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Capítulo 13 #2

Porque yo la tuve. La tengo. Si vendiéramos, podríamos solucionar tantas cosas… Se acabarían muchos de nuestros problemas. Pero y luego ¿qué pasaría? ¿Qué nos quedaría? Nada. Solo recuerdos. Perderíamos lo que nos pertenece.

Lo que nuestro abuelo construyó, mi padre mantuvo y yo… Yo estoy hundiendo.

Llego al despacho con el corazón a punto de salírseme del pecho. Cierro la puerta y me apoyo en ella.

No puedo fracasar. No es una opción. Todos dependen de mí.

Toda mi familia depende mí, y yo dependo de ellos. Esto… Estas cuatro paredes es nuestro legado, y no lo podemos perder.

La pantalla de mi móvil, que continúa sobre la mesa, donde lo he dejado al marcharme con Berta, se ilumina. Al acercarme, veo que se trata de un mensaje. Uno de mi amiga Raquel.

Me acaba de escribir en el grupo que tenemos Mateo, ella y yo.

Raquel:

Esta noche. A las ocho. En el Mercurio. Me muero por unos tacos de cerdo con extra de queso.

Resoplo en cuanto leo el mensaje.

Mierda. La cena. Se me había olvidado.

Mateo:

Se le ha olvidado.

Raquel:

Ya lo sé, por eso escribo. Para recordárselo.

Odio que mis amigos me conozcan tan bien.

Aitana:

No me he olvidado.

Raquel:

¿Eso quiere decir que vienes?

Mateo:

¿Que no nos abandonas como las últimas TRES VECES?

También los odio a ellos. Pero muy poco. ¿Y es necesario escribir «tres veces» en grande?

Me muerdo el labio inferior. Mis dedos sobrevuelan la pantalla. Mi primer instinto es escribirles y decirles que no puedo ir.

Estoy tan cansada que no sé si sería capaz de llegar hasta el bar sin dormirme por el camino.

Pero entonces estaría haciendo lo que han dicho que haría, que es abandonarlos.

Por cuarta vez.

Además, los echo de menos. Vivimos en el mismo pueblo y a veces creo que lo hacemos en continentes diferentes. Veía más a mi amiga cuando vivía en Inglaterra que ahora. Y una noche con ellos me vendría bien.

Muy bien.

Aitana:

Esta noche nos vemos.

Aitana:

Prometido.

Raquel:

¿Por las bragas de Mafalda?

Mateo: ¿Por el bigote de Freddie Mercury?

Raquel: ¿Por el peluquín de Julio Iglesias?

Mateo: ¿Por la dignidad que perdiste en la última feria?

Raquel: Eso fue un accidente.

Aitana: Siempre son accidentes

Bloqueo el teléfono y lo guardo en el bolsillo del pantalón antes de salir del despacho. Lo hago con lágrimas en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja.

Raquel y Mateo siempre me hacen sonreír de oreja a oreja, sobre todo cuando se pican entre ellos y se sacan los trapos sucios.

Y Mateo aprovecha siempre que puede para recordarle a Raquel el ridículo que hizo subida a esa mesa el año pasado.

No lo culpo. Yo también lo hago cuando puedo, aunque he de admitir que tengo menos gracia que Mateo.

Todo el mundo tiene menos gracia que Mateo. Excepto Diego. Por eso mi hermano y mi mejor amigo se odian en la misma medida que se desean.

O se desean en la misma medida que se odian.

No lo tengo claro. Ellos tampoco.

Subo al primer piso y entro en la habitación de los horrores. Se escuchan martillazos y murmullos. Diego está apoyado en el quicio de la puerta del cuarto de baño con los brazos y los tobillos cruzados. Esboza una sonrisa cuando me ve y se aparta de la puerta acercándose a mí.

—¿Cómo van? —pregunto señalando con la cabeza hacia el cuarto de baño.

—Muy bien. Ya casi han terminado.

—¿En serio? —Diego se encoge de hombros sonriente. Se inclina hacia mí.

—El lavabo es una puta pasada.

Me acerco al baño solo para comprobar que el lavabo, efectivamente, es una puta pasada. De hecho, es demasiado bonito para ser algo que traerían los del seguro, y más el mío.

Algo no encaja, pero no tengo ni idea de qué es.

El chico moreno de antes, que está tumbado en el suelo con la cabeza metida bajo el fregadero, se mueve hacia un lado. Cuando me ve, sonríe tanto que le brillan los ojos.

Qué sonrisa más bonita tiene.

—Hola, Aitana —susurra mi nombre. En voz baja. Casi melodiosa. Pido hacia mis adentros no ruborizarme. Espero haberlo conseguido, aunque la forma en que me mira no esté ayudando demasiado.

—Hola, eh… —No tengo ni idea de cómo se llama.

El moreno suelta una carcajada. Sale de debajo del lavabo y se pone de pie.

—Óscar. Me llamo Óscar. —Esta vez no me ofrece la mano. Está llena de grasa.

Escucho un resoplido, pero no sé de dónde viene. De mi hermano no es porque reconozco sus resoplidos hasta con los ojos cerrados.

—¿Te gusta cómo está quedando? —pregunta Óscar señalando el lavabo.

Meto las manos en los bolsillos delanteros del pantalón.

—La verdad es que muchísimo. Oye, perdona, que no te lo he preguntado antes. ¿De qué compañía me habéis dicho que sois?

Óscar suelta una carcajada como si lo que acabara de decirle fuese graciosísimo. Creo que no lo pillo.

—No somos de ningún seguro. Somos una empresa privada. Fontanería Costa Norte. —Suelta otra carcajada—. No es que seamos muy originales con el nombre, pero…

Óscar dice algo más. ¿El qué? Ni idea.

Fontanería Costa Norte no me suena de nada.

—¿Y no os ha mandado ningún seguro? —pregunto interrumpiendo la diatriba de Óscar.

Este frunce el ceño. Su compañero da un paso al frente.

—No trabajamos con ningún seguro, señorita.

Me vuelvo hacia Diego, que se encoge de hombros. Regreso a los dos fontaneros.

—¿Y quién os ha enviado?

—Nuestro padre. Él coge el teléfono, atiende los encargos y nosotros vamos donde nos dice —contesta el más mayor. Espero que diga algo más, pero no lo hace.

Cada vez estoy más perdida.

—De acuerdo. Yo… ahora vuelvo.

Salgo de la habitación con Diego a mi lado.

—¿No son del seguro? —pregunta mi hermano divertido.

—Se ve que no.

—¿Y quién los ha enviado?

—Ni idea —me rasco la nuca—, pero deberían parar y desmontar el lavabo.

Los ojos de Diego se abren de par en par.

—¿Qué dices, loca? Que tenemos lavabo.

—Pero no es el nuestro.

—¿Y qué?

—¿Cómo que y qué? —Doy un paso hacia él obligándome a bajar la voz. No quiero que ningún huésped nos escuche discutir—. Diego, hay dos tíos que no conozco de nada en nuestro hotel instalando un lavabo que está claro que no es nuestro.

—Sabes que el moreno te mira como si fueras el postre después de tres días a dieta, ¿verdad?

—¡¡Diego!! —siseo mirando a mi alrededor y, sobre todo, hacia la puerta de la habitación esperando que los dos desconocidos no nos hayan escuchado.

Diego, por supuesto, se parte de risa.

—Relájate. Y no he dicho nada que no sea verdad.

Bufo poniendo los ojos en blanco y me acerco más.

—Tenemos que decirles que lo desmonten. Ese lavabo no es nuestro. —No pienso entrar en lo del moreno y en cómo me mira.

A Diego la sonrisa se le borra de golpe.

—No vas a decirles nada, Aitana. Ese lavabo iba a tu nombre.

—Pero yo no lo he pedido.

—Serán del seguro.

—Ya los has oído. Ellos no trabajan con ningún seguro.

—Ya los has oído —me parafrasea—. Su padre ordena y ellos obedecen. A lo mejor ya han empezado a trabajar con seguros y ni siquiera lo saben.

—Diego, el nuestro jamás nos pondría un lavabo como ese. Lleva una encimera de piedra que cuesta más que mi coche.

Mi hermano me coloca ambas manos sobre los hombros. Se inclina hacia delante. Sus ojos fijos en los míos. Serio.

—Aitana, cualquier cosa cuesta más que tu coche. Hasta los cordones de mis zapatillas.

Le rebatiría, pero tiene razón.

Me suelta, doy un paso atrás y me llevo una mano a la frente. Frotándola. Comienzo a dar vueltas a mi alrededor.

¿De dónde narices han aparecido esos dos?

Mi hermano resopla.

—Por Dios. ¿No puedes dejarlo estar y ya? Tenemos lavabo, que es lo que queríamos, ¿no?

Niego con la cabeza.

—Pero quiero saber de dónde narices ha salido ese lavabo.

—¿Por qué? —Rueda los ojos poniéndolos blanco—. Piensa que… No sé. Que nos ha caído del cielo. Que alguien bueno, misericordioso, se ha apiadado de nosotros y ha querido ayudarnos. —Me detengo en seco. Me giro hacia Diego—. Piensa que…

—Calla —ordeno. Mi hermano obedece.

Ladea la cabeza.

—¿Qué pasa? Estás poniendo cara de lunática.

—No me jodas…

—Aitana, ¿qué pasa?

No le contesto a mi hermano porque ya estoy andando con las manos cerradas en dos puños a ambos lados del cuerpo. Respiro tan fuerte por la nariz que parezco un toro.

Subo el siguiente tramo de escaleras.

Camino tan rápido por el pasillo que, en vez de andar, parece que esté volando.

La rabia crece en mi interior.

En cuanto me planto frente a la puerta número cinco, llamo con los nudillos. O aporreo con ellos. No lo tengo claro.

No sé si está en la habitación. O si ha salido. No tengo ni idea, así que llamo otra vez. Y otra. Y otra más.

Escucho voces. Pasos. Sí que está en la habitación.

La puerta se abre y Leo aparece delante de mí. Con traje. Y con esa sonrisa que hace que le aparezca el hoyuelo.

—Hola, Aitana.

Ayer, cuando se despidió, era señorita Casamayor.

Hoy, Aitana.

No me gusta nada cómo pronuncia mi nombre.

Aprieto los dientes y alzo la barbilla.

—Dime que lo del lavabo que están poniendo ahora mismo no es cosa tuya.