BAMBI Parte V
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Parte V

El Juego del Cazador

Salí del Túnel de la Caza con las piernas temblorosas y el cuerpo aún ardiendo. La noche se había vuelto más fría, el viento cortaba como cuchillos, pero yo apenas lo sentía. Todo lo que podía sentir era el recuerdo de sus manos, su boca, su voz.

Sofía no dejaba de mirarme con preocupación, sus ojos recorriendo mi ropa desaliñada, mis labios hinchados, los moretones que empezaban a formarse en mis muñecas.

—Te llevo a la salida —dijo, su voz firme pero temblorosa—. Vamos a casa.

—No —respondí, y la palabra salió más cortante de lo que esperaba—. Tengo que encontrar algo.

—¿Qué? —preguntó Sofía, sus ojos llenos de lágrimas—. ¿Qué tienes que encontrar, Valeria? ¿A ese hombre? ¿Al Lobo?

No respondí. Porque la respuesta era sí, y eso me aterraba.

—Te vas a quedar con él, ¿verdad? —preguntó Sofía, su voz un susurro—. Vas a dejarte atrapar.

—Sofía, por favor…

—No, Valeria. No voy a quedarme callada. —Me agarró por los hombros, sus dedos hundiéndose en mi piel—. Ese hombre te ha hecho cosas, te ha... —No pudo terminar la frase, sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¿Y tú quieres más?

—Sí —dije, y mi voz era apenas un susurro—. Sí, quiero más.

Sofía me soltó, negando con la cabeza.

—No te entiendo.

—Yo tampoco me entiendo. —Apreté sus manos—. Pero necesito hacer esto. Necesito saber quién es. Necesito que me cace una vez más.

—¿Y después? ¿Después qué?

—No lo sé. —Sonreí, una sonrisa amarga—. Pero necesito saberlo.

Sofía me miró durante un largo momento, sus ojos luchando entre la preocupación y la comprensión. Finalmente, suspiró.

—No voy a detenerte —dijo—. Pero quiero que sepas que estoy aquí. Si necesitas salir, si necesitas huir, llama. Vendré a buscarte.

—Lo sé —dije, abrazándola—. Gracias.

Sofía se fue, caminando lentamente hacia la salida del carnaval. Me quedé sola en medio de la plaza, rodeada de máscaras y risas y luces de colores. Y entonces, lo vi.

El Lobo estaba al otro lado de la plaza, apoyado contra una farola, mirándome. No llevaba el látigo esta vez. Solo la máscara, los colmillos brillando bajo la luz roja.

Caminé hacia él. Mis piernas temblaban, pero no me detuve.

—Sabía que vendrías —dijo cuando estuve cerca—. Sabía que no podrías resistirte.

—¿Qué quieres? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Quiero jugar un juego.

—¿Qué tipo de juego?

—Un juego de caza. —Se enderezó, y su altura me imponía—. Vas a correr, Bambi. Vas a huir de mí por todo el carnaval. Y si logras llegar a la salida antes del amanecer, te diré quién soy. Te quitaré la máscara y te revelaré mi nombre.

—¿Y si me atrapas?

Sonrió bajo la máscara. Lo vi en la curva de sus labios.

—Si te atrapo, serás mía. Toda la noche. Sin límites. Sin reglas. Haré contigo lo que quiera, y tú no dirás que no.

Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos.

—¿Y si digo que no?

—Entonces no habrá juego. —Se encogió de hombros—. Te dejaré ir. Pero sabrás, Bambi, que tuviste miedo. Que preferiste huir antes que saber la verdad.

Sabía que era una trampa. Sabía que quería que aceptara. Pero también sabía que no podía negarme. No después de todo lo que había pasado.

—Acepto —dije, y mi voz salió firme—. Pero si gano, quiero saber tu nombre. Y quiero que me prometas que no me buscarás más.

—Trato hecho —dijo—. Ahora, corre, Bambi. Corre tan rápido como puedas.

No esperé a que dijera nada más. Di la vuelta y corrí, mis pies golpeando los adoquines, mi corazón latiendo con fuerza. La plaza se abría frente a mí, y corrí hacia la calle principal, entre la multitud de disfraces y risas.

—¡Diez minutos! —gritó el Lobo detrás de mí—. Te doy diez minutos de ventaja.

No miré atrás. Corrí entre la gente, esquivando cuerpos y puestos, buscando algún lugar donde esconderme. Un callejón estrecho, una puerta entreabierta, cualquier cosa.

Encontré un puesto de máscaras vacío y me metí detrás, agachándome entre las telas. Mi respiración era irregular, mi corazón latía tan fuerte que no podía oír nada más.

Pero entonces, lo oí. Sus pasos. Lentos, seguros.

—Bambi —dijo su voz, cerca—. Sé que estás aquí.

No me moví. No respiré.

—Huelo tu miedo —dijo—. Y tu excitación. Puedo oler cómo tiemblas, Bambi.

Sus pasos se detuvieron justo al otro lado del puesto. Podía ver sus botas, la punta de sus dedos rozando la tela.

—Sal —dijo—. No tengo toda la noche.

Esperé. Conté hasta diez. Y entonces, cuando sus pasos empezaron a alejarse, salí corriendo en dirección contraria.

Corrí hacia el laberinto de espejos, sabiendo que allí encontraría pasillos oscuros y rincones donde esconderme. Entré a través de la puerta trasera, la misma por la que había salido horas antes, y me perdí entre los reflejos.

Las luces violeta y rosa parpadeaban, y mi imagen se multiplicaba infinitamente en cada espejo. Corría, pero no sabía a dónde iba. Cada vuelta era un callejón sin salida, cada reflejo una promesa de ser atrapada.

—Bambi —dijo su voz, resonando entre los espejos—. Sé que estás aquí.

Me escondí detrás de un espejo grande, apretándome contra la pared. Su respiración se acercaba, lenta, segura.

—Te he visto —dijo—. Estás detrás de ese espejo.

No me moví. No respiré.

—No es necesario que te escondas. —Su voz se acercó más—. Ya te he atrapado.

Y entonces, sus manos encontraron mis hombros. Me giró y me presionó contra el espejo, su cuerpo aprisionándome.

—Has sido una buena presa —dijo—. Pero la caza ha terminado.

—No —gemí—. No todavía.

—Sí, Bambi. Has perdido. —Su mano se deslizó por mi cuello, sus dedos rozando mi garganta—. Ahora eres mía.

Me agarró de la muñeca y me arrastró fuera del laberinto, a través de los pasillos vacíos, hasta llegar a una puerta que no había visto antes. La abrió y me empujó dentro.

Era una habitación pequeña, oscura, con una cama en el centro y un espejo en el techo. Las paredes estaban cubiertas de cuero negro, y en las esquinas colgaban cadenas y esposas.

—Bienvenida a tu castigo, Bambi —dijo, cerrando la puerta tras él.

—¿Castigo? —Mi voz tembló.

—Has perdido el juego. Ahora tendrás que cumplir tu promesa. —Se acercó lentamente, sus dedos rozando la tela de mi blusa—. Serás mía, toda la noche. Y haré lo que quiera contigo.

—¿Y si me resisto?

—Entonces será más divertido. —Me agarró por la cintura y me empujó contra la cama—. Pero no creo que te resistas, Bambi. Creo que has estado esperando esto desde el principio.

No me resistí. Cuando sus manos empezaron a desabrocharme la blusa, arqueé la espalda. Cuando sus dedos encontraron mis pezones, gemí. Cuando su boca descendió por mi vientre, me abrí para él.

—Eres tan sumisa —murmuró, sus labios rozando mi piel—. Tan obediente.

—Solo para ti —susurré.

—Solo para mí.

Me ató a la cama con cuerdas de seda, mis brazos estirados hacia los lados. No podía moverme, y eso me excitaba más de lo que quería admitir.

—Ahora, voy a tomarme mi tiempo —dijo, sentándose a mi lado—. Voy a saborearte, Bambi. Cada parte de ti.

Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo, despacio, con una paciencia que me volvía loca. Tocaba cada centímetro de mi piel, pero no donde yo quería. Pasaba por mis pechos, rozando mis pezones, pero no los tocaba. Bajaba por mi vientre, llegando a la curva de mis caderas, pero no bajaba más.

—Por favor —gemí—. Por favor.

—¿Por favor, qué?

—Tócame.

—¿Dónde? —preguntó, sus dedos deslizándose por mi muslo—. ¿Aquí?

—Más arriba.

—¿Aquí? —Sus dedos rozaron mi vello púbico.

—Sí. —Gemí—. Sí, ahí.

—¿Aquí? —preguntó, y sus dedos encontraron mi clítoris.

—Sí —grité—. Sí, ahí.

Empezó a moverse, lento, circular, y yo me retorcía contra las cuerdas, pidiendo más. Pero él se detenía cada vez que yo estaba a punto de correrme, dejándome temblando, al borde.

—No —gemí—. No, por favor. Déjame correrme.

—Todavía no —dijo—. Quiero verte sufrir.

El juego continuó durante horas. Me ató de diferentes maneras: de espaldas, boca abajo, de rodillas. Me golpeó suavemente con el látigo, dejando marcas rojas en mi piel. Me puso una venda en los ojos, y luego me tocó con sus manos, su boca, su lengua, sin que yo pudiera ver qué venía después.

Cuando finalmente me dejó correrme, fue con su boca entre mis piernas, su lengua moviéndose con una precisión que me hizo gritar su nombre.

—El Lobo —gemí—. El Lobo.

—Así es, Bambi. —Levantó la cabeza, su barbilla brillando con mi humedad—. Ahora, voy a follarte. Y esta vez, no voy a parar hasta que te hayas corrido tres veces más.

Subió sobre mí, su miembro encontrando mi entrada con facilidad. Entró lentamente, llenándome, y yo gemí por la sensación de plenitud.

—Mírate —dijo, señalando el espejo del techo—. Mira cómo te follo.

Levanté la vista y vi nuestra imagen reflejada. Mi cuerpo atado, el suyo moviéndose sobre el mío, la máscara de lobo brillando bajo la luz tenue. Era obsceno, degradante, y no podía apartar la mirada.

—Eres tan hermosa cuando te follan —murmuró—. Tan sumisa. Tan mía.

—Tuya —gemí—. Soy tuya.

—Sí, Bambi. Eres mía.

Su ritmo se aceleró, sus caderas chocando contra las mías, y yo gemía y gritaba, sin importar nada. Cuando llegó mi orgasmo, me corrí gritando su nombre, y él se corrió dentro de mí, su cuerpo temblando contra el mío.

Pasamos la noche así. Una vez, dos veces, tres veces. En la cama, contra la pared, arrodillada. En cada posición, en cada rincón de esa habitación oscura, él me poseía, y yo lo dejaba.

Cuando el amanecer empezó a asomarse por las rendijas de las cortinas, él se detuvo. Se quitó la máscara lentamente, y por primera vez, vi su rostro.

Era el chico del banco. El que me había mirado con sus ojos grises. Liam. El expulsado de mi comunidad.

—Tú —susurré—. Eres tú.

—Sí, Bambi. —Sonrió, una sonrisa suave y peligrosa—. Soy yo.

—¿Por qué? ¿Por qué todo esto?

—Porque te he estado observando desde que llegaste a la universidad. —Me acarició la mejilla—. Desde el primer día, supe que eras diferente. Que tenías algo dentro, algo que quería salir. Algo que necesitaba ser cazado.

—No soy diferente —dije, pero mi voz temblaba.

—Sí lo eres. —Se inclinó para besarme—. Y ahora, lo sabes tú también.

Me quedé en silencio, procesando todo. El Lobo era Liam. El chico que había hablado mal de mi comunidad, el que había sido expulsado. Y yo, Bambi, la chica buena, había pasado la noche entera sometiéndome a él.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

—Ahora, te dejo ir. —Se levantó, vistiéndose lentamente—. Cumplo mi promesa. Ganas el juego, Bambi. Te diré quién soy, y no te buscaré más.

—Pero…

—Pero si quieres volver, sabes dónde encontrarme. —Sonrió, sus ojos brillando en la luz del amanecer—. El Lobo siempre está al acecho, Bambi. Y las presas que escapan siempre vuelven.

Me dejó sola en la habitación. Me vestí lentamente, mis manos temblaban, mi cuerpo aún recordaba sus toques. Salí al amanecer, la luz dorada cubriendo el carnaval vacío.

Sofía me esperaba en la salida, con los ojos rojos de llorar.

—Valeria —dijo, abrazándome—. Gracias a Dios que estás bien.

—Estoy bien —dije, pero no era cierto. No sabía lo que era estar bien. No sabía si volvería a estarlo.

—¿Quién era? —preguntó Sofía—. ¿Quién era el Lobo?

Lo miré a los ojos, y por un momento, quise decírselo. Quería contarle todo: las noches de sexo salvaje, la sumisión, el juego de la caza. Pero no podía. No aún.

—No lo sé —mentí—. Nunca lo vi.

Sofía me miró, sus ojos dudando, pero no insistió.

—Vamos a casa —dijo—. Vamos a olvidar todo esto.

Pero yo sabía que no podría olvidarlo. Nunca.