Bajo todos tus sombreros –84–
99%

–84–

NICO

Lo surrealista de la situación hace que ella tarde un momento en reaccionar, pero aún a través de la cortina de nieve, me reconoce.

—Pero… ¿qué haces aquí? —balbucea, perpleja.

Me acerco y me encojo de hombros.

—No me cogías el teléfono —contesto, como si fuese evidente.

A ella le da la risa floja.

—¿Y por eso has venido hasta Berlín?

—Por eso y porque hice una estupidez enorme hace unos días.

Allá vamos. Si pudiera cruzar los dedos de los pies, los cruzaría.

—No me digas…

—Como lo oyes.

—¿Y cuál fue esa estupidez, si puede saberse? —pregunta, apartando la mirada. Tengo la sensación de que intenta hacerse la dura, pero noto que está nerviosa.

—A ver por dónde empiezo, porque encadené unas cuantas —admito—.

Después de pasar una noche increíble con la chica de mis sueños, mi hermana me contó que su exnovio había estado en su casa el día anterior y…

me dio un ataque de celos. —Se me queda mirando y arquea una ceja—.

Me hice una película en mi cabeza de que habían discutido y que ella me había utilizado para vengarse.

—Ahora sus dos cejas se alzan a la vez, incrédulas—.

Así que me porté como un auténtico gilipollas hasta que me enteré de que el gilipollas soy yo.

O, como ella diría, un borrego de categoría.

Por su expresión, creo que está conteniendo las ganas de gritarme que soy imbécil. En vez de eso, aprieta los labios y asiente, con las cejas muy altas.

—Al día siguiente tuve una reunión en mi casa con Anabel y su hermano, que es abogado y me está ayudando a preparar el juicio contra mi padre.

Yo estaba hecho polvo por esa chica que creía que me había tratado como un pañuelo, así que ella propuso que me duchase y fuésemos a comer a Girona con Biel. Y, ¿a que no adivinas qué pasó?

—No tengo ni la más mínima idea —finge, sin mirarme a la cara.

—Que ella apareció en ese momento y creo que se llevó una idea bastante equivocada de lo que estaba pasando entre mi compañera de trabajo y yo. —La miro, expectante, en silencio, hasta que ella me devuelve la mirada de reojo—. Y como soy gilipollas, dejé que se fuera con esa idea por resentimiento.

Melania aprieta los labios y exhala, provocando una buena cantidad de vapor condensado que sale de su nariz.

—Y ahora piensas que porque hayas cogido un avión y te hayas presentado aquí en Berlín, voy a olvidarlo todo y a tirarme a tus brazos.

Su afirmación ha sonado como una pregunta. Ni siquiera me sorprende. Tiene razón y era lo esperable, por lo que me encojo de brazos y agito la cabeza en una mezcla entre la negación y la afirmación.

—Admito que inicialmente ese era el plan a grandes rasgos, pero la verdad es que este viaje está siendo un auténtico desastre.

Así que, no. No espero que te olvides de todo y me perdones, porque no sería justo.

—Se cruza de brazos, interesada—. Lo justo sería que yo me tirase al suelo y me arrastrase pidiéndote perdón.

Es lo mínimo que te mereces. Pero no contaba con que hubiese medio metro de nieve…

Aunque mis huevos ya están congelados así que no creo que note mucho la diferencia si los arrastro un poco.

Creo que está haciendo un esfuerzo titánico para que su semblante permanezca imperturbable, aunque por dentro se está partiendo el culo, y eso me da esperanzas. Hago ademán de arrodillarme y sus manos se enganchan rápidamente alrededor de mi brazo, impidiéndolo.

—¿Quieres dejar de hacer el idiota? No necesito que te humilles, Nico. Lo único que quiero es que dejes de inventarte historias sobre mí para justificar tus propias dudas. Soy tu alumna y tú eres mi profesor. Y eso es un problema para ti. ¿O me equivoco?

Suspiro y asiento.

—No lo hace fácil —admito—, pero no fue la razón por la que te rechacé el otro día.

Pone los ojos en blanco y yo la agarro por la cintura, acercándome a ella. Necesito que me crea, porque nunca me he sincerado tanto con nadie.

—No lo fue, Mel —reafirmo—, pero el hecho de que yo sea tu profesor y tú mi alumna complica las cosas porque no puedo hacer lo que me gustaría hacer. No puedo tratarte como me gustaría tratarte, al menos no hasta que termines tus estudios y ya no seas mi alumna.

Me mira de reojo, sin descruzar sus brazos.

—¿Y cómo te gustaría tratarme? —pregunta.

—Como la mujer de la que me estoy enamorando.

Ya está. Lo he dicho. Ni siquiera yo puedo creerlo, pero es la pura realidad.

Y lo único que hace que no me estén dando sudoraciones ahora mismo es que mi confesión parece haber surtido efecto.

De pronto veo en su expresión que el hielo en el que se ha esforzado por envolver ese pobre corazoncito que hemos machacado entre todos se derrite, dándome una oportunidad de volver a llegar hasta él.

Sería un necio si la desaprovechara, así que voy a por todas. La arenga del rey, Nico.

—Me gustaría poder gritar la suerte que he tenido de que me tirases un café encima el primer día de clases.

Yo creí que ya se me había acabado toda el día que te toqué una teta gratis, pero no, ¡todavía me quedaba suficiente como para conseguir que te interesases por mí!

—Al fin la hago soltar una carcajada—. Quiero poder llevarte a cenar, pasear contigo por la calle cogidos de la mano y besarte en público cuando me dé la gana sin miedo a que nos vea alguien de la facultad.

Pero no puedo hacerlo porque, de una forma u otra, nos perjudicaría a los dos.

—El tono de humor desaparece y queda ese más crudo y real—.

Y detesto la idea, Mel. Detesto ser otro hombre en tu vida que te trata como si se avergonzase de ti, como si fueses un secreto. Tú no te lo mereces…

Trago saliva y me pierdo en sus ojos. Me quedo a la expectativa, mirándola con el miedo a flor de piel.

El miedo a que me rechace y también el miedo a que no lo haga, porque lo que le he dicho es verdad.

Detesto la idea de ser otro más que la trate como un inconveniente que debe esconderse.

Entonces ella descruza los brazos y yo siento sus manos deslizarse sobre mi chaqueta hasta que sus dedos rozan mis mejillas.

—¿Y poder elegir por mí misma? ¿Me mereceré eso alguna vez en mi vida…?

Sus ojos me suplican algo mucho más allá de los sentimientos. Me piden el apoyo y el respeto que todos los demás le han negado. Así que me rindo, apoyo mi frente en la suya y cierro los ojos.

—Claro que sí, Mel. La elección es tuya. Siempre.

Siento sus manos sobre mis mejillas, que se reafirman y me obligan a alzar los ojos y enfrentar su mirada.

—Entonces te elijo a ti, aunque tengamos que escondernos los próximos seis meses.

—Me besa con ternura, primero en los labios y luego sobre mis párpados cerrados, y yo me dejo envolver por su olor y por la sensación de felicidad que me provocan sus palabras—.

Aunque seas un auténtico borrego de categoría.

Sin poder evitarlo, suelto una carcajada y ella se une a mí hasta que acallo su risa con un beso de esos que nos hacen perder el sentido a los dos.

Se aparta sobresaltada al escuchar un silbido unos metros detrás de mí.

—¡Bravo, españolo !

Los dos nos giramos y Mel se queda de piedra al ver a un par de policías mirando en nuestra dirección y aplaudiendo efusivamente.

—¿Pero qué coño…? —balbucea.

—Es una larga historia —le digo mientras levanto una mano para saludar a mis improvisados colegas alemanes de la Polizei —. ¿Qué te parece si salimos de este maldito frío y te la cuento?

—Me parece bien —sonríe, visiblemente encantada con la idea de dejar atrás la ventisca.

La retengo por la cintura y, con un movimiento rápido, vuelvo a ponerle el gorro.

Lo he reconocido según la he visto salir del portal.

Es el sombrero de su abuelo, lo que significa que Mel ha encontrado el valor para ponérselo, a pesar de sus inseguridades.

Y eso me demuestra que me ha elegido de forma consciente y madura.

Lo ajusto en su cabeza y la beso otra vez.

—Perfecto. Como si hubiese sido hecho para ti.

Sonríe con las mejillas ligeramente ruborizadas y se engancha de mi brazo, y yo me siento como si ya hubiese ganado en la vida.

—Llévame a comer, anda. He dejado una ensalada de patata y un asado casi sin empezar y estoy que me muero de hambre.

Ah, por cierto, aquí no creo que vayamos a encontrarnos a nadie de la facultad —dice, entrelazando su mano enguantada en la mía.

Le devuelvo la sonrisa y aprieto su mano entre mis dedos con cariño.

—No. Aquí no. ¿Qué te parece si nos quedamos unos días, entonces? —propongo.

Como si me fundo el resto de mis ahorros. Merecerá la pena.

—Me parece una idea estupenda, pero solo si me prometes dos cosas.

—Lo que sea.

Lo que sea.

—Mañana por la mañana vas a prepararme un buen desayuno y me lo vas a traer a la cama —me dice, seria.

—Prometido. Te llenaré la cama de comida si hace falta, y luego te comeré entera a ti —añado guiñándole un ojo y dándole un beso húmedo detrás de la mandíbula—. ¿Y segundo?

—Vas a contarme qué rollo raro tienes con los brioches.

Me quedo tan blanco como la nieve.

—De eso ni hablar, corderito.