Bandeja de entrada Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Y por eso vas a conducir tú.

—Exacto. —Al llegar al lado del copiloto, abre la puerta. Me hace un gesto con la mano para que entre—. Aunque no voy a negar que también lo hago por beneficio propio. No me gustan mucho los autobuses y, ya que vas al pueblo, he pensado que puedes llevarme.

—Qué gesto de amabilidad por mi parte.

—Sin ninguna duda. —Me guiña un ojo. No me gusta nada lo que he sentido al ver ese gesto.

Miro la furgoneta y después a él.

—No se parece en nada a tu Lincoln.

—Los dos tienen cuatro ruedas, ¿no?

—Sí, pero el embrague de este coche está durísimo y para poner segunda tienes que…

—Me las apañaré —me corta. Se inclina hacia delante—. Soy un hombre de recursos, señorita Casamayor.

No sé si me gusta más cuando me llama Aitana o señorita Casamayor.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Tras escuchar de nuevo a la operadora, sé que no me queda más remedio que hacerle caso.

Una multa es lo último que necesito.

Además, discutir ahora mismo me parece más cansado que aceptar que tiene razón y que no me vendría mal su ayuda.

—Sí, perdón —contesto—. Aquí estoy.

Subo a la furgoneta y veo cómo Leo la rodea por delante y sube también.

Sigue llevando los pantalones beis y la camisa gris perfectamente planchada y lisa.

Echo un vistazo a la furgoneta por dentro.

Ni siquiera estoy segura de cuántos años tiene este trasto.

Puede que más que el hotel. Y el señor Leo Valera desentona igual que un ejecutivo de Wall Street en una feria de ganado.

Aun así, al arrancarla y meter primera, lo hace con elegancia y soltura.

Como si lo hiciera todos los días.

La operadora me pregunta si ha habido daños materiales, así que opto por retomar la conversación antes de echarme a reír.

Hacemos todo el camino hasta la ferretería en silencio. Bueno, él está en silencio. Yo estoy intentando no ponerme a chillar; la del seguro me acaba de decir que tardarán unos días en venir a ver el desperfecto porque tienen otras averías que atender.

¿Cuántos son «unos días»? ¿Dos? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Treinta?

Doy vueltas a la manivela para bajar la ventanilla. Estoy empezando a tener mucho calor.

—Verás… ¿Leticia?

—Sí.

—Fantástico. —Me aclaro la garganta. Ese fantástico ha sonado de todo menos fantástico.

Tal vez debería rebajar un poco el tono—.

Estamos hablando de un hotel, un sitio en el que se alojan personas.

No podemos estar unos días con un lavabo roto del que lo más probable es que vuelva a salir agua en cualquier momento.

Sin olvidar la gotera del techo del comedor.

Eso que acabo de escuchar no sería un suspiro, ¿verdad?

—Lo entiendo, señorita Casamayor, pero no puedo hacer otra cosa. Es época de mucho trabajo.

—Lo sé, es verano. Es la época de más trabajo en un hotel.

—Lo comprendo —dice Leticia con ese tono que utilizan las personas que, claramente, no lo comprenden—, pero el perito irá en cuanto tenga un hueco. Mientras tanto, intenten minimizar los daños.

Minimizar los daños.

Como si estuviéramos hablando de una maceta que se ha caído y no de una tubería que amenaza con convertirnos en una piscina municipal.

—Claro —contesto con cierto retintín. Aprieto los dientes—. Minimizar los daños. Lo haremos.

Cuelgo antes de que se me escape algo que me obligue a cambiar de aseguradora y apoyo la cabeza un segundo en el respaldo del asiento.

No podemos esperar unos días. Ni siquiera podemos esperar unas horas.

Debería haberme cambiado de aseguradora, pero esta era la más económica. Me muerdo el labio inferior. Mi padre era un hombre de refranes y siempre decía: «No soy lo suficientemente rico para comprar cosas baratas».

Cuánta razón tenía.

Cierro los ojos un segundo. Solo uno. E intento reorganizarlo todo.

Siempre está la opción de cambiar el lavabo nosotros.

De comprar uno y que Diego lo cambie. Seguro que Mateo le echa una mano.

Si es capaz de ayudar a una vaca a parir, puede cambiar un lavabo, ¿no?

Vale, sé que no tiene nada que ver, pero Mateo es muy apañado. Casi toda la casa se la ha hecho él.

Haré fotos, vídeos, guardaré la factura y después se la pasaré a los del seguro. Eso lo puedo hacer. Es como cuando te vas de viaje, te cancelan el vuelo y la compañía te dice que lo pagues tú todo, guardes las facturas y luego ellos te hacen el reembolso. Pues esto igual.

Es la única opción que se me ocurre. No podemos esperar. Tenemos el hotel lleno durante todo el verano y no tardarán en ocupar esa habitación. Enviar a los clientes a otro o cancelar la reserva no es una opción. Necesitamos el dinero.

—Eh, ¿estás bien? —Doy un respingo y abro los ojos. Me cuesta un par de parpadeos acostumbrarme a la luz. Cuando lo hago, me doy cuenta de que estamos parados justo delante de la ferretería.

—Ya hemos llegado. —Suena a pregunta, aunque era más una afirmación.

—Sí. —Leo apaga el motor, quita las llaves del contacto y me las da.

La yema de sus dedos me roza la palma. Ignoro el cosquilleo y cierro la mano alrededor de las llaves.

—Gracias. Oye, ¿cómo has sabido llegar hasta aquí?

—Ya te lo he dicho, soy un tío de recursos. —Como ha hecho antes, me guiña un ojo. Y, como antes, siento un cosquilleo en la tripa.

Sacudo la cabeza intentando hacer que desaparezca cualquier cosquilleo inapropiado, aunque no puedo evitar que se me escape una sonrisa al caer en la cuenta de algo.

Miro por el espejo retrovisor. A través de la luna trasera puedo ver a Miguel dentro del taller inclinado sobre un coche con el capó abierto.

—Más que un tío de recursos, yo diría que eres un turista muy aplicado. Y observador.

Leo suelta una carcajada breve, auténtica.

—Nadie me había dicho nunca nada tan bonito. Muchas gracias.

Pongo los ojos en blanco.

—Y adulador, eso también lo eres.

—No me digas más cosas o acabarás ruborizándome —añade llevándose una mano al pecho con exageración teatral. Algo que, he de decir, no casa mucho con su apariencia física.

Sacudo la cabeza apretando con fuerza los labios hasta convertirlos en una fina línea y cojo la manivela para abrir la puerta.

—Aitana, un momento —me llama. Me detengo a medio movimiento y vuelvo la cabeza—. Puedo avisar a alguien y que esté aquí esta misma tarde.

No puedo evitar tensarme. Ni siquiera sé muy bien por qué. Solo sé que, de repente, estoy apretando la manivela con tantas ganas que estoy segura de que tengo los nudillos blancos.

—Ya se lo he dicho, señor Valera, no hace falta.

Suspira despacio y ladea un poco la cabeza observándome con esa atención suya que empieza a ponerme de los nervios.

—¿Vuelvo a ser el señor Valera? —pregunta con suavidad—. Hace un momento me estabas tuteando. Lo prefiero, si te soy sincero.

Es verdad, estaba tuteándolo.

Enderezo la espalda y cuadro los hombros como si eso pudiera borrar el detalle. Como si acabara de cometer uno de los siete pecados capitales.

Carraspeo.

—Ha sido un lapsus, lo siento.

—Ya. —Apoya un codo en el volante y me mira de lado—. No te gusta mucho pedir ayuda, ¿verdad? Ni siquiera cuando no tienes que pedirla, sino que, directamente, te la dan.

Abro la boca sorprendida. Y ofendida.

—No tenemos la suficiente confianza como para que me diga algo así —replico soltando la manivela y apoyando la mano en el marco de la puerta. En otra circunstancia me felicitaría por haber hablado con templanza. Sin titubeos—. Le recuerdo que es usted un cliente del hotel, señor Valera.

—Un cliente que te está diciendo que te puede ayudar con el problema de la tubería. —La calma con la que habla no ayuda nada a mi estado de irritación y nervios.

Abro la puerta. Aunque el aire que sopla es caliente, lo agradezco.

—Un problema que tengo controlado.

—¿Seguro?

Levanto la barbilla con orgullo.

—Segurísimo.

—Si tú lo dices… Es que por la conversación que estaba escuchando no me lo parecía. —Su tonito de condescendencia es la gota que colma el vaso.

Puedo notar cómo algo en mi pecho se tensa de golpe. En realidad, toda yo me tenso. Como las cuerdas de una guitarra recién afinada.

Aprieto tanto la mandíbula que me hago daño en los dientes.

—Debería ir a recoger su coche, señor Valera. —Pronuncio cada palabra con precisión. Como si estuvieran medidas al milímetro.

Leo me mantiene la mirada unos segundos más. Luego asiente despacio.

—Por supuesto, señorita Casamayor.

Salgo de la furgoneta con un movimiento brusco y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria. Detrás de mí escucho cómo abre su puerta.

—No pinche otra rueda al regresar —añado sin mirarlo.

—Haré lo que pueda —responde con tranquilidad. No sé por qué, pero eso solo consigue enfadarme un poco más.