Capítulo 19
Diego
A poyo los codos en la barra y entrelazo las manos delante de mí. La madera está pegajosa, como siempre en el Mercurio a estas horas, pero ahora mismo me importa más bien poco.
Tengo los ojos clavados en Mateo.
Bueno. En Mateo y en el rubio de los cojones que lleva un buen rato rozándose con él.
No sé quién es. No lo había visto nunca por el pueblo. Alto, demasiado rubio para mi gusto, con una camisa que parece recién planchada y una sonrisa de anuncio de pasta de dientes que se le pega a la cara cada vez que Mateo se inclina hacia él.
Y Mateo se inclina bastante.
Aprieto la mandíbula.
No tenía pensado venir al Mercurio esta noche.
Ni de coña. Mi plan era cenar en casa, ver cualquier mierda en la tele y caer rendido en el sofá.
Estaba muerto después de llevar dos días con el puñetero lavabo, pero entonces me he encontrado con el escritor, con Leo, me ha preguntado por mi hermana y una bombillita se ha encendido en mi cabeza.
Porque si Aitana estaba en algún sitio a estas horas era aquí. Con Mateo y con Raquel.
Esos tres parecen unos putos trillizos. Siempre juntos.
Así que me ha dado un venazo, he cambiado los planes y le he dicho que iba al pueblo. Que, si quería, me podía acompañar y allí hablaría con mi hermana. Y ha aceptado. Nos hemos subido a mi coche y nos hemos venido directos al Mercurio.
Mi plan era sencillo: dejar a Leo con Aitana, beber algo, saludar a los vecinos y, por supuesto, pillar una ración de esas alitas picantes y grasientas que te dejan los dedos hechos un desastre y que serán la razón de la embolia que le dará un día a Nerea por vernos comer algo de este antro.
Era un plan cojonudo. Hasta que mis ojos han localizado a Mateo y todo se ha ido a la mierda.
Porque mis ojos siempre lo encuentran. Aunque no lo busquen. Aunque ni siquiera sepan que va a estar ahí. Es como un maldito imán. Un hilo que tira de mí hacia él sin ni siquiera proponérmelo.
Y el plan aún se ha ido más a la mierda cuando he visto que no estaba solo. Que un rubio estaba pegado a él como si fueran siameses.
¿No se supone que estaba con Aitana y Raquel?
El rubio vuelve a acercarse al moreno demasiado. Mateo sonríe y le da un pequeño empujón en el pecho. Cariñoso.
Familiar.
Están demasiado cerca, joder.
«Y eso te importa porque…». Aprieto los dientes haciéndolos chirriar y mando a mi subconsciente a tomar por culo. No tengo ganas de sermones. Ha sido un día muy largo.
Me remuevo en el taburete.
No sé ni por qué me molesta. ¿Qué somos Mateo y yo? Absolutamente nada. Soy el hermano pequeño de su mejor amiga, además del tío con el que alguna vez ha follado, pero que jamás se han prometido nada. Empezando por fidelidad. Compromiso.
Nada.
No nos gustan las promesas y mucho menos las historias raras. Y, sin embargo, aquí estoy, sintiendo cómo se me retuercen las tripas cada vez que el rubio acerca la boca demasiado a la de Mateo.
Aunque no puedo culparlo. Mateo tiene una boca que da ganas de corromper de todas las formas humanamente posibles.
—Joder… —mascullo en cuanto veo al rubio llevar la mano a la nuca de Mateo y acariciársela. Lo ha movido hasta colocarlo de espaldas a mí.
Mateo ladea la cabeza.
No puedo verlos.
¿Se están besando?
De repente, Mateo se aparta, el rubio asiente, el moreno da media vuelta y emprende el camino hacia el pasillo que lleva a los baños. No sé qué hace el rubio. Ni me importa. Mis ojos están demasiado fijos en la espalda de Mateo hasta que desaparece en la oscuridad.
Echo un vistazo a la barra que tengo detrás de mí. Junto a mi codo, hay un chupito esperándome desde hace rato. Ni siquiera recuerdo haberlo pedido.
—¿De qué es esto? —le pregunto al camarero.
—Creo que cuarenta y tres con lima.
—Perfecto. —Me hubiera servido cualquiera.
Cojo el vaso, me lo bebo de un trago y dejo que el alcohol me queme la garganta.
Me limpio la boca con el dorso de la mano y bajo del taburete de un salto.
Mi subconsciente me dice que vuelva a mi sitio. O que busque a mi hermana y al escritor. Seguro que la primera ya lo ha matado por lo del lavabo y está esperando que alguien la ayude a ocultar el cadáver.
Pero, como ha pasado antes, le grito a mi subconsciente que se vaya tomar por culo y sigo andando. Le he dicho al escritor que tuviese cuidado con Aitana, no me ha hecho caso y estas son las consecuencias.
En cuanto pongo un pie en el largo pasillo que conduce al cuarto de baño, empiezo a notar cómo el corazón me empieza a latir con fuerza en el pecho.
Sé que lo que estoy haciendo es una estupidez.
Pero el mundo está lleno de estúpidos.
Y yo hace tiempo que aprendí que soy el rey. Si no, que le pregunten a Nerea. O incluso a Mateo.
Empujo la puerta del baño nada más llegar. Sin llamar.
Mateo está saliendo justo de uno de los cubículos. Nos miramos. No sé qué me jode más, que sus ojos me miren como si no le sorprendiera verme aquí o que esté guapo de cojones.
Bajo la vista hasta la camiseta que lleva puesta. Acabo de darme cuenta de que es la que le regalé hace unos años por su cumpleaños. Cuando cumplió, ¿qué?, ¿veintiséis?
No recuerdo bien cuántos. Porque lo que más recuerdo de ese día es que fue la primera vez que Mateo Ventura me metió la lengua hasta la campanilla para después correrse en mi abdomen.
Los segundos pasan. No sé cuántos. Pero todo acaba cuando Mateo suelta una risa baja y sacude la cabeza como si yo fuera lo más predecible del mundo.
Se acerca al lavabo y abre el grifo.
—Qué bueno verte, Casamayor —dice mientras se lava las manos con esa parsimonia que me pone de los nervios. Además de cachondo—. ¿Qué te cuentas?
Antes de que pueda contestar, la puerta del baño se abre. Un tipo pelirrojo asoma la cabeza.
—Perdona, ¿me dejas pasar? —Estoy parado justo en la puerta. Tengo que hacerme a un lado para dejarle entrar.
—Largo —mascullo. El tipo me mira raro.
—¿Qué?
—Que te largues. —Le cierro la puerta en las narices.
La risa de Mateo me hace volverme. Cierra el grifo y coge papel para secarse las manos.
—Ya veo que tan simpático como siempre.
Me apoyo contra la puerta con los brazos cruzados.
—Hace tiempo que no te veo por el hotel.
De todo lo que podía decirle, esto es lo único que se me ocurre. Mateo levanta una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Me encojo de hombros—. Los caballos necesitan una revisión. Creía que eras nuestro veterinario.
Mateo me mira unos segundos. Luego sonríe.
—Vaya, qué casualidad. Yo creía que tú eras el manitas del hotel y hace semanas que no arreglas la verja del prado.
Silencio.
Mateo tira el papel a la papelera y se apoya contra el lavabo cruzándose de brazos.
Estamos a unos pasos de distancia. Sin embargo, lo siento casi al lado. Las yemas de los dedos me hormiguean y noto la garganta seca.
Carraspeo.
—Entonces, ¿cuándo vas a venir a hacerles una visita a nuestros caballos?
Mateo me mira con esa expresión suya que es mitad paciencia, mitad diversión.
—¿Me has seguido hasta el baño para preguntarme por los caballos?
—No te he seguido.
—¿No? ¿Y qué haces aquí si no?
Río. Señalo a nuestro alrededor.
—¿Mear?
—Ya —bufa—. Por eso llevas diez minutos mirándome desde la barra.
—No llevo diez minutos.
—¿Ocho?
—No estaba mirando —miento.
Mateo vuelve a reír.
—Me da pena Arturo.
—¿Tengo que saber quién es Arturo?
—El rubio al que estabas asesinando con la mirada.
—¿Y por qué te da pena exactamente? ¿Por usarlo para darme celos?
Se le borra la sonrisa. A este juego sabemos jugar los dos.
No sé en qué momento he empezado a andar hacia él. Tampoco cuándo él se ha separado de la pared y ha empezado a andar hacia mí. Solo se qué estamos parados uno frente al otro, en mitad del cuarto de baño, y que su olor a margarita me inunda las fosas nasales cada vez que abre la boca.
—No te estaba dando celos.
Ladeo la cabeza. Sonrío. Mi entrepierna da una sacudida al ver cómo Mateo baja un momento la vista a mi boca antes de volver a mis ojos.
Sé que le encanta mi sonrisa. Alguna vez me lo ha dicho.
En realidad, muchas veces.
«Debería estar prohibido que sonrieras, joder. Cada vez que lo haces, acabo cometiendo estupideces». Tengo sus palabras grabadas a fuego. Probablemente, porque a mí su sonrisa sí que me vuelve loco y no me hace cometer estupideces. Me hace perder el poco sentido común que tengo.
—¿Te molesta el rubio, Casamayor? —Como si se acabara de recomponer, vuelve a sonreír.
Ahí está. Perfecta.
—No.
—Ya.
Cómo odio que se ponga condescendiente.
—Siempre haces lo mismo —musita. Inspiro hondo. Me han entrado unas ganas locas de beberme un margarita.
Frunzo el ceño.
—¿El qué?
—Aparecer cuando me ves con alguien. —Suelto una risa baja.
—Afirma el tío que espantó al tipo con el que me vio saliendo del cine.
Mateo pone los ojos en blanco.
—No lo espanté. Solo hice un comentario. De todas formas, te hice un favor. Alguien al que no le gusta Oppenheimer no es de fiar.
El ambiente está cargado. Tengo la piel de gallina. Así que hago otra estupidez. Ya ha quedado claro que soy el rey de las estupideces.
Doy otro paso.
Ahora apenas hay espacio entre nosotros.
—¿Celoso, Ventura?
—¿De quién? Si ni siquiera te acuerdas de su nombre.
Tiene razón. Ni siquiera me acuerdo de cómo se llamaba el tipo. Tampoco creo que vaya a acordarme en un futuro próximo. La sonrisa de Mateo me desconcentra.
—¿Piensas follarte al rubio esta noche?
Se ríe. El muy cabrón se ríe.
—A ver si el que va a estar celoso eres tú.
El que se ríe ahora soy yo.
—Ya te gustaría.
—Claro.
—Y te recuerdo que no somos nada.
—Exacto.
—Solo hemos follado alguna vez.
—Así que puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no?
Mateo me sostiene la mirada. Yo le sostengo la mirada a Mateo.
—Por supuesto.
El silencio cae entre nosotros. Pesado. Tenso. Mateo da el último paso adelante. Y nos seguimos mirando hasta que todo cambia. Hasta el mundo cambia y todo da vueltas.
No sé quién se mueve primero. ¿Él? ¿Yo? ¿Los dos a la vez?
Solo sé que, de repente, nos estamos besando. Tengo los labios de Mateo sobre los míos. Aprieta tan fuerte que me hace daño. Porque no es un beso suave, y mucho menos bonito. O eso dirían los demás si nos vieran.