lengua, me acerco a él y la paso por la punta. Me llevo una gota de líquido preseminal conmigo y siento que el que está a punto de correrse soy yo.

Voy a salir de este baño con un dolor de huevos considerable, pero en estos momentos no me importa.

Ahora solo me importan Mateo, su entrepierna, los jadeos que salen del fondo de su garganta y sus manos, que acaban de enredarse en mi pelo y que me ponen a cien.

Abro la boca y me la meto entera. O todo lo que puedo, porque es enorme, y parece que con cada succión se hace más y más grande.

Intento empezar suave, pero no puedo. Me está volviendo loco, y sé que yo también lo estoy volviendo loco a él.

Así que me esfuerzo por hacerle la mejor mamada de su vida.

Succiono, salgo, la empapo con mi saliva y vuelvo a empezar. Mateo grita, jadea y comienza a follarme la boca de forma descontrolada. Me estira del pelo, le masajeo los huevos y la lamo desde la base hasta la punta, donde dejo un beso.

Mateo sale de mi boca un segundo solo para volver a entrar al siguiente.

Llevo las manos a su culo y lo aprieto. Él grita y yo sonrío.

—Esto no significa nada. —Levanto la vista. Me saco la polla de la boca y le guiño un ojo.

—Nunca lo hace.

Me la meto de nuevo en la boca y afianzo el ritmo. Conozco a Mateo como la palma de mi mano y sé cuándo está a punto de correrse. Cómo se pone su cuerpo y los ruiditos que hace.

Me toca el hombro advirtiéndome. Si cree que voy a apartarme y que se va a correr en otro sitio que no sea mi boca, va listo.

—Diego, yo… —Inclina la cabeza hacia atrás. Sus dedos vuelven a mi pelo. Sus uñas me acarician la nuca—. Me voy a correr.

«Lo sé», pienso, pero no se lo digo. Estoy ocupado.

Sigo chupando y succionando hasta que lo noto. El espasmo seguido de una última sacudida. Su semen en mi boca. En mi lengua. En mi garganta.

Su gruñido.

No deja de mover las caderas hacia delante y hacia atrás hasta que el orgasmo termina. Hasta que ya no puede más. Hasta que quita las manos de mi pelo y las apoya en las paredes. Lo sujeto por las caderas. Sus piernas flaquean. Yo doy gracias por estar sentado.

Con un último lametazo, la saco de mi boca. Eso sí, me aseguro de darle un beso en la punta antes de apartarme.

Su respiración sigue acelerada. La mía no está mucho mejor.

Cuando me aseguro de que sus pies están firmes en el suelo y de que sus piernas no van a ceder, me pongo en pie. Mateo abre los ojos y me mira. Lo sujeto por la barbilla y acerco su boca a la mía.

Es un beso casto. Tranquilo. Sin lengua y ni más intenciones que un simple roce.

—Cuando te folles al rubio —empiezo a decir cuando me aparto. Su respiración sigue siendo agitada. A mí el corazón me va a mil—, no te olvides de que solo un rato antes te has corrido en mi boca.

Solo de pensar que pueda follarse al rubio hace que algo muy feo me apriete el pecho.

Nos miramos a los ojos, pero solo un segundo, porque paso por su lado, abro la puerta y abandono el cuarto de baño como alma que lleva el diablo.

Siempre se me ha considerado un alma libre. El que se ríe de los problemas. El que provoca esos problemas. El caos. El poco organizado y, en ocasiones, un tanto temerario. Y no se equivocan. Soy eso y más. Excepto cuando se trata de Mateo.

Porque cuando se trata de él soy cualquier cosa menos libre. Un auténtico desastre. El mayor gilipollas del planeta. Porque si algo sé de nosotros es que nuestra relación está abocada al fracaso desde que empezó y, sin embargo, ahí estamos los dos, cayendo cada vez que podemos.

Sin red de seguridad. Sin paracaídas.

Abandono el local sin mirar atrás. Sin despedirme de Aitana. Sin asegurarme de si necesita que la ayude a enterrar algo. Sin molestarme en esperar a Leo. A fin de cuentas, hemos venido juntos en mi coche, lo lógico sería que volviéramos también juntos. Pero ya es mayorcito, sabrá apañárselas solo.

Arranco el coche y salgo del aparcamiento levantando algo de grava con las ruedas. Una sonrisa se me dibuja en los labios.

No era así como esperaba terminar la noche, pero no pienso quejarme.