BAMBI Parte II
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Parte II

El Laberinto de los Espejos

Nos recibió un salón con espejos en lugar de paredes.

Luz violeta venía del techo y en algunas partes se volvía rosa, como la carne de una herida abierta.

El suelo de cuadrados blancos y negros, distorsionados, creaban una extraña ilusión que no permitía entender dónde empezaba o terminaba nada.

Las figuras se multiplicaban, se estiraban, se rompían en mil pedazos.

—Toma mi mano —dijo Sofía, tendiéndome la suya.

Confié en ella cuando avanzó entre la gente en dirección a un espejo que resultó no serlo. Los reflejos engañaban. Empezó a sonar una música suave y lenta, un vals antiguo que parecía salir de las paredes mismas. Era la canción de cuna de alguna pesadilla.

Otro giro nos llevó a una sala en la que oscilaban péndulos de cristal, como espadas suspendidas sobre nuestras cabezas.

Se multiplicaban con los reflejos en una habitación que se hacía infinita, sin principio ni fin.

Era increíble el efecto óptico, las luces, la manera en que mi propio rostro se deformaba en cada espejo que pasaba.

—Dije que te iba a gustar —dijo Sofía, con la sonrisa de quien ya sabía el final.

Me encontré devolviéndole la sonrisa, a pesar de todo.

—La mejor parte viene con el juego.

No me dio tiempo a preguntar cuál juego porque un chico hizo sonar un silbato, marcando el inicio, y Sofía me arrastró por el primer pasillo que encontró.

La gente corría, reía, chillaba. Era como jugar a las atrapadas en un laberinto, porque así estaba pensado el Laberinto de los Espejos.

Al principio, no podía seguirle el ritmo a Sofía, pero tras chocar contra varios espejos y evitar a otros jugadores, nos volvimos un buen equipo.

Mi risa se perdía entre los chillidos y la música cuando una de las dos caía al piso. Disfruté, por primera vez en mi vida, de reír a todo pulmón sin importar lo que pensaran otros.

Sofía casi no podía respirar entre carcajadas y fue gracias a mí que nos detuvimos antes de chocar con otro de los espejos. Estaba a punto de decirme algo cuando se quedó consternada, mirando sobre mi hombro.

Al final del pasillo había una figura reflejada en más de diez espejos: un hombre de negro, con la máscara de lobo de metal, los colmillos brillando bajo la luz violeta. No se movía. Solo miraba.

—¡Corre! —chilló Sofía—. No voy a permitir que él me atrape.

Nos detuvimos en un pasillo sin salida. Los espejos nos devolvían nuestras caras aterrorizadas una y otra vez.

—¿Por qué?

—Ellos nos cazan y hay alguien que está detrás de mí para… pasar un buen rato.

—¿Iván?

Puso un dedo sobre sus labios.

—Alguien.

Corrimos, pero al doblar por segunda vez, la persona de la máscara de lobo salió de la nada. Tomó a Sofía de la cintura y se la echó al hombro. A pesar de sus chillidos y de que intenté sostenerla, su mano sudorosa se escapó de la mía y desaparecieron entre los reflejos.

Di vueltas sobre mis pies y volví a correr, pero sin Sofía no era divertido.

Sin ella, solo estaba yo, perdida en un laberinto de mentiras de cristal.

Al detenerme, observé mi reflejo en uno de los espejos.

Mi cara estaba empapada en sudor y un par de mechones escapaban de mi trenza.

Me veía salvaje y desaliñada. No reconocí a la Valeria que me devolvió la mirada.

Era otra. Era alguien que no había conocido hasta esa noche.

Retrocedí, negando repetidas veces. Me había olvidado de que la diversión tenía un límite. No quería que alguien me llevara al hombro como a Sofía. Deseé salir de ahí, pero no sabía cómo. El laberinto parecía gigante con tantos pasillos y reflejos engañosos.

Si mis padres se enteraban de lo que estaba haciendo, me convertiría en una decepción.

"Me encerrarán".

La idea me hizo temblar. Mi espalda chocó con un espejo, pero no me detuvo. Me fui hacia atrás, dejé las luces entre violeta y rosa para ser tragada por la oscuridad, cayendo al vacío, hasta que unas manos fuertes me sostuvieron.

—¿Te perdiste, Bambi? —preguntó una voz grave, áspera, que reconocí de inmediato.

El espejo era una puerta secreta hacia un pasadizo oscuro. Un hombre me tenía entre sus brazos y no podía ver quién era, solo escuchar su respiración. No podía ver la máscara, pero la sentía. El metal frío contra mi nuca. El calor de su cuerpo contra mi espalda.

Me revolví para alejarme y me soltó. Cuando traté de darme la vuelta para enfrentarlo, me sostuvo de los hombros con una fuerza que no admitía réplica.

—Mira al frente —ordenó, y algo en su tono hizo que me paralizara.

—¿Quién eres? —Mi voz salió quebrada, irreconocible.

—¿Importa?

—Estoy en un lugar que no conozco y con un extraño. ¡Por supuesto que importa!

Una risa ronca se le escapó, baja, como un gruñido de animal.

—Qué maleducada y agresiva respuesta de una chica que solo murmura cuando está en público. La Bambi que vi entrar no habría alzado la voz así.

Acababa de alzar la voz. Algo que nunca hacía.

—No me voy a disculpar y quiero saber dónde estoy y por qué…

—¿La oscuridad te da valor, Bambi? —Su voz se pegó a mi oído como una caricia—. O quizás soy yo.

De algún lugar desconocido provenía el coraje para forcejear y hacer enojar a alguien que podía ser peligroso. Pero no era coraje. Era otra cosa. Algo que ardía en mi vientre y que no sabía nombrar.

—Si no vas a decirme quién eres, suéltame.

—Lo haré si no me miras.

—No acepto condiciones de alguien que me está tocando sin permiso.

—Y yo no te doy permiso para mirarme —advirtió, amenazante, con un filo en la voz que me heló la sangre—. No quieres verme, Bambi. No aún.

La curiosidad me invadió cuando dejó de tocarme, pero no me di la vuelta. Algo me decía que obedecer era la única opción.

—Buena chica —ronroneó, y la palabra buena sonó como una burla—. Ahora dime…, ¿quieres salir de aquí?

—¿Cómo sabes que…?

—Te he observado lo suficiente.

El susto en la calle con el hombre de la máscara de lobo se convirtió en nada. El peligro se sintió real e hizo que la sangre corriera por mi cuerpo a toda velocidad. Sus manos volvieron a posarse en mis caderas, los dedos se clavaron en la tela de mi falda.

—No voy a lastimarte —murmuró—. No tienes que tener miedo, a menos que eso te guste.

—Lo único que quiero es salir de aquí.

—¿Estás segura? Puedo ofrecerte otro tipo de ayuda.

La suavidad de su voz fue como una caricia, como si estuviera acariciándome las palabras antes de soltarlas.

—No me interesa nada que venga de ti.

Volvió a reír. Y esa risa me provocó un escalofrío que terminó en un punto caliente entre mis piernas.

—Estaré esperando a que cambies de opinión.

—Siéntate a esperar. Para empezar, no sé quién eres y la verdad es que no me importa averiguarlo.

—Eres muy distinta en la oscuridad —dijo, y sentí cómo su cuerpo se inclinaba hacia mí, cómo su aliento recorría mi nuca—. Eso es interesante… Camina si quieres salir de aquí.

Avancé con cuidado para no tropezar con los cables en el suelo. Había soportes metálicos a ambos lados, como un andamio de pesadilla. Mi respiración era irregular, mis manos sudaban.

—¿Por qué me metiste aquí?

—Parecía que te ibas a desmayar. Debiste haber visto tu cara después de que tu amiga… desapareciera. Tan pálida, tan vulnerable. —Su voz se volvió más baja—. Como un cervatillo atrapado en la luz.

—¿Me estabas vigilando?

—Puede ser… ¿Eso te asusta?

Me detuve y no por su pregunta, sino al dar con un cristal a través del que se veía un pasillo del Laberinto de los Espejos. Era un espejo unidireccional, hecho para espiar lo que pasaba al otro lado. Aquello era perturbador y…

—¿Quieres hacer preguntas? —dijo él detrás de mí—. ¿Quieres saber quién mira? ¿Por qué? ¿A quién? ¿A quiénes?

Negué y seguí mi camino, pero mi corazón latía con fuerza, con una mezcla de miedo y algo más que no quería reconocer. Algo que se retorcía en mi interior como un animal enjaulado.

El miedo me embargaba cada vez que aparecían desvíos y el hombre indicaba por dónde ir. Quizás estaba mintiendo, llevándome a donde quisiera. Estaba a punto de confrontarlo cuando otro espejo espía apareció frente a mí.

Reconocí el pelo castaño de Sofía. Estaba en un pasillo lateral, de espaldas a un espejo, y un chico moreno—Damián—la besaba con violencia. Sus manos se movían bajo su blusa, y ella arqueaba la espalda. Luego, Damián le bajó la blusa, dejó expuestos sus pechos y los chupó con ferocidad.

Me quedé paralizada al ver a Sofía alzar la cabeza y abrir la boca, extasiada. No los escuchaba, pero podía imaginar los gemidos. Los sentía en mi propia garganta.

—Deberíamos irnos —dijo el desconocido.

Mi corazón se aceleró mientras Sofía le desabrochaba el pantalón a Damián.

Vi el miembro erecto, grueso, y ella se arrodilló para meterlo en su boca.

Damián recogió el pelo castaño entre sus manos y empujó sus caderas hacia adelante.

Sofía parecía ahogarse, las lágrimas corrían por sus mejillas, pero la mirada de satisfacción que le dirigió expresaba todo lo contrario.

Estaba disfrutando de aquella humillación profana.

Di un paso atrás y mi espalda chocó contra el pecho del desconocido. No me importó la cercanía o que su cuerpo fuera duro como la piedra, o que el metal de su máscara presionara contra mi nuca. Su calor me envolvió, me atrapó.

Damián hizo que Sofía se pusiera de pie.

La giró, dejó su trasero expuesto, y la penetró.

Sofía gimió, una mueca de placer que me llegó a través del cristal.

Se retiró y volvió a entrar en ella, tomando un ritmo desenfrenado.

Los cuerpos con la ropa revuelta se movían, hechos el uno para el otro.

Los músculos de mi vientre se contrajeron.

—Si yo fuera tú, tendría cuidado con el lugar a donde llevas esa mano —me susurró al oído.