Capítulo 14
Aitana
S e ríe.
El muy imbécil se ríe.
—¿Lo del lavabo que están poniendo ahora mismo no es cosa mía?
—¡¿Me lo estás diciendo en forma de pregunta?!
—Es que no me gusta mentir. —Y se vuelve a reír haciendo que el hoyuelo se le hunda un poco más.
Cruzo los brazos. Puedo notar cómo el pecho me sube y me baja.
—¡¿Con qué derecho llamas tú a nadie para que venga a mi hotel a arreglar nada?! —Estoy chillando, sé que cualquiera podría oírnos, pero, joder, estoy tan cabreada.
Leo asoma la cabeza al pasillo, mira a un lado y al otro, me coge del brazo y tira de mí. Cuando me quiero dar cuenta, estoy dentro de su habitación.
Cierra la puerta.
—¡¿Qué haces?! —pregunto mirando la puerta cerrada, a él, y a su mano, que sigue en mi brazo.
La noto caliente.
Demasiado.
—Supongo que no quieres montar una escena en mitad del pasillo, ¿no? —responde con calma. Una calma que me enciende más que una cerilla en una gasolinera.
Sobre todo por el tonito que usa al hablar.
—¿De qué vas? —Levanta un dedo. El muy imbécil levanta un dedo.
—Un segundo —me pide. Suelto una carcajada.
—¡No quiero un segundo!
—Shh.
—¡No me mandes callar! —Se toca la oreja. Frunzo el ceño. Se inclina hacia mí y vuelve a tocarse la oreja. Entonces lo veo; lleva un auricular.
—Estoy en una reunión —dice esta vez en tono bajo—. Dame un minuto, la termino y luego puedes seguir gritándome todo lo que quieras.
Parpadeo. Una vez. Dos.
Abro la boca para contestar, porque evidentemente pienso seguir gritándole, pero él ya se ha girado. Camina hasta el escritorio, pulsa algo sobre el portátil y se sienta en la silla.
Y, de repente, deja de ser Leo. O, mejor dicho, se convierte en otra versión de Leo; la espalda recta, la mirada fija en la pantalla y la mandíbula tensa.
Y serio. Muy serio.
Autoritario. Yo diría que incluso da un poco de miedo. Y respeto.
Por instinto, ando hacia atrás hasta tropezarme con la cama y caer en ella. Leo desvía la mirada un segundo hacia mí, me mira a los ojos, cabecea, pulsa otra tecla en el ordenador y empieza a hablar.
Lo hace en un idioma que no conozco. No es español. Ese lo conozco. Tampoco inglés. Ese también lo conozco.
Tampoco es francés ni italiano. Esos no los conozco, pero los puedo identificar.
Leo usa palabras cortas, rápidas. Duras. Lo hace con un ritmo que parece casi una discusión. Habla durante casi un minuto entero. Sin parar. Cuando acaba, escucha atento a lo que sea que la otra, u otras, persona le dice. Yo no veo ni escucho a nadie más. Solo a él.
Asiente con la cabeza y vuelve a hablar. Esta vez más despacio. Sigue usando palabras que suenan a enfado y, sin embargo, sonríe. No le sale el hoyuelo, pero es una sonrisa bonita.
Yo sigo sentada en la cama —cama en la que él ha dormido y que sigue deshecha— mientras el cabreo me sube por el pecho como una olla a presión.
Quiero gritarle. Mandarlo a la mierda y decirle que no puede meterse en los asuntos de los demás.
Que este es mi hotel. Mi empresa. Que él es solo un cliente metomentodo.
También quiero largarme por mandarme callar y por tenerme aquí plantada como una idiota mirándolo y esperando. Y él no me da órdenes.
Pero también quiero gritarle, y eso pesa más.
Pesa demasiado.
Así que me cruzo de brazos y espero. Y lo que iba a ser un minuto terminan siendo bastantes más.
Suspiro. Leo sigue hablando, aunque me mira de vez en cuando. No sabría muy bien interpretar cómo, pero me mira sobre todo cuando suspiro. Y cuando repiqueteo el pie contra el suelo.
Tac. Tac. Tac.
Así que repiqueteo mucho el pie contra el suelo y suspiro aún mucho más. Y fuerte.
En una de las veces en las que me mira, enarca una ceja. ¿Molesto? Eso espero.
La reunión continúa y yo empiezo a sentirme incómoda además de enfadada. Estoy en mi hotel, en una de mis habitaciones, y estoy incomodísima.
Aprieto los brazos contra el pecho y vuelvo a darle al suelo con el pie.
Tac. Tac. Tac.
Cada segundo que pasa, tengo más ganas de estrangularlo.
La reunión por fin termina. O eso creo. Porque Leo baja la tapa del portátil, se pone de pie y se desabrocha el botón de la chaqueta.
Y por un segundo. Solo uno. Una milésima, en realidad.
Me quedo embobada mirando lo bien que le queda esa chaqueta y que aún le queda mejor la camisa ajustada al pecho.
Leo carraspea, yo alzo la cabeza y nuestras miradas se cruzan.
—Ahora ya puedes gritarme si quieres. —Ahí está ese tonito otra vez.
Me pongo en pie, con la cabeza en alto, dispuesta a gritarle. A pedirle explicaciones, más bien. Pero la pregunta que le hago nos pilla a los dos por sorpresa.
—¿Qué idioma era ese? —Leo parpadea.
—Alemán.
—De ahí que parecieses enfadado. —Se carcajea. Su nuez sube y baja.
Es grande. La nuez.
—Pues la verdad es que estaba muy satisfecho —masculla cuando ya ha dejado de reírse, que no de sonreír.
Ladeo la cabeza.
—¿Y qué hace un escritor de suspense teniendo una reunión en alemán?
—Van a publicarme el libro en Alemania.
—Aún no ha salido en España y ya te lo publican en otros países. Vaya, qué suerte.
Se encoge de hombros con chulería.
—Me gusta ser eficiente en mi trabajo.
Nunca he sido violenta, pero cómo me gustaría darle ahora mismo un puñetazo en la nariz, o en la boca, para que deje de sonreír.
Me cruzo de brazos con los puños apretados.
Será mejor que me centre en lo del lavabo. Para eso he venido y esperado todo este tiempo.
—¿Lo del lavabo nuevo que están instalando es cosa tuya? —Leo mete las manos en los bolsillos del traje.
—¿Cuál es exactamente el problema? —Abro la boca incrédula.
Doy un paso hacia él.
—¿Cómo que cuál es exactamente el problema? —Esa olla del pecho ahora sí que está a punto de explotar—. ¡No puedes llamar a nadie para que venga a instalarnos un lavabo!
—Lo tenías roto, ¿no?
—Sí, pero…
—Y los del seguro no iban a venir.
—Vale, pero…
—Y la válvula que ayer compraste no ha funcionado.
—Ya, pero…
—Tu hermano iba empapado de agua manchando el hotel. ¿De verdad querías otra fuga?
—¡Claro que no! Pero…
—Te lo dije, conocía a alguien que podía venir enseguida y arreglarlo y eso he hecho. Te juro que sigo sin ver cuál es el problema.
—¡El problema es que me interrumpes! —vocifero histérica. Lo apunto con el dedo. Nos hemos ido acercando, porque la punta toca su pecho, pero estoy demasiado enfadada para pararme a pensar en eso—. ¡Y que no es tu hotel! ¡Es mío! ¡¡Tú eres solo un cliente!!
—Un cliente que puede ayudarte. ¿Por qué no me dejas?
—¡Porque no es asunto tuyo! —repito.
El corazón me late tan rápido que juro que siento que de un momento a otro se me va a salir por la boca.
—No puedes ir solucionando cosas como si fueras el dueño. Mucho menos si nadie te lo ha pedido —insisto clavándole el dedo en el pecho para que le quede claro.
Leo entrecierra los ojos. Yo también.
—Aitana, solo quería…
—¿Vas arreglando los problemas de todas las empresas que pisas? —Es mi turno de interrumpirlo—. Si vas a un hotel al que les falta pan para desayunar, ¿qué haces? ¿Llamas a tu panadero de confianza para que les traiga?
—No tiene nada que ver.
—¿Por qué?
—Porque el pan se puede sustituir por un montón de cosas. Un lavabo reventado no. Y que los clientes vean agua saliendo de una de las habitaciones no creo que le dé al hotel buena imagen, ¿no crees?
Aprieto los dientes. Estoy tan cabreada. Sobre todo porque tiene razón. Claro que eso da mala imagen, y no quiero dar mala imagen, ¿por quién me toma? El hotel es importante para mí. Lo más importante.
—Pero es mi problema, no el tuyo —insisto.
—Lo sé, pero podía ayudarte y lo he hecho. No me ha costado nada.
—No pedí tu ayuda —mascullo. Me duelen los dientes de tanto que los aprieto.
—A veces no hace falta pedirla para saber que la necesitas.
No sé por qué, pero juro que siento como si alguien me hubiera dado un tortazo.
Uno que me hace trastabillar. Que me hace dar un paso atrás.
Leo es rápido y me coge de la muñeca sujetándome y atrayéndome hacia él del impulso.
Mi pecho se pega al suyo. No me queda más remedio que levantar la cabeza para mirarlo.
Sus ojos están demasiado pegados a los míos.
Su nariz también.
Me suelto de su agarre de un tirón y doy un paso atrás asegurándome esta vez de no perder el equilibrio. Lo taladro con la mirada. Siento que mis ojos son dos bolas de fuego.
El silencio que cae entre los dos es pesado, cargante y molesto. De esos que se cortan con bisturí.
Cometo el error de inspirar hondo —pero porque empezaba a notar que me quedaba sin aire—, y me doy cuenta de que la habitación huele a él. Al limón de siempre mezclado con madera oscura. Pero también a arrogancia. A insolencia.
—No vuelvas a llamar a nadie para arreglar nada. —Mi voz suena rabiosa.
Tengo la boca pastosa.
—No seas cabezota, solo intentaba ayudarte.
¿Cabezota? Esta es la gota que colma el vaso.
Giro sobre mis talones y abandono la habitación cerrando la puerta de un portazo. Cierro tan fuerte que temo haber sacado las bisagras del sitio. Pero en estos momentos me da exactamente igual.
Estoy tan cabreada, tan frustrada, tan hastiada…
Cuando llego al despacho y me desplomo en la silla, apoyo los codos en la mesa y me cubro la cara con las manos. Solo entonces me doy cuenta de que estoy llorando.
Las lágrimas se me escapan entre los dedos antes de que pueda detenerlas.
Maldición.
Me froto la cara con las manos como si así pudiera borrarlas. Como si fueran solo agua y no ese nudo horrible que se me ha instalado en el pecho.
No estoy llorando por él.
Estoy llorando por todo: por el lavabo, por las facturas, por la reforma que no sé si llegará, por las reservas que este año van más justas que nunca, por los seguros, por el hotel…
Mi hotel. Nuestro hotel.
Ese que parece que se esté cayendo a pedazos mientras yo intento sujetarlo con las manos, pero se me escurre.
Respiro hondo. Una vez. Dos.
No sirve de mucho.
Aprieto los dientes. ¿Quién se cree que es? Como si no supiera lo que necesito. Como si no supiera lo que hago.
Una nueva lágrima rueda por mi mejilla. Pero lo peor de todo no es todo eso.
Lo peor de todo es que me ha salvado el culo, y eso me jode.
Porque mi orgullo me dice que le diga que se meta el lavabo por donde le quepa y que les diga a sus dos trabajadores, o lo que sean, que se vayan y se lo lleven con él.
Pero no lo voy a hacer porque lo necesito.
Necesito ese lavabo ahora mismo más que cualquier otra cosa, y eso me molesta.
Me molesta muchísimo.
Aparto las manos de la cara y respiro hondo de nuevo. Esta vez más despacio. Controlando cada inhalación y cada exhalación.
El pecho todavía me sube y me baja, pero al menos ya no tengo la sensación de que se me va a salir el corazón por la boca.
Cojo un pañuelo de la caja que hay sobre la mesa y me limpio los ojos con cuidado. Miro un momento la pantalla del ordenador, luego la ventana. Luego el teléfono.
El hotel sigue ahí fuera funcionando y yo no tengo tiempo para sentarme aquí a llorar.
Suelto el aire despacio.
—Vale —murmuro para mí misma.
Me paso las manos por el pelo intentando recomponer un poco el desastre y me enderezo en la silla. Después cojo el ratón y abro el programa de reservas.
Si el lavabo ya está puesto, al menos esa habitación vuelve a estar disponible.
Algo es algo.
Y ahora mismo me conformo con eso. Falta solucionar el tema de la gotera en el comedor, pero paso a paso.