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Capítulo 10

Aitana

E l suelo brilla, y no porque esté limpio, sino porque está todo mojado. Cuando Cintia me ha dicho que había reventado una tubería y que había agua por todas partes, me he asustado. Después he pensado que tampoco sería para tanto. Cintia suele tirar bastante de drama cuando cuenta las cosas.

Cuando ha comentado que empezaba a filtrar en el techo del comedor, he vuelto a asustarme. Más que antes. Pero he intentado ser optimista y pensar, de nuevo, que tampoco sería para tanto y que seguro que había solución.

Ahora, viendo el caos con mis propios ojos, quiero gritar.

Y llorar, ya de paso.

Hay un reguero que nace del baño, atraviesa la alfombra como si fuera un río con ganas de independencia y acaba lamiendo las patas de la cama.

Cojo aire hinchando los pulmones todo lo que puedo y camino de puntillas hasta la puerta del cuarto de baño sin dejar de escuchar el plaf que hacen mis pies al contacto con el agua.

Al pasar junto a la cama, dejo la libreta que llevo en la mano sobre ella.

Diego está arrodillado junto al lavabo, con la camiseta pegada a la espalda, el pelo revuelto y una expresión de concentración tan dramática que cualquiera diría que está desactivando una bomba.

Aunque casi, porque esto es el caos.

—Dime que no es tan grave como parece. —Diego levanta la cabeza y se vuelve hacia mí. Tiene una gota de agua colgándole de la nariz.

—No es tan grave como parece.

—¿Me estás mintiendo?

—Básicamente.

Vale, es definitivo. Me voy a poner a llorar.

Me acerco a mi hermano y me arrodillo a su lado metiendo la cabeza bajo el lavabo. No entiendo nada de fontanería, pero sé que lo que veo no me gusta.

Mis pantalones se están mojando, pero a estas alturas me da bastante igual.

—¿Diagnóstico? —pregunto más por inercia que por otra cosa, porque me sé la respuesta.

El suspiro de Diego corta el silencio de la habitación.

—Vamos a necesitar un lavabo nuevo.

—¿En serio? —Diego se encoge de hombros con pesar.

—La tubería ha reventado por detrás y ha empujado el desagüe. Mira. —Aparta un poco el sifón para que pueda verlo—. ¿Ves esa grieta?

Me inclino más hacia delante. La veo. Una línea fina recorre la porcelana del lavabo como si alguien hubiera dibujado un rayo sobre ella.

—¿Podemos arreglarlo con un poco de teflón? —Diego niega con la cabeza mientras compone una mueca.

—Con eso no hay teflón que valga —sentencia—. En cuanto vuelva a correr el agua, esto va a gotear como una regadera.

La cocina, el establo, la pintura… Y ahora esto.

Es como si una nube gris se cerniera sobre nosotros.

Ambos nos volvemos hacia la puerta al escuchar pisadas. Cintia y Berta aparecen por ella. La primera cargada con una montaña de toallas.

—He vaciado medio armario de la lavandería. Toallas tenemos. Soluciones, no tantas. —Además de dramática, Cintia siempre ha sabido sacarnos a todos una sonrisa en los momentos más caóticos.

Aún recuerdo las carcajadas en el funeral de nuestro padre.

Me paso una mano por la frente.

—Perfecto —digo obligándome a no dejar de sonreír—. Cubre el suelo de toda la habitación y… —Me vuelvo de golpe hacia Berta—. Oh, mierda. ¿Aquí no estaba alojada la pareja esa del perro salchicha?

Berta asiente.

—Sí. No llegan hasta la noche. Se han ido de ruta esta mañana. Hemos sacado sus cosas y los he reasignado en la siete.

—Pero esa la tenemos ocupada.

—Ya no. Los Martínez se han marchado hoy.

—Vale, perfecto. —Relajo los hombros—. Parece que un problema menos. ¿Y el comedor? ¿Ha llegado a filtrar?

—Ha caído alguna gota. He puesto un cubo —contesta Cintia desde la habitación contigua. Supongo que está cubriendo el suelo de toallas—. Pero en el techo hay una mancha de humedad. Habría que llamar al seguro.

—Ya lo he hecho —indica Berta arrugando la nariz—, pero no paran de ponerme en espera. No he conseguido hablar con nadie.

—Tenemos que insistir. —Me paso de nuevo la mano por la frente. Me miro los dedos. ¿Esto negro es grasa? ¿Polvo? Puede que sea una mezcla de ambas cosas.

Suspiro.

Genial, seguro que también tengo manchada la frente.

—La llave de paso está medio muerta —dice Diego volviendo a meter la mano bajo el lavabo mientras aprieta algo con la llave inglesa—. Cierra, pero no del todo. Aunque, si compro una válvula nueva, puedo hacer un apaño hasta que vengan los del seguro y nos instalen un lavabo nuevo.

—Genial —murmuro mientras me incorporo con un pequeño gruñido y me sacudo las manos en el pantalón empapado, que a estas alturas ya parece una esponja—. Iré ahora al pueblo a comprarla.

—Puedo ir yo —añade Cintia reuniéndose con nosotros en el minúsculo baño. Lleva una toalla colgando del hombro y otra en la mano.

Niego con la cabeza.

—Yo voy. —Cintia y Berta se hacen a un lado para dejarme salir—.

De paso, por el camino, insistiré con el seguro.

—Miro a los tres por encima del hombro—.

Diego, quédate aquí, no vaya a ser que a la tubería le dé por convertirse otra vez en un géiser.

Berta, quédate en la recepción y tú, Cintia, asegúrate de que el comedor está limpio y funcional.

Que esto afecte a los huéspedes lo menos posible.

—De acuerdo —contestan los tres a la vez perfectamente sincronizados.

—Ya que vas, trae también un latiguillo y teflón —añade Diego—. Con suerte puedo hacer un apaño para que la habitación no se convierta en una fuente ornamental.

Lo de ponerme a llorar coge fuerza a cada minuto que pasa.

Tras recoger la libreta, salgo de la habitación cerrando la puerta a mi espalda para evitar ojos curiosos y me dirijo al despacho a por las llaves de la furgoneta. Por el camino, llamo al seguro.

Como ha dicho Berta, me dan la bienvenida, me piden que les explique el problema, que señale con qué departamento quiero hablar y me dejan en espera con una canción que me recuerda a las del ascensor de los hospitales.

Les echo un vistazo a mis pantalones. Sé que debería ir a cambiarme, pero mi necesidad por comprar la dichosa válvula colapsa todo lo demás.

Recojo las llaves del primer cajón del escritorio y vuelvo a salir. La canción ha entrado en un bucle infinito y yo estoy empezando a cabrearme.

Atravieso el recibidor con el teléfono pegado a la oreja. La voz enlatada del seguro me informa, por tercera vez, de que mi llamada es muy importante para ellos y que soy la siguiente.

Porque necesito que vengan a arreglarme el dichoso lavabo cuanto antes, si no, los mandaría a la mierda en cuanto descolgaran el teléfono por mentirosos.

Empujo la puerta de entrada con la cadera y choco contra algo.

El golpe no ha sido fuerte, pero suficiente para que el teléfono se me resbale de la mano y caiga al suelo.

Al levantar la vista, veo que no he chocado contra algo, sino contra alguien.

Y como el destino me odia de una manera un tanto cruel y retorcida, no podría ser otro que Leo.

Está ahí plantado, impecable. Tan limpio, tan perfectamente peinado y tan poco mojado que parece que viva en otro planeta distinto al mío.

Mira mis pantalones, mi camiseta y, por último, mi cara.

—Iba a preguntarte por la tubería, pero veo que va todo viento en popa.

Parpadeo.

¿Está intentando ser gracioso? Porque ahora mismo es lo que menos me interesa.

—Disculpe, tengo un poco de prisa —me limito a decir mientras me agacho a recoger el móvil del suelo y retomo mi camino hacia la furgoneta.

La música de ascensor sigue su curso.

—¿Es grave? —pregunta Leo colocándose a mi lado. Elevo una ceja. Sonríe. Muy poco, pero lo suficiente para que su hoyuelo haga acto de presencia—. Vale, supongo que sí. —Levanta las manos con las palmas hacia arriba—. Pregunta equivocada. Lo siento. Te juro que no intentaba ser gracioso.

¿Me ha leído el pensamiento?

—«Su llamada es muy importante para nosotros. Por favor, no cuelgue, es el siguiente». —Y con esta van cuatro.

—Lo que he dicho antes iba en serio —continúa Leo, que parece dispuesto a acompañarme hasta el coche—. Puedo ayudar.

Elevo tanto la ceja que estoy segura de que se une al nacimiento del pelo.

—Se lo agradezco, pero usted mismo me ha dicho que no entiende nada de fontanería.

—Puede que no —admite—, pero conozco a gente que sí.

—¿En Ribamar?

—En Ribamar concretamente no, pero sí en Bilbao. Puedo llamarlos y pedirles que vengan.

—¿Y por qué haría eso? —Sus dedos me rodean el brazo obligándome a parar. No aprieta, pero el gesto es lo bastante firme como para que me quede donde estoy.

Se encoge de hombros.

—Porque pareces agobiada.

Me quedo mirándolo sin saber muy bien qué decir. Sobre todo porque no sonríe. Ni siquiera parpadea.

De hecho, su rostro luce serio. Atento. No hay ni rastro del hoyuelo. Me observa como si de verdad pensara que estoy agobiada y que él podría ayudarme.

Que quiere ayudarme.

Y no sé muy bien qué pensar al respecto.

—Buenos días, le atiende Leticia. ¿En qué puedo ayudarla? —Suspiro de alivio cuando escucho la voz de la operadora.

Leo me suelta el brazo y da un paso atrás.

—Sí, hola —respondo enderezándome un poco—. Llamaba por un posible siniestro en El Mirador de Ribamar. Ha reventado una tubería en una de las habitaciones y está empezando a filtrar al comedor.

Reanudo el camino hacia la furgoneta. Leo me acompaña a un par de pasos de distancia con las manos en los bolsillos. Noto su presencia igual que noto el agua fría que todavía se cuela por la tela de mis pantalones.

—Entiendo —responde la operadora—. ¿Podría indicarme la dirección exacta del establecimiento?

Le doy los datos mientras me acerco a la puerta del conductor. Estoy a punto de abrirla cuando alguien me detiene. Me han quitado las llaves de la mano.

Me vuelvo hacia Leo con el ceño fruncido.

—¿Qué haces? —pregunto tapando el auricular con la mano. Leo señala el otro lado de la furgoneta con la cabeza.

—Tú hablas, yo conduzco.

—¿Qué? —Sé que lo estoy mirando como si acabara de proponerme robar un banco, lo que parece hacerle gracia, a tenor de la sonrisa que luce.

Leo me coloca las manos sobre los hombros y me empuja con suavidad hacia la parte del copiloto.

—No puedes hablar por teléfono mientras conduces, te multarán.