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Capítulo 6

Leo

C ierro la puerta de la habitación y me quedo unos segundos apoyado en ella mirando al frente. Como si esperara que alguien me explicase en qué momento exacto he perdido el control de la situación.

Porque, aunque me joda admitirlo, lo he perdido.

Y a mí eso no me pasa. Jamás.

Me aparto de la puerta y me acerco al escritorio de caoba que hay bajo el alféizar de la ventana para dejar el maletín.

No puedo negar que la estancia es pequeña pero acogedora.

Está toda decorada en madera clara, con una cama de dos metros en el centro cubierta por una colcha de lino blanca y una ventana en la pared de enfrente que da a ese jardín que Berta, la amable recepcionista, me ha recomendado como el sitio ideal en el que sentarme a escribir mi libro.

MI LIbrO.

Se me escapa una carcajada. ¿En qué momento se me ha ocurrido que era buena idea decir que era escritor?

¡Y de suspense! Los únicos libros que me leo son los que están relacionados con finanzas y economía.

De hecho, el último libro de ficción que me leí fue El gran Gatsby , y porque nos obligaron en el instituto.

Un coñazo, si alguien me lo pregunta.

Me paso una mano por la cara y suelto el aire despacio fijando la vista en el maletín negro.

Por si fuera poco, no tengo nada aquí conmigo.

Ni una muda ni un cepillo de dientes… Nada.

Solo el maletín con el portátil, los documentos que pensaba enseñarle a la señorita Casamayor con la intención de convencerla para comprar su hotel y el traje que llevo puesto.

La señorita Casamayor.

Aitana.

La misma que hace un rato me ha cambiado la rueda del coche y a la que he ofendido. La que, cuando me ha visto entrar, ha cambiado la expresión en cuestión de segundos, y no precisamente a una amable.

Aparto la silla y me dejo caer en ella. Y ese es el motivo por el que me he visto envuelto en esta locura.

Porque la chica a la que pretendía convencer me estaba mirando como si fuera un insecto insignificante al que había que exterminar.

Si le hubiera dicho quién era, habría ido a por el insecticida y me habría rociado con él mandando al traste todos mis esfuerzos de los últimos meses.

Y eso sí que no. Porque, si hay algo que he aprendido en los quince minutos que llevo aquí, es que El Mirador de Ribamar es mejor activo de lo que imaginaba.

El lugar es precioso —el problema del acceso es de fácil solución, así que no me preocupa—. Es amplio, está rodeado de vegetación, alejado para quienes buscan paz y aventuras, pero lo suficientemente cerca de la ciudad para los que prefieren mezclar campo con urbe.

En el jardín hay, al menos, seis mesas ocupadas a estas horas, y por el olor que sube la comida tiene pinta de estar deliciosa.

Aun así, las instalaciones están anticuadas. Eso se ve a simple vista. El mobiliario necesita actualización y la página web está infrautilizada. Tampoco tiene spa . Algo que un lugar como este pide a gritos.

No he visto carta de experiencias. Ni paquetes cerrados.

Ni ofertas para temporada baja. No hay retiros de empresa, ni escapadas gastronómicas tematizadas ni acuerdos visibles con agencias internacionales.

Viven del boca a boca y de la fidelidad, que está muy bien y es algo bastante común en los negocios familiares, pero no escala.

El lago que tienen a un kilómetro de distancia podría venderse como experiencia privada al atardecer, y no solo como el sitio ideal en el que bañarse. Para eso tienen la playa. Los caballos podrían ofrecerse como rutas prémium con guía y el huerto como taller gastronómico.

Pero no lo están explotando.

Funcionan con inercia.

Y la inercia en hostelería es peligrosa.

Además, según los informes que analicé, las temporadas son muy irregulares. Verano fuerte. Otoño y primavera sostenibles. Invierno casi muerto. Eso significa que no han sabido convertir el encanto en producto anual.

No tienen paneles solares ni cargadores eléctricos en el aparcamiento. Tampoco una tienda propia con merchandising de productos locales empaquetados bajo su marca.

Marca.

Ese es el punto.

Tienen identidad, pero no la han convertido en marca comercial. No están monetizando su historia. Y eso es lo que lo convierte en un activo tan interesante.

Aunque lo más curioso de todo es que, mientras enumero todo lo que está mal, no puedo evitar pensar que no quiero que este sitio cambie demasiado.

Rescato el móvil del bolsillo y marco el número de Claudia. Como viene siendo habitual en ella, contesta al segundo tono.

—Leandro. —Ni un «hola». Un «diga». O un «¿qué tal?». Solo mi nombre pronunciado con la precisión quirúrgica que tanto la caracteriza.

Sé que me quiere. O que, al menos, me tiene en alta estima. Aunque me salude como si fuera el director de Recursos Humanos y no su hermano.

—Hola, hermana. ¿Todo bien por ahí? Yo ya he llegado. —Yo tampoco es que sea muy efusivo cuando hablo por teléfono, pero una vez al año no hace daño.

La escucho resoplar. Me la imagino poniendo los ojos en blanco con tanta claridad que parece que la tenga delante.

—Si me has llamado es porque has llegado —aclara—. Y me pillas en una reunión, así que te agradecería un poco de rapidez. ¿Conclusiones?

Me inclino hacia atrás en la silla.

—El activo es más sólido de lo que reflejan los informes.

—¿Eso significa que ya te has reunido con los propietarios?

La imagen de Aitana cruza mi mente; su ceño fruncido, sus ojos acusadores, su nariz arrugada al mirarme, su incomodidad y pocas ganas de estar hablando conmigo…

—No exactamente.

Silencio. No es incómodo, es evaluador.

—Explícate.

—Ha habido un pequeño cambio de planes.

—¿Nos echamos atrás en la compra del hotel?

—No. He decidido quedarme unos días para estudiar mejor el terreno y así poder disponer de una información mucho más clara y precisa.

Claudia vuelve a quedarse callada. Esta vez el silencio se alarga unos cuantos segundos más.

Escucho el sonido de una silla al arrastrarse por el suelo.

—Un momento, señores. Nos volveremos a reunir dentro de diez minutos —susurra Claudia como si hubiera tapado el auricular con la mano.

Tras eso, escucho unos pasos y, después, una puerta que se abre y se cierra.

Yo me acomodo mejor en la silla.

—¿Se puede saber qué quieres decir con eso de que te vas a quedar unos días en el hotel?

Me desabrocho el último botón de la camisa y me aflojo el nudo de la corbata.

—Pues eso. Que me tengo que quedar.

—¿Por qué? —Abro la boca y la cierro. Por primera vez en mis treinta y cinco años, no tengo ni idea de qué decir.

Está claro que está siendo un día de lo más inusual.

—No es la primera vez que nos alojamos en un establecimiento que queremos adquirir para estudiarlo con detenimiento —empiezo a decir mientras en mi cabeza se forman frases que espero que tengan sentido, sobre todo porque ayer, cuando a Gael se le ocurrió la brillante idea de que viniese hasta aquí para hablar con los gerentes en persona, me pareció una idea cuando menos cuestionable.

Y ahora no solo es que he venido, sino que me quedo—.

Los informes no dejan de ser números y los números pueden equivocarse.

—¿De verdad acabas de decir eso? ¿Tú? —Sí. Yo. El rey de los números y las estadísticas.

Me pinzo el puente de la nariz pensativo.

Contarle a mi hermana la verdad no es una opción. Primero, porque pensaría que mi forma de actuar es estúpida, lo cual es verdad. Y yo odio darle la razón a Claudia.

Segundo, porque, si surge en la conversación que he hecho algo tan estúpido como inventarme una identidad para que la gerente no me cerrara la puerta en las narices, la opción de comprar el hotel desaparecerá, lo que llevará a demostrar que me equivoqué con este producto y yo nunca me equivoco, lo que me lleva al motivo número tres.

No tomo decisiones impulsivas. No improviso por orgullo herido ni por una mirada desafiante. Si he decidido quedarme es porque es la mejor estrategia posible. Aunque ahora mismo el porqué esté un poco desdibujado.

Me aclaro la garganta.

—Lo que quiero decir es que necesito información de primera mano.

Entender cómo operan cuando no se sienten observados.

Detectar las debilidades que no aparecen en los balances —carraspeo—.

Estamos hablando de un negocio familiar, Claudia, y tú sabes que estos son los más complejos porque los dueños, de primeras, siempre se niegan a vender.

Piensa en ti, en si alguien quisiese adquirir el Grupo Beltrán.

—No es lo mismo ni por asomo. Nuestra empresa genera unos beneficios de ocho cifras anuales. Dudo que un hotel de esas características genere eso ni en diez vidas.

Cualquiera que escuche a mi hermana podría pensar que es una clasista y una esnob. Además de frívola y un tanto superficial. Puede que no les falte razón, pero también es una mujer que está diciendo la verdad.

Grupo Beltrán es una de las empresas españolas más rentables y con mayor proyección internacional del sector hotelero.

—Soy el responsable del departamento de Evaluación de Activos y Viabilidad. Mi trabajo es evaluar. Y eso es lo que voy a hacer.

Escucho a Claudia carraspear, y sé que ha cedido.

—De acuerdo —afirma—, pero no te olvides de la reunión del jueves en Valencia. Es muy importante que asistas, Leandro.

—Tranquila, no fa… —No termino de decir la frase porque una luz se enciende en mi cabeza. Mierda. Tengo una rueda pinchada, he de llevar el coche al mecánico.

Miro la hora en el reloj. Son más de las cuatro. ¿Estará abierto? ¿Ya ha pasado en este pueblo la hora de comer? ¿Sabrán cambiar la rueda en una hora o me retendrán el coche a saber cuánto tiempo?

La imagen de Aitana vuelve a colarse sin permiso en mi cabeza.

Sus ojos afilados. Su sarcasmo. Si le pregunto al respecto, ¿me ayudará a resolver el problema o me lanzará a los lobos?

De todas formas, siempre puedo acudir a la recepcionista.

A Berta. Se había ofrecido a llamar al mecánico y no me miraba como si fuera un chicle pegado en su zapato.

Bufo. A lo mejor convencerla va a ser más difícil de lo que creía.

—¿Leandro? —La voz de mi hermana me hace reaccionar. Parpadeo enderezándome en la silla.

—Perdona, se había ido la cobertura —miento—. El jueves estaré en Valencia. Yo siempre cumplo con mis obligaciones.

—No olvides que tienes que ir enviándonos los informes.

—No lo hago. —Esto último se lo he dicho a la nada, porque Claudia ya ha colgado el teléfono.

Igual de dulce para despedirse que al descolgar.

Las tripas me rugen recordándome que no solo no he cumplido con el objetivo de mi viaje, que era reunirme con la señorita Casamayor, sino que llevo desde las seis de la mañana sin probar bocado.

Comer algo. Arreglar la rueda del coche. Comprarme calzoncillos y un cepillo de dientes. Esas son mis tareas más inmediatas.

Antes de bloquear la pantalla, veo que tengo tres mensajes. Los tres de mi hermano.

Suspiro ya con el primero.

Gael:

Dime que la cara con la que Claudia ha salido de la reunión se la has provocado tú.

Gael:

Ha puesto esa cara que pone mamá cuando la vajilla no está perfectamente alineada con los vasos.

Gael:

Por cierto, espero que no sigas tirado con la rueda pinchada.

Leo:

Hace casi una hora que he dejado de tener la rueda pinchada, gracias por tu preocupación.

Gael:

De nada.

Gael:

¿Qué has hecho?

Leo:

No he hecho nada.

Gael:

La cara de Claudia no decía eso.

Leo:

No he confirmado que fuese yo el que estaba hablando con ella.

Gael:

¿Lo eres?

Leo:

He hecho algo que puede parecer un pelín estúpido.

Gael:

Te casaste con una mujer que solo quería el estatus que venía con tu apellido y todo el mundo era consciente de ello menos tú. ¿Qué hay más estúpido que eso?

Leo:

¿Podemos no hablar de Silvia?

Leo:

Me quedo en el hotel. Digamos que mi plan inicial no ha salido como yo esperaba.

Gael:

¿Estás reconociendo que te has equivocado?

Leo:

Eres insoportable. ¿Puedes prestarme atención un segundo?

Leo:

Digamos que voy a necesitar un par de días más para evaluar el terreno.

Gael:

¿Detalles?

Leo:

Mañana. Hoy necesito comida, una rueda nueva y algo de ropa.

Gael: El gran Leandro Beltrán, derrotado por una rueda y por su propia planificación.

Bloqueo la pantalla antes de que vuelva a escribir y esta conversación se vuelva insoportablemente larga e insufrible.

Me levanto y pongo en marcha mi nuevo plan: ganarme la confianza de la señorita Casamayor para que, cuando le enseñe el informe, no le encuentre ningún pero.