Capítulo 8
Aitana
S i tuviera que utilizar una palabra para describir a mi familia sería «caótica».
Nosotros no hablamos, gritamos. O, como dice Cintia, usamos un tono de voz elevado para que se nos escuche mejor.
Ver quién interrumpe más veces a quién se ha convertido en nuestro deporte preferido, y por ahora Diego lleva la medalla de oro colgada al cuello.
Él dice que es porque es el único hombre entre tantas mujeres y tiene que luchar por hacerse oír. La realidad es que tiene la extraña convicción de que cualquier conversación mejora automáticamente cuando participa él.
Yo a eso lo llamo egocentrismo.
Otra de las cualidades que define a los Casamayor es que nos encanta opinar sobre la vida de los demás aunque no se nos haya preguntado y muchas veces ni siquiera sepamos exactamente de qué están hablando. De ahí que mi sobrino se llame Joan y no Cayetano, tal y como quería su madre.
También es cierto que Nerea acabó claudicando porque Diego la amenazó con organizar un referéndum e invitar a todo Ribamar a votar. En esta casa lo de la democracia lo llevamos regular. Somos más de imposición afectiva.
Por eso no es de extrañar que parezca que me encuentre en medio de una cumbre internacional en vez de en una cena familiar. Una cena en la que, si no me equivoco, estamos debatiendo sobre si Joan debería ayudar o no a Diego con el tejadillo del establo que parece que tenga goteras.
—Necesito a alguien que me pase las tejas nuevas y sujete la linterna —argumenta Diego con solemnidad absurda apoyando los codos en la mesa como si estuviera defendiendo una tesis doctoral al no rotundo de su melliza.
—No sé cómo quieres que te diga que mi hijo no va a subirse al tejado del establo. —Nerea habla sin levantar la voz, pero con ese tono que congela el aire.
—¿Quién te ha dicho que se vaya a subir? —protesta Diego. Nerea alza una ceja—. Solo estaría… cerca del tejado.
Pincho un trozo de manzana con el tenedor y me lo llevo a la boca mientras veo cómo mi hermana deja despacio la cucharilla del postre sobre la mesa y se cruza de brazos.
—¿Te crees gracioso? Porque a mí…
—Tengo ya diez años, mamá —replica Joan interrumpiendo a su madre e irguiéndose en la silla como si acabara de cumplir la mayoría de edad—. Puedo subirme al tejado.
A Nerea se le suaviza la mirada al mirar a su hijo, pero sigue habiendo firmeza en ellos. Y negación.
—Lo siento, Joan, pero no —dice negando con la cabeza mientras le aparta un mechón de pelo de la frente con gesto automático de madre—. No voy a arriesgarme a que te puedas caer y romper una pierna.
—¡No seas exagerada! ¡No se va a romper nada! —salta Diego echándose hacia atrás en la silla y soltando a su vez una carcajada —. Lo estaré vigilando. ¿Por quién me tomas?
Nerea mira a nuestro hermano de reojo.
—He dicho que no.
—Tiene diez años, no cinco. Yo a su edad ya trabajaba.
—Tú a esa edad vendías limonada con gas diciendo que era «receta prémium» —recuerdo sin poder evitar una media sonrisa.
Diego se vuelve hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja en la cara.
—Y funcionaba.
—Funcionaba porque mamá obligaba a las vecinas a comprarte —interviene Berta con esa tranquilidad que la caracteriza limpiándose los labios con la servilleta.
Diego se encoge de hombros.
—¿Y qué? Lo importante es que las vendía. Eso se llama marketing local.
No conozco a nadie que tenga más cara que mi hermano, pero no puedo decir que no tenga razón.
Vendía. Y mucho, además. Todos los helados que se compró ese verano fueron gracias a la venta de las limonadas. Pero porque Diego tiene esa labia con la que consigue lo que quiere de quien quiere. Esa sonrisa ladeada y esa seguridad absurda que hacen que todo lo que dice suene convincente.
Sería capaz de vender arena en el desierto.
Pensar en la sonrisa de mi hermano lleva a mi cabeza a pensar en la sonrisa de otro hombre. En la de nuestro último huésped. Leo Valera.
En esa sonrisa un tanto pícara cuando hablaba del morbo que tiene enamorarse de alguien mayor. También en cómo ha pronunciado mi nombre al despedirnos.
Lo ha hecho susurrando, como si estuviera contándome un secreto y, a la vez, haciendo que mi nombre sonara distinto en su boca.
No nos conocemos lo suficiente como para poder definirlo, pero por su aspecto diría que se parece más a un hombre de negocios que a un escritor. Uno de esos accionistas buitres de una gran empresa que sería capaz de comprarte a tu primogénito si con eso consiguieran sacarle beneficio.
«Me gustaría, al menos, que me diese la oportunidad de conversar. Dicen que soy mejor comunicador en persona que por correo electrónico».
El último mensaje recibido de Leandro Beltrán se cuela en mi mente. Ese que aún no he contestado.
Leandro Beltrán, la definición perfecta de buitre.
Un buitre que, por desgracia, sé que tendría razón. Que, si nos reunimos y me enseña en persona todos esos informes que demuestran el gran cambio que necesitamos, sería capaz de convencerme de venderle el hotel. De darle eso por lo que mi familia tanto ha trabajado y trabaja.
No puedo evitar que esa pregunta que lleva rondando por mi cabeza como una peonza a la que no se puede detener me asalte como un tsunami.
¿Y si estoy dejando pasar la oportunidad de nuestra vida?
En su último correo habló algo de «gestión conjunta».
De conservar la fachada y mantener el nombre.
A lo mejor la idea de un inversor no es mala.
Si consiguiéramos capital, tendría la oportunidad de arreglar el tejado del establo de una vez por todas.
Nerea y Diego dejarían de discutir sobre si Joan debe o no subirse a él.
Y podría darle a Nerea esa cocina que tanto quiere y necesita, además de pintar las habitaciones, digitalizar la gestión del hotel con una nueva web, renovar el restaurante, instalar el cenador que Cintia siempre ha querido para las celebraciones en el jardín, instalar paneles solares o cambiar el acceso hasta aquí para que nadie pueda pinchar la rueda del coche.
Pero ¿a qué coste? Ese es el miedo que tanto me da. Porque, aunque se hable de «gestión conjunta», todo el mundo sabe que eso no es más que un formalismo sobre el papel. La realidad es que ellos son los que mandan. Ellos son los grandes y nosotros los pequeños.
Los pequeños no mandan, acompañan. Solo hay que ver a los animales de la selva. El león es el rey y los demás solo sobreviven bajo su sombra.
Y yo no he nacido para vivir bajo la sombra de nadie. Y tampoco quiero que mi familia lo haga.
—Eh. —Un suave codazo en la costilla me obliga a levantar la cabeza. Mi madre me observa con el ceño ligeramente fruncido—. ¿Va todo bien?
Me enderezo en la silla y me obligo a sonreír.
—Muy bien.
Su ceño se frunce un poco más. Es su forma de decir «soy tu madre, yo te parí». Y con esa frase es como si todo tuviera sentido. Al menos, para ella.
Suspiro y me esfuerzo en sonreír.
—Deja de mirarme así, mamá. Todo va bien, de verdad.
—¿Seguro? Porque estabas poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
Mi madre suspira y ladea la cabeza.
—La cara de «hay algo que me preocupa y no se lo cuento a nadie porque me gusta cargar con los problemas a mí solita».
Abro la boca entre sorprendida y un poco ofendida.
Ofendida porque me conozca tan bien. Porque sea incapaz de ocultarle nada. De ser un libro abierto para ella. Sé que es mi madre, pero, aun así, no me gusta. Y tampoco quiero preocuparla.
Mis padres ya se ocuparon de nosotros y del hotel durante años, ahora me toca a mí.
—Yo nunca pongo esa cara. —Mi madre se ríe por lo bajo.
—Sí que lo haces. Constantemente, de hecho.
—Eso no es cierto. —Abre la boca dispuesta a replicarme, pero en el último momento parece pensárselo mejor y la cierra.
Alarga la mano y me da un apretón cariñoso en el brazo.
—Si tú lo dices, te creo —susurra nada convencida. Se pone seria y me mira a los ojos. Sin pestañear. Con fijeza—. Pero, si no fuera así y algo te preocupara, por mínimo que sea, me gustaría que me lo contaras. Al fin y al cabo, la madre soy yo. ¿De acuerdo?
Me obligo a sonreír, sobre todo cuando la oferta del Grupo Beltrán cruza mi mente junto con el último balance de la empresa. Ese que muestra que nos vendría genial un buen pellizco de dinero.
Uno que conseguiré sin necesidad de vender mi alma al diablo, como que me llamo Aitana Casamayor. Porque si algo me han enseñado mis padres es a ser tenaz. A ser constante, además de trabajadora y a buscar soluciones antes que excusas. A no rendirme.
A no soltar el timón aunque el mar se ponga bravo.
No he nacido para rendirme a la primera oferta con membrete elegante y promesas envueltas en palabras bonitas. He nacido para pelear por lo que es mío.
Por lo que es nuestro.
Las cosas que importan no se venden cuando tiemblan. Se apuntalan, se arreglan y se defienden. Y eso voy a hacer. Así que no. No voy a dejar que nadie venga a explicarme cuánto vale lo que llevo sosteniendo desde los veintidós años.
Porque yo no abandono, y mucho menos cuando más difícil se pone.
Sonrío, esta vez con cariño y seguridad, a mi madre, y asiento convencida.
—De acuerdo.
Mi madre me regala un último apretón antes de soltarme y centrar de nuevo la atención en su postre. Yo lo hago en mi familia. Parece que la discusión del tejado ha terminado y, por la cara de felicidad de Joan, diría que Diego le ha ganado la batalla a nuestra hermana.
Ahora las que discuten son Cintia y Berta por la colocación de las mesas de la boda que se celebrará en el hotel el mes que viene.
—Berta, si las ponemos en forma de U, se ve mejor el jardín.
—Y si las ponemos redondas, la gente conversa más.
—¿Desde cuándo eres experta en dinámicas sociales?
Diego interviene, Nerea pone los ojos en blanco y mi madre pide calma antes de que alguna de las dos salte. Cintia y Berta están todo el día discutiendo. Como Diego y Nerea. O como Diego y Cintia o Nerea y yo.
La que se salva es Irene, pero porque no está.
Siempre lo diré, la más pequeña y la más inteligente.
—Voy un momento fuera —murmuro, pero nadie me oye. Me hubiese extrañado que lo hicieran.
Cruzo el pasillo, abro la puerta trasera y salgo al jardín.
El aire huele a sal y a hierba húmeda.
Mi madre se mudó a esta casita cuando mi padre falleció. Dejó la que hay en el terreno del hotel para mí y mis hermanas y se vino aquí. Prefería más paz y tranquilidad, según ella. Según yo, le dolía dormir sola en la cama que durante tantas noches compartió con su marido. No la puedo culpar.
Si alguien me preguntara qué es el amor verdadero, le contaría la historia de amor de mis padres.
Bajo los tres escalones del porche y me acerco a la hamaca que hay colgada entre los dos árboles. Me tumbo en ella dejando un pie apoyado en el suelo para así columpiarme. Busco el último correo de Leandro Beltrán en el móvil y lo releo.
Al terminar, cojo una pequeña bocanada de aire y le doy a responder.
Para: [email protected]
Asunto: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Propuesta formal de adquisición – El Mirador de Ribamar
Estimado Sr. Beltrán:
He leído con atención su propuesta de gestión conjunta y preservación del nombre. Suena razonable sobre el papel, no le voy a mentir. Incluso tentador. Pero me temo que, como las veces anteriores, voy a tener que rechazarla.
Comprenderá que para nosotros este hotel no es un activo ni una inversión. Tampoco una oportunidad de expansión estratégica. Es casa, y las casas no se negocian como si fueran cifras en un informe.
Iba a desearle suerte para el futuro, pero estoy segura de que no la necesitará. Su tenacidad habla por sí sola.
Le deseo lo mejor.
Atentamente,
Aitana Casamayor
P. D.: Me llama la atención que diga que en persona es mejor comunicador que por correo electrónico dada la labia que demuestra. Casi me da curiosidad comprobarlo.
P. D.: Me gusta mi trabajo. Si no lo hiciera, supondría un problema, ¿no cree?
P. D.: No es habitual encontrar a alguien del mundo corporativo que admita que algo «le ha costado escribirlo». Se lo reconozco.
Tras darle al botón de enviar, apoyo el móvil contra el muslo y cierro los ojos mientras tomo impulso con el pie y muevo la hamaca despacio.
El jardín está en silencio, a excepción de los murmullos que me llegan del interior de la casa. Estoy tan cansada que podría quedarme dormida antes de contar hasta diez.
A fin de cuentas, ha sido un día de lo más intenso.