Bandeja de entrada Capítulo 17
24%

Capítulo 17

Aitana

D e todo lo que me ha dicho el señor Beltrán en sus correos, de todas las confesiones —que han sido unas cuantas—, que no pueda dejar de pensar en esta última frase me resulta… inquietante.

No sé si inquietante es la palabra adecuada. Puede que mejor sea confusa. Ni idea. Solo sé que ese «la» lleva dando vueltas en mi cabeza toda la tarde.

—Tierra llamando a Aitana. —No sé qué me hace regresar al presente, si las palabras de Mateo, su chasquido frente a mi cara o el pellizco de Raquel en el brazo.

Me vuelvo hacia mi amiga, a la que fulmino con la mirada, mientras me froto el brazo.

—Me has hecho daño, bruta. —Mi amiga se ríe llevándose la copa a los labios y le da un sorbo.

—Pues no la hemos perdido, amigos. Sigue aquí con nosotros —masculla, lo que provoca que ponga los ojos en blanco.

—Eres muy tonta.

—Y tú estás muy dispersa —añade Mateo levantando el brazo y llamando la atención del camarero.

Estamos los tres en el Mercurio, nuestro restaurante favorito en Ribamar.

Para Nerea, es un antro de mala muerte en el que lo único que podemos pillar es una intoxicación alimentaria, además de algún que otro microbio con nombre propio, pero los tres llevamos años viniendo aquí sin que ninguno haya muerto todavía, así que consideramos que las probabilidades están de nuestro lado.

Además, nadie hace los tacos como Tany. Ni los margaritas. Y está claro que no somos los únicos que lo pensamos, pues el local está abarrotado. No cabe ni un alfiler.

Cojo tres patatas fritas, las mojo en la salsa y me las llevo a la boca mientras con la otra mano les hago un corte de mangas a los dos. Algo que les hace muchísima gracia.

—No estoy dispersa —farfullo mientras mastico—, solo estaba pensando en…

—… el hotel —dicen los dos por mí.

—Mentira. —Los dos enarcan una ceja. Mateo sigue con el brazo levantado. Lo dicho, hay demasiada gente y el camarero no nos ve. Suspiro.

—Es que hoy hemos tenido un día complicado.

—Y por eso nos estamos atiborrando de comida asquerosa y margaritas. Joder, voy a la barra. No me ven. —Mateo se levanta resoplando.

—Pues mira que es difícil con lo alto que eres.

—No como tú —Mateo se inclina sobre Raquel, a la que le da un beso en la frente— que pareces un Minion.

Lejos de ofenderse, mi amiga se ríe. Porque, bueno, Mateo no ha dicho nada que no sea verdad.

Raquel no llega al metro sesenta, algo que suple con unas plataformas de vértigo que le quedan de muerte.

Que, si añadimos ese pelo tan rojo que tiene y las pecas que inundan su cara, es una de las mujeres más guapas y atractivas que conozco.

Y ya, cuando la conoces, pues te terminas de enamorar de ella. No puedes evitarlo.

Cuando éramos pequeñas, se metían con ella por su estatura.

Al principio le dolía. Con los años, aprendió a que se la resbalara.

Sobre todo cuando Mateo empezó a ir con nosotras.

Un armario ropero de casi un metro noventa que bastaba con que frunciera el ceño para que los idiotas del colegio se quedaran callados.

Sin contar con que hacía que cualquiera que se riera de Raquel reconsiderara muy rápido sus decisiones vitales.

Las dos nos giramos para ver cómo nuestro amigo se abre paso entre la gente hasta llegar a la barra. También cómo, a cada paso que da, alguien se gira a mirarlo.

No es algo nuevo.

Mateo tiene ese efecto en las personas.

Alto, moreno, con esa barba siempre perfectamente descuidada y una sonrisa que parece decir «sé exactamente lo que estás pensando». Si a eso le sumas que camina como si el mundo fuera suyo, el resultado es que medio Mercurio lo sigue con la mirada.

A mi amigo siempre le ha molestado la sonrisa de mi hermano —probablemente, porque lo vuelve loco, aunque prefiera cortarse una mano que admitirlo—, pero jamás habla de la suya propia.

A lo mejor, si yo tuviera una sonrisa como la de Mateo, me iría mejor en la vida.

—Ya está ligando —murmura Raquel divertida tras ver a un rubio acercarse al moreno.

Me meto otra patata frita en la boca.

—¿Crees que pasará de nosotras para tirárselo en el cuarto de baño? —No sería la primera vez.

Raquel coge una patata y le da un mordisco.

—Por supuesto —contesta en cuanto vemos al rubio sacar su móvil del bolsillo y dárselo a nuestro amigo.

Las dos bufamos a la vez y apartamos la mirada centrándonos la una en la otra.

—Le doy diez minutos.

—Eres muy optimista.

—Cinco entonces.

—Tres —corrijo. Raquel chasquea la lengua. Miro de reojo hacia Mateo; tiene un codo apoyado en la barra, con una nueva jarra de margarita recién hecha delante, y una sonrisa de oreja a oreja mientras sigue conversando con el rubio, al que veo pasarse la lengua por los labios.

Es rapidísimo ligando.

—Te juro que un día lo voy a cronometrar. —Me llevo la copa a la boca y le doy un trago.

—¿Corriéndose? —El líquido se me escapa por la nariz.

—¡Ligando! —Empiezo a toser. Raquel se inclina para darme golpecitos en la espalda. Me lloran los ojos—. No quiero saber cuánto tarda Mateo en correrse.

—Si solo tarda tres minutos, me sentiría bastante decepcionada. Y triste por el tío al que se esté tirando.

Vuelvo a toser. Raquel me da más fuerte.

Mateo regresa con la jarra de margarita en la mano. Y sin el rubio. La deja en la mesa y nos sonríe mientras se sienta en su taburete.

—¿De qué habláis?

—De lo fácil que es ligar contigo —contesto. Mateo suelta un resoplido por lo bajo.

—Eso no es ligar.

—¿Y qué es?

—Optimización del tiempo. —Aunque aún me queda margarita en la copa, Mateo la llena hasta arriba. Me acerco y le doy un sorbo con la pajita.

—También estábamos debatiendo cuánto tiempo tardas en correrte —indica Raquel con esa naturalidad que la caracteriza. Como quien habla de si la carne de cerdo engorda tanto como dicen o es un bulo.

Mateo, que nunca se escandaliza por nada, lo hace. Al menos, durante los primeros dos segundos, en los que nos mira con la boca y los ojos abiertos de par en par. Después suelta tal carcajada que se escucha por encima del sonido de Lola Índigo y su La niña de la escuela .

Mateo abre la boca y dice algo. No sé el qué. Porque la puerta del local se abre —como lleva haciendo toda la noche— y a mí me da esta vez por levantar la cabeza y mirar. Es como si algo me estuviera diciendo que lo haga.

No me sorprende ver entrar a Diego.

Lo que me sorprende es verlo entrar con Leo.

Juro que tengo que parpadear hasta cuatro veces para ver si de verdad es él o es producto de mi imaginación.

Pero sí, es él. Aunque ya no lleva el traje de esta mañana.

El look que lleva es muy diferente: vaqueros oscuros y una camisa blanca a rayas azules arremangada hasta los codos y las manos metidas en los bolsillos.

Lo mira todo con detenimiento, como si este local no tuviera nada que ver con él.

Y es cierto. Porque, aunque viste informal, desentona. Este no es su sitio.

Mi sonrisa desaparece al instante. Y vuelvo a atragantarme. Pero no con la bebida, sino con mi propia saliva, lo que es extremadamente vergonzoso.

—¿Qué ocurre? —Creo que es Mateo el que lo pregunta, no estoy segura. Tengo todos los sentidos fijos en la sonrisa de Leo al inclinarse sobre mi hermano y decirle algo.

Y en la carcajada de este. Como si el escritor hubiese dicho algo graciosísimo. O como si fuesen mejores amigos.

Diego se vuelve hacia Leo y le palmea el hombro.

—Pero ¿qué miras? Oh… —Ahora sí que sé que ha sido Mateo el que ha hablado. Y el que soltado ese «oh» mitad sorpresa, mitad indiferencia—. No sabía que tu hermano iba a venir.

—Yo tampoco. —Los dos escudriñan el local. O Leo lo escudriña, porque a Diego se le acaba de acercar alguien y se están saludando. Seguro que lo conozco, pero mis ojos están fijos en Leo, que se mueve por el bar tranquilo. Sereno. Observándolo todo.

—¿Quién es el que ha venido con Diego?

—Un huésped del hotel.

—¿Diego y él son amigos? —preguntan los dos a la vez.

A veces da miedo lo sincronizados que están. Aunque el tono de Raquel al hacer la pregunta es de curiosidad y el de Mateo detona un pelín de hostilidad.

Me pongo en pie. ¿Qué narices hace aquí Leo?

Se me tensan los hombros. Aprieto la mandíbula. De repente, la discusión de esta mañana vuelve a mi cabeza con una claridad que preferiría no tener. El maldito lavabo. Su forma de meterse donde nadie lo llama. Su condescendencia.

—Ahora vuelvo. —Ni siquiera lo pienso. Dejo a mis amigos en nuestra mesa y voy directa a mi hermano. Lo hago sin perder de vista a Leo, que aún no me ha visto.

Aunque ni siquiera sé si me está buscando. Tampoco quiero saberlo.

En cuanto llego a Diego, lo cojo del brazo dándole un pequeño tirón y apartándolo del grupo de personas con el que está hablando. Cuando se gira, tiene el ceño fruncido, pero le desaparece en cuanto ve que soy yo.

—¡Hola, hermanita!

—¿Se puede saber qué narices haces aquí con Leo? —pregunto sin preámbulos. Bufo en cuanto me doy cuenta de cómo lo he llamado—. Con el señor Valera —corrijo de inmediato.

Diego frunce el ceño y levanta la cabeza mirando a su alrededor. Sonríe cuando parece encontrar lo que estaba buscando.

No me vuelvo. Sé a quién ha localizado. Y sé que ese alguien nos está mirando porque de pronto siento calor en la nuca.

Un calor que ignoro por completo.

—Me lo he encontrado cuando venía hacia aquí. Te estaba buscando.

—¿Ah, sí?

—Me ha dicho que quería hablar contigo, le he dicho dónde estabas y le he preguntado si quería acompañarme.

—Diego se encoge de hombros con esa expresión de falsa inocencia que pone cuando sabe que está a punto de meterme en una conversación que no me va a gustar—.

Creo que quería disculparse —se inclina hacia delante— por lo del lavabo.

Lo miro fijamente.

—Así que sabes que ha sido él quien ha enviado a esos dos chicos.

—Sí. Me lo ha explicado en el coche. —Me paso una mano por la frente.

—¿Y no te molesta?

Diego parpadea. Me mira como si no entendiera la pregunta. Como si le estuviera hablando en un idioma que no comprende.