Capítulo 13
Aitana
C amino de un lado a otro del despacho con el móvil pegado a la oreja. Como siga así más tiempo, terminaré haciendo un agujero en el suelo.
O matando a alguien, pero eso será por la puñetera cancioncita de ascensor de la puñetera aseguradora.
—Señorita Casamayor, ¿sigue ahí? —me pregunta la voz monótona de Elisa. Bueno, creo que esta se llama Elisa.
He hablado con tanta gente ya que confundo los nombres.
—Sí, sigo aquí —mascullo por tercera vez en menos de veinte minutos.
—Sigo intentando averiguarlo. Por favor, no se retire. —No me da tiempo a abrir la boca; vuelve a sonar la dichosa cancioncita.
Aprieto los dientes para no gritar.
No sé dónde está el problema. Hay una avería, viene alguien y la arregla. Somos un hotel. Alojamos personas. Las personas quieren dormir en habitaciones limpias y que no tengan un palmo de agua. Habitaciones en las que su cuarto de baño no parezca una piscina.
Pagamos rigurosamente todos los meses el recibo.
¿Por qué narices no viene el perito cagando leches?
—Toc, toc. —Me vuelvo. En la puerta, apoyada en el marco, está Berta.
Sonríe. ¿Por qué sonríe? A mí también me gustaría sonreír, pero no puedo.
—Aitana… —empieza a decir, pero niego con la cabeza levantando el dedo índice de la mano con la que no sostengo el teléfono.
—Ahora no, Berta. Estoy hablando con los del seguro y…
—Han venido a arreglar el lavabo —me interrumpe.
La miro. Lo hago como si acabara de decirme que un ovni acaba de aterrizar en el jardín.
—¿Qué?
—Hay dos hombres en recepción preguntando por ti. —Se encoge de hombros—. Dicen que han venido a arreglar el lavabo.
—Dicen que han venido a arreglar el lavabo —repito. Mi hermana asiente.
—Sí.
—El lavabo que se ha roto.
—Sí.
—El de la habitación dos.
—¿Hay alguna otra habitación que tenga el lavabo roto?
—¡No! —Abro los ojos de par en par horrorizada—. No hay otra habitación que tenga el lavabo roto…, ¿verdad?
Berta se ríe sacudiendo la cabeza.
—No, no hay otra habitación que tenga el lavabo roto.
Siento que el pecho se me desinfla. No sé si porque no hay ninguna otra cosa rota o porque los del seguro por fin han venido.
Los del seguro.
Me aparto el teléfono de la oreja. La operadora sigue teniéndome en espera.
Acaba de decirme que tardarían unos días en enviarnos a alguien.
Me ha puesto en espera porque, supuestamente, está buscando una manera de agilizar el proceso para que vengan antes, pero las dos sabemos que le ha dado al botón de espera mientras finge que ha ido a buscar a alguien para agilizar el problema.
—¿Aitana? —Berta sigue sonriendo, aunque también me mira un poco ceñuda—. Mmm, ¿vienes?
Los del seguro están aquí. En recepción.
Cuelgo el teléfono y lo dejo sobre la mesa.
Siento una satisfacción inmensa al dejar de escuchar la dichosa melodía.
—Vamos —señalo pasando por su lado.
Berta camina conmigo por el pasillo hasta recepción y, cuando llegamos, ahí están. Dos hombres con monos azules apoyados junto al mostrador. A su lado hay una caja enorme.
En la caja pone claramente lavabo.
Juro que tengo ganas de llorar.
—¿Es usted la señorita Aitana Casamayor? —pregunta uno de ellos al vernos aparecer.
Es el más joven de los dos. Alto. Fuerte. Pelo negro. Despuntado. Ojos marrones. Sonrisa torcida.
—¿Sois de la compañía de seguros? —farfullo.
¿Farfullo? ¿En serio?
—Venimos a instalar un lavabo. —El moreno se acerca a mí y me ofrece la mano. Se la estrecho. Apretón fuerte. Firme, pero a la vez suave. Noto callos en la palma. La tiene fría en contraste con la mía, que está caliente.
Ni siquiera sé por qué, pero trago saliva.
—Llámame Aitana —farfullo de nuevo. Él sonríe más.
—Aitana… —La última a se le queda un segundo más de lo normal en los labios. Me gusta cómo dice mi nombre.
Y, de repente, sin venir a cuento, una imagen me asalta. Más bien, una voz. La de Leo diciendo mi nombre.
De forma pausada. Como si mi nombre fuera algo que tuviera que analizar. Pronunciarlo despacio para que suene mejor.
Parpadeo para volver al presente. El moreno no me ha soltado la mano y sigue sonriéndome. La retiro y me la sujeto con la otra.
—Muchas gracias por venir. Os estábamos esperando. —Me vuelvo hacia Cintia, que acaba de llegar. Señalo las escaleras con la mano—. Cintia, ¿puedes acompañarlos a la habitación? Y asegúrate de que Diego está con ellos. Por favor.
—Claro. —Mi hermana sonríe tanto que se le ven las encías.
El chico moreno me echa una última mirada antes de cargar con la caja como si no pesara nada y seguir a mi hermana escaleras arriba.
¿Le miro el culo mientras sube las escaleras? Evidentemente. Y no soy la única. Berta ladea la cabeza para tener una mejor visión.
—No sabía que los monos azules pudieran sentar tan bien —murmura. Puede que sea la más recatada de los seis, pero está claro que no es tonta.
Los tres desaparecen de nuestro campo de visión y mi hermana y yo parpadeamos.
—Creía que iban a tardar unos días en venir —dice Berta al cabo de un segundos.
Me froto la frente con la yema de los dedos repasando mentalmente mi última conversación con la chica del seguro. Antes de que ¿Elvira? me dijese que seguía averiguándolo. Sus palabras exactas han sido: «Tardaremos unos días en enviar a un técnico».
Unos días, no veinte minutos.
Hay algo que no me cuadra.
—Oye, creo que voy a ir a por un café, aún ni he desayunado. ¿Quieres algo?
Berta sonríe y niega con la cabeza.
—No, gracias.
Es temprano, pero en el hotel ya hay vida.
Y es que, en un sitio como El Mirador de Ribamar, es difícil quedarse en la cama.
Entre la luz que entra por las ventanas, el olor a café recién hecho y el rumor del mar que llega desde el acantilado, el cuerpo acaba despertándose solo.
Ya hay huéspedes desayunando y puedo ver a Dani, a través de la cristalera, con varios clientes rodeando a Rayo y acariciándolo.
Al que no veo en el comedor, y tampoco en el jardín, es a Leo. Pero tampoco es que lo esté buscando. Era solo una observación.
En la cocina encuentro a Nerea. Está de espaldas removiendo algo en una olla. Algo que huele francamente bien.
—¿Hay café hecho? —pregunto acercándome a ella e inhalando hondo. Nadie cocina como Nerea. Es la mejor. Sus comidas te hacen la boca agua.
—Sí —contesta sin ni siquiera mirarme.
También es borde. La que más.
Dejo de inspirar el olor que sale de la olla y me acerco a la cafetera. Vierto el café en una taza y le doy un sorbo. Solo. Negro. Sin azúcar y sin leche. En cuanto el líquido entra por mi garganta, me siento mejor.
—¿Has podido mirar lo que te dije? —Bajo la taza y me giro hacia Nerea. Sigue cocinando. Sin mirarme, aunque sé que la pregunta es para mí.
Básicamente, porque solo estamos ella y yo en la cocina.
—¿El qué?
—Pues la reforma.
—Ah. —Le doy otro trago al café. Este no me sabe tan bien como el primero—. No mucho. Hemos tenido una fuga.
—Lo sé. —Suelta el cuchillo y por fin se vuelve hacia mí. Está enfadada y ni siquiera sé por qué.
Aunque Nerea siempre parece que está enfadada.
—Y aquí ha explotado un microondas. —Suspiro cerrando los ojos un segundo. Solo uno.
—Lo sé, Nerea, y lo tengo en cuenta —digo intentando mantener la calma—. Pero los problemas, si no te importa, de uno en uno.
Cruza los brazos sobre el pecho con la cadera apoyada en la encimera.
—Claro, porque mi cocina no es un problema urgente.
—No he dicho eso.
—Pero lo estás pensando.
—Pero ¿cómo voy a estar pensando eso? —Dejo la taza sobre la mesa que tengo al lado y me incorporo enderezándome—. Puede que tú seas la cocinera, pero esta también es mi cocina, y me importa lo que pase en ella. ¿O te crees que me gusta tener microondas que exploten?
Su cabreo aumenta. Se lo veo en los ojos. En cómo frunce los labios.
Con Nerea, el cabreo siempre aumenta.
Sacudo la cabeza.
—Me pones de los nervios, ¿lo sabías? —replico, provocándole una risa. Seca. Baja.
—Necesito esa cocina, Aitana. —A la que le aumenta ahora el cabreo es a mí.
—¿Te crees que no lo sé? Pero no podemos reformarlo todo a la vez.
—¿Por qué? —Su pregunta me pilla un poco por sorpresa. Parpadeo.
—¿Cómo que por qué?
Cambia el peso de un pie a otro. Encoge un hombro. Solo uno.
—¿Por qué no podemos reformarlo? ¿Por qué hay que esperar? Mirarlo todo con tanto detenimiento. —Entrecierra los ojos escudriñándome. Analizándome—. ¿Acaso hay algún problema que no nos estés contando, Aitana?
Durante un rato me quedo muda, sin saber qué decir. Sin saber cómo reaccionar.
Porque lo que Nerea acaba de preguntar no tiene una respuesta sencilla.
Sí, hay problemas.
Muchos más de los que ella imagina.
Problemas que no salen en las cuentas que revisamos juntos en las reuniones familiares. Problemas que no aparecen cuando Diego habla de arreglar el tejado o cuando Cintia propone construir un cenador en el jardín.
Problemas que solo veo yo; las facturas que se acumulan; las instalaciones que se quedan viejas antes de que podamos arreglarlas; las temporadas buenas que cada vez duran menos.
Aprieto los labios y finjo una sonrisa.
—No hay ningún problema, Nerea, pero todo vale mucho dinero, como supongo que sabes, y todo necesita una revisión, reparación o cambio.
Solo hay que hacer números, análisis… —Comienzo a caminar hacia la puerta de la cocina sacudiéndome las manos en el pantalón—.
No te he dicho que no la vayamos a hacer, solo te he dicho que he tenido que encargarme antes de otras cosas.
—Frunce más el ceño sin dejar de escudriñarme.
Por lo menos no replica.
—Luego hablamos. —Salgo de la cocina con las manos sudorosas y el corazón a mil.
Sé que le estoy mintiendo. Que lo más fácil sería sincerarme con ella. Contarle la verdad. Hablarle del maldito correo y de la oferta que hay sobre la mesa.
Pero no puedo.
Si lo hago, empezarían las preguntas. Las dudas. Quizá, algo peor, la tentación de comprar. De vender lo que es nuestro.