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Capítulo 4

Leo

T antas horas tras el volante empiezan a pasarme factura. Muevo el cuello de un lado a otro, haciéndolo crujir. También los dedos de las manos y las muñecas. Debería parar, pero solo falta una hora para llegar y no veo el momento.

He hecho bien en venir en el Lincoln Navigator negro. Los asientos con masaje lumbar me alivian un poco la rigidez de tantas horas al volante.

Me encanta este coche.

El motor apenas suena. Es elegante. Discreto. Aunque, viendo el camino de tierra por el que el GPS me indica que vaya, puede que traerlo hasta aquí no haya sido la mejor de las ideas.

A este coche le gusta el asfalto. Y a mí también.

El manos libres interrumpe mis pensamientos. Lleva haciéndolo desde que he salido de Madrid hace seis horas.

Me ha llamado todo el mundo: clientes, directores, un proveedor que quiere renegociar tarifas energéticas y mi hermana. Dos veces. También mi madre, pero la suya ha sido una llamada breve. Pura cortesía.

—Leandro Beltrán —contesto sin molestarme en mirar quién es.

—Señor Beltrán. —La voz de mi ayudante resuena a través de los altavoces—. Tiene confirmada la firma en Valencia para el jueves. El grupo alemán acepta las condiciones, pero solicita revisar la cláusula de exclusividad.

Me pinzo el puente de la nariz. Qué tocapelotas pueden ser los alemanes cuando se lo proponen.

—Que la revisen —respondo sin titubear—, pero que no la cambien. Si quieren nuestra gestión, deben aceptar nuestras normas.

—De acuerdo. Que tenga buen viaje, señor.

—Gracias. —Cuelgo sin añadir nada más. El coche da una sacudida al pasar por encima de lo que intuyo que es una piedra. ¿De verdad no hay otro camino por el que ir?

Tomo nota mental de que una de las primeras cosas que haré cuando me haga con el hotel será hablar con el ayuntamiento para arreglar esta carretera. Vale que tenga ese encanto rural que lo hace especial, pero no hace falta joderme el chasis para comprobarlo.

Miro el reloj. Cuarenta minutos. Necesito con urgencia un café. Y algo de comer también; estoy famélico.

El teléfono vuelve a vibrar. Esta vez sí compruebo quién llama.

No sé si suspirar de alivio o resignación al ver el nombre de Gael en la pantalla.

Por un segundo estoy tentado de ignorar la llamada, pues intuyo que mi hermano terminará poniéndome de mala leche.

Es un don que tiene. Pero no me da tiempo a pensar más en ello porque mi dedo ya está dándole al botón de descolgar.

—¿Ya has llegado a tu retiro espiritual, empresario rural? —saluda sin preámbulos.

Otro bache.

—¡Me cago en la puta! —El grito me sale solo. Agarro con fuerza el volante—. Me quedan cuarenta minutos y te juro que no veo la hora.

—¿No has llegado todavía y ya estás refunfuñando?

—Son estas putas piedras.

Doy un volantazo esquivando una que no solo me jodería los bajos, también la carrocería.

—¿Y qué, has practicado ya la sonrisa mojabragas o todavía tienes que practicarla un poco más frente al espejo?

Resoplo.

—Tengo una sonrisa perfectamente funcional sin necesidad de practicar.

—Funcional dice. Mira, Leo, no te olvides de que no vas a comprar un hotel, vas a convencer a una mujer que te ha rechazado varias veces. Eso requiere un encanto especial. ¿Has pensado qué vas a decirle cuando la veas?

Por supuesto, no me pasa desapercibido el tonito que emplea para decir rechazado. A mi hermano le encanta tocarme las narices.

—Buenos días, señorita Casamayor. Vengo a salvar su negocio. —Gael estalla en una carcajada.

—Nada presuntuoso por tu parte. Así se hace —masculla con ironía—. ¿Puedes grabarte mientras se lo dices? Quiero ver cómo te estampa una bandeja en la cara.

La verdad es que, por lo poco que conozco a la señorita Casamayor, sé que es justo lo que haría, por eso no pienso decirle eso cuando la vea, y por eso no he llamado para reservar. Si lo hubiera hecho, lo más probable es que me hubiese rechazado.

El factor sorpresa en los negocios es clave. Poner al contrincante entre la espada y la pared te da una ventaja que hay que saber aprovechar.

Estoy a punto de replicar el comentario de Gael cuando el volante vibra de forma extraña.

Frunzo el ceño.

—¿Qué…?

El coche da un leve volantazo hacia la derecha.

—¿Leo? —La voz de Gael ha cambiado de tono.

El volante se vuelve duro entre mis manos.

—Joder.

Otro tirón.

La rueda trasera izquierda explota con un sonido seco y brutal que hace que mi corazón se salte varios latidos y el coche se ladee.

—¿Pero qué coño…? —Sujeto el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Reduzco la velocidad hasta detener el coche por completo.

El Navigator protesta con un traqueteo indignante. Después, silencio.

El corazón me late con demasiada fuerza para alguien que presume de tener sangre fría.

—¿Leo? No te oigo bien. —La pregunta de Gael suena entrecortada.

—Creo que he pinchado.

—¿Qué?

—Que he pinchado, joder.

No me hace falta mirar para saber que la rueda trasera está muerta. Deshinchada. Inservible.

—Pues cambia la rueda. —Pongo los ojos en blanco ante las palabras de mi hermano.

—Gracias por la sugerencia —mascullo.

—Era por si no se te había ocurrido. —La conexión empieza a fallar. Fantástico.

—Te estoy perdiendo.

—¿Tienes cobertura?

Miro la pantalla. Una triste línea intermitente.

—Leo, si necesitas que llame a… —La llamada se corta. Me paso la mano por el pelo reprimiendo las ganas de estirármelo.

Maravilloso. Estoy en medio de ninguna parte y sin cobertura.

No me queda más remedio que apagar el motor y salir del coche. Aún no he puesto un pie en la tierra que el calor me golpea como una bofetada. Son las dos del mediodía y el aire es pegajoso. Pesado. Parece que esté metido dentro de un horno.

Me quito la americana y la dejo en el asiento. Aflojo el nudo de la corbata. Me paso una mano por la frente; llevo medio segundo fuera y ya estoy sudando.

Rodeo el coche y suelto una maldición al ver la rueda destrozada. Está prácticamente en el suelo.

—Fenomenal.

Vuelvo al coche y cojo el móvil del salpicadero. Marco el teléfono de Gael, pero no da señal. Miro la pantalla: «Sin servicio».

—Cojonudo. —Intento llamar a asistencia, pero el resultado es el mismo. Como a cabezota no me gana nadie, lo intento hasta cinco veces. «Error de conexión».

Tengo que controlarme mucho para no estampar el teléfono contra el suelo.

Me llevo una mano al pecho y me obligo a respirar hondo. Son un tío de recursos, algo se me ocurrirá.

«Pues cambia la rueda». Dicho así suena fácil, pero la verdad es que no tengo ni puñetera idea de cómo se hace. Siempre he ido al mecánico, nunca he tenido la necesidad de aprender a cambiar nada. No me pagan para eso.

No hace un calor insoportable, pero yo siento que me estoy cociendo por dentro. El sudor me resbala por la frente y me escuecen los ojos.

Quedarme aquí no es una opción, y dejar mi coche para ir en busca de ayuda tampoco. Seguro que cuando llegase solo queda la estructura.

Así que solo me queda una cosa por hacer.

Me arremango la camisa hasta los codos tras guardarme el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y abro el maletero.

No tardo en encontrar el kit de supervivencia.

Hay una rueda de repuesto que parece sacada de un coche de juguete y un gato hidráulico que me mira como si esperara que yo supiera cómo usarlo.

Lo cojo todo y voy hasta la rueda pinchada. Lo dejo todo en el suelo y me agacho.

—¿Y ahora qué? —pregunto en voz alta, como si alguien me fuera a contestar.

Observo la rueda pinchada, la de repuesto, el gato, e improviso. Después de cinco minutos sudando, soltando improperios y pellizcándome el dedo más veces de las que puedo contar, me doy por vencido.

De repente, escucho el motor de un coche acercándose. Juro que siento que es música para mis oídos.

Levanto la cabeza de un brinco y sonrío al ver que se trata de una furgoneta blanca. Alguien que conduce una furgoneta seguro que sabe cambiar una rueda.

La sonrisa se me amplía al ver que reduce la velocidad hasta detenerse a unos metros detrás de mí. Me pongo en pie y me coloco la mano a modo de visera para que el sol no me ciegue y poder ver a mi salvador.

La puerta se abre y del asiento del conductor baja una mujer. Morena. Pelo recogido en una coleta baja que deja escapar unos cuantos mechones que perfilan su rostro. Lleva un vestido ligero de tirantes y sandalias con cuña.

Nada ostentoso. Nada forzado.

Nada apropiado que señale que sabe cómo cambiar una rueda.

El alma se me cae a los pies y la sonrisa se me borra de un plumazo.

La chica camina hacia mí con naturalidad. Parece que flote en vez de que ande. A pesar de que lleva los dedos al aire, no parece que le moleste la arenilla que seguro que se le cuela entre ellos.

—¿Estás bien? —Si no estuviera cansado, frustrado, acalorado, sudado y cabreado, me gustaría el sonido de su voz.

La miro. Luego miro la rueda. Luego vuelvo a mirarla. Se me escapa una risa. Seca.

—Fenomenal. ¿No es evidente? —La morena enarca una ceja. Una sola. Perfecta. Milimétrica.

Me recuerda a Claudia, pero sin bótox.

—No creo que el sarcasmo te vaya a ayudar mucho.

—No necesito ayuda. Lo tengo controlado. —Desvía la atención al suelo. Más concretamente, al gato que descansa junto a mis zapatos.

—Puedo ayudarte.

—No hace falta, pero gracias.

Rescato el móvil del bolsillo y vuelvo a marcar. Error. La chica suspira.

—Si estás esperando a la grúa, siento decirte que eso no va a pasar.

—¿Por qué?

—No hay cobertura aquí, y el taller más cercano está cerrado a estas horas.

Miro el reloj.

—Son las dos.

—Lo sé.

—¿Por qué un taller iba a estar cerrado a las dos del mediodía?

—Porque la gente tiene la mala costumbre de irse a comer a esa hora.

—¿Qué pasa si hay una urgencia?

Señala el coche con la cabeza.

—Por aquí hay pocas urgencias, y si es una como la tuya —se encoge de hombros— digamos que no son importantes. Todos sabemos cambiar ruedas por aquí.

La chica se me queda mirando con la impaciencia pintada en la cara. Como si estuviera aburridísima de estar aquí. Que, bueno, es lo más probable. Yo también lo estoy.

Aunque hay una cosa que me llama la atención. Ella no está sudando. Al menos, no como yo, que parece que me hayan tirado un cubo de agua por encima.

—Bueno, ¿qué? ¿Te ayudo?

No puedo evitar mirarla con un poco de escepticismo.

—¿Estás segura de que sabes cómo se cambia? —Sé que he sonado un pelín borde y un tanto insolente, pero estamos hablando de un coche que vale miles de euros. Nada que ver con la furgoneta que conduce.

La mirada de la chica se afila. Tanto que siento cómo se me clava en la yugular.

—Como vuelvas a usar ese tonito conmigo, te dejo aquí con tu coche de rico y me voy tan tranquila. Te puedo asegurar que no va a quitarme el sueño.

Una mujer con carácter. ¿Es mal momento para que me haya excitado?

Abro la boca, pero opto por cerrarla.

Ella se gira sin esperar respuesta y vuelve a la furgoneta.

Empieza a sacar herramientas de la parte trasera con una eficiencia que me resulta ofensiva.

Cuando se planta a mi lado, se agacha ignorándome.

Mis ojos tienen vida propia y se desvían a su nuca como si hubiera algo pidiéndoles que lo hagan.

Y ahí, justo donde el pelo deja al descubierto la piel, veo que tiene un tatuaje pequeño. Delicado. Una línea fina que dibuja algo que no distingo del todo, quizá una ola.

Nunca me han gustado especialmente los tatuajes, pero tengo que reconocer que ese es sexi de la hostia.

Parpadeo.

«Concéntrate», me digo.

En menos de diez minutos, ha levantado el coche, quitado la rueda destrozada y colocado la de repuesto con una agilidad insultante.

Se levanta, se limpia las manos y se vuelve hacia mí.

—Esto es solo para que llegues. Mañana ve al mecánico y que te ponga una rueda de verdad.

—Lo haré. —Sé que debería decir algo más, como disculparme por el comentario de antes. En su lugar, meto la mano en el bolsillo delantero y saco la cartera.

—¿Qué haces? —Levanto la cabeza. Frunzo el ceño.

—Pagarte.

Me mira como si acabara de sugerirle que me venda un riñón.

—Guárdate el dinero.

—Pero puedo pagarte.

Se ríe. Una risa seca. Arista.

—Verás, es que por aquí tenemos la mala costumbre de ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. Se llama ser buena gente.

—¿Estás insinuando que yo no lo soy? —Me echa un vistazo de arriba abajo. Ojalá dijera que lo hace de forma lenta y sensual, pero es todo lo contrario.

Creo que nadie me ha mirado de una forma más antierótica en toda mi vida.

—Se te da bastante bien darles la vuelta a las cosas, ¿eh? —Recoge sus herramientas y se gira hacia la furgoneta—. No olvides llevar el coche al taller.

—¡Espera! —la llamo.

Se detiene, pero no se vuelve del todo. Se limita a mirarme por encima del hombro.

—Al menos déjame invitarte a algo.

—No necesito que me invites a nada.

Sube a la furgoneta, arranca el motor y se marcha levantando a su paso una nube de polvo que me hace toser. No quiero ser mezquino, pero estoy casi seguro de que lo ha hecho adrede.

No puedo evitar sonreír un poco. Tampoco podría culparla, la verdad es que he sido un pelín capullo.

Cuando la furgoneta no es más que un puntito a lo lejos, lo recojo todo y me subo de nuevo al coche. Sigo sin tener cobertura en el móvil, pero al menos el GPS del coche funciona.

Si este es el comité de bienvenida de Ribamar, empiezo a sospechar que el hotel no va a ser el único reto del viaje.