Bandeja de entrada Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—¿El qué exactamente me tiene que molestar? —Ladea la cabeza—. ¿Que nos haya enviado a alguien a que nos arregle el desastre que teníamos o que nos haya regalado un lavabo?

—¡Las dos cosas! —grito. Estoy tan furiosa que tengo que hacer un esfuerzo titánico para no perder completamente los papeles. Sobre todo porque sigo sintiendo los ojos de Leo clavados en la nuca.

Y no puedo verlo —ni quiero—, pero algo me dice que sabe que estamos hablando de él, que su presencia me molesta y que se está divirtiendo con ello.

Porque juro que, aparte de sus ojos, siento también su sonrisa.

—No puedes estar hablando en serio —mascullo. Diego vuelve a encogerse de hombros.

—Claro que hablo en serio, Aitana. Nos ha echado una mano, y sabes que la necesitábamos.

—¡¡Pero es un cliente!! ¡¡Y se ha metido donde no le importa!! —Vale, puede que sí que esté empezando a perder un poco los papeles—. ¡¿A ti te parece razonable?!

Ha desaparecido cualquier signo de diversión del rostro de Diego. Cruza los brazos sobre el pecho, con las piernas ligeramente abiertas, y me mira con tanta fijeza que, si no fuera mi hermano pequeño y lo conociera mejor que él a sí mismo, hasta acojonaría un poco.

Pero porque Diego nunca se pone serio. Jamás.

El día que asignaron la seriedad a él le saltaron.

—Sí, me parece razonable porque, te lo repito, teníamos un problema y necesitábamos una solución. Leo nos la ha dado y yo se lo agradezco. Nos ha regalado el lavabo porque le ha dado la gana. ¡El señor Aguirre también nos regala pan de vez en cuando y no veo que te enfades por eso!

Abro mucho los ojos.

—¡No me compares al señor Aguirre con el señor Valera! El primero es nuestro panadero y el segundo, repito, nuestro cliente. ¡Hay una gran diferencia! —Lo apunto con el dedo—. Y no nos ha regalado nada, pues pienso pagarle el lavabo.

—Aitana…, de verdad…, puedes… —Diego se calla de golpe con la vista fija en algo que hay por encima de mi hombro.

Entrecierra los ojos y frunce el ceño.

—¿Qué pasa?

—¿Quién está con Mateo? —pregunta serio. Muy serio.

—¿Qué? —Me vuelvo. No tardo en localizar eso que ha desconcertado a mi hermano.

Y es que «eso» tiene nombre y apellidos. Se llama Mateo Ventura, tiene treinta y dos años, es veterinario, moreno y mi mejor amigo. Y está bailando con el rubio de antes.

Muy cerca. Demasiado.

Vuelvo a girarme hacia mi hermano. Veo el tic. Ese pequeño temblor en el ojo derecho que aparece cuando Diego está intentando ocultar que está molesto.

—Es un chico.

Resopla. Sigue sin mirarme.

—Lo sé, no soy idiota. Pero no lo he visto nunca.

No quiero torturar a mi hermano, pero estoy tan cabreada con él ahora mismo que las palabras me salen solas.

—Yo sí, antes, cuando han hablado en la barra y Mateo le ha dado su número de teléfono. —Desvía la mirada de la pareja y la centra en mí. Además del tic en el ojo, tiene otro en la mandíbula.

No puedo evitar sonreír. Muy poco. Tampoco es plan de regodearme.

—Creía que entre tú y Mateo no había nada.

—Y no lo hay —se apresura a añadir. Vuelve a mirar al frente. Un nuevo tic.

Sigo su mirada.

Mateo gira al rubio en medio de la pista con una facilidad insultante, sobre todo para lo alto que es mi amigo. El tipo se ríe, se acerca todavía más y le dice algo al oído.

El tic de Diego se intensifica.

—Relájate —le pido.

—Estoy relajado.

—Claro.

—Mucho.

—Se te está moviendo el ojo.

—Es alergia.

—¿A qué?

—A los idiotas.

Esta vez no lo puedo evitar y se me escapa una carcajada. En serio, esos dos deberían sentarse y hablar. Pero de verdad. No esas discusiones tan frecuentes entre ellos y que no los lleva a nada.

Bueno, sí, a que sigan haciendo lo mismo de siempre: discutir, picarse y actuar como si el otro les diera exactamente igual, cuando es evidente que no.

Diego vuelve a resoplar, sacude la cabeza y se da media vuelta.

—Voy a por algo de beber —murmura marchándose y dejándome con la conversación que estábamos teniendo a medias.

Lo observo abrirse paso entre la gente, sin dejar de mirar la pista de baile, hasta llegar al otro extremo de la barra. Mi hermano siempre ha sido así, impulsivo. Caótico. Incapaz de reconocer lo que siente aunque lo tenga delante de las narices. Y, claro, Mateo es igual.

En serio, que se sienten y hablen como las personas adultas, civilizadas y maduras que se supone que son. Aunque, claro, eso implicaría que alguno de los dos admitiera algo, y antes se congelaría el infierno.

Suspiro.

Estoy a punto de volver a la mesa con Raquel, a la que hace rato que he abandonado —y, por lo visto, Mateo también—, cuando una voz tranquila suena justo a mi espalda.

Demasiado tranquila para mi gusto.

—Vengo en son de paz, lo prometo. —Se me tensan todos los músculos. Sobre todo porque las palabras me las han susurrado casi en el oído.

Demasiado cerca.

Me giro despacio. Leo está a solo un palmo de distancia. Inclinado hacia mí. Con las manos metidas en los vaqueros y, como suponía, sonriendo. Esa maldita sonrisa suya que hace aparecer el hoyuelo en la mejilla.

Como si toda esta situación le resultara divertida.

Me olvido de Diego y Mateo y recuerdo mi enfado. Con él. Por la conversación de esta mañana y por estar aquí. En mi noche libre. En mi santuario.

Aprieto los labios.

—Buenas noches, señor Valera.