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Capítulo 3

Leo

O dio los lunes por la mañana, sobre todo si empiezan con una junta en la que se habla de cosas que me importan entre nada y muy poco.

Yo no soy de palabras. Soy de acción.

Para mí, estas reuniones son una versión corporativa del «mírame, estoy trabajando». Mucha gráfica, mucho powerpoint y demasiadas frases que empiezan por «según las previsiones…».

A mí dame números. Dame decisiones. Dame algo que pueda firmar, comprar o cerrar.

No las suposiciones y mucho menos las palabras amables.

Eso se lo dejo a mi hermana Claudia, que, además de ser la directora general adjunta, es una amante de los éxceles, y lo que más le gusta es enseñarnos los informes que elabora en la pantalla de setenta pulgadas que preside la sala.

Desvío la atención de mi hermana y su insistencia en que el índice de satisfacción del desayuno ha bajado tres décimas en los hoteles urbanos.

Tres décimas. El mundo se tambalea.

—Si no actuamos ahora, puede afectar a la percepción de la marca a medio plazo —murmura.

Me cuesta un mundo no poner los ojos en blanco.

Entiendo que se preocupe hasta por el mínimo detalle y que quiera que todo sea perfecto, pero estamos hablando de tres décimas. Actúa como si fuera un desastre nacional.

¿Que no les gusta el huevo revuelto? Que se hagan tostadas. Tenemos pan. Mucho pan.

Observo a mi hermana de reojo, me está mirando, así que asiento con expresión neutra, que en mi familia significa «estoy escuchando» . Lo aprendí de mi madre. Es experta en hacerte creer que te está prestando toda su atención cuando, en realidad, le importa una mierda lo que tengas que decirle.

—Además —continúa Claudia. Escucho el clic que hace al cambiar de diapositiva—, el proyecto de Zaragoza sigue pendiente de aprobación.

Ah, sí. El hotel ejecutivo con vistas privilegiadas a un polígono industrial y a una rotonda estratégicamente iluminada.

Apasionante.

Me recuesto en la silla, cruzo los brazos y dejo que sigan hablando de auditorías internas y costes energéticos mientras mi mente se va a esa casona de piedra del norte del país y a esa mujer que me ha dicho que no siete veces.

Siete.

Tengo que reprimir una sonrisa. Está claro que la señorita Aitana Casamayor es testaruda, pero no más que yo. Soy tenaz. Implacable. Y cuando algo se me mete entre ceja y ceja no ceso en mi empeño hasta conseguirlo, sobre todo cuando ese algo es tan beneficioso como El Mirador de Ribamar.

Un hotel que puede reportar cifras muy interesantes si se gestiona bien. Y yo gestiono de puta madre.

No lo digo yo, lo dicen esos números que tanto me gustan. Y la revista Forbes , ya de paso.

—¿Y qué pasa con el activo del norte? —La pregunta me hace reaccionar. Me vuelvo hacia Carlota, nuestra asesora financiera—. ¿Lo tenemos o hemos de ponernos a buscar otro?

Cinco pares de ojos se vuelven hacia mí.

Claudia, que sigue con el mando en la mano, aprieta un botón y en letras discretas pero obstinadas aparece el nombre que lleva meses martilleándome la cabeza: El Mirador de Ribamar.

Respiro hondo y me reclino en la silla.

—Es el activo con mayor proyección estratégica de la franja norte en este momento.

—Eso no te lo discuto. —Carlota entrelaza las manos sobre la mesa. Esta mujer es capaz de intimidar a un ejército con solo arquear una ceja—. Pero eso no contesta a mi pregunta.

No. No lo tenemos, pero no pienso decírselo.

Al menos, no de esa manera.

Dejo que en mis labios se forme una sonrisa al encogerme de hombros.

—Seguimos en negociaciones. —Es una forma de mirarlo.

Se escucha una carcajada. No hace falta que me vuelva para saber que procede del imbécil de mi hermano. Aun así, lo hago.

La sonrisa de Gael le cruza toda la cara.

De los tres, es el menos parecido a nuestra madre, y es que Gael es un calco de su padre. Mismos ojos, misma estatura, misma sonrisa y mismo carácter ácido y un tanto burlón.

A veces no sé qué vio Julián en mi madre. Son como la noche y el día. Mientras que ella es estirada y le importan demasiado las apariencias, él es despreocupado y no le interesa nada lo que los demás puedan pensar de él.

Estoy a punto de reírme. Es gracioso que esto lo diga yo, cuando soy el más parecido a mi madre. Y no solo físicamente.

Me enderezo en la silla y me arreglo el nudo de la corbata.

Gael sigue riéndose.

—¿Se puede saber qué es eso que te hace tanta gracia? —Mi hermano pequeño pone los ojos en blanco.

—Vamos, Leo. Decir que seguimos en negociaciones es hasta cómico. Nos han rechazado seis veces.

Gael es el único que me llama Leo, todos los demás me llaman Leandro. Como mi padre y mi abuelo. Un nombre que odio, pero jamás lo admitiré en voz alta.

Eso sería demasiada deshonra para un Beltrán.

Recuesto la espalda en el asiento.

—Siete, en realidad —corrijo. Escucho varios resoplidos. Gael sonríe más ampliamente.

Claudia carraspea, atrayendo la atención de todos los de esta sala. Clica el botón; una nueva diapositiva. Uno de mis informes.

—He de reconocer que el análisis es impecable —admite—. Temporada alta sólida, fidelización excelente, valor de marca emocional muy potente…

—Y el mejor activo del norte ahora mismo.

—Correcto. —Claudia asiente—. Pero el problema sigue siendo el mismo: no quieren vender.

—¿Y cuándo ha sido eso un problema para nosotros? —Mi hermana sonríe, o lo intenta. Creo que se ha pasado un poco con el bótox, y me jode, porque mi hermana es preciosa, por dentro y por fuera, pero tiene una obsesión con no envejecer que me pone de los puñeteros nervios.

Ladea la cabeza.

—No digo que lo sea, pero no podemos gastar más recursos, tiempo ni energía en ese proyecto.

—Es un hotel de diez habitaciones, Leandro —interviene Álvaro, nuestro abogado. Tiene los mismos años que mi abuelo, unos dos mil. No sé qué narices sigue haciendo en las reuniones—. Tenemos ciento tres establecimientos en España.

—Ciento cuatro si contamos Lisboa —añade Gael.

Álvaro se vuelve hacia él.

—Portugal no es España.

Gael se encoge de hombros.

—Pero paga impuestos —replica.

He de reconocer que me cuesta un mundo no reírme.

Claudia carraspea. Ella también se está aguantando la risa, pero su profesionalidad va por dentro y es lo más importante, así que me hace un gesto con la mano para que continúe y eso hago.

Me inclino hacia delante con los codos apoyados en la mesa.

—El norte está creciendo. El turismo sostenible, las experiencias auténticas, el «quiero desconectar, pero con wifi». El Mirador de Ribamar no es solo un hotel, es una marca con relato. Y nosotros no tenemos relato en esa franja. Tenemos edificios. Ellos tienen historia.

Gael me observa con esa media sonrisa que significa «¿por qué te importa tanto?».

Lo tengo claro, porque no soporto no salirme con la mía.

Cuando El Mirador salió por primera vez en una de nuestras reuniones y me pidieron que lo investigara, no me llamó especialmente la atención.

Además, ya habíamos adquirido hoteles similares en otras partes de España, pero entonces estudié el terreno, analicé la ocupación media de los últimos cinco años, revisé reseñas una por una —incluidas las que solo se quejan de que el gallo canta demasiado temprano—, comparé su rentabilidad con otros establecimientos rurales del norte y pedí informes sobre el crecimiento del turismo sostenible en la zona.

Y cuanto más miraba, más claro lo veía.

Ubicación privilegiada frente al mar.

Fidelización altísima.

Margen enorme en temporada baja.

Cero deudas estructurales relevantes.

En conclusión, un diamante mal pulido.

Un reto.

—¿Por qué no dejamos que sean ellos los que vengan a nosotros? —Todos nos volvemos hacia Silvia. Lleva apenas un par de años en la empresa. A veces me parece brillante. Otras, una mujer insufrible.

—Explícate —pide Carlota con un movimiento de cabeza.

—En los informes también se señala que tienen deudas.

Según el estudio de proyección, a ese sitio, tal y como está ahora, le queda un año.

Dos como mucho. —Se encoge de hombros—. Esperamos a que se hunda y, cuando eso pase, nos hacemos con él.

Desde luego, nos costará mucho menos que el dineral que ahora mismo les has ofrecido.

Habla con tanta parsimonia, con tanta mezquindad, que los pelos se me ponen de punta, sobre todo porque tiene razón. A El Mirador de Ribamar le quedan dos telediarios y sería una muy buena opción dentro de un par de años, cuando no les quede más remedio que vender para pagar las deudas.

Sin embargo, hay algo que me impide optar por esa opción. No sé qué es, pero no me gusta. No la contemplo.

—Preséntate allí —suelta Gael de pronto.

—¿Qué? —inquiere Claudia con la mano suspendida en el botón de las diapositivas.

Gael, sin dejar de sonreír, se recuesta en la silla con los brazos cruzados sobre el pecho. Está encantado de tener la atención de toda la sala.

Se aclara la garganta en un gesto teatral. Esta vez no dudo en poner los ojos en blanco.

—A ver —empieza—, Leo es el encargado de evaluar los activos y estudiar su viabilidad.

Si él cree que esto —señala la pantalla con la mano— es factible, yo también.

Así que opto por que se presente allí en persona.

Sin abogados. Sin una propuesta formal bajo el brazo.

Solo… a observar. A estudiar el terreno. A hablar.

Él se calla y yo me quedo mirándolo casi sin parpadear.

¿Cómo que me presente allí? ¿Allí dónde? ¿En Ribamar?

Durante unos segundos nadie habla, así que Gael opta por volver a tomar la palabra mientras se pone en pie.

—Dejad de mirarme así, ni que hubiera sugerido sacrificar a una manada de gatitos. —Se acerca a Claudia, le coge el mando y cambia las diapositivas hasta dar con una imagen del hotel: una casona de piedra frente al mar, jardín amplio, farolillos, madera, verde.

Pequeño.

Encantador.

Como ya me pasó la primera vez que la vi, lo primero que pienso es que es espectacular. Tiene un encanto difícil de ignorar.

Lo segundo, que puedo entender por qué la señorita Casamayor no quiere desprenderse de algo así.

Lo tercero, que el logo del Grupo Beltrán Hospitality quedaría fenomenal en la fachada.

—Mi hermano siempre ha sido mejor comunicador en persona que por correo electrónico. Estos son fríos, impersonales. Vulgares. Seguro que, si les enseña esa sonrisa de anuncio de Calvin Klein que tiene a los propietarios, se los mete en el bolsillo antes de que llegue la hora de la cena.

—Gael, por favor… —Claudia resopla levantándose de un salto y quitándole a nuestro hermano su apreciado aparatito de las manos. La conozco; se está reprimiendo para no darle un capón.

Gael también lo sabe, por eso sonríe y le guiña un ojo antes de volver a su silla frente a mí.

Claudia toma la palabra. Se coloca frente al televisor con los brazos cruzados. Suspira.

—Tienes un mes —dictamina—. Viaja. Observa.

Evalúa. Pero sin comprometer nada oficialmente.

Ve enviándonos informes de forma regular.

Entérate de cuáles son sus puntos fuertes, pero sobre todo de cuáles son los débiles.

—Se encoge de hombros—. Si de verdad crees que este hotel es un buen activo para la empresa, demuéstralo.

Observo con fijeza a mi hermana, después a Carlota, Álvaro y Silvia.

Dejo a Gael para el final. ¿Qué narices se me ha perdido a mí en ese pueblo?

Sí, vale, quiero ese hotel, y ya ha quedado claro que no ceso en mi empeño hasta conseguir lo que quiero, pero lo hago desde la comodidad de mi despacho y, como mucho, del sofá de mi casa.

Y si voy de viaje, es a sitios que yo elijo, no que se me imponen.

Siento como si me hubieran hecho una encerrona.

Me centro en la fotografía del hotel. La estudio con atención. Repaso mentalmente los correos que nos hemos estado enviando la señorita Casamayor y yo.

Sonrío.

Una gerente testaruda que me ha rechazado siete veces. Está más que claro que no quiere vender, y la verdad es que eso llama mi atención.

Siempre he preferido los retos que creen que pueden conmigo, y Aitana Casamayor me hace gracia. Me desespera.

Me pica el orgullo.

Que se niegue a escucharme no es lo único que me tiene intrigado. Sus posdatas también. Todos los correos que estoy acostumbrado a escribir y recibir son demasiado formales. Anodinos. Pero estos son capaces de provocarme una carcajada.

Puede que sea interesante hacer lo que ha propuesto Gael.

¿Por qué no? Además, lo que ha dicho ya se lo dije yo a la señorita Casamayor en uno de nuestros correos.

Prefiero las reuniones cara a cara que por mensaje.

Y, si ya estoy allí, no podrá rechazarme, ¿no?

Tendrá que reunirse conmigo y escucharme, aunque solo sea por educación.

Me recuesto en la silla. Asiento.

—Por supuesto, os mantendré informados de todos mis pasos.

Si algo tengo claro es que las vistas no se venden, pero los argumentos sí. Y yo siempre gano cuando tengo la última palabra.