Capítulo 18
Leo
¿S eñor Valera? Así que volvemos a los formalismos. Parece que solo conseguimos salir de ellos cuando se enfada y grita.
Aprieto los labios intentando no sonreír —más de lo que ya lo estoy haciendo—. Porque, si Aitana Casamayor por correo electrónico es sarcástica, incisiva y un poco peligrosa, en persona…
En persona es todo eso multiplicado por diez.
Ella aprieta los suyos con tanta fuerza que se hacen uno. Es como si temiera decir algo inapropiado. Algo menos educado.
Algo que, probablemente, incluya algún insulto.
—¿Qué hace aquí? —La pregunta sale rápida, seca.
Sin rodeos.
Echo un vistazo a mi alrededor. Saco una de las manos del bolsillo y señalo la barra.
—Creía que eso estaba claro. Tomar algo. —No sé si es por culpa de mi tono o de la sonrisa que estoy todo el rato intentando controlar, pero algo no le gusta, porque su expresión se endurece.
—¿Y de todos los bares que hay, tenía que venir a este?
—No conozco ninguno y tu hermano me lo ha recomendado.
—¿Ahora sois amigos? —Me encojo de hombros.
—Creo que íntimos aún no, pero solo es cuestión de tiempo. Espero. No me gustaría caerle mal a otro Casamayor.
Aprieta la mandíbula y se le contraen las aletas de la nariz. No era esta la conversación que quería tener con ella. Ni siquiera he ido al bar a beber algo. He ido a disculparme con Aitana. Pero es tan fácil cabrearla. Y me gusta tanto…
Mierda. No debería gustarme tanto enfadarla.
—Creía que había venido a disculparse.
—Entonces sí que sabes para qué estoy aquí. —Pone los ojos en blanco.
—¿Y esta es su manera de disculparse? ¿Burlándose de mí?
—No me estoy burlando.
A pesar del ruido de la música y de la gente que nos rodea, puedo escuchar cómo sus dientes chirrían. Y si las miradas matasen, yo ya estaría haciéndole compañía a mi padre. Y seguro que Aitana esperaría que fuese en el infierno.
Se da media vuelta enfadada y empieza a andar hacia el interior del local, pero yo soy más rápido. Le cojo la mano y detengo su huida. Se vuelve. Está muy muy enfadada.
—¡¿Qué?! —espeta. Me pongo serio. Me cuesta, porque sus ojos brillan una barbaridad. Son casi hipnóticos. Pero lo consigo.
O eso espero.
Doy un paso hacia delante.
—¿Podemos salir un momento fuera para hablar? Hacerlo a gritos no me apetece. —Sé que quiere decirme que no, pero también sé que sabe que tengo razón, por lo que da media vuelta y empieza a andar, solo que esta vez hacia el lado contrario y conmigo a la espalda.
Siento algo extraño en los dedos de la mano que la han tocado, por lo que la guardo de nuevo en el bolsillo y cierro el puño.
Al llegar a la puerta, Aitana la abre. Un ligero aire fresco nos alcanza. Al salir, andamos un par de metros alejándonos de la entrada. Todavía se escucha la música, pero ya no hay ese ruido.
Aitana se detiene y se vuelve. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, los hombros tensos y la barbilla ligeramente levantada. La postura clásica de alguien que está preparado para una discusión.
—Si ha venido a disculparse, señor Valera, hágalo para que pueda volver dentro. He dejado a mis amigos tirados. —Sí, está claro que no va a ponérmelo sencillo.
Me hubiese decepcionado si lo hubiese hecho.
—Primero de todo, no me estoy burlando de ti. Nunca lo he hecho y no es mi intención.
—Vale. ¿Segundo?
—Leo. —Frunce el ceño.
—¿Qué?
—Que quiero que me llames Leo, no señor Valera.
—Eso no va a pasar.
—Ya ha pasado antes. Esta mañana. Mientras me gritabas era Leo. Te has olvidado de los formalismos.
Se me queda mirando durante unos segundos que yo aprovecho también para mirarla a ella.
Está enfadada. Mucho. Pero también cansada. Tiene ojeras bajo los ojos y ese gesto tenso en la frente de quien lleva demasiadas horas sin parar. Sin contar con que parpadea más de lo normal, como si todo le pesara.
Como si llevara demasiado tiempo cargando con más problemas de los que debería.
Y aun así…
Aun así, está guapísima.
Carraspeo recomponiéndome. Además de reconduciendo la conversación y mis pensamientos.
—Siento lo del lavabo —digo al final—. No debería haberme metido en algo que no era asunto mío.
Aitana parpadea como si no esperara que la disculpa llegara tan directa.
—¿Y por qué lo ha hecho?
—Porque vosotros teníais una avería y yo un número de teléfono al que llamar. Ha sido una combinación bastante sencilla.
—Pero es mi hotel.
—Nadie ha dicho lo contrario.
—Y usted, un huésped.
—Si hubiera… No sé. Un accidente. Un camarero que se cae por las escaleras y se abre una brecha, un huésped que cae de un caballo, un quemazo en la cocina… Y supieras que hay un médico en el hotel que puede ayudarte, ¿lo llamarías?
Abre los ojos. Mi pregunta la ha pillado por sorpresa.
Los hombros se le tensan un poco más. Cambia el peso de un pie a otro.
—No tiene nada que ver.
—¿Por qué?
—¡Por muchas razones! —Su voz sube lo suficiente como para que un par de personas que pasan cerca de nosotros se giren a mirar.
Aitana se da cuenta también. Baja el volumen, pero no la intensidad.
—Dime una —le pido.
—Porque estamos hablando de un asunto médico. De salud. Eso siempre es prioritario.
—¿Y que tus huéspedes se hospeden en una habitación que no esté inundada y con un lavabo que funcione no?
Pregunta equivocada. Me lo dicen sus ojos y el rubor que le tiñe las mejillas.
—Es mi hotel —masculla con rabia y en tono bajo. Seco. Áspero. Casi prefiero cuando grita.
—Lo sé.
—Y mis problemas.
—También lo sé.
—Entonces no se meta donde nadie le llama.
Su mirada podría matar a alguien a cinco metros de distancia.
—Solo intentaba ayudar.
—Pues no lo haga.
—¿Prefiere el lavabo roto?
—Prefiero solucionarlo yo. —Da un paso al frente. Alza la barbilla—. Y tenga por seguro que le pagaré ese lavabo.
¿Pagármelo? Si le dijera cuánto vale, se llevaría las manos a la cabeza.
Niego con la cabeza.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—No.
—Sí.
Nos quedamos mirándonos. Ninguno cede. Es un pulso. A ver quién aguanta más. Pero alguno tiene que perder, y los dos sabemos que tengo que ser yo.
—De acuerdo —claudico—. Le pasaré la factura.
Aitana suelta el aire por la nariz exasperada, aunque también parece más tranquila. Como si con esa maldita frase estuviese todo solucionado.
Lo que no sabe es que no pienso pasarle ninguna factura.
Conozco la situación financiera del hotel.
Ese lavabo no es el único problema que deberían solucionar con urgencia.
Si le paso ahora mismo una factura de tres ceros, solo estaré añadiendo otro agujero más a una contabilidad que ya tiene demasiados.
Y yo no necesito que me lo paguen. Cuando le pedí a Fontanería Costa Norte que lo instalasen, no lo hice con el propósito de que luego Aitana me lo pagase.
Lo hice porque me dio la gana. Porque podía y quería.
Y porque para la adquisición de un hotel siempre es mejor uno que está en buenas condiciones que uno que requiere de una inversión urgente nada más empezar.
Pensar en ello —en la adquisición, en el Grupo Beltrán, en quién soy en realidad y en cuál es el verdadero motivo por el que estoy en el hotel— mientras Aitana me mira a la ojos hace que algo incómodo se me instale en la boca del estómago y que un sudor frío me recorra por la espalda.
«Son negocios», me digo. «El objetivo final nunca fue otro», me recuerdo.
Trago un pequeño regusto amargo que se me ha quedado en la garganta y fuerzo una sonrisa.
—Bien —digo—. Entonces, ¿asunto solucionado?
Aitana no parece muy convencida. Resisto el impulso de resoplar y poner los ojos en blanco. Lo que le he dicho esta mañana es verdad. Es una cabezota. Una cabezota que no se deja ayudar por nadie.
Pero no voy a decírselo. Sería meter el dedo en la llaga y yo creo que esta ya supura bastante.
No sé por qué pienso en Gael. Creo que los dos se llevarían muy bien. Ambos saben sacarme de quicio sin ni siquiera abrir la boca.
Da un paso atrás y a poco estoy de quejarme. Me gustaba tenerla tan cerca.
—No me gusta deberle nada a nadie. —Asiento.
—Lo sé. Y no me debes nada. Te lo prometo.
Silencio. Ojos entrecerrados. El aire de la noche es cada vez más fresco. Aitana siente un escalofrío y se frota los brazos. Aprieto los puños con fuerza para no frotárselos yo.
«¿Qué coño me pasa?», me reprendo. «Perspectiva, Leandro».
Desde la puerta entreabierta llega el eco de la música y de las voces.
Aitana descruza los brazos por primera vez desde que hemos salido y extiende la mano. La palma abierta, los dedos firmes. No dudo en estrechársela.
Su mano es cálida. Demasiado.
Y pequeña.
—Gracias —susurra, aunque la palabra parece costarle más de lo que estaría dispuesta a admitir.
No es una rendición, ni mucho menos, pero es lo más cerca que vamos a estar de una tregua. Y me vale.
Inclino la cabeza.
—De nada.
Me suelta la mano y vuelve a cruzarse de brazos. Yo guardo de nuevo las mías dentro de los bolsillos. Me clavo las uñas en las palmas al cerrarlas en un puño.
Se gira y camina de nuevo hacia el bar. Tras dar dos pasos, se detiene. No se gira, pero me mira por encima del hombro.
Sonríe. Joder, Aitana me está sonriendo. Creo que es la primera vez que lo hace desde que nos conocemos. Al menos, de esta manera.
—Buenas noches…, Leo. —A punto estoy de alzar el puño en señal de victoria al escucharla pronunciar mi nombre.
Una sonrisa se me escapa sin querer ni poder evitarlo.
—Buenas noches, Aitana.
La puerta del Mercurio se abre y se cierra tras ella.
Y mientras me quedo allí mirando la puerta cerrada me doy cuenta de algo que, probablemente, debería preocuparme bastante más de lo que lo hace.
Aitana Casamayor enfadada conmigo me gusta.
Pero Aitana Casamayor de buen humor podría ser mucho más peligroso.