Capítulo 2 #2
No sé qué hace más, si fruncir el ceño o suspirar.
—Porque el microondas ha hecho pum.
Abro los ojos de par en par.
—¿Cómo que el microondas ha hecho pum?
—Que ha explotado. —Se señala el cuerpo—. Cuando estaba calentando la salga de tomate.
—Pero… —Abro la boca, la cierro y la vuelvo a abrir. Me pongo en pie de un salto—. ¿Ha resultado alguien herido?
Nerea pone los ojos en blanco.
—Sí, por eso estoy aquí tan tranquila, porque uno de mis cocineros se ha quedado sin un dedo.
Ladeo la cabeza.
—Ser graciosa no es una de tus cualidades.
—La tuya tampoco. Siéntate. —Lo hago porque, aunque yo sea dos años más mayor que Nerea y sea la gerente de este hotel, mi hermana da un miedo de la leche.
Se limpia las manos en el pantalón minuciosamente.
Carraspea, y yo ya sé por ese gesto que no me va a gustar lo que me va decir.
—Necesito una cocina nueva. —Me quedo mirándola unos segundos hasta que rompo a reír.
—Y yo una noche en el Ritz, pero, fíjate, eso no va a poder ser, y lo de tu cocina tampoco. —Yo sigo riendo, mi hermana no. Está seria. Como si fuera la directora del colegio y estuviese esperando a que llegasen mis padres para contarles lo mal que me he portado.
Dejo de reír y, como ella, me inclino hacia delante.
—Lo dices en serio —susurro. Nerea se pasa la mano por el pelo, que lleva recogido en una coleta.
—Pues claro que lo digo en serio, Aitana. Ha explotado el microondas.
—Le diremos a Diego que le eche un vistazo.
—Ya se lo echó. Mira —intenta relajar el semblante, aunque el ceño fruncido sigue ahí—, no se ha reformado esa cocina en veinte años. Necesito electrodomésticos nuevos.
—Y el establo necesita cambiar la cubierta antes de que el próximo temporal nos la arranque de cuajo, y las habitaciones cuatro, seis y diez piden a gritos una reforma que no sea solo pintar las paredes y cruzar los dedos.
—¿Me estás queriendo decir que todo eso es más importante que mi cocina?
—Yo no he dicho eso. —Una de las cualidades de mi hermana es sacarlo todo de contexto. Se le da de maravilla—. Lo que quiero que veas es que hay muchas cosas que necesitan un arreglo. —Es una forma sutil de decirlo.
—Pero en mi cocina se cocina para los huéspedes.
—Y las habitaciones están para que ellos duerman —replico.
—No es un capricho, Aitana. Es una necesidad.
—Lo sé, pero ahora mismo no sé si va a poder ser.
—¿Y cuándo?
—Tengo que mirarlo.
—Pues hazlo. —Nerea se me queda mirando. Ni siquiera parpadea. Trago saliva.
Lo más fácil sería decirle que en realidad ya lo he mirado y que el problema es que no hay ingresos suficientes para todo. Que no vamos mal, pero tampoco bien. Vamos normal.
Regular.
Pero no lo hago. Porque lo voy a solucionar. Siempre lo hago.
«He pensado en darle un enfoque diferente a la propuesta garantizándole que nuestro interés no implica necesariamente la desaparición del establecimiento. He estudiado fórmulas para la preservación de la fachada y el mantenimiento del nombre original bajo gestión conjunta».
No sé por qué las palabras del último correo de Leandro Beltrán me vienen a la cabeza. Tal vez porque llevo pensando en ello más tiempo del que debería. O porque lo estaba leyendo hace veinte minutos y aún las tengo frescas.
Sea como fuere, sacudo la cabeza y me centro en Nerea. Odio que mi hermana me mire así. Juro que siento como si acabara de quitarle un juguete valiosísimo a un crío de cinco años. Y es que sigue sin parpadear.
Si me dijeran que es una vampiresa, me lo creería.
La conozco lo suficiente como para saber que no se va a mover de ahí, ni a hablar ni a hacer ningún otro movimiento hasta que se haya salido con la suya. También sé que alguna de las dos tiene que romper el silencio, y que tengo que ser yo. Sobre todo si quiero que deje de mirarme tan fijamente.
Me paso una mano por el pelo a la vez que dejo que el aire se escape de mis pulmones.
—De acuerdo, miraré qué puedo hacer. Te diré algo pronto. —Nerea sonríe. O lo intenta. El problema es que, al no estar acostumbrada a hacerlo, parece más una mueca que otra cosa.
Puede que Diego tenga algo de razón y Nerea esté un pelín amargada.
En algún sitio del hotel se escuchan pasos y también risas.
Echo un vistazo a la ventana, esa que da al jardín trasero donde hay un cenador con luces y farolillos de papel que se balancean suavemente con la brisa y tiñen el ambiente de tonos ámbar y rosados.
La tarde está a punto de darle la bienvenida a la noche y los clientes empiezan a regresar.
A excepción de un par de habitaciones, lo tenemos todo lleno. El verano es la época favorita de nuestros huéspedes, sobre todo de los que viven en el sur o cerca del Mediterráneo.
Aunque en el norte hace calor, no tanto como en ciudades como Valencia, Sevilla o Murcia —por mucho que Diego sienta la necesidad de despelotarse—, así que muchos vienen aquí buscando un poco de aire fresco, además de naturaleza y mucho verde.
Es el sitio ideal en el que el tiempo se estira un poco más de la cuenta y nadie mira el reloj porque no hace falta.
Es especial. Es mágico. Y es mío.
Mando de vuelta al fondo de mi mente la propuesta de Leandro, donde ha estado desde que la recibí, y me centro en mi hermana.
El Mirador de Ribamar es el sitio ideal en el que hacer promesas. Yo le hice una a mi padre y pienso cumplirla.