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Capítulo 2

Aitana

B ajo la pantalla del portátil y me cruzo de brazos tras apoyar la espalda en la silla y relajar el cuello. Llevo tantas horas sentada en esta silla que no sé si voy a ser capaz de ponerme en pie sin que me fallen las rodillas.

Me trago un suspiro y fijo la vista en el ordenador cerrado.

Definir a Leandro Beltrán como insistente es quedarme corta.

Desde el primer correo que me envió hace unos meses, ya se notaba que el tío era un arrogante de narices, además de un tanto prepotente, presuntuoso y vanidoso.

Lo primero que hice al ver su firma fue buscarlo en Internet, pero no había mucha información sobre la familia Beltrán.

Yo creía que serían algo así como los Hilton de España, y puede que laboralmente sí, pero socialmente no. No hay fotos de ningún miembro de la familia. Ni entrevistas, ni apariciones en eventos, ni una triste imagen saliendo de un restaurante caro con gafas de sol y gesto de superioridad.

Nada.

Son ricos discretos. Y eso, por algún motivo, me molesta más. Y que el tipo tenga razón. Eso es lo que más me irrita de todo, pues he revisado los informes que me mandó tantas veces que me los sé de memoria.

El plan que nos presenta es brillante porque ataca justo donde más nos duele: la temporada baja, los gastos que se nos escapan por los miles de reparaciones que hay que hacer y que nunca parecen tener fin y esa manía nuestra de hacer las cosas «como siempre se han hecho».

Habla de digitalización, de retiros empresariales en invierno, de acuerdos con agencias internacionales o de convertir el antiguo almacén en un pequeño spa sin tocar la estructura original.

Aunque he de reconocer que lo que más me molesta es el dinero que nos ofrece por la compra. Una cantidad tan sustanciosa que solo una loca suicida se atrevería a rechazarla.

Está claro que la loca suicida soy yo.

Pero no puedo vender. Ni siquiera le he hablado a mi familia de ello porque no tendría sentido.

El Mirador de Ribamar no es un hotel grande.

Se trata de una casona de piedra y madera con apenas diez habitaciones y un restaurante pequeño del que se encarga mi hermana Nerea y en el que todo el producto que se trabaja es local.

Tenemos un jardín enorme que invita a pasear, descansar y sentarse a leer con una limonada en la mano en verano y un chocolate caliente con nubes flotando por encima en invierno.

Una granja donde las parejas con niños se entretienen ordeñando a las vacas, recogiendo huevos o dándoles de comer a las gallinas; un establo con dos caballos, Rayo y Atenea, y un lago a un kilómetro de distancia que es mi lugar favorito del mundo.

Este sitio no es un hotel más. No pega en ese grupo exclusivo de los cien que forman el Grupo Beltrán.

Lo construyeron mis abuelos con sus propias manos cuando Ribamar no era más que un pueblo de pescadores y había cuatro casas mirando al mar.

Aquí aprendí a caminar entre mesas, a hacer camas antes de saber dividir con decimales y a identificar cuándo un huésped necesita silencio y cuándo conversación.

Aquí aprendí que las vistas no se venden.

Y que las promesas se cumplen —aunque las deudas a veces te opriman el cuello y hagan que te vuelvas azul por falta de oxígeno—.

—Aitana, ¿qué habitación dices que es la que canta? —Aparto la vista del ordenador y la dirijo a la puerta. Mi hermano Diego está apoyado en ella. Lleva la caja de herramientas en la mano y, como viene siendo habitual, va sin camiseta.

—Aquí la única que canta es Berta cuando cree que nadie la ve, pero no le digas que te lo he dicho.

—Tu secreto está a salvo conmigo. —Me guiña un ojo guasón. Yo pongo los míos en blanco.

—Tienes que revisar la ducha de la ocho, que gotea. —Lo señalo con la mano—. ¿Y podrías ponerte una camiseta? Nadie necesita ver tu pecho desnudo paseándose por el hotel. Otra vez.

Mi hermano pequeño sonríe de esa forma con la que sabe que vuelve loco a todo el mundo y la que ha hecho que se meta en más de un lío.

Si no, que le pregunten a mi amigo Mateo.

O mejor no, que el pobre ya ha sufrido bastante por culpa de mi hermano.

—Llevo media mañana desatascando la tubería del jardín, sin contar con que antes he limpiado los canalones y arreglado el trozo de valla que se había roto. Dame un respiro, mujer.

—¿Tienes calor? Te das una ducha. O cinco.

Pero tenemos huéspedes y un código de vestimenta, no puedes pasearte por aquí como te dé la gana.

—Es increíble que tenga que estar diciendo esto en voz alta a una persona que se supone que es adulta y que ya debería saber solo por eso que llaman sentido común, pero es parte de mi trabajo.

El de mi hermano, sacarme de quicio.

—Pues debería. Soy el dueño.

— Uno de los dueños —escucho decir a Nerea, que aparece por la espalda de nuestro hermano arrugando la nariz y con ese ceño fruncido que tanto la caracteriza—. Pero como si fueras el mismísimo papa.

—Podrías probar a sonreír de vez en cuando, hermanita. Tendrías menos arrugas en el entrecejo.

—Y tú a ser menos capullo.

—Lo he intentado, pero no me sale.

—Pues inténtalo más.

Nerea y Diego son mellizos y se parecen lo mismo que un huevo a una castaña.

—¿Sabes qué otra cosa deberías probar? —Diego no espera que Nerea le conteste, así que continúa. Aunque sé de sobra qué va a decir—. Follar. Tiene beneficios curativos y te purifica el alma.

—La tuya está podrida. —Nerea hace aspavientos con las manos frente a la cara de Diego ignorando su pulla. Es su forma de pedirle que se aparte para que pueda entrar en el despacho.

Me inclino hacia delante, recojo corriendo los informes de Leandro y los escondo en el cajón. Si alguien es capaz de encontrarlos es Nerea. Es el ojo avizor de la familia. La que todo lo ve aunque no esté delante.

En cierto modo, sé que debería enseñárselos. A ella y a los demás. Como bien ha dicho Diego, es uno de los dueños, pero no es su trabajo. El suyo es ser el encargado de mantenimiento. El mío, gestionar este sitio.

El Mirador de Ribamar es un negocio familiar.

Lo fundaron mis abuelos y lo heredó mi padre.

Como no tenía hermanos, lo acabaron regentando él y mi madre, quienes tuvieron seis hijos.

Todos trabajamos en él. Bueno, menos Irene, que hace un año y medio decidió que la vida rural no era lo suyo y se fue a descubrir mundo.

O a que la descubran a ella. A saber.

Solo sé que cogió su mochila, le dio un abrazo a mi madre y se marchó a Tailandia. De ahí, ya iría viendo qué hacía. Nos llama una vez a la semana y nos envía postales que colgamos de un corcho que hay en la recepción del hotel.

No la envidio. Nada.

Bueno, puede que un poco.

Pero muy poco.

Algo minúsculo. Casi insignificante.

Qué narices, la envidio demasiado. Yo siempre he querido visitar Tailandia. Y Camboya. O Vietnam.

La cuestión es que Irene está allí y yo aquí. Ella tiene veinte años y yo treinta y dos. Ella es la pequeña y yo la mayor. Nuestros roles son diferentes y lo que se espera de nosotras también.

De ella, por ejemplo, se espera que se ponga flores en el pelo en algún mercado de Chiang Mai y se haga fotos bajo templos dorados. De mí, que separe a mis dos hermanos antes de que lleguen a las manos.

Me levanto de la silla quejándome interiormente de que me crujan las rodillas y la espalda me haya dado un tirón y me acerco hasta Nerea y Diego.

A la primera ya se le está hinchando la vena de la frente mientras que el segundo se está partiendo de risa y sé que no es por algo que haya dicho nuestra hermana, sino que se está riendo de ella.

¿Por qué? Probablemente, porque Diego sabe que eso a Nerea la saca de quicio y eso solo lo anima a hacerlo más.

—Ya está bien —sentencio cogiendo con delicadeza a mi hermana del brazo y apartando su dedo índice del pecho de Diego—. Tenéis treinta años, pero cualquiera diría que tenéis diez. Hasta Joan es más maduro que vosotros.

—¡Que te pongas una camiseta! —vocifera Nerea ignorándome.

—¡Que me la he quitado hace solo un minuto porque tenía calor!

—¡Pues date una ducha o vete al lago y te ahogas en él, pero no puedes pasearte por aquí con el torso desnudo! ¡Que no estás solo!

—¡A la única que le molesta es a ti porque eres una amargada! ¡¿Y quién narices dice torso hoy en día?!

Está empezando a darme dolor de cabeza. Creo que prefiero los correos de Leandro Beltrán. Aunque sea un coñazo, no tengo que verle la cara ni oír sus gritos. Y me hace reír.

Es un capullo alérgico a los rechazos y las negativas, pero también es gracioso. Tiene su puntito.

—Vale, se acabó —sentencio en un tono un poco elevado. Me vuelvo hacia Diego, al que apunto con un dedo—. Nerea tiene razón, no puedes ir así y punto.

No le veo la cara a mi hermana, pero sé que está sonriendo.

—Que ha sido solo un minuto, joder. Que os relajéis. —Deja la caja en el suelo y coge de la cinturilla del pantalón la camiseta que tenía enganchada en ella—. ¿Contentas? —pregunta con los dientes apretados y la camiseta puesta.

Asiento.

—Muchísimo mejor. —Diego pone los ojos en blanco. Mira a Nerea por encima de mi hombro.

—Piénsate lo de follar, nos vendría bien a todos. A ti para dejar de vivir amargada y a los demás para que dejes de amargarnos.

—Y tú piénsate lo del lago.

Diego se agacha a por la caja y se marcha dando largas zancadas. No sin antes besarse el dedo corazón y enseñárselo a nuestra hermana con una sonrisa de oreja a oreja adornando su cara.

Cuando me vuelvo hacia Nerea, esta está sonriendo, aunque sigue teniendo el ceño fruncido. Yo es que creo que lo frunce tanto que ya se le ha quedado así.

Le sale solo.

—Deberías aprender a relajarte.

—Le dijo al sartén al cazo.

—Yo por lo menos follo. —Me siento de nuevo en mi silla y Nerea lo hace en la de enfrente—. Dime, ¿qué pasa?

Nerea suspira echándose hacia atrás. Solo entonces me doy cuenta de la mancha de tomate que tiene en la bata blanca. De hecho, toda ella va llena de tomate.

Me inclino hacia delante; sí, también tiene en el pelo.

—¿Por qué hay tomate en tu pelo?

Nerea vuelve a suspirar.