BAMBI Parte IV
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Parte IV

El Túnel de la Caza

—No puedes ir —dijo Sofía, agarrándome del brazo con fuerza mientras salíamos de la Calle del Pecado—. Ese hombre es peligroso, Valeria. No sabes quién es, ni qué quiere.

—Sí sé lo que quiere —respondí, mi voz aún temblorosa—. Quiere cazarme.

—¡Exacto! ¿Y tú quieres ser cazada?

No respondí. Porque la respuesta era sí, y eso me aterraba más que cualquier máscara o callejón oscuro. Sofía me miró con los ojos muy abiertos y soltó mi brazo.

—Dios mío, Valeria. ¿Qué te ha hecho?

—Nada que yo no haya querido.

Sofía negó con la cabeza, pero no insistió. En el fondo, creo que entendía. Quizás porque ella también había buscado la oscuridad en los brazos de Damián, en los rincones del Laberinto de los Espejos. Quizás porque todas llevábamos dentro un deseo que no sabíamos nombrar.

—Iván y Damián están buscándonos —dijo, cambiando de tema—. Dijeron que nos esperan en el Túnel de la Caza.

—¿El Túnel de la Caza?

—Es la atracción principal del carnaval. Un túnel oscuro con vagonetas, como una montaña rusa, pero con compartimentos privados. —Sofía me miró con preocupación—. Dicen que la gente sale… diferente.

—¿Diferente cómo?

—No lo sé. Pero tengo miedo por ti.

—No tengas miedo —mentí, apretando su mano—. Yo sé lo que hago.

Pero no lo sabía. No sabía nada. Solo sabía que necesitaba volver a verlo, a sentirlo, a que me atrapara una vez más.

Llegamos al Túnel de la Caza cuando el reloj marcaba las once y media. El pabellón era inmenso, una boca de lobo gigante que se alzaba sobre la plaza como una criatura de pesadilla. La entrada era la garganta del animal, y al cruzarla, el olor a humo y a metal nos envolvió.

Iván y Damián nos esperaban en la fila, con sus máscaras de lobo colgando del cuello. Iván sonrió al verme.

—¿Lista para la última atracción, Bambi?

—No sé si quiero subir —dije, pero mis ojos buscaban entre la multitud, esperando ver la máscara de metal, los colmillos brillantes.

—Vamos, no seas aburrida —dijo Damián, pasando un brazo por los hombros de Sofía—. Es la mejor parte del carnaval.

—He oído que la gente sale… diferente —repitió Sofía, con un tono que intentaba ser ligero.

—Porque es emocionante. —Iván se inclinó hacia mí—. Dicen que los compartimentos tienen cámaras ocultas y que las parejas se olvidan de todo cuando entran. —Sus ojos verdes brillaron con malicia—. Quizás tú y yo podríamos compartir uno, Bambi.

—No quiero compartir nada contigo —dije, apartándome.

Iván rió, pero sus ojos se oscurecieron.

—Ya veremos.

La fila avanzó lentamente. Cuando llegó nuestro turno, el encargado nos asignó compartimentos: Iván y Damián en uno, Sofía y yo en otro.

—No nos separaremos —dijo Sofía, agarrándome la mano.

—No pienso separarme de ti —respondí, pero mentía.

Porque en el fondo, en el lugar oscuro de mi vientre que el Lobo había despertado, quería separarme. Quería que él me encontrara. Quería que me cazara.

Subimos a la vagoneta. El compartimento era pequeño, apenas un cuarto oscuro con asientos de cuero y una ventana que daba al exterior. Sofía se sentó a mi lado, apretando mi mano con fuerza.

—No tengas miedo —dije, repitiendo sus palabras—. Es solo una atracción.

—No es la atracción lo que me da miedo. —Me miró a los ojos—. Es lo que te está pasando a ti.

—No me está pasando nada.

La vagoneta se puso en marcha. El túnel se abrió frente a nosotras, oscuro como la boca de un animal, y la oscuridad nos envolvió. Al principio solo había silencio, el sonido de las ruedas sobre los rieles, el viento frío en nuestras caras.

Luego, las luces rojas empezaron a parpadear, y vi a las figuras: maniquíes atados a las paredes, algunos con máscaras de lobo, otros con cadenas. En uno de ellos, una mujer arrodillada frente a un hombre, su boca abierta, sus ojos vacíos.

—Dios mío —susurró Sofía—. ¿Qué es esto?

—Decoración —dije, pero mi voz temblaba.

La vagoneta se detuvo de repente. Un chirrido metálico, y luego, el silencio.

—¿Qué pasa? —preguntó Sofía—. ¿Por qué nos hemos parado?

No respondí. Porque en la oscuridad, frente a nosotras, había una figura. Alta, de negro, con la máscara de lobo brillando bajo la luz roja.

—Bambi —dijo, su voz un gruñido que vibró en mis huesos—. Te he estado esperando.

Sofía chilló y se levantó, pero el Lobo levantó una mano y ella se quedó paralizada, como si hubiera visto algo que no podía soportar.

—Vete —le dijo el Lobo—. Sal del compartimento y no mires atrás.

Sofía me miró, sus ojos llenos de lágrimas.

—Valeria…

—Vete —dije, mi voz más firme de lo que esperaba—. Estoy bien.

Sofía dudó, pero el Lobo abrió la puerta del compartimento y ella salió corriendo, desapareciendo en la oscuridad del túnel.

Y entonces, estábamos solos.

—Has hecho lo correcto —dijo el Lobo, entrando en el compartimento y cerrando la puerta tras él—. Has venido sola. Has obedecido.

—No he venido por ti —mentí.

—Mientes. —Se acercó, tan cerca que el metal de la máscara rozó mi mejilla—. Has venido porque quieres esto. Porque esta noche, desde que me viste en la callejuela, has estado esperando que te atrapara.

—No es cierto.

—Entonces, ¿por qué estás temblando? ¿Por qué tus pezones están tan duros que se marcan a través de la blusa?

Bajé la mirada y vi que tenía razón. Mis pezones eran dos puntas tensas bajo la tela fina. La vergüenza me quemó las mejillas, pero no pude ocultarme.

—No sabes lo que quieres, Bambi —dijo, su voz un susurro—. Pero yo sí. Y te lo voy a mostrar.

Me agarró por los hombros y me empujó contra el asiento, con una fuerza que me dejó sin aliento. Sus manos subieron por mis piernas, levantando mi falda, y cuando sus dedos encontraron mi sexo desnudo, gimió.

—Tan mojada. Tan caliente. —Sus dedos se deslizaron dentro de mí con facilidad—. Has estado así desde que te dejé en la Calle del Pecado, ¿verdad? Pensando en mí, en esto, en cómo iba a poseerte.

—Sí —gemí, y la palabra salió sin que pudiera contenerla.

—Buena chica. —Retiró los dedos y se puso de rodillas frente a mí—. Ahora, vas a demostrarme cuánto lo querías.

Bajó su cremallera y su miembro emergió, grueso y duro, con la punta brillante y húmeda. Me agarró por el pelo y me empujó hacia él, su mano firme en mi nuca.

—Abre la boca, Bambi.

Abrí la boca y él entró, llenándome por completo. Su sabor era salado, intenso, y el olor a cuero y sudor me envolvió.

—Chúpala —ordenó—. Como si fuera tu última noche en la tierra.

Chupé, mi lengua trazando círculos alrededor de su glande, mientras él movía sus caderas contra mi boca. Sus dedos se enredaron en mi cabello, apretando, guiándome.

—Así, Bambi —gruñó—. Toda. Quiero que te la tragues toda.

Me atraganté, las lágrimas corriendo por mis mejillas, pero él no se detuvo. Movía sus caderas contra mi boca, cada vez más rápido, y yo gemía alrededor de su miembro, el sonido húmedo y obsceno resonando en el compartimento.

—Mírame —ordenó, y levanté los ojos, encontrando la máscara de lobo, sus ojos oscuros tras las rendijas—. Quiero verte mientras te la comes.

Lo miré, mis ojos llenos de lágrimas, mi boca llena de él, y sentí algo que no sabía nombrar. Algo que era vergüenza y placer, sumisión y poder, todo mezclado.

—Córrete, Bambi —dijo, y su voz se volvió un gruñido—. Córrete mientras me chupas.

No pude evitarlo. Su orden, el sabor de él, la humedad entre mis piernas, todo se combinó para que mi cuerpo estallara en un orgasmo que me dejó sin aliento. Gemí alrededor de su miembro, temblando, y él se corrió en mi boca con un rugido que resonó en la oscuridad.

Su semen llenó mi boca, caliente y espeso, y él no me soltó hasta que no tragué todo.

—Tragátelo —ordenó—. Cada gota.

Tragué, el sabor amargo y salado recorriendo mi garganta. Cuando terminé, me soltó y caí contra el asiento, temblando.

—Eso no es todo —dijo, su voz más suave ahora, pero aún firme—. He sido paciente, Bambi. Pero ahora quiero el resto.

Me levantó del asiento y me puso de espaldas contra la ventana. Su mano se deslizó por mi costado, bajando mi blusa, dejando mis pechos al descubierto. Los apretó, los mordió, y yo gemí.

—Mira afuera —ordenó, girándome hacia la ventana—. Mira cómo el túnel pasa, cómo las luces parpadean. La gente puede vernos, Bambi. Cualquiera que pase en otra vagoneta puede ver cómo te follo.

—No —gemí—. No, por favor.

—Sí. —Su mano se deslizó entre mis piernas y me abrió—. Quiero que sepan que eres mía. Que esta noche, eres mi presa. Y que nadie puede salvarte.

Su miembro entró en mí desde atrás, llenándome por completo. Gemí, arqueando la espalda contra la ventana, y él empezó a moverse, sus caderas golpeando las mías con una fuerza que me hacía chocar contra el cristal.

—Mírate —gruñó—. Mirando el túnel, con tu coño lleno de mí. ¿Quién te iba a decir, Bambi? La chica buena, la que reza todas las noches, la que nunca ha tocado a un hombre. Y ahora me estás pidiendo que te folle más fuerte.

—Sí —gemí—. Más fuerte. Por favor.

—Como quieras.

Aceleró el ritmo, sus manos apretando mis caderas, sus dedos clavándose en mi piel. Yo gemía y gritaba, sin importar quién pudiera oírme, sin importar nada.

—Mira —dijo, señalando la ventana—. Ahí hay una vagoneta con gente. Nos están viendo.

Vi las luces de otra vagoneta acercándose, las siluetas de personas tras el cristal. Mi vergüenza se mezcló con el placer, y me corrí de nuevo, gimiendo su nombre aunque no lo conocía.

—El Lobo —gemí—. El Lobo, sí.

—Soy todo lo que quieras, Bambi. —Su ritmo se volvió más rápido, más desenfrenado—. Soy tu fantasma, tu pesadilla, tu sueño húmedo. Soy el que te caza. Y ahora, soy el que te posee.

Se corrió dentro de mí, su cuerpo tensándose contra el mío, y yo sentí cada espasmo, cada gota caliente llenándome.

Cayó contra mí, su frente apoyada en mi nuca, su respiración agitada.

—No ha terminado —susurró—. Aún tengo algo para ti.

Me giró y me sentó en el asiento, con las piernas abiertas, y se puso de rodillas frente a mí. Sus dedos encontraron mi centro, tocando el lugar donde habíamos estado unidos, y sonrió bajo la máscara.

—Tan caliente. Tan húmeda. —Sus dedos se deslizaron más abajo, hacia donde yo no había sido tocada nunca—. Y esto —dijo, presionando suavemente—. Esto es mío también. ¿Te gustaría probarlo, Bambi?

—No sé —dije, mi voz temblorosa—. Nunca he…

—Lo sé. —Sacó un pequeño frasco de su bolsillo, y el olor a algo dulce y aceitoso llenó el aire—. Pero voy a enseñarte.

Su dedo ungido presionó mi entrada, y yo gemí por la sensación extraña. Era invasivo, pero no doloroso. Él se movió lentamente, escuchando mis gemidos, mis jadeos.

—Relájate —murmuró—. Confía en mí.

Y lo hice. Me relajé. Y su dedo entró, más profundo, y yo gimí, arqueando la espalda.

—Así —dijo—. Tan sumisa. Tan obediente. ¿Te gusta?

—Sí —gemí—. Me gusta.

—Entonces, vamos a más.

Sacó su dedo y lo reemplazó con su miembro, la punta presionando suavemente contra mi entrada. Me miró, esperando.

—Di que sí, Bambi.

—Sí —dije, y mi voz era un susurro—. Sí, Lobo. Sí.

Entró lentamente, y el dolor y el placer se mezclaron en un grito que salió de lo más profundo de mi ser. Me agarré de sus brazos, de sus hombros, y él se movió con una lentitud que me volvía loca.

—Así, Bambi —gruñó—. Siénteme dentro de ti.

El dolor se desvaneció lentamente, reemplazado por una sensación de plenitud que no sabía que existía. Empecé a moverme contra él, pidiendo más, y él me dio todo lo que quería.

—Córrete —ordenó—. Córrete mientras te follo el culo, Bambi. Quiero sentirlo.

Me corrí, mi cuerpo estallando en un orgasmo que me dejó sin aire, y él se corrió dentro de mí, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos quedamos así, abrazados en la oscuridad, el túnel pasando a nuestro alrededor, sin importarnos nada más.

Después de un rato, él se separó. Me vistió lentamente, con cuidado, y me ayudó a levantarme.

—El viaje termina pronto —dijo—. Saldrás con la ropa puesta, con el cuerpo lleno de mí, y nadie sabrá lo que hemos hecho.

—Lo sabré yo —dije, mi voz débil.

—Eso es lo que importa. —Me tomó de la barbilla—. Ahora eres mía, Bambi. Y siempre lo serás.

La vagoneta se detuvo. La puerta se abrió. Y yo salí, temblorosa, con el cuerpo aún ardiendo, la piel aún marcada por sus dedos.

Sofía me esperaba en la salida, con los ojos llenos de lágrimas.

—Valeria —dijo, abrazándome—. ¿Qué te ha hecho?

—Nada que yo no haya querido —respondí, y esta vez no mentía.

Porque en la oscuridad del túnel, en las manos del Lobo, había encontrado algo que no sabía que buscaba. Algo que era miedo y placer, sumisión y poder, todo mezclado.

Y quería más.