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Capítulo 12

Leo

S on las cuatro de la mañana cuando salgo de la habitación.

Dormir tres o cuatro horas suele ser suficiente para mí.

Hoy ni siquiera he llegado a eso. Ayer, cuando regresé del taller con el coche, tuve que contestar tantos correos que hasta se me olvidó bajar a cenar.

Sin contar con las dos reuniones que tuve por videollamada y que se hicieron interminables.

Y hoy me espera el viaje a Valencia para la reunión con los alemanes.

Está claro que mi cerebro ha decidido que descansar es una pérdida de tiempo.

El hotel está en silencio, y la luz de la luna que entra por los ventanales es la única iluminación del pasillo, tiñendo el suelo de madera de un brillo plateado.

Casi me da cosa andar por él por si despierto a alguien.

Bajo las escaleras intentando no hacer ruido y voy directo al comedor. Más concretamente, a la cafetera que hay en una de las esquinas junto a una caja repleta de galletas de diferentes tipos y bollería que, por lo que parece, es totalmente artesanal.

El rugido de mis tripas es un claro indicativo de que le gusta lo que ve. Y de que tiene hambre.

Me preparo una taza, cojo un trozo de bizcocho de coco con trocitos de chocolate, me apoyo en la esquina de una de las mesas y abro de nuevo el hilo de correos con los alemanes.

El acuerdo es sencillo: el Grupo Beltrán adquiere la cadena hotelera regional en Baviera con siete establecimientos repartidos entre Múnich, Núremberg y la zona alpina.

Pero todo lo que parece sencillo siempre acaba teniendo letra pequeña, pues parece que los alemanes quieren asegurarse de que, una vez cerrada la operación, el Grupo Beltrán no abrirá nuevos hoteles en la región durante, al menos, diez años.

Diez años es una barbaridad. Un suicidio estratégico.

Cinco podría ser negociable.

Tres sería perfecto.

Diez es, directamente, inaceptable.

Le doy un bocado al bizcocho —que está espectacular— y lo acompaño de un trago de café mientras pienso en qué podría ceder y en qué no.

Porque podríamos aceptar la exclusividad en determinadas zonas.

O limitarla a hoteles de más de cien habitaciones.

O establecer una compensación económica si decidimos romperla antes de tiempo.

Resoplo. Se podría valorar la última opción. La gente se vuelve loca cuando escucha las palabras «compensación económica».

La gente que no es Aitana Casamayor.

A la señorita Casamayor parece que no le ha impresionado mucho la cifra que se le ha ofrecido por la adquisición del hotel.

Le doy un nuevo trago al café y me aflojo un poco el nudo de la corbata. Pensar en El Mirador de Ribamar ahora no es una opción. Debo centrarme en los puñeteros alemanes, que solo saben darme dolor de cabeza.

Se podría reducir el beneficio inmediato de la compra y compensarlo en el futuro.

Estoy en mitad de ese razonamiento cuando escucho abrirse la puerta del comedor.

Cuando levanto la vista, me encuentro con un tipo alto, atlético, pelo castaño, vestido de chándal y empapado de cintura para abajo.

Mi primer pensamiento es que está poniendo el suelo perdido.

El segundo, qué pensaría Aitana si lo viera.

El tercero, que no debería importarme qué piensa la señorita Casamayor.

—Eh… Buenos días. ¿Noches? —me saluda el tipo cerrando la puerta.

—Buenos días.

Hace un gesto con la mano con lo que, creo, intenta abarcar el comedor.

—No esperaba encontrarme a nadie despierto a estas horas. —Levanto la taza de café en el aire.

—Los madrugadores somos una especie en peligro de extinción. —El tipo se ríe. La forma de reír me resulta un tanto familiar.

Echo un vistazo por la ventana. Hay luna llena. A parte de eso, nada más. Bueno, sí. Oscuridad y silencio.

Regreso la vista a su pantalón mojado.

—¿Está lloviendo? —Miro hacia abajo. Hacia mis mocasines y mi traje de tres piezas—. Porque me temo que no voy preparado.

Compone una mueca y niega con la cabeza.

—No. Son solo unos pequeños problemas técnicos.

—¿El lavabo otra vez?

Se queda inmóvil.

Me mira con el ceño fruncido y la cabeza ligeramente ladeada.

—Perdona, pero… ¿quién eres?

—Leo Valera. Soy…

—El escritor. Sí. —No puedo evitar reír.

—No sé si sentirme halagado o preocupado porque todo el mundo sepa quién soy.

El tipo vuelve a reír a la vez que se encoge de hombros.

— Nah , qué va. Es un hotel pequeño y aquí nos conocemos todos. Y en las reuniones familiares somos bastante aburridos. Solo sabemos hablar de los huéspedes y de quién ha dejado la puerta del gallinero abierta.

Esta vez se me escapa una carcajada.

—Deduzco que tú también eres un Casamayor.

Asiente.

—Diego. —Me tiende la mano—. El único chico, pero el más inteligente de los seis.

—Estoy seguro de que tus hermanas tienen una opinión ligeramente distinta.

—Bastante. Algunas ni siquiera intentan disimularlo.

Se sirve una taza de café mientras el agua de sus pantalones empieza a formar un pequeño charco en el suelo. Menos mal que el suelo no es de moqueta.

Señalo hacia abajo.

—Así que lo del lavabo sigue dando guerra. —Diego suspira asintiendo con la cabeza antes de llevarse la taza a los labios y darle un sorbo—. ¿No sirvió la válvula que compró Aitana?

Deja de beber. Se me queda mirando otra vez. Con fijeza. Por encima del borde de la taza.

Enarca una ceja.

—¿Tengo que asustarme porque sepas lo de la válvula?

—¿Asustarte?

—Berta dice que escribes novelas de suspense. Espero que no seas de los que se llevan el trabajo a casa.

Si él supiera…

Me llevo el trabajo a casa. Siempre. Pero no el trabajo que él se piensa.

Carraspeo acomodándome en la mesa. Le doy el último trago al café. Voy a necesitar otro.

—Acerqué a Aitana ayer al pueblo a por la válvula.

—Acercaste ayer a mi hermana al pueblo a por la válvula.

—Sí.

Asiente lentamente.

—Ya. Vale. Eso es… —Suspira—. En fin. Da igual. —Le da otro sorbo al café—. La válvula sirvió. Unas horas. Pero la grieta es cada vez más grande. No hay más remedio que cambiar el lavabo cuanto antes.

—¿Y el seguro?

—También sabes lo del seguro.

—Ella hablaba por teléfono y yo conducía.

—Ah, genial. Pues los del seguro vendrán. ¿Cuándo? —Se encoge de hombros—. A saber. —Luego me mira con cierta gravedad, con la taza suspendida frente a la boca—. Pero es un tema delicado. Te sugiero que no se lo comentes a mi hermana si te la cruzas. Puede morder.

No conozco a Aitana Casamayor en profundidad, pero que es un hueso duro de roer ya me había dado cuenta. Tanto por sus correos como en persona.

Se termina el café, deja la taza sobre la mesa y mira hacia las escaleras.

—Tengo que volver arriba. Encantado, escritor.

—Igualmente.

Se da la vuelta y sale del comedor. Sus pisadas resuenan tranquilas mientras sube los escalones de uno en uno.

Miro el suelo. El pequeño charco que hay en el comedor y el reguero de agua que ha ido dejando a su paso.

Pienso en Aitana, en que no creo que le haga mucha gracia cuando lo vea. En que va a matar a su hermano.

También pienso en su cara de cansancio. La de ayer. En cómo se pasaba la mano por la frente. Frustrada. En su conversación con el seguro. En su desesperación. En la mancha de grasa que llevaba en la mejilla.

Y en lo absurdamente reacia que es a pedir ayuda.

No nos conocemos de nada. La confianza entre nosotros es prácticamente inexistente. Sin contar con que, si algún día descubre quién soy en realidad, existe una posibilidad bastante alta de que me corte las pelotas y se las dé de comer a cualquier cosa con dientes que tenga cerca.

Aun así…

—Joder —mascullo.

Desbloqueo el móvil y busco el teléfono de mi hermano. No lo coge a la primera, por lo que vuelvo a marcar.

—Espero que alguien se esté muriendo, y que ese alguien seas tú. —Gael nunca ha sido de madrugar.

Creo que jamás ha llegado al instituto a la hora.

—Levántate. Necesito que vayas a la reunión con los alemanes. —Nunca me ha gustado mucho andarme por las ramas. Me gusta más ser claro e ir de frente.

Gael no dice nada. Solo hay silencio. Por un momento creo que ha colgado, pero puedo escuchar su respiración.

Y su quejido me llega alto y claro.

—Vale, pues parece que sí que te estás muriendo.

—No me seas capullo. —Dejo la taza, tiro el trozo de bizcocho que no me he comido a la basura y me dirijo hacia las escaleras. Intento no pisar los charquitos de agua que ha dejado Diego.

Si supiera dónde hay una fregona, iría a por ella.

—Gael, ¿sigues ahí?

—Yo sí. ¿Y tú?

Ruedo los ojos hasta ponerlos blancos. Al llegar a la primera planta, tuerzo a la izquierda.

—Necesitan representación física del grupo. Yo me conectaré por videollamada.

—¿Y tú qué demonios vas a hacer? —Esa es una buena pregunta.

Saco la llave, la meto en la cerradura y entro en mi habitación.

—Resolver unas gestiones.

—¿Qué gestiones?

—Confía en mí.

Se ríe. El muy capullo se ríe.

Aunque lo escucho moverse. Eso es que se está levantando de la cama y preparándose para la reunión.

Gael nació para ser un hermano molesto y tocapelotas. Tiene ese talento natural para reírse de ti en el momento exacto en el que menos ganas tienes de aguantarlo. Le encanta discutir, llevar la contraria y demostrar que tiene razón incluso cuando no la tiene.

Sobre todo cuando no la tiene.

Pero también es la persona a la que llamo cuando algo realmente importa. Porque, aunque proteste, adore meterse conmigo y sacarme de quicio, siempre aparece.

Sin preguntas. Sin dramas.

Y por eso, cuando necesito que alguien me cubra las espaldas, siempre lo llamo a él.

—No soporto cuando te pones enigmático.

—No me pongo enigmático.

—Te odio, ¿lo sabías?

—Sí. —Cuelga. Nada más. Ni un adiós, un «ahora hablamos» o un «explícame por qué narices no cumples con tus obligaciones».

Ese es otro de los motivos por los que llamo a Gael y no a Claudia.

Con mi hermana mayor todo serían explicaciones. Y que estas sean razonables. Unas explicaciones que no puedo darle porque, en realidad, no sé por qué narices me importa tanto ayudar a Aitana.

Pero me importa.

Abro el ordenador, accedo a la lista de proveedores y servicios de la empresa y busco la que me interesa. Tres minutos después, estoy recostado en la silla marcando un número de teléfono.

Dos minutos más tarde, cuelgo.

Hoy por la mañana un perito se pasará por el hotel a cambiar el lavabo.

Sonrío. No sé por qué.

Qué narices, claro que lo sé. Porque eso cabreará a la mayor de los Casamayor. Y eso, de una forma retorcida, absurda e ilógica que no logro entender, me hace sonreír.