Capítulo 7
Aitana
—A priétala un poco más, que luego en mitad del camino se afloja y me vienen los problemas a mí —le pido a Dani mientras comprueba la cincha de Rayo.
Nuestro mozo de cuadra me mira con media sonrisa ladeada, de esas que dicen «la he revisado veinte veces, está perfecta. Aun así, la revisaré una vez más delante de ti para que te quedes tranquila», y hace lo que le pido.
Me encanta Dani. A pesar de tener solo veintidós años, es el mejor empleado que hemos tenido —y tenemos— en el hotel; simpático, carismático y con una paciencia infinita y una habilidad especial para que los caballos le obedezcan sin necesidad de alzar la voz o frustrarse digna de admirar.
—Ya está. Todo en orden, jefa —responde tras soltarla—. Te prometo que no vas a tener que rescatar a nadie.
Mañana hay excursión al acantilado con un matrimonio y sus dos hijos adolescentes y, aunque llevamos años haciéndola y confío en Dani más que en mí misma, no puedo evitar revisar monturas, rutas, previsión del tiempo y hasta el estado de ánimo de los caballos el día anterior con precisión.
Rayo hoy está tranquilo. Atenea, un poco más nerviosa.
Como yo.
Estoy así desde que el nuevo huésped se ha registrado hace unas horas.
Lo que es absurdo y no tiene ningún sentido, pero no lo puedo evitar.
No me gusta la sensación de saber que hay algo que no encaja y no tener ni idea de qué es.
Porque ese hombre oculta algo. ¿Quién se viene a un retiro escritoril sin nada más que un maletín?
¿Es que no piensa cambiarse de ropa ningún día? ¿Qué duerme, desnudo?
Sacudo la cabeza ante esa idea. No debería estar pensando en el cuerpo desnudo de ningún cliente. Es indecente y del todo inapropiado.
Ese hombre no es escritor. ¿Que cómo lo sé?
Porque lo sé y punto. ¡Si ha tartamudeado cuando Berta le ha preguntado por su novela!
Ha sido un segundo y de forma casi imperceptible.
Mi hermana no se ha dado ni cuenta. Pero yo sí, y el señor Leo a secas no tiene pinta de ser de los que titubean ante nada.
Y no lo voy a admitir en voz alta, pero lo he buscado en Internet nada más llegar al despacho. Su nombre no existe. Ni en Instagram ni en ningún sitio, lo que hace aumentar mi curiosidad.
—¿Todo bien? —pregunta Dani.
Asiento ofreciéndole una sonrisa sincera.
—Sí, vamos.
Dani le da una palmada cariñosa al animal en el lomo antes de acompañarme fuera de la cuadra. Cuando salimos, echa el cerrojo de madera y pasa el candado por la anilla con gesto automático.
La piel de los brazos se me pone de gallina. La tarde está dándole paso a la noche y ya empieza a refrescar.
—Mañana te acompañará Miriam a la excursión, ¿verdad?
—Sí. —Dani tira del candado para comprobar que ha quedado bien cerrado—. Irá a recoger a la familia al hotel a las nueve y yo los esperaré aquí con los dos caballos ya preparados.
—Perfecto. —Me tapo la boca con la mano cuando un bostezo traicionero se me escapa sin permiso.
—Eso ha sonado a que alguien necesita dormir más de cuatro horas —comenta con su habitual sonrisa.
—Me encantaría, pero hay demasiadas cosas de las que ocuparse por aquí.
—Deberías delegar más.
—Delego. —Dani me observa con una ceja alzada. Suspiro—. O al menos lo intento.
—Intentarlo no es hacerlo. —Aprieto los dientes cuando veo venir un nuevo bostezo. Sacudo la cabeza y le doy un apretón cariñoso en el brazo.
—Buenas noches, Dani.
—Buenas noches, jefa.
Echo a andar hacia el hotel mientras él se queda terminando de comprobar que todo está en orden.
La verdad es que eso de dormir más de cuatro horas suena genial. Y no es que no quiera, es que mi cuerpo no me deja. Da igual que lo intente con vídeos de relajación, gominolas de melatonina o infusiones. A las cinco, mis ojos se abren como platos y no hay manera de volver a cerrarlos.
Así que, en vez de quedarme dando vueltas en la cama —que solo consigue que me estrese más—, me levanto y trabajo.
Aunque luego el cuerpo pase factura.
Estoy llegando a la puerta del hotel cuando escucho el ruido de un motor a la espalda. Frunzo el ceño al ver que se trata de la grúa de Boni. ¿Se ha estropeado el coche de algún huésped? ¿Por qué nadie me ha avisado?
El coche se detiene a solo unos metros de distancia levantando una pequeña humareda de polvo que me hace dar un paso atrás. La puerta del conductor se abre y baja Miguel, el hijo de Boni. Va con su mono azul manchado de grasa y esa sonrisa fácil que lleva puesta desde que tenía doce años.
Voy a saludarlo cuando mis ojos se desvían al lado del copiloto y cualquier palabra que fuera a decir muere en mi boca. Pues la puerta se ha abierto y de la grúa está bajando, nada más y nada menos, el escritor.
Sigue con el pantalón y la camisa del traje puesto, aunque la chaqueta ha desaparecido y la corbata también, lo que le da un aspecto mucho menos serio que al mediodía. Que lleve el pelo despuntado, como si se hubiese dado una ducha y se lo hubiese dejado secar al aire, también ayuda.
Pero lo que más me llama la atención no es eso. Es su sonrisa. Amplia, arrolladora y un tanto descarada.
—Si es mi rescatadora —indica animado nada más cerrar la puerta—. ¿Qué tal?
Ladeo la cabeza mirando la grúa.
—Veo que ha podido encontrar el taller usted solito —replico, provocándole una carcajada.
Me muerdo la lengua reprendiéndome mentalmente por el tono utilizado y por ese «usted solito». Es un huésped del hotel y yo soy la gerente. Está fuera de lugar.
Pero me ha salido solo. No lo he podido evitar.
Por lo menos le ha hecho gracia. Aunque no sé si eso es bueno o malo.
—La verdad es que he tenido que recurrir a Berta. Ha sido ella la que me ha indicado cómo llegar hasta el taller.
—Me alegro. —No esperaba menos de mi hermana. Lo que me extraña es que no lo haya acompañado ella misma hasta allí para luego traerlo de vuelta.
Bajo la vista a sus manos. Lleva varias bolsas en ellas; de la farmacia, de la tienda de deportes y hasta de la única tienda «pija» que hay en el pueblo. Que, en realidad, solo vende camisas un poco menos feas que el resto.
—Veo que ha arrasado con medio Ribamar.
Se ríe levantando las bolsas.
—Necesitaba un par de cosas.
—Ya lo veo.
—Nunca imaginé que en un lugar tan pequeño habría cosas tan peculiares e interesantes.
—Parece sorprendido. ¿Acaso se creía que aquí solo encontraría queso artesanal, piedras y gallinas sueltas?
Ladea la cabeza sin dejar de sonreír.
—Eso y cabras. A montones. Y me encanta el queso, por si te lo estabas preguntando.
—No especialmente, pero tomaré nota y se lo trasladaré a cocina. Nuestra chef hace un queso gratinado con tomate y berenjena que le encantará.
—Estoy deseando probarlo.
Su sonrisa se amplía mientras acomoda todas las bolsas en una sola mano. No puedo evitar fijarme en cómo el bíceps se le tensa al hacerlo. ¿Irá mucho al gimnasio? Vaya pregunta más estúpida, pues claro que sí. Solo hay que ver el brazo que tiene. O en cómo la camisa se le pega al pecho.
Sacudo la cabeza con rapidez y aparto la vista. Quedarme mirando el pecho de un cliente tan fijamente también es algo que está fuera de lugar.
Vuelvo a su cara. Se ha dado cuenta; su sonrisa se ha vuelto socarrona.
—¿Ocurre algo? —pregunta con aparente inocencia. Cruzo los brazos sobre el pecho como si de repente necesitara protegerme de algo. Aunque no tengo ni idea de qué.
—Nada.
—¿Seguro?
—Por supuesto. —Sus ojos bajan un segundo hacia su propio brazo y luego a su pecho, como si estuviera comprobando algo, y luego vuelven a mí.
—Ah. —Pronuncia ese «ah» despacio. Con demasiada intención.
Siento cómo me arden las orejas, lo que me lleva a deducir que es un imbécil. Sé que pensar mal de un cliente también está fuera de lugar, pero, mientras no se entere, no pasa nada.
Un ruido a mi derecha me hace volver la cabeza. Miguel. Me había olvidado de él.
Descuadro los brazos y doy unos cuantos pasos al frente separándome un poco de Leo y acercándome al mecánico, al que le dedico una sonrisa sincera.
—Hola, Miguel. ¿Cómo va todo?
La sonrisa se le amplía tanto que le puedo ver las encías.
—Muy bien. ¿Y tú?
—Bien también. No me puedo quejar.
—Siempre podemos quejarnos por algo, ¿no crees?
—La verdad es que sí. Tienes toda la razón. —El chico se ríe por lo bajo y las mejillas se le tiñen de un bonito color rosado. Siempre ha sido así. Desde que lo conozco—. Hacía tiempo que no te dejabas caer por aquí.
—Hemos tenido mucho trabajo en el taller.
—Eso es bueno.
—Sí. O al menos eso dice mi padre.
—Muchas gracias por acercar al señor Valera.
Miguel hace aspavientos con las manos como quitándole importancia.
—No tiene ninguna importancia. Sabes que, si me necesitas, vengo el primero.
El color rosado pasa a un tono un poco más oscuro. Aunque sigo sonriendo, por una parte siento que debería dejar de hacerlo. O, al menos, no con tanta… ¿efusividad?
No soy tonta. Miguel lleva colado por mí años. Probablemente, desde que su madre falleció cuando él tenía seis años y su padre me llamaba para hacer de canguro. Desde entonces ya me miraba con esos ojos brillantes y esa sonrisa tan inocente y que, con los años, se convirtió en una esperanzadora.
Una que hace que me sienta una persona horrible. Además de una asaltacunas.
Aun así, no sonreírle no es una opción. Es un buen chico, y todo el mundo nos hemos «enamorado» alguna vez de alguien mayor que nosotros, ¿no?
Solo espero que ese cuelgue se le pase pronto. Ojalá le gustara alguien como Irene. Es de su edad.
Aunque mi hermana es demasiado alma libre para él. Se lo acabaría comiendo vivo.
Cambio el peso de un pie a otro y meto las manos en el bolsillo, protegiéndome así de la ráfaga que acaba de sacudirme y que me ha puesto los pelos de punta.
—¿Te quieres quedar a cenar? Creo que Nerea ha hecho sus famosas costillas.
—Me encantaría, pero viniendo hacia aquí nos ha entrado un aviso. Alguien ha pinchado una rueda a la entrada del pueblo.
Observo a Leo por el rabillo del ojo.
—Esta gente de ciudad no está hecha para nuestras calles.
Miguel se ríe, sube a la grúa y me dice adiós con la mano antes de dar marcha atrás y marcharse.
El motor se aleja por el camino de tierra levantando polvo y un olor tenue a gasoil.
Escucho unas pisadas acercándose. No tardo en sentir a Leo a mi lado. Para mi gusto, demasiado cerca. Como me mueva un milímetro a la izquierda, mi brazo rozará el suyo.
—Parece un buen chico —susurra. Me obligo a no apartar los ojos de la parte trasera del coche, que ya está bastante lejos.
Su voz, tan de cerca, suena demasiado ronca.
—Lo es.
—Sabes que está colado por ti, ¿verdad? —Ladeo la cabeza de golpe hacia él. Como intuía, está excesivamente cerca.
Puedo contarle las pestañas.
—¿Perdona? —inquiero con el ceño fruncido.
—A mí también me pasó a su edad —empieza a decir con naturalidad.
Como si fuéramos dos amigos que están pasando el rato—.
Me enamoré de una amiga de mi madre. Venía a casa a tomar café y yo siempre tenía alguna excusa para pasarme por el salón a esas horas a recoger algo.
O para preguntarle cualquier cosa a mi madre.
Abro los ojos de par en par y también la boca. No sé si estoy horrorizada o simplemente sorprendida.
—Es un cliché bastante recurrente entre adolescentes.
—¿Colarte por una amiga de tus padres?
—Enamorarte de alguien mayor.
Las comisuras se le elevan hacia arriba provocándole arruguitas a los lados de los ojos.
—A mí nunca me ha pasado.
Ahora el sorprendido parece él.
—¿Nunca te has enamorado de alguien mayor que tú?
—No.
Se inclina hacia delante. Como esta mañana, su olor a limón y madera nos cubre, solo que ahora de una forma más intensa.
¿Pero cómo alguien puede oler así de bien después de tantas horas?
—¿De verdad me estás diciendo que nunca has soñado con, no sé, alguno de tus profesores?
—Teniendo en cuenta que acabé el instituto con diecisiete años y que luego estudiaba a distancia mientras ayudaba a mis padres en el hotel… No, no he tenido la oportunidad de conocer a muchos profesores de los que poder enamorarme.
—Una pena. Tiene su morbo —añade en un tono bajo, casi confidencial.
No tengo ni idea de cómo hemos acabado teniendo esta conversación. Ni siquiera sé si es apropiada o no. Yo solo sé que el color de mis mejillas puede rivalizar con el de Miguel y estoy segura de que ganaría yo.
El sonido de la puerta del hotel abriéndose nos interrumpe. Berta asoma la cabeza.
—Aitana, te necesitan en recepción.
Nunca me había alegrado tanto de ver a mi hermana.
Doy un paso lateral fingiendo que me sacudo el polvo de la manga.
—Será mejor que vuelva al trabajo —me escucho balbucear, por lo que me obligo a carraspear—. Espero que tenga una buena estancia, señor Valera.
—Solo Leo, por favor. Valera me hace sentir como mi abuelo.
Sacudo las manos en el vestido, cuadro los hombros y alzo la cabeza.
—Será mejor que no. Buenas noches, señor Valera. —Su risa me acompaña de camino al interior del hotel.
—Que tengas buena noche…, Aitana.
La forma en la que dice mi nombre hace que algo se me remueva por dentro.
Solo espero que sean retortijones.