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Capítulo 15

Leo

E stá claro que cabrear a la gente es una de mis especialidades. Si me pusieran nota, sacaría matrícula de honor.

Aunque la señorita Casamayor no es la única que está enfadada. Yo también lo estoy.

¡Que estamos hablando de un puñetero lavabo! Estaba roto, no iban a venir a arreglarlo hasta saber cuándo, yo podía hacerlo en cuestión de minutos —como ha quedado demostrado—, y eso he hecho. Fin de la discusión.

Sigo sin entender cuál es el problema.

Una vocecita en mi interior me dice que, en realidad, no debería estar enfadado. Ni molesto. Que no tengo motivos. Pero eso no es verdad, porque me toca las narices que me reprochen algo sobre lo que no tienen razón.

Resoplo al tiempo que deshago el nudo de la corbata, me la saco por la cabeza y la lanzo a la cama. Segundos después le sigue la chaqueta.

Por lo menos la reunión con los alemanes ha ido bien. Gael ha sabido tomar las riendas con precisión y efectividad y entre los dos hemos conseguido quitar esa condición de los diez años y aumentar la rentabilidad en un tres por ciento.

Porque eso es lo que hago. Es mi trabajo; conseguir beneficios y aumentarlos, además de detectar los problemas y solventarlos.

Y eso es lo que ha pasado con el dichoso lavabo; he visto el problema y lo he solucionado. No entiendo qué parte de ese proceso puede resultar ofensiva.

Camino hasta el escritorio y apoyo las manos sobre la madera. Si lo pienso fríamente, ni siquiera debería haberme molestado en ayudarlos. Que el hotel tenga problemas es beneficioso para mí. Para el grupo.

Cuanto más evidentes sean esos problemas, más claro quedará para cualquier analista que lo más sensato sería vender.

Que intentar mantener un negocio así, con esas deficiencias tan claras, es poco menos que una batalla perdida.

Que lo inteligente sería dejar que un grupo con recursos lo transforme en algo rentable.

En algo nuevo.

Sin embargo, no he podido evitar ayudarla cuando he visto a Diego empapado. Cuando he recordado la desesperación que había en los ojos de Aitana ayer. En el coche. Mientras hablaba con el maldito seguro.

Aprieto la mandíbula. No tendría que haber intervenido. No porque arreglar el lavabo haya sido un error. Eso lo volvería a hacer exactamente igual. El error ha sido otro.

El error ha sido la conversación.

Me siento en la silla y dejo escapar el aire lentamente.

Si lo pienso como una negociación —que, al final, es lo que son casi todas las conversaciones—, la operación era correcta. El problema ha sido la ejecución.

No he dicho nada que no fuera cierto. El hotel necesita ayuda por todos lados.

El hotel… y Aitana. Es evidente que es ella la que se encarga de apagar todos los fuegos que aparecen.

Cualquiera que pase aquí dos días puede verlo sin demasiado esfuerzo — ni siquiera hace falta un balance de riesgos para confirmarlo—, pero no era asunto mío decirlo.

Al menos, no de esa manera.

No si mi objetivo final es ganarme su confianza.

El recuerdo de su cara al soltarle esas palabras cruza mi mente. El silencio que ha venido después. Ese paso atrás como si hubiera cruzado una línea que no sabía que estaba ahí.

Apoyo los codos en la mesa y entrelazo los dedos.

Y luego está lo de cabezota. Eso tampoco ha ayudado.

No porque no lo sea —lo es—, sino porque decirlo en voz alta ha sido como echar gasolina a un incendio que ya estaba bastante vivo.

Me paso una mano por la mandíbula.

Supongo que debería hablar con ella. Disculparme. No me arrepiento de haber arreglado el lavabo. Eso sería absurdo. Pero sí que quizá me he pasado un poco con lo demás.

Sí, podría disculparme. Debería. Pero un poco más tarde. Aún puedo escuchar el eco del portazo.

Levanto la tapa del portátil y me centro en el trabajo. En el de verdad.

Le mando un correo a la junta con el resumen de la reunión e ignoro la llamada de mi hermana.

Querrá saber por qué está Gael en Valencia y no yo, y no estoy preparado —ni tengo ganas— para escuchar a mi hermana parlotear durante veinte minutos mientras finjo prestarle atención.

Abro el informe del hotel de Oporto que me envió el equipo la semana pasada y repaso los números.

Corrijo un par de cifras, añado algún que otro comentario y devuelvo el documento a mi asistenta para que se lo haga llegar al departamento financiero.

Hablar con ella me hace pensar en Aitana. Está claro que ahora mismo Leo Valera no es su persona favorita. Ni siquiera está en el top cien. Pero puedo acercarme a ella como Leandro Beltrán. Así es como empezó todo esto. Y quien va a firmar el contrato es Leandro Beltrán, no Leo Valera.

Regreso a los mensajes y releo el último que me mandó.

Mi primer instinto es sonreír. Joder, es una mujer de carácter. Sobre el papel y en persona. Creo que es de las pocas personas que saben mandarte a la mierda con elegancia y educación. Y, encima, ni siquiera parece que lo haga.

Recuesto la espalda contra el respaldo repiqueteando los dedos sobre la mesa de madera.

Insistir en la compra queda descartado. La sutileza es la base de cualquier acuerdo.

La primera regla de toda negociación. Así que hago a un lado el cuerpo del mensaje y me centro en las posdatas, aunque mi sonrisa se amplía un momento al leer: «He leído con atención su propuesta de gestión conjunta y preservación del nombre.

Suena razonable sobre el papel, no le voy a mentir.

Incluso tentador. Pero me temo que, como las veces anteriores, voy a tener que rechazarla».

Tentador. Me gusta esa palabra.

Me muerdo el interior de la mejilla.

—Ahí hay un resquicio, señorita Casamayor, aunque lo ignoraremos por ahora —murmuro.

Reviso las tres posdatas.

«Me llama la atención que diga que en persona es mejor comunicador que por correo electrónico, dada la labia que demuestra. Casi me da curiosidad comprobarlo».

Suelto una pequeña carcajada.

—Lo has comprobado, solo que no lo sabes. —Si supiera que soy yo, me mataría, estoy seguro.

Ladeo la cabeza. Imaginármela escribiendo la palabra labia me produce una satisfacción que no sé bien describir, pero que ahí está. Palpitante.

Peligrosa.

Entrecierro los ojos al leer la segunda posdata.

«Me gusta mi trabajo. Si no lo hiciera, supondría un problema, ¿no cree?».

Como ya me pasó la primera vez que lo leí, esta frase es lo que más me llama la atención de todo el correo, porque estoy casi seguro de que a Aitana Casamayor no le gusta su trabajo, sino que se ha conformado con él. ¿Por ser la mayor? ¿Porque es lo que se esperaba de ella?

Paso a la última posdata.

«No es habitual encontrar a alguien del mundo corporativo que admita que algo “le ha costado escribirlo”. Se lo reconozco».

Un halago. Me gusta.

Mi sonrisa es tan amplia que estoy seguro de que se me ve la encía.

Vuelvo a leer la frase una segunda vez. Luego una tercera. Todas, en realidad. Este correo es interesante.

Muy interesante.

Apoyo el codo en la mesa y me quedo mirando la pantalla unos segundos más de lo necesario, hasta que le doy al botón de responder con el ratón y mis dedos comienzan a moverse solos sobre el teclado.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Asunto: Un experimento epistolar

Estimada señorita Casamayor:

P. D.: Me temo que su curiosidad puede ser peligrosa.

Si decide comprobar si soy mejor comunicador en persona que por correo electrónico, corre el riesgo de descubrir que puede que haya exagerado considerablemente mis habilidades, y eso no me dejaría en muy buen lugar, la verdad.

Creo que me gusta el intercambio de correos electrónicos.

A ver si voy a terminar aficionándome a ellos.

P. D.: Coincido con usted. Que a uno le guste su trabajo suele evitar muchos problemas.

¿Alguna vez se ha preguntado qué haría si el hotel no existiera?

Yo sí. No el hotel, sino el Grupo Beltrán.

Así que le pregunto: si pudiera trabajar en cualquier cosa, ¿cuál sería?

Empiezo yo. Crítico gastronómico. Viajaría de ciudad en ciudad probando restaurantes y escribiendo opiniones muy serias sobre cosas como la textura de una croqueta o la proporción correcta entre café y espuma en un capuchino. Creo que sería una vida bastante digna.

P. D.: Gracias. Algo me dice que no es muy dada a los halagos. Que me haga uno es todo un honor.

Leandro Beltrán

Le doy a enviar.

He decidido eliminar mi firma en el último momento. Si pretendo que esto sea informal, incluir mi cargo y el nombre de la empresa sería contraproducente.

El mensaje desaparece de la bandeja de salida y me recuesto en la silla entrelazando las manos detrás de la cabeza.

Trabajo hecho.

No espero respuesta. Al menos, no ahora. Los correos suelen tener su propio ritmo. Horas. A veces días. Y tratándose de Aitana, puede que no me conteste jamás.

Cojo el teléfono y llamo a Gael. Su voz suena al otro lado tras el segundo tono.

—Si no dejas de llamarme, voy a pensar que es que no puedes vivir sin mí.

—Es que no puedo vivir sin ti.

Resopla.

—Casi me lo creo.

—Deberías. Pero antes confírmame que han firmado el contrato. —En realidad no necesito que me lo confirme, sé que lo han hecho. En cuanto se ha terminado la videollamada. Pero me gusta tocarle las narices.

Es algo que tenemos en común.

—¿Por quién me tomas? —No contesto. Sonrío cuando lo escucho bufar—. Pues claro que han firmado —resopla—. Le he pasado una copia a tu asistenta. Te tiene que haber llegado.

Me inclino hacia delante. Reviso la bandeja de entrada. Sí, ahí está.

—Lo tengo —confirmo.

—Soy la hostia de eficiente.

Agudizo el oído. Por el poco ruido que escucho de fondo, deduzco que está en el coche.

Frunzo el ceño.

—¿No te has quedado a comer con los alemanes?

—¿Tenía que hacerlo?

Me froto el puente de la nariz. Pues a lo mejor no es tan eficiente como se cree.

—Mierda, Gael. Después de firmar un contrato como ese no hubiera estado mal que…

—Eh, relaja el tono, vaquero —me interrumpe riéndose—. Me he ofrecido, pero tenían que volver a Alemania. Se iban directos al aeropuerto. Lo que me parece una falta de respeto enorme. Me he vestido de traje solo por ellos y no me han dejado lucirme.

Niego despacio con la cabeza mirando el portátil como si pudiera encontrar en la pantalla alguna explicación lógica que explique qué he hecho yo para tener a Gael como hermano.

—Por cierto —continúa—, ¿has hablado con Claudia? Porque me ha llamado y no parecía muy contenta. Tendrás que…

La voz de mi hermano se pierde en el firmamento cuando veo que acaba de entrarme un nuevo mensaje.

Sobre todo cuando leo la dirección del remitente: [email protected] .

Parpadeo. ¿Aitana acaba de escribirme?

Me quedo mirando la dirección de correo como si fuera algo inesperado. No esperaba respuesta. Desde luego, no tan rápido.

Levanto la vista de la pantalla y echo un vistazo a mi alrededor.

Buscándola. Como si, de repente, fuese a aparecer frente a mí, lo cual es absurdo teniendo en cuenta que estoy en mi habitación y que estoy solo.

Aun así, miro la puerta, la ventana y la cama.

El lugar exacto en el que estaba sentada hace nada.

Antes de que me mirase con odio y se marchase hecha una furia.

Pero lo dicho, estoy solo. Completamente solo. Pero eso no evita para que me la imagine. En su despacho. O en recepción. O en cualquier rincón del hotel, con el portátil delante, leyendo mi correo y escribiendo una respuesta.

—¿Leo? —La voz de mi hermano se cuela en mi cabeza volviéndome al presente.

Parcialmente.

—¿Qué? —pregunto.

—¿Me estás escuchando?

—Claro.

Me fijo en el asunto. «¿Un experimento epistolar?». Le ha puesto signos de interrogación.

Suelto una carcajada.

—No creo que «¿vendrás a la cena del sábado?» sea razón suficiente para soltar una carcajada.

Leo por encima la primera línea del mensaje y otra carcajada brota de lo más hondo de mi garganta.

—¿Leandro?

—Luego te llamo. —Cuelgo sin ni siquiera despedirme y pongo el móvil en silencio. Cruzo los brazos sobre el pecho y estiro las piernas bajo la mesa cruzándolas a la altura de los tobillos.

Empiezo a sospechar que este experimento epistolar va a ser más interesante de lo que esperaba.