Parte III
La Calle del Pecado
Nos condujeron a través de una entrada que parecía la garganta de una bestia. La fachada del pabellón representaba un lobo gigante con la boca abierta, y al cruzar sus colmillos de yeso, el aire se volvió más denso, más caliente. Olía a cuero, a sudor, a algo metálico que no sabía identificar.
—¿Listos para pasarlo mal? —preguntó una mujer disfrazada de arlequín, con una sonrisa pintada que se extendía más allá de sus labios—. Esta no es una atracción para débiles de corazón.
—¿Qué tiene de especial? —preguntó Sofía con una risa nerviosa.
—La Calle del Pecado es el único lugar del carnaval donde no hay reglas. —La arlequín nos guiñó un ojo—. Bueno, una regla: lo que pasa aquí, se queda aquí.
Iván se adelantó, con la máscara de lobo colgando de su cuello.
—He oído que hay habitaciones privadas.
—Y jaulas, y postes, y todo lo que una buena chica necesita para convertirse en una mala chica. —La arlequín sonrió, mostrando los dientes—. Pero para acceder a eso, primero tienes que superar el pasillo de las pruebas.
Sofía me agarró de la mano.
—¿Vamos?
Antes de que pudiera responder, la arlequín hizo una seña y una puerta de hierro se abrió detrás de nosotros. Un pasillo oscuro se extendía hacia adelante, flanqueado por jaulas vacías y postes con cuerdas colgando. En las paredes, látigos, esposas y máscaras de cuero.
—Es solo una decoración —dijo Sofía, pero su voz temblaba—. No es real.
—Claro que no es real —dijo Iván, pero sus ojos brillaban con algo que no me gustaba—. ¿Vamos, Bambi? ¿O te da miedo?
—No tengo miedo —mentí.
Pero lo tenía. Y lo peor era que no sabía si era miedo de lo que podía pasar o miedo de lo que yo quería que pasara.
Atravesamos el pasillo. Las jaulas estaban vacías, pero en algunas había maniquíes atados, con los brazos en alto y los cuerpos cubiertos de cuero negro. Uno de ellos llevaba una máscara de lobo idéntica a la del hombre que me había perseguido en el laberinto.
—Mira esa —dijo Damián, señalando un maniquí que representaba a una mujer arrodillada frente a un poste, con una mordaza en la boca—. Parece una escena de una película de terror.
—O de una película porno —rió Iván.
Sofía se rió también, pero yo no. Yo no podía apartar los ojos de la mujer arrodillada. Algo en su postura, en la sumisión de su cuerpo, me provocó un nudo en el estómago.
¿Y si fuera yo?
El pensamiento me asustó. Y me excitó. Y no supe qué hacer con eso.
Al final del pasillo, la arlequín nos esperaba.
—La prueba consiste en llegar al final de la calle sin ser atrapados por el Lobo. —Señaló una puerta que se abría a una callejuela cubierta de neblina, con farolas de luz roja—. Si el Lobo los atrapa, tendrán que cumplir su castigo.
—¿Qué castigo? —preguntó Sofía.
—Eso lo decide él. —La arlequín se encogió de hombros—. Pero tengo entendido que no es nada agradable.
Iván y Damián se intercambiaron una mirada.
—Nosotros vamos primero —dijo Iván—. Así podemos protegerlas.
—O asustarlas —rio Damián.
Los dos chicos desaparecieron en la neblina. Sofía me miró.
—¿Estás bien, Valeria? —preguntó, usando mi nombre real por primera vez en toda la noche—. Estás muy pálida.
—Estoy bien —mentí.
—No tienes que hacer esto. Podemos irnos.
—No, quiero… —Mi voz se quebró—. Quiero ver qué pasa.
Sofía me sonrió con una mezcla de complicidad y preocupación.
—Eres más valiente de lo que crees, Bambi.
Cruzamos la puerta y la neblina nos envolvió.
La callejuela era estrecha, apenas lo suficiente para que dos personas caminaran lado a lado.
Las farolas rojas proyectaban sombras alargadas, y cada pocos metros había un poste, una jaula, un banco de hierro.
En las paredes, cuerdas colgaban como serpientes dormidas.
—Esto es siniestro —murmuró Sofía.
—Es solo una atracción —dije, repitiendo sus propias palabras—. No es real.
Pero cuando llegamos al primer poste, vi algo que me heló la sangre: una nota clavada en la madera con un cuchillo de plástico. En ella, escrita con tinta roja, una palabra:
"BAMBI".
—¿Qué es eso? —preguntó Sofía, pero yo ya había arrancado la nota y la había escondido en mi bolsillo.
—Nada. Una broma.
—¿De quién?
—No lo sé.
Pero lo sabía. Sabía que era él. El Lobo. Que me había estado siguiendo, observando, esperando. Y que ahora, en esta callejuela de pesadilla, iba a encontrarme.
Sofía caminaba delante de mí, agarrándome la mano, pero yo no podía concentrarme. Cada sombra me parecía un hombre, cada ruido un paso. El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos, mezclándose con la música lejana del carnaval.
Llegamos a una pequeña plaza rodeada de jaulas. En el centro, un poste de hierro con anillas en la parte superior. Alrededor, cuerdas de seda negra colgaban como telarañas.
—No me gusta esto —dijo Sofía—. Vámonos.
Pero era demasiado tarde.
La neblina se movió y una figura emergió de las sombras. El Lobo. Llevaba la máscara de metal, los colmillos brillando bajo la luz roja, el látigo enroscado en su mano. No dijo nada. Solo se quedó ahí, mirándome.
Sofía chilló y salió corriendo hacia la salida, pero el Lobo no la siguió. No se movió. Sus ojos, detrás de la máscara, estaban fijos en mí.
—Bambi —dijo, y su voz era un gruñido, un sonido que vibró en mi pecho—. Sabía que vendrías.
—¿Qué quieres? —Mi voz tembló.
—Lo que siempre he querido. —Dio un paso hacia mí—. Cazarte.
Di un paso atrás, pero mi espalda chocó contra una jaula vacía.
—No tengas miedo —dijo, y su voz se volvió suave, casi una caricia—. No te haré daño. Solo te voy a enseñar lo que tu cuerpo ha estado pidiendo desde que llegaste a este carnaval.
—Mi cuerpo no pide nada.
—Mientes. —Se acercó más, hasta que pude sentir el calor de su cuerpo—.
Lo sé porque te he visto temblar. Porque cuando me miraste en el callejón, tus ojos se abrieron y tu boca se entreabrió.
Porque cuando te toqué en el laberinto, tu cadera se movió hacia mi mano.
—Su voz se volvió un susurro—. Quieres esto, Bambi. Quieres que te cace.
—No es cierto.
—Entonces, ¿por qué no has huido? —preguntó, y su mano se alzó para acariciar mi mejilla—. ¿Por qué estás aquí, temblando, esperando que te atrape?
No tuve respuesta. Porque era cierto. Podía haber huido con Sofía. Podía haber salido corriendo. Pero no lo hice. Me quedé. Quería quedarme.
—Buena chica —ronroneó—. Ahora, vamos a jugar.
Me agarró de la muñeca y me arrastró hasta el poste del centro. Antes de que pudiera resistirme, me levantó los brazos y pasó las cuerdas de seda por las anillas, atándome con una habilidad que solo podía venir de la práctica. Las cuerdas no apretaban demasiado, pero eran firmes. No podía moverme.
—¿Qué estás haciendo? —grité, pero mi voz sonó débil, sin convicción.
—Castigándote por haber entrado aquí, Bambi. —Caminó a mi alrededor, lento, como un depredador—. Por haberte quedado. Por querer esto.
—No quiero esto —dije, pero mis caderas se movieron involuntariamente.
—Tu cuerpo dice otra cosa. —Se paró detrás de mí, tan cerca que sentí el metal de la máscara contra mi nuca—.
¿Sabes por qué te llaman Bambi? Porque tienes los ojos de un cervatillo asustado.
Pero los cervatillos no buscan al lobo. Y tú me buscaste, Bambi.
Viniste a esta callejuela. Te quedaste aquí, esperándome.
—Su mano descendió por mi espalda, rozando la tela de mi falda—. ¿Qué clase de presa hace eso?
No respondí. No podía. Su mano había llegado a la curva de mi trasero y estaba acariciando la tela con una lentitud que me hacía arder.
—Voy a castigarte por ser tan imprudente —dijo—. Y vas a contar cada uno de los golpes. Si te saltas uno, empezamos de nuevo.
—¿Golpes? —Mi voz se quebró.
—Sí. —Levantó el látigo y lo dejó caer suavemente sobre mi falda—. Pero no te preocupes. No te haré daño. Solo te recordaré quién manda aquí.
El primer golpe fue ligero, apenas un roce. Pero el segundo fue más fuerte, y el tercero aún más. La tela amortiguaba el impacto, pero aun así sentía el ardor, la sensación de calor que se extendía por mi piel.
—Cuenta —ordenó.
—Uno —dije, y mi voz tembló.
—Dos.
—Tres.
Los golpes seguían llegando, cada vez más fuertes, y yo contaba, pero mi voz se volvía más débil, más entrecortada. No era dolor lo que sentía. Era otra cosa. Algo que se retorcía en mi vientre y se extendía por todo mi cuerpo.
—Catorce —jadeé.
—Quince.
Cuando llegó a veinte, se detuvo. Sus dedos se deslizaron por la tela de mi falda y la levantaron, dejando mis muslos al descubierto.
—¿Dónde está tu ropa interior, Bambi? —preguntó, y su voz era un gruñido.
—No… no llevo.
—Lo sé. —Sus dedos rozaron mi piel—. No llevas desde que te rompí las bragas en el laberinto. ¿Verdad?
—Sí.
—¿Te ha gustado? ¿Sentir el aire frío en tu coño mientras caminabas por el carnaval, sabiendo que cualquiera podía verte?
—Sí —susurré, y la vergüenza me quemó las mejillas.
—Buena chica. —Su mano se deslizó entre mis muslos y sus dedos encontraron mi centro—. Estás tan mojada, Bambi. Tan caliente. ¿Es por el castigo?
—No lo sé.
—Sí lo sabes. —Sus dedos empezaron a moverse, lentos, circulares, rozando mi clítoris con una presión que me hizo arquear la espalda—. Te gusta que te castiguen. Te gusta que te dominen. Te gusta que te traten como lo que eres: mi presa.
—No —gemí.
—Entonces, ¿por qué te estás moviendo contra mi mano? —preguntó, y sus dedos se deslizaron hacia dentro, penetrándome—. ¿Por qué tu coño se está apretando alrededor de mis dedos?
—No lo sé —gemí, y mi voz era un llanto.
—Dilo. —Sus dedos se movían más rápido, más profundos, y yo estaba perdiendo el control—. Dime lo que eres.
—Soy… —Mi voz se quebró—. Soy tu presa.
—Correcto. —Retiró los dedos de repente, y yo gimí por la pérdida—. Pero aún no has terminado. No te voy a dejar correrte hasta que lo pidas.
—¿Qué?
—Vas a pedírmelo, Bambi. —Se puso de rodillas frente a mí, sus ojos ocultos tras la máscara, su aliento caliente contra mi vientre—. Vas a suplicar. Y cuando lo hagas, te daré lo que quieres.
Su boca encontró mi clítoris, su lengua trazando círculos lentos y húmedos. Gemí, arqueando la espalda, tirando de las cuerdas. Sus manos apretaban mis muslos, manteniéndolos abiertos, y su lengua se movía con una precisión que me volvía loca.
—Por favor —jadeé—. Por favor.
—¿Por favor, qué? —preguntó, deteniéndose.
—Por favor, no pares.
—No es suficiente. —Su lengua volvió a tocarme, pero solo un roce—. Quiero que digas lo que quieres.
—Quiero… —Mi voz se quebró—. Quiero correrme.
—Bien. —Sus dedos volvieron a penetrarme mientras su lengua seguía moviéndose—. Ahora suelta, Bambi. Déjalo ir.
No necesitó decírmelo dos veces. Mi cuerpo estalló, las olas de placer recorriéndome de la cabeza a los pies, y grité, sin importar quién pudiera oírme. Me corrí en su boca, en sus dedos, temblando y gimiendo hasta que el último espasmo se desvaneció.
Él se levantó lentamente, lamiendo sus dedos.
—Tan dulce —murmuró—. Tan obediente cuando quieres.
Mis piernas temblaban, apenas podía sostenerme. Él desató las cuerdas y me dejó caer al suelo, débil y temblorosa.
—No ha terminado, Bambi. —Se inclinó para susurrarme al oído—. Esta noche te espero en el Túnel de la Caza. Y allí, sí, terminaré lo que he empezado.
Metió una nota en mi mano, se levantó y desapareció entre la neblina. Me quedé en el suelo, con las piernas abiertas, la ropa revuelta, la humedad entre los muslos, el corazón latiendo tan fuerte que no podía oír nada más.
Después de un rato, escuché pasos. Sofía apareció entre la niebla, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Valeria? ¿Estás bien? ¿Qué pasó?
No pude responder. Solo extendí la mano, temblorosa, y le mostré la nota.
Sofía la tomó y la leyó en voz alta:
"Túnel de la Caza. Medianoche. Ven sola, Bambi. O te buscaré yo."
—¿Quién es? —preguntó Sofía, su voz llena de miedo—. ¿Quién te ha hecho esto?
Yo solo negué con la cabeza, apretando la nota contra mi pecho.
El Lobo.
Mi cazador.
Y yo, su presa dispuesta.