Bandeja de entrada Capítulo 9
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Capítulo 9

Leo

S e me escapa la carcajada antes de poder contenerla. Y no es una risa discreta.

No.

Es una de esas que salen del pecho y hace que un matrimonio de jubilados, sentado a dos mesas de distancia, levante la vista del crucigrama que está intentando completar y me mire como si acabara de descubrir la fórmula de la inmortalidad.

Le dedico a la pareja una sonrisa educada a modo de disculpa y centro de nuevo la atención en la pantalla de mi ordenador. Más concretamente, en el último correo que la señorita Casamayor me ha enviado.

No sé cuál de todas las frases que contiene el correo me gusta más, si esa en la que dice que mi propuesta suena tentadora o en la que habla de mi labia. Sin olvidar el detalle más importante de todos, y es que con esta ya son ocho las veces que me ha rechazado.

Debería molestarme. Debería sentir que mi ego está un poco magullado.

Al fin y al cabo, en mi vida profesional la palabra «rechazo» suele aparecer en boca de otros, no en la mía.

Pero la señorita Casamayor no solo me ha rechazado.

Otra vez. Lo ha hecho con elegancia. Con firmeza y con argumentos que, aunque me pesen, son sólidos.

Y eso, contra toda lógica, me resulta fascinante. Porque no se equivoca en algo, y es que la tenacidad es una de mis mayores virtudes.

Alzo la vista del ordenador y busco a la señorita Casamayor por el jardín, pero no la veo. Solo hay huéspedes desayunando, tres niños persiguiendo a una gallina y un camarero cruzando entre las mesas con una bandeja de cafés en la mano y cara de concentración.

Además del matrimonio de jubilados, por supuesto, que ha vuelto a su tarea de terminar el crucigrama.

He venido temprano a este rincón, portátil en mano, a representar mi papel de escritor atormentado mientras observo, evalúo y estudio el terreno. Mientras llevo a cabo mi plan.

Mi estrategia.

El motivo por el que estoy alojado en este hotel.

Y lo que he podido corroborar en las pocas horas que estoy aquí es que este lugar tiene más potencial del que imaginaba en un principio.

Tiene una ubicación excelente, vistas privilegiadas al Cantábrico y el tipo de silencio que los urbanitas pagarían lo que fuera por comprar en frascos.

El problema es que el silencio por sí solo no paga facturas.

Echo un último vistazo a mi alrededor, pero la gerente no está, y parece que nadie me presta atención, por lo que puedo continuar con el archivo que anoche dejé a medias antes de quedarme dormido.

Apunte personal: las camas son extremadamente cómodas. Incluirlas en el acuerdo cuando compremos el hotel.

Inclino la pantalla del portátil un poco más hacia mí y abro el documento. Ese que reza: «El Mirador de Ribamar – Evaluación preliminar».

Me recuesto en la silla y leo las anotaciones de ayer: ubicación estratégica, encanto arquitectónico auténtico, marca emocional fuerte en el entorno local, fidelización elevada en temporada alta, infraestructura anticuada, escasa diversificación de ingresos, nula digitalización avanzada…

Inclino el cuerpo hacia delante y comienzo a escribir: «El Mirador de Ribamar es un potencial alto para reconversión en resort boutique prémium con spa y programa de retiros corporativos.

Se eliminaría la zona de la granja y se ampliaría la zona de los establos con la adquisición de un par de caballos más. Se reforzaría el…».

—Buenos días, señor Valera. —Mis dedos se quedan suspendidos en la L. Levanto la cabeza y no puedo evitar sonreír al encontrarme con Aitana.

Lleva una libreta en la mano —de esas tipo Mr. Wonderful con mensaje motivacional en la portada tipo: «Ponle sal a la vida» o «Tú tienes arte para arrasar en cualquier parte»— y el pelo recogido en una coleta que parece hecha con prisas.

Hoy no lleva vestido. Lleva unos vaqueros azules que se le ciñen a las piernas y una camiseta blanca de tirantes de la que cuelga la chapa con su nombre en la parte delantera. En los demás sería un atuendo de lo más normal y sencillo. En ella resulta inquietantemente atractivo.

Bajo la tapa del portátil y apoyo las manos sobre ella, como si así pudiera aplastar también el documento que estaba escribiendo.

—Buenos días, Aitana. —Me niego a llamarla señorita Casamayor—. ¿Qué tal estás?

Cuadra los hombros e inclina ligeramente la cabeza.

—Muy bien, señor Valera, gracias por preguntar —contesta con ese tono serio, profesional y austero que parece venirle de fábrica.

Me dan ganas de sonreír.

—¿Trabajando en su novela? —pregunta señalando el ordenador con un gesto breve de la barbilla.

Por un segundo estoy a punto de preguntarle de qué novela está hablando, pero entonces recuerdo mi pequeña mentira y asiento.

—Intentándolo al menos.

—¿Mucho ruido? —inquiere al tiempo que abarca con la mano todo el jardín. Me recuesto en la silla y cruzo los brazos sobre el pecho.

—Para nada. Es un lugar muy tranquilo y bonito en el que poder trabajar. Berta no mintió ayer al recomendármelo.

Las comisuras de sus labios se estiran hacia arriba. No es una gran sonrisa, pero es una sonrisa preciosa.

—El jardín es lo mejor que tenemos —dice mirando alrededor como si lo estuviera viendo por primera vez—. Mi padre decía que era el corazón del hotel.

Un pequeño atisbo de tristeza le baña los ojos, pero desaparece tan rápido como ha aparecido.

Siento un pellizco al recordar el primer correo que me envió. Su primera llamada de atención. Esa que me hizo sonreír por su sinceridad y despedir de inmediato a mi asistenta por su ineptitud. Esa que me hizo darme cuenta de que Aitana Casamayor sería un hueso duro de roer.

—Es amplio —comento manteniendo un tono neutro.

—Antes lo era más —añade sin dejar de mirar el jardín.

—¿Antes?

Asiente. Y su sonrisa se hace un poco más amplia. Y sigue sin ser una gran sonrisa, pero sigue siendo preciosa.

—Cuando éramos pequeños, mi padre plantó aquel manzano. —Señala un árbol que queda a unos metros—. Cada verano nos hacía recoger la fruta y luego mi madre y mi abuela preparaban mermelada para los desayunos. —Se encoge de hombros—. A día de hoy, es una tradición que conservamos.

—¿La de recoger fruta o la de hacer mermelada casera?

—Ambas.

El manzano no es especialmente impresionante. De hecho, desde un punto de vista empresarial, es irrelevante. Pero la forma en que lo mira no lo es.

Es una de esas miradas que gritan que este lugar está lleno de recuerdos. Recuerdos a los que, está claro, se aferra con uñas y dientes.

Desvío la mirada hacia el tarrito de cristal con los restos de mermelada que quedan en él. Debo reconocer que estaba buenísima.

Aitana carraspea recomponiéndose y adoptando esa pose profesional que empiezo a ver en ella constantemente.

—Verá, señor Valera, venía a informarle de que ha llamado Boni. Ya le han llegado las ruedas del coche. Ha dicho que en un par de horas podría pasar a por él.

—¿Ya? Vaya, menuda rapidez —señalo un tanto asombrado.

Aitana frunce el ceño.

—¿Por qué parece tan sorprendido?

—No lo sé. Supongo que estoy acostumbrado a procesos un poco más largos.

—Boni le aseguró que hoy lo tendría. Aquí en Ribamar no nos gusta hacer esperar a nuestros clientes.

—Ya veo.

Carraspea de nuevo.

—Nada. Solo venía a informarle. Que pase un buen día.

—Tengo un par de preguntas —me apresuro a decir inclinándome hacia delante para detenerla antes de que se dé la vuelta—. ¿Cómo puedo ir hasta el pueblo desde aquí?

—En autobús —responde sin vacilar, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

Me tenso.

—¿Has dicho en autobús?

—Sí. A la entrada del hotel hay una parada —explica señalando vagamente hacia el camino de acceso—, pasa cada hora en punto. Le deja justo en la calle perpendicular a la del taller.

¿En autobús? Ni de coña. Los odio. Están llenos de gente, huelen mal y todo el mundo habla a la vez, sin contar con que el trayecto se hace interminable por el millón de paradas que hace. Y lo de tener que esperar hasta que pase, sin marcar yo el horario que necesito, tampoco me gusta.

Mi tiempo es muy importante, y no puedo depender de otra persona para llegar a donde necesito estar.

No me gusta esperar.

No me gusta adaptarme a horarios ajenos.

Y, sobre todo, no me gusta no tener el control.

Creo que la última vez que cogí un autobús fue cuando estaba en el instituto para ir al zoo. Acabé vomitando.

Una experiencia que prefiero no repetir.

—Ya… —Repiqueteo con los dedos sobre el ordenador—. ¿Y no habría otra manera?

—Andando.

Elevo una ceja.

—¿Te estás quedando conmigo?

Niega con la cabeza seria, aunque hay un pequeño atisbo de sonrisa en su rostro.

—Ni mucho menos —me echa un vistazo—, aunque no se lo recomiendo vestido así.

—¿Le pasa algo a mi ropa?

—¿Me está preguntando en serio si es buena idea andar cuarenta kilómetros bajo el sol con un pantalón de pinza beis y una camisa gris?

Mis dedos siguen repiqueteando sobre el ordenador. No aparto mis ojos de los suyos y ella tampoco aparta los suyos de los míos.

—A partir de las doce pega mucho el sol y no es que haya mucha sombra por el camino —añade.

—Así que lo dices porque te preocupas por mí.

—No me gustaría tener que rescatarle dos veces en veinticuatro horas, señor Valera.

—Muy considerado por tu parte.

Se encoge de hombros con fingida inocencia.

—Me preocupo por mis huéspedes.

—Como haría un buen gerente.

—Exacto.

—Y no hay otra forma de ir a Ribamar que en autobús o andando.

Niega con la cabeza.

—Eso parece.

—Ya…

—¿Qué pasa? ¿No le gustan los autobuses?

—Digamos que no es mi medio de transporte favorito.

—¿Por algo en especial?

—Las aglomeraciones. Y tener que luchar por conseguir un sitio en el que poder sentarme.

—Sabe que eso suena un poco esnob, ¿verdad?

—O selectivo.

—Si prefiere verlo así, no seré yo la que le haga cambiar de opinión.

—¡¡Aitana!! —grita una chica parándose de golpe al lado de Aitana y sobresaltándonos a los dos.

La morena se lleva una mano al pecho y mira a la recién llegada entre asustada y enfadada.

—Por Dios, Cintia, menudo susto me has dado. —Me mira un segundo de reojo antes de volver a la rubia—. Estaba hablando con un cliente.

La chica se vuelve hacia mí forzando una sonrisa. Una sonrisa que se amplía en cuanto su mirada se encuentra con la mía.

Parece que le gusta lo que ve. No pienso negar que mi ego se hincha un poquito.

—Oh. Lo siento, señor…

—Bel… Valera. Leo Valera. —Por qué poco.

La joven abre los ojos. Las mejillas se le tiñen de un bonito color rojizo.

—¿El escritor?

—El mismo.

—Berta dijo que eras guapo. No se equivocaba.

Me río.

—Tendré que darle las gracias a Berta por el cumplido. Y a ti también. —Me levanto de la silla y estiro la mano por encima de la mesa—. Por lo que he oído, tú eres Cintia, ¿no?

—Cintia Casamayor. —Me estrecha la mano. Para lo delicada que parece a simple vista, el apretón es fuerte—. Soy su hermana.

Señala a Aitana con la mano que tiene libre.

Las miro a las dos. No se parecen en nada. Bueno, sí, en que no tienen reparos en decir lo que piensan.

Aitana suspira y pone los ojos en blanco.

—Cintia, ¿querías algo? —La joven, que sigue cogiéndome la mano, parece reaccionar al escuchar su nombre.

—Uy, sí. Perdón. —Me suelta tras soltar una risita baja, lo que hace que su hermana ponga de nuevo los ojos en blanco, y se vuelve hacia la chica que la mira con impaciencia—. Hay un problemilla en una de las habitaciones.

Aitana se tensa.

—Define problemilla. —La joven se muerde el labio inferior y se acerca a ella.

—Se ha reventado la tubería del baño y hay agua por todas partes. —Aunque habla en tono bajo, puedo escucharlo sin problemas.

El rostro de Aitana se torna serio.

—¿Habéis cortado la llave de paso?

—Sí, y he llamado a Diego, pero hemos tardado en darnos cuenta de que salía agua y… digamos que está todo un pelín encharcado.

Algo me dice que aquí la expresión «un pelín» es un eufemismo.

Aitana se pasa una mano por la frente y sacude la cabeza.

—Vale, veamos los daños. Llamaré al seguro y… —Ladea la cabeza y entrecierra los ojos. Yo también lo hago, pues por la expresión de la rubia parece que hay algo más—. ¿Cintia?

Cintia coge aire con fuerza, como si se estuviera preparando para la batalla, y lo suelta de golpe.

—Se está filtrando al techo de la habitación de abajo. Al comedor, para ser exactos.

—Mierda —masculla Aitana cansada. Suelta un par de improperios más por lo bajo y se lleva ambas manos a la cintura como si necesitara sujetarse antes de reaccionar.

No pierde el control, pero está claro que poco le falta.

—¿Hay huéspedes en el comedor? —consulta con rapidez.

—No. Acaban de irse los del turno de desayuno. Pero el suelo está empezando a mojarse porque gotea una de las lámparas.

Fantástico.

Agua y electricidad.

La combinación favorita de cualquier aseguradora.

—Vale. Corta la corriente del comedor y dile a Diego que no toque nada hasta que yo lo vea.

—De acuerdo.

—Busca toallas, cubos y que nadie entre hasta que lo tengamos controlado.

Cintia asiente y sale casi corriendo hacia el interior del hotel. Aitana se queda un segundo más en el jardín inmóvil. Su respiración es un poco más profunda. Sus hombros están ligeramente tensos.

—¿Necesitas ayuda? —pregunto antes de pensarlo demasiado. Se vuelve hacia mí. Por la forma en la que me mira, cualquiera diría que se había olvidado de mi persona.

—¿Sabe algo de fontanería, señor Valera?

—No.

—¿Electricidad?

—Tampoco.

—Entonces me temo que no, pero gracias por ofrecerse. —Directa. Sin aspereza. Educada.

—Sé gestionar crisis —añado como último intento.

—Yo también. Si me disculpa. Que tenga un buen día.

Se gira y entra en el hotel decidida, sin alterarse y, sobre todo, sin esperar una respuesta por mi parte.

Los ojos se me desvían de forma involuntaria hacia su trasero.

Puede que sea por su forma de balancear las caderas sin ni siquiera darse cuenta o por la firmeza y seguridad con la que camina.

No sé si como alguien que está acostumbrada a gestionar crisis o como alguien que tiene demasiado claro que este lugar depende de ella.

La cuestión es que no puedo evitar mirarlo y, como suponía, me gusta lo que veo.

Redondo. Compacto. Perfecto.

Está claro que le quedan muy bien esos pantalones.

De pronto, me acuerdo de algo. De unas palabras.

«¿Eso quiere decir que a usted le apasiona el suyo, señorita Casamayor?».

«Me gusta mi trabajo. Si no lo hiciera, supondría un problema, ¿no cree?».

Gustar no es apasionar. Ni siquiera es un sinónimo.

A uno puede gustarle algo porque funciona. Porque es correcto además de cómodo. Porque cumple su propósito sin dar demasiados problemas. Como un reloj cuyo único objetivo es dar las horas o un coche fiable.

Gustar es funcional.

Apasionar, vocacional, y la vocación es el peor enemigo de cualquier oferta de compra. Pero Aitana no ha dicho que le apasione su trabajo, sino que le gusta, y eso cambia las reglas del juego por completo.

La vocación sostiene. La obligación desgasta.

Y lo que se sostiene por inercia termina cediendo por cansancio.