BAMBI
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Parte I
El Carnaval de Invierno
—No pasa nada malo por ir a un carnaval. Es solo una fiesta con luces y música.
—Mis padres me matarían si supieran que… —Miré el cartel que colgaba del arco de entrada, con letras doradas que parpadeaban al ritmo de los tambores: Carnaval de Invierno—. Me obligarían a regresar a Valle de la Luz si se enteran de que estoy aquí, celebrando una fiesta pagana.
Sofía, mi compañera de habitación, tomó mi mano y me arrastró entre la multitud que bailaba bajo guirnaldas de luces rojas. Su risa se mezclaba con el sonido de las panderetas y los violines callejeros.
—Para algo viniste a la universidad: hacer amigos, bailar con un extraño hasta que te duelan los pies, ser perseguida por un hombre con una máscara de lobo por un callejón oscuro…
—Sonrió al verme poner los ojos en blanco—.
Además, llevo años esperando a ser mayor de edad para que me dejen entrar en los palcos privados.
—Feliz Carnaval, mis demonios —dijo Iván, el novio de Sofía, apareciendo detrás de nosotros con dos copas de plástico llenas de líquido dorado.
—¿Trajiste a Valeria? —Damián, el primo de Iván, me dedicó una mirada rápida y fría—. Pensé que no quería salir de la residencia.
—Vino porque lo va a pasar genial —aseguró Sofía, pasándome una copa que rechacé con un gesto.
El Carnaval de Invierno abría sus puertas solo durante la semana de carnaval, la última del mes.
La plaza principal se había transformado en un hervidero de piel pintada, lentejuelas congeladas y plumas de avestruz que se mecían con el viento nocturno.
El humo de los inciensos de canela y clavo se elevaba desde los puestos de comida, creando una neblina densa y embriagadora que entorpecía la vista.
Las farolas de papel de seda proyectaban sombras danzantes sobre las callejuelas.
Aunque iban y venían cientos de personas disfrazadas de arlequines, diablos y animales, seguía pareciéndome inquietante. Cada máscara ocultaba una mirada que no podía descifrar.
—¿Lista para divertirte, Valeria? —Iván pasó un brazo sobre mis hombros, sus dedos rozaron la nuca—. ¿O prefieres que te llame Bambi? Como te dicen en tu pueblo.
—Se llama Valeria —aclaró Damián con un tono que no admitía réplica.
—No hay experiencia comparable al Carnaval de Invierno, Bambi. Es la mejor atracción que conocerás en tu vida. —Iván me apretó el hombro—. Dicen que los que entran no salen igual.
—Pensé que solo dejaban entrar a mayores de veintiuno. ¿Has estado aquí antes?
—Para eso existen las identificaciones falsas, Bambi —susurró Iván en mi oído, su aliento caliente me recorrió la columna.
Sofía no nos prestaba atención; estaba hablando con Damián, riéndose de algo que él había dicho. Me resultaba extraño que no le molestara ver a su novio tan cerca de otra chica, pero Damián llevaba una mano en su cintura y ella no se apartaba. Para ellos, el contacto físico no era problema.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Es sobre tu vida y tus costumbres. —Le di un asentimiento a Iván—. ¿No se supone que a esta hora deberías estar rezando?
Miré mi reloj de pulsera, eran las nueve de la noche.
—¿Cómo lo sabes?
—No eres la única que viene de ese pueblo donde practican una religión tan peculiar —intervino Damián.
—Querrás decir una secta —se burló Iván.
—¿Hay más personas de Valle de la Luz en la universidad?
—Un chico un año mayor que nosotros. Tengo clases de Historia con él y nuestro profesor es apasionado del estudio de las religiones.
—Iván me dio una sonrisa cínica—. Debo admitir que yo también.
Es intrigante cómo manipulan el cerebro de las personas cuando desde niños son atrapados por los dogmas.
Era lo que todos iban a decir: que me habían lavado el cerebro, que era normal que me creyera las mentiras con las que había crecido. Una manera de mantenernos sometidos.
—Pienso que si quieres aprender de mi religión y nuestras costumbres, deberías escuchar la historia de una fuente confiable. No es una secta y hay más amor y paz en mi comunidad de la que le han hecho creer a muchos.
—Pues dile eso al chico de mi clase. Fue él quien hizo un análisis de cómo crecer en esa religión le arruinó la vida.
—¿Qué…?
—También dijo que no piensa permitir que más personas caigan en ese culto.
—¿Quién es el chico? —Nadie de nuestra comunidad nos desprestigiaría de tan vil manera—. ¿Cuál es su nombre?
—Liam Castillo.
—No me suena. Seguramente está mintiendo.
—Creo que su familia fue expulsada de tu pueblo —dijo Damián.
—Eso jamás ha sucedido en mi comunidad. Estoy convencida de que solo busca manchar nuestra imagen.
—Podrías preguntarle. —Iván señaló a un chico de pelo negro sentado en uno de los bancos de piedra a los lados de la plaza, con las piernas abiertas y una botella en la mano. No llevaba disfraz, solo ropa negra, como si no quisiera participar—. No lo conozco —murmuré.
—Y es mejor que se quede así. —Damián se paró a mi izquierda y bajó la voz—. Me han dicho que a veces se escuchan gritos en su habitación, en las noches… No te gustaría terminar encerrada ahí, ¿o sí, Bambi?
Lo miré con los ojos muy abiertos y él me dedicó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Es broma. La verdad es que no me agrada, no es buena persona. —Acomodó un mechón de mi pelo detrás de la oreja, sus dedos rozaron mi lóbulo—. No te relaciones con él.
El chico, Liam, alzó la vista en nuestra dirección. Sus ojos eran grises, del color de las tormentas de invierno, y me sostuvo la mirada por demasiado tiempo. Demasiado. Sentí un escalofrío que no era de frío.
—Creo que te ha fichado como su próxima víctima —se burló Iván.
—Dejen a Valeria en paz —intervino Sofía, tomándome de la mano con fuerza—. Quiero ver el Laberinto de los Espejos.
—Solo estábamos bromeando —replicó Iván.
—Bromeen entre ustedes, no asustándola.
—Pero es Carnaval, se supone que es el día para eso.
Doblamos por una callejuela estrecha entre los puestos de feria.
Las casas a los lados estaban decoradas con máscaras grotescas que colgaban de los balcones y serpentinas de colores que parecían telarañas congeladas.
El olor a algodón de azúcar, a cuero y a sudor se mezclaba con el del alcohol y el de la pólvora de los fuegos artificiales que estallaban en el cielo teñido de rojo.
—Sofía, esto no me gusta —susurré, apretándole la mano.
—Cambiarás de idea. La emoción puede ser entretenida. Liberas adrenalina y tu corazón se acelera. —Se acercó a mi oído, sus labios rozaron mi lóbulo—. Te sorprenderá descubrir lo mucho que se parece a estar excitada.
El calor se agolpó en mis mejillas y negué con la cabeza.
—¿Nunca te ha pasado? —preguntó por lo bajo, sorprendida—.
¿Nunca has tenido ganas de tocarte? Tantas veces sentí el impulso de meter la mano entre mis piernas durante la misa de los domingos…
En ocasiones, las pesadillas me despertaban, agitada, empapada en sudor y con la piel tan sensible que dolía, y había deseado poner la almohada entre mis piernas y…
Hacerlo era caer en la tentación de los demonios y yo estaba preparada para eso.
Las chicas buenas controlan las pesadillas, no son controladas por ellas.
—Puedes confiar en mí y contarme —insistió Sofía, su aliento acarició mi mejilla—. Es algo normal si no has…
Una figura alta y oscura se interpuso en nuestro camino.
El corazón me dio un vuelco. Un hombre con una máscara de lobo de metal, con los colmillos afilados y los ojos huecos, se alzaba frente a nosotras como una estatua de pesadilla.
Llevaba un látigo enroscado en la mano, un látigo de cuero negro con tachuelas de plata.
Sofía y yo chillamos al unísono. Los chicos, que iban detrás, maldijeron antes de soltar una carcajada.
—No nos hará nada —dijo Sofía con una risa nerviosa, pasando junto al hombre que no se movió, que no nos quitó los ojos de encima mientras nos alejábamos. Sus ojos, tras la máscara, eran oscuros, casi negros, y me siguieron como si pudieran verme a través de la ropa.
El corazón me quería estallar dentro del pecho.
—Es el Lobo del Carnaval —escuché decir a Damián mientras nos alejábamos—. Es la máscara más popular este año.
—¿Has visto las películas de terror de las que salió?
—No, pero quiero una máscara de esas.
—Busquemos un par —propuso Iván—. Sofía, nos vemos dentro del Laberinto de los Espejos. Mis amigos nos esperan. Entren con ellos.
Cuando los chicos desaparecieron entre la multitud, las piernas me temblaban tanto que tuve que agarrarme del brazo de Sofía.
—Es un personaje de la película de miedo del año —explicó, ajena a mi estado—. Está de moda, pero los disfraces que verás son de personajes de películas de terror. El Lobo, el Arlequín, la Novia Sangrienta… No te preocupes.
No tenía ni idea de lo que hablaba.
—Asustan a la gente, es parte de la experiencia del carnaval, pero no nos harán daño.
Sin importar lo que dijera, el suelo de adoquines se hundía bajo mis pies. Me tuve que agarrar de su brazo con ambas manos para no caer. No podía parar de mirar a mi alrededor, temerosa de que el hombre de la máscara de lobo volviera a aparecer.
—¡Ahí están! —exclamó Sofía, señalando a un grupo de personas disfrazadas que nos esperaban al final de la calle.
Traté de controlar mi respiración y saludé a los desconocidos en voz tan baja que no recibí respuesta.
Busqué al enmascarado con la mirada, recorriendo las sombras entre los puestos, y vi a otros hombres disfrazados asustando a los transeúntes.
Ninguno llevaba la máscara de lobo. Pero algo me decía que él seguía allí, observando.
—Esto te encantará.
Sofía señaló el pabellón frente a nosotros.
La fachada medía más de cinco metros, con rostros alargados, deformes, unos junto a otros, como una hilera de almas condenadas.
Dentro de cada boca abierta había fragmentos de espejo roto que reflejaban las luces del carnaval en mil direcciones. Era grotesco, escalofriante, era…
La entrada al Laberinto de los Espejos.
—¿Vas a quedarte ahí parada o vas a atreverte, Bambi? —me preguntó Sofía con una sonrisa pícara.
Apreté los puños y la seguí.
—Solo una vez —murmuré para mis adentros—. Y luego me voy.
Pero en el fondo, en un lugar oscuro de mi vientre que no sabía que existía, algo quería quedarse. Algo quería que el Lobo me encontrara de nuevo.