Parte II #2
Había olvidado su presencia. Y me sorprendió que no solo había tomado mi mano, sino que la había puesto sobre mi propia cadera, como si quisiera guiarme.
Mi mano se tensó, mis dedos se clavaron en mi propia piel.
La suya, la del Lobo, cubría la mía por completo.
Era casi el doble de grande y sus dedos, fríos por el metal, se clavaron en mi hueso.
Lo peor era que mi cerebro me decía que llevara esa mano a cierto punto entre mis piernas.
—¿Te ayudo con algo? —preguntó con diversión en la voz, como si pudiera leer mis pensamientos.
Puse distancia entre nosotros, alejándome de su cuerpo, pero el calor de su pecho seguía grabado en mi espalda. Todo en ese carnaval estaba mal. Tenía que huir lo antes posible.
Seguimos caminando por más de cinco minutos, y tras doblar un par de veces en las que ignoré los espejos espías, dimos con una puerta de hierro.
—Al otro lado encuentras la libertad.
—¿Cómo sé que no estás mintiendo?
—¿Comprobándolo?
Temía que fuera la entrada a una habitación oscura en la que pudiera encerrarme, y no fue miedo lo que me invadió, sino… ¿curiosidad? Mi cerebro empezaba a funcionar de forma inusual, como si la oscuridad hubiera despertado algo que siempre había estado dormido.
Giré sobre mis pies. El Lobo no tuvo tiempo de evitarlo. Quedé frente a la máscara de metal, los colmillos, los ojos huecos y oscuros. Pero esta vez, la vi de cerca, a centímetros de mi rostro.
—Tú.
—¿Yo? —Su voz fingió sorpresa.
—El hombre de la callejuela. El que nos bloqueó el paso.
—Cierto…, ese.
—Trabajas aquí.
—Quizás.
—No puedes hacerme daño. Es solo un juego.
Me acorraló contra la puerta de hierro. Su cuerpo se plantó frente al mío, aprisionándome. Era mucho más alto y se inclinó para hablarme al oído, el metal de la máscara rozó mi mejilla.
—¿Estás segura de eso?
Su voz era tan baja que parecía un gruñido, un sonido gutural que vibró en mi pecho.
—No deberías estar aquí —murmuró—. No sigas revoloteando alrededor del peligro, Bambi. Me dan ganas de cazarte.
La palabra cazarte se clavó en mi vientre como una daga de placer. No entendía por qué.
Salí corriendo y tiré la puerta a mi espalda con todas mis fuerzas para que no me siguiera.
Me encontré con el frío de la noche en la parte trasera del pabellón.
Apoyé las manos en las rodillas y me incliné para recuperar el aliento.
Estuve así por más tiempo del que pude contar, temblando, con las piernas débiles y algo húmedo entre los muslos que no era sudor.
—Parece que alguien conoce caminos secretos dentro del Laberinto de los Espejos.
La voz masculina tras el largo silencio me puso alerta. Iván venía hacia mí con una sonrisa de medio lado, sus ojos verdes brillaban bajo las farolas.
—¿Todo bien? Pareces asustada —se mofó—. ¿Viste algo que no te gustó?
Un hombre enmascarado. La novia de su primo siendo infiel con él.
—¿A Sofía? ¿Eso es lo que te tiene con esa cara? ¿La viste con Damián?
"¿Cómo lo sabe?".
Era imposible que lo supiera, a menos que…
Me alejé cuando sonrió y sus ojos verdes destellaron con malicia.
—Tranquila. Sé de lo suyo con Damián, no es un secreto. Sofía y yo tenemos una relación… flexible.
Por alguna razón, eso me escandalizó menos que los baños mixtos de la universidad o las faldas cortas de mi compañera de habitación. Quizás es porque la vi teniendo sexo.
La idea me llevó a ese momento, a las sensaciones que había experimentado, a la mano del Lobo sobre mi cadera, al cosquilleo en mi vientre, a la humedad entre mis piernas. Me estaba corrompiendo con solo una hora en el Carnaval. Por eso era que en la comunidad no se celebraban fiestas paganas.
—¡Ahí están! —gritó Damián, que venía con una despeinada Sofía—. ¿Qué demonios hacen aquí parados? —Me miró de pies a cabeza—. Estás pálida.
—Me perdí.
—¿Quieres que busque algo de beber? —Sofía me tomó del brazo, su mano aún temblaba ligeramente—. Tenía miedo de que no hubieras salido —dijo con verdadera preocupación, pero sus ojos brillaban con el resplandor del sexo reciente.
No sabía cómo mirarla sin sentir vergüenza. Quería decirle que nos fuéramos o que me acompañara a la salida, pero no podía. Había algo en esa noche, en ese carnaval, en ese hombre de la máscara de lobo, que me impedía irme.
Sofía se fue adelante con Damián para comprar algo de beber y volvimos a las calles decoradas. La multitud seguía bailando, ajena a lo que había ocurrido en las sombras.
—No tienes cara de estar bien. —Iván caminó a mi lado, demasiado cerca—. Algo más pasó, ¿no es cierto?
—Preguntas como si me conocieras.
Me dio una media sonrisa, una de esas sonrisas que no llegan a los ojos.
—Eres más interesante de lo que piensas. Te he estado observando.
Me dio la espalda y apuró el paso para alcanzar a los chicos. De la parte posterior de su cinturón colgaba una máscara, la del Lobo.
Era él…
"¿Por qué Iván trataría de asustarme de esa manera?".
Era burlón y algo entrometido con sus preguntas, pero no me había parecido una mala persona. Tenía que decirle a Sofía lo que su novio había hecho, que la habíamos visto, que…
—¿Te gusta la película del Lobo? —preguntó Sofía, recuperando su alegría habitual—. Son películas de terror. ¿Las has visto? La primera salió hace más de cinco años —explicó ante mi silencio—. Son increíbles, las preferidas de Iván.
—¿De qué…? —Mi voz salió aguda, irreconocible—. ¿Sobre qué son?
—Un asesino con una máscara de lobo. No sé por qué dicen que son películas de terror, a mí no me dan miedo. Me parecen sexis las máscaras, no saber qué hay detrás.
—¿Debería comprarme varias máscaras para seducir a las chicas? —preguntó Iván, sus ojos clavados en mí—. ¿Tú qué crees, Bambi? ¿Los hombres enmascarados son sexis?
—Yo… —Negué repetidas veces—. No tengo idea de lo que hablan.
Los chicos rieron y Sofía los mandó a callar, pero yo ya no escuchaba. Mi mente estaba en la oscuridad del pasadizo, en la voz del Lobo, en sus dedos sobre mi cadera, en la promesa de una caza que apenas comenzaba.
—Ignóralos. Te va a encantar la Calle del Pecado.
Al final de la calle había un pabellón. Me costó distinguir que la fachada representaba una máscara de lobo gigante, la boca abierta en un aullido silencioso. Los agujeros negros de los ojos eran como los de una calavera deforme, y la entrada se abría a través de la garganta del animal.
La Calle del Pecado.
Donde el Lobo me había dicho que me esperaba.
Se me heló la sangre al ver que, a través de esa boca, se entraba al lugar al que me estaban llevando. Pero en el fondo de mi vientre, algo se retorcía de anticipación. Algo que quería que él me encontrara.
Algo que ya no quería huir.