Bandeja de entrada Capítulo 5
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Capítulo 5

Aitana

L lego al hotel con las manos todavía oliendo a la goma de la rueda y un cabreo cociéndose a fuego lento en mi interior.

«¿Seguro que sabes cómo se cambia?».

¿Pero qué clase de pregunta es esa? ¿Cómo no voy a saber cambiar una rueda?

Aquí todos sabemos. No sería la primera vez que me quedo tirada en medio de ninguna parte por culpa de un pinchazo.

Si siempre tuviéramos que esperar a que Boni, nuestro mecánico, venga a solucionarnos la vida, no tendríamos vida. Ni él ni nosotros.

Aunque lo que más me ha tocado las narices ha sido el tonito al hacer la pregunta. ¿Será imbécil?

Imbécil no lo sé, pero un esnob sí. Solo había que fijarse en el cochecito que llevaba o en su ropa de marca. No sé cuánto vale un Lincoln de esos, pero seguro que con ese dinero le monto a Nerea la cocina que quiere.

Aparco la furgoneta en la zona de empleados y bajo dando un portazo. Tendría que haberle metido el gato por donde la espalda pierde el nombre, pero mis padres me dieron la mejor de las educaciones aunque vivamos en medio del campo y estemos rodeados de caballos, vacas y gallinas.

—¿Ya estás aquí? —me pregunta Berta levantando la vista por encima de sus gafas nada más verme entrar por la puerta.

— Sip . —Saludo a un par de clientes que están leyendo un libro en el saloncito de la entrada, con esa sonrisa que guardo solo para nuestros huéspedes, y me reúno con mi hermana tras el mostrador de la recepción—. ¿Se han quedado muchos a comer?

—La mayoría. A excepción del grupo de diez, que se ha ido a pasar el día a la playa.

—Nerea estará contenta. —Berta suelta una risa baja.

—Y estresada.

—Nerea siempre está estresada. —Cojo un caramelo del cuenco que dejamos para los clientes mientras se registran y me lo meto en la boca. Limón, mi preferido.

Y mi debilidad.

Mi tripa protesta como si estuviese gritándome que un caramelo como sustento alimenticio es patético. Que quiere algo con más sustancia. Normal. No hemos llegado a probar bocado y estoy famélica.

Aunque no la veo, siento los ojos de mi hermana clavados en la nuca, así que me vuelvo hacia ella.

Berta me observa con una ceja enarcada.

—¿Qué? —Bufa.

—¿Cómo que qué? Tenías una cita, no sé si te acuerdas.

—Oh, ya lo creo que me acuerdo. —Cojo otro caramelo, esta vez de fresa. No está mal—. Pero lo han llamado por teléfono y se ha tenido que ir corriendo. Emergencia médica.

—Es dentista. ¿Qué urgencia puede tener para salir corriendo en mitad de una cita? —Yo me encojo de hombros. Ella abre los ojos de par en par horrorizada—. Sin ofender a los dentistas, por supuesto. Me parece un trabajo superdigno.

Berta es demasiado políticamente correcta.

Estamos las dos solas en recepción. Nadie nos escucha. Aun así, no puede evitar echar un vistazo a su alrededor a ver si hubiera algún dentista cerca y no se hubiera dado cuenta. Por eso la adoro. Es la que nos mantiene cuerdos a todos.

O al menos lo intenta.

—Hay mil cosas. Un empaste, dolor de muelas, un niño al que había que extraerle un diente…

—Abro el cajón y saco la placa con mi nombre.

Me la engancho en la ropa, en la parte izquierda.

Encima de la teta y con mucho cuidado de no pincharme—.

O simplemente que le apetecía esta cita lo mismo que a mí.

—Me vuelvo hacia Berta y sonrío enseñando los dientes—. Nada.

Mi hermana, a mi lado, resopla, pero solo porque sabe que tengo razón. Julen, el dentista, y yo nos conocemos de toda la vida. Nos hemos criado en el mismo pueblo y hemos compartido siempre la misma clase y el mismo círculo de amistades.

Con quince ya me parecía un gilipollas y yo a él una estirada de mierda. Palabras suyas, no mías.

Con treinta y dos, me sigue pareciendo lo mismo porque, bueno, aunque la cita no le apeteciese, levantarte de la mesa y dejarme ahí plantada a punto de pedir las croquetas de buey con una excusa absurda te hace ser un grosero.

Pero acepté porque es amigo de Gari, el mejor amigo de Berta —desde que se conocieron en primero de Primaria y ella le dio un trozo de su sándwich de nocilla—, y según este ya no era el gilipollas que yo recordaba.

Tengo que decirle al pelirrojo cuando lo vea que estaba muy equivocado.

—¡Jolín, Aitana! —Berta pone los ojos en blanco—. Que era salir a comer, no casarte con él.

—Eh —la apunto con el dedo—, yo he cumplido con mi parte. El que se ha marchado ha sido él. No puedo hacer nada.

Berta se me queda mirando fijamente. Sin parpadear. Como si estuviera intentando ver a través de mí.

—¿Qué pasa? —inquiero. Me siento juzgada y ni siquiera sé muy bien por qué.

—Seguro que le estabas hablando de algo superinteresante. Como lo de la música y las gallinas.

Otro caramelo. Otra vez de limón.

Aunque daría lo que fuera por esas croquetas de buey que estaba a punto de pedirme. A lo mejor Nerea tiene en la cocina. Puede que no de buey, pero sí de jamón. O de pollo.

Ladeo la cabeza.

—Pues perdona que te diga, pero si les pones música clásica a las gallinas ponen más huevos. —Arrastro el taburete y me siento en él—. Desde que Mateo nos obliga a ponerles a Vivaldi, la producción ha subido un doce por ciento.

Berta se quita las gafas y se frota el puente de la nariz.

—Y ese es un dato que debes compartir con alguien en tu primera cita.

—A mí me parece interesante.

A mí y a cualquiera con un mínimo de inteligencia y que no sea gilipollas. Como Julen. O como el tipo del Lincoln. Casi me había olvidado de él y de que no me he lavado las manos.

Me levanto del taburete dispuesta a marcharme al cuarto de baño, y luego a la cocina a por algo de comida de verdad, cuando la puerta del hotel se abre.

Me vuelvo, con la sonrisa ya dibujada en el rostro, lista para recibir a quien sea que acabe de llegar, cuando esta se me queda congelada en el sitio porque quien entra no es otro que él. El del Lincoln. El de: «¿Seguro que sabes cómo se cambia?».

Zapatos impolutos. Pelo perfectamente engominado y peinado hacia atrás. Traje gris, limpio y sin una arruga. Camisa blanca con corbata negra. Maletín en la mano y sonrisa de anuncio de colonia.

—Oh, Dios mío —balbucea Berta en voz baja. Juro que la he escuchado salivar.

No me extraña. El tío está buenísimo. Cualquiera diría que hace apenas un momento estaba tirado junto al coche con el pelo hecho un desastre, la camisa arrugada y arremangada hasta los codos y un surco de sudor en la espalda del tamaño del Cantábrico en marea alta.

Sus ojos recorren el vestíbulo. Diría que con parsimonia. Como si lo estuviera analizando.

Cuando llega a la zona de recepción, sonríe. Menuda sonrisa. Lenta. Segura. Como si supiera exactamente el efecto que provoca.

Tan perfecta que dan ganas de borrársela.

Sé el momento preciso en el que sus ojos se posan en mí —se me aflojan las rodillas, aunque no pienso reconocerlo—. También en el que me reconoce. Porque sus ojos se agrandan, al igual que su sonrisa.

—Vaya… Hola de nuevo —saluda mientras se acerca a nosotras. Su voz suena firme y oscura. De las que vibran un segundo más de la cuenta.

—¿Lo conoces? —pregunta Berta en voz tan baja que apenas la escucho.

No me da tiempo a contestarle, pues el tipo llega hasta el mostrador y apoya un codo en él. Seguro. En la mano lleva un maletín negro.

—Buenas tardes y bienvenido a El Mirador de Ribamar —interviene Berta profesional.

Él asiente con la cabeza solícito, sin dejar de sonreír, y con los ojos clavados en mí.

—Buenas tardes —contesta—. Me alegro mucho de volver a verte. —Eso va dirigido a mí.

Cometo el error de inspirar hondo cuando el olor de su colonia me golpea la nariz. Huele a limón. Y a madera oscura.

Huele a algo limpio…, pero peligrosamente caro.

—¿Lo conoces? —insiste Berta en un susurro. No soy la única que lo escucha.

—Nos hemos conocido hace un rato —dice él.

—Por desgracia —digo yo a su vez.

El hombre arquea una ceja sorprendido, aunque también divertido.

—¿Por desgracia? —inquiere. Mierda, no tendría que haber dicho eso. Eso de hablar sin filtrar se tiene que acabar.

Cuadro los hombros con la cabeza alta.

—Me lo he encontrado de camino hacia aquí —aclaro con tono neutro sin contestar a su pregunta.

Su sonrisa se hace más amplia.

—Me ha ayudado a cambiar una rueda —añade él.

—Le he dicho que tenía que ir al mecánico.

—Lo sé, pero alguien me ha dicho que a estas horas está cerrado.

—Tengo el teléfono de Boni, puedo llamarle si quiere. —El tipo desvía la mirada un momento de mí para mirar a Berta. Arquea una ceja.

A nadie le queda bien el gesto de arqueamiento de cejas. Excepto a él.

—¿Boni?

Berta carraspea intentando mantener la compostura profesional que se le está deshaciendo como mantequilla al sol.

—Es nuestro mecánico. Se llama Bonifacio, pero odia ese nombre, así que lo llamamos Boni. A mí tampoco me gusta, pero, bueno, yo me llamo Berta. Tampoco puedo decir mucho.

Su mirada baja hacia la placa de Berta. Esta vez, cuando sonríe, se le forma un pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda.

—Berta me parece un nombre precioso. —Se inclina hacia delante.

Su olor a limón se intensifica—. Significa brillante.

Ilustre. ¿Sabías que Bertha Benz fue la mujer de Karl Benz, el fundador de los coches de la marca Benz?

Además de financiar el proyecto de su marido, fue la primera mujer en realizar un viaje de larga distancia en automóvil.

Escucho a Berta soltar una risita baja. No le veo la cara porque mis ojos siguen, no sé por qué, fijos en el tipo trajeado, pero me apuesto lo que sea a que se ha sonrojado.

Toso reclamando la atención de los dos y me fuerzo a sonreír cuando ambos dejan de mirarse para mirarme a mí.

—No me ha dicho en qué podemos ayudarle. ¿Acaso necesita otro cambio de ruedas? ¿De aceite? ¿Líquido para el limpiaparabrisas?

El tipo echa la cabeza hacia atrás soltando una carcajada. Al hacerlo, su nuez sube y baja con el movimiento. Me fijo en ella. Es grande.

Me gustan los hombres con la nuez grande.

—Creía que estaba en un hotel. —Me encojo de hombros intentando aparentar indiferencia.

—Ya ve, en El Mirador de Ribamar sabemos hacer de todo. Lo mismo le cambiamos la rueda del coche que le acompañamos a montar a caballo o le preparamos una tarta de fresas y cerezas con fruta de nuestro propio huerto. Somos bastante polifacéticos.

Suelta una nueva carcajada, solo que esta no es tan sonora como la anterior, aunque sí igual de impactante. De repente, su rostro se torna un pelín más serio y frunce ligeramente el ceño.

—¿Trabajas aquí? —pregunta en tono comedido.

—Sí. Así que si es tan amable de decirme en qué podemos ayudarle… —Aparta sus ojos de los míos. Mira hacia abajo. Hacia mi pecho.

O, mejor dicho, hacia mi placa.

O eso espero.

—Aitana… —Su voz baja medio tono al decir mi nombre. Y lo susurra despacio. Como si este encajara por fin en un lugar que solo él conoce.

Vuelve a levantar la cabeza. Algo ha cambiado en su mirada. ¿El qué? Ni puñetera idea.

Frunzo el ceño.

—¿Ocurre algo? —No me hace ninguna gracia tener la sensación de que algo pasa. Conmigo. Y no tener ni idea de qué es.

El tipo apoya el maletín en el mostrador y se incorpora del todo. Espalda firme. Hombros rectos. Postura impecable.

—Quería reservar una habitación.

No sé por qué, pero de todas las cosas que esperaba que dijera esa no estaba en la lista.

—Por supuesto, señor… —dice Berta ante mi mutismo.

Este se vuelve hacia ella.

—Leo. Puedes llamarme Leo. A secas. —Sonríe, pero esta sonrisa no se parece en nada a ninguna de las anteriores.

Berta da una pequeña palmada y comienza a teclear en el ordenador. Yo la miro a ella y luego a él. También al maletín.

Alguien que quiere hospedarse en un hotel no lleva como equipaje solo un maletín.

—¿Para cuántos días quiere la habitación? —El tal Leo amplía la sonrisa. Esta se parece más a la del principio, pero sigue sin ser igual.

—Todavía no lo sé, todo depende de lo que tarde en… escribir el libro. —¿Ha dicho lo último titubeando?

—¿Es escritor?

Asiente con la cabeza.

—Sí. Eso. Escritor de novelas de misterio. Thrillers . Necesito tranquilidad para acabar un manuscrito.

El rostro de mi hermana se ilumina.

—¡Me encantan las historias de suspense! Mi autora favorita es Gillian Flynn. ¿La conoce?

—Por supuesto —responde él sin pestañear.

Berta suspira emocionada. Coge un bloc de notas del cajón y un bolígrafo y se los da.

—Si me dice el título de alguna de sus obras, me aseguraré de comprarlas y leerlas.

No lo conozco de nada, pero me ha parecido ver algo similar a la inquietud teñir sus ojos marrones.

—Es que es mi primera novela. —Los hombros de Berta se desinflan. Guarda de nuevo el bloc en el cajón.

—Un escritor novel, qué maravilla. Pues, cuando la acabe, la leeré. ¿Se puede saber de qué va? —Esto último lo pregunta en voz muy baja, como si fuera un secreto.

Leo parpadea.

—¿Perdona? —Berta se ríe.

—Su libro. ¿De qué va?

Silencio.

Uno.

Dos.

Tres segundos gloriosos en los que su cerebro parece que se ha quedado en blanco.

—Bueno… —empieza—. Es la historia de un hombre cuya hija es secuestrada durante un viaje al extranjero y… él tiene que usar una serie de habilidades muy… ¿específicas? para recuperarla antes de que sea demasiado tarde.

Lo miro fijamente. Inclino la cabeza.

—Ese es el argumento de Venganza, la película de Liam Neeson —suelto. Cuando Leo me mira, lo hace con el entrecejo fruncido.

—Bueno, mi historia es un poco distinta. —Elevo una ceja. Carraspea—. No secuestran a la hija, sino a la hermana.

—Muy bien.

—Y sucede en Lisboa. En un pueblo pequeño. En un hotel rural y con encanto.

Se calla y se hace el silencio. Espeso.

Vuelvo a mirar el maletín. Y a él; a su pelo lleno de gomina y a su traje perfectamente planchado y muy impropio de un hotel de montaña.

Entonces sonrío.

—Tenemos habitaciones con vistas al jardín. Muy tranquilas. Perfectas para escribir historias.

Me sostiene la mirada.

—Esa me servirá.

Mientras Berta empieza con el registro, yo no aparto los ojos de él. Porque no sé qué hace aquí, y algo me dice que no es casualidad. Pero, entonces, ¿qué es?

No soporto no tenerlo todo controlado.

Berta acaba con el registro, le da su llave, que es la cinco, y le explica nuestros horarios de comidas, así como las actividades que ofrece el hotel, aunque se asegura de dejarle bien claro que tenemos un jardín precioso y enorme donde relajarse y dejar volar la imaginación.

Se despide de nosotras dándonos las gracias y pidiéndonos que lo tratemos de tú, no de usted, y se marcha a su habitación llevándose con él el olor a limón y a madera.

Echo un vistazo a su ficha; Leo Valera. El nombre no me suena de nada, pero hay algo en él que no encaja. Además, no me gusta nada que me miren como si supieran algo que yo no, y el señor Valera lo ha hecho.

¿Por qué?