Bajo todos tus sombreros –EPÍLOGO–
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–EPÍLOGO–

Cuando llegamos a la facultad, ya hay una buena multitud apostada frente a la entrada.

Son casi las once de la mañana y el sol de finales de junio no perdona.

Mi madre, que a pesar de llevar ya veinticinco años en Barcelona todavía no se ha acostumbrado a este calor, se abanica como si no hubiese un mañana.

—Será mejor que intentemos entrar —propongo—. O a mi madre y a la tuya les va a dar algo.

—Ay, hija —dice Adela, resoplando—. Ya lo entenderás cuando llegues a la menopausia.

—Menudo panorama tan alentador —dice Vik.

Mi madre asiente con vehemencia y las cuatro nos reímos, caminando hacia el interior de la facultad.

Tenemos un ramalazo de suerte cuando un grupo se levanta de una de las mesas de la cafetería justo cuando llegamos, por lo que nos apresuramos a coger sitio.

—¿Puedes pedirme una coca cola con hielo? —le pido a Vik—. Voy a ver si veo a Cata y a Rober. Vuelvo en cinco minutos.

—A Cata y a Rober… Ya —dice Vik, guiñándome un ojo con expresión cómplice.

Pongo los ojos en blanco y le sonrío, antes de escabullirme entre la gente hacia los despachos.

Por mucho que intente amortiguarlo, mis tacones altos hacen tanto ruido sobre las baldosas que me da la sensación de que me están escuchando llegar hasta en mi casa. Biel sale de uno de los despachos hecho un pincel y esboza una sonrisa al verme.

—Señorita Llorens —dice, galante—, está usted muy elegante. Pero la ceremonia es en el otro edificio. ¿Se ha perdido usted?

Le dedico una mirada condescendiente y sacudo la cabeza. Este hombre nunca cambia. Biel suelta una carcajada y se acerca para susurrarme al oído.

—Está en su despacho. No tardéis mucho. Y sobre todo, sed silenciosos.

Lo miro aguantando la risa y le doy un pequeño manotazo en el brazo aprovechando que no mira nadie.

—Te vienes a comer, ¿no? —le pregunto.

—Pues claro. No me perdería la coca de Adela por nada del mundo —asegura—. Voy a buscar a Lucas, que ya debe de haber llegado. Te vemos luego. ¡Enhorabuena!

Le despido con una agradecida sonrisa y le dejo atrás.

Llego frente al despacho de Nico y llamo a la puerta.

—Adelante.

Escucho su voz al otro lado y, al abrir, lo veo levantándose de su silla y cerrando el ordenador portátil.

Lleva unos pantalones de traje con su camisa de la suerte, esa que le llené de café el día que nos conocimos, y de vómito meses más tarde.

Está tan guapo… Y lo que mejor le queda es la sonrisa que aparece en su cara cuando me ve.

Esa que me lo dice todo sin necesidad de palabras.

No me aguanto más, así que cierro la puerta, echo el seguro, y me falta tiempo para besarlo mientras él abraza mi cintura para pegarme a su cuerpo.

Nos besamos como siempre lo hacemos en este despacho: con urgencia y también con un poco de morbo.

Creo que voy a echar de menos estas visitas a hurtadillas llenas de teatralidad, en las que más de una vez he acabado ahogando un orgasmo en su hombro con sus manos bajo mis bragas.

—¿Y yo cómo voy a aguantarme sin tocarte todo el día con este vestido que te has puesto? —pregunta Nico, deslizando sus manos por mi trasero y apretándolo como si tuviese que hacer un esfuerzo enorme por no subirme la falda y sentarme sobre su escritorio en ese momento.

—Porque no te va a quedar más remedio. —Nico se lanza a por mi cuello y siento su mano derecha sobre mi pecho, lo que hace que se me incendie todo de cintura para abajo y casi sea yo la que le suplique que me quite las bragas y me eche sobre su mesa, pero no quiero arriesgarlo todo en el último momento—.

Cuidado, que me bajas el vestido y se me van a ver los brioches.

Los dos nos echamos a reír y rebajamos el ímpetu del momento. Nico deja su frente pegada a la mía sin dejar de rodearme con sus brazos. Me encanta cuando nos quedamos así.

—Solo unas horas más y se acabó el escondernos —me susurra, mirándome a los ojos. Yo asiento, sintiendo que los míos están más húmedos de lo normal—. ¿Ya tienes todo listo para el viaje?

—Todo listo. Solo me falta mi novio —digo.

Después de mi graduación, los dos nos iremos de vacaciones solos durante diez días a Grecia, a tumbarnos en la playa, pasear de la mano, comer juntos en restaurantes y retozar en la cama sin miedo a nada.

Y sobre todo, a celebrar que se acabó lo de ocultarnos.

Que, oficialmente, ya no soy su alumna y él ya no es mi profesor.

Ahora seremos solo Mel y Nico, dos personas que se quieren con locura, que es lo que somos en realidad.

Me coge la mano y la lleva hasta sus labios, besándome los nudillos.

—Hay algo que quiero proponerte.

Lo miro con interés.

—Me tienes intrigada.

—Ahora que mi madre y la tuya son socias, me ha dicho que le gustaría tener una cama de verdad.

—Dios mío, ¡es cierto! No me puedo creer que no hayamos pensado en eso hasta ahora.

—Suficiente tenías con centrarte en tus estudios —añade—. Volviendo al tema, creo que mi madre no solo se merece una cama de verdad, sino también un dormitorio más grande.

Me mira, expectante.

—¿Un dormitorio más grande? —Estoy confusa—. ¿Adela quiere irse de casa?

—¿Mi madre? Creo que no la separas de Sabine y de Vik ni con una palanca —responde Nico con una carcajada. Afloja un poco su abrazo y se apoya, medio sentado sobre su escritorio, atrayéndome hacia él y dejando las manos sobre mis caderas—. Mi idea era más bien que se quedase con tu dormitorio.

El interior me da un vuelco y siento un creciente calor en el pecho.

—¿Con mi dormitorio? —pregunto, haciéndome la inocente, como si no intuyese por dónde va—. ¿Y yo… dónde voy a dormir?

Me atrae hacia sí y roza mi barbilla con la nariz.

—¿Conmigo?

Me sonríe, a la espera de mi reacción. Yo estoy aguantándome para no ponerme a dar saltos de alegría por todo el despacho, más que nada porque terminaría con un talón dislocado por los tacones. Pero me contengo y tiro de las solapas de su camisa para darle un beso tímido en los labios.

—¿Estás seguro…? —le pregunto en un susurro.

—Completamente seguro —me responde, prácticamente al borde de mis labios.

Nos besamos sin prisa, hasta que yo deshago el beso y lo aparto un poco.

—Para que quede claro, me estás pidiendo que vaya a vivir contigo, ¿verdad?

Nico se echa a reír, pero yo arqueo una ceja. Lo último que quiero es un malentendido con esto, que tenemos nuestro historial.

—Sí, te estoy pidiendo que vivamos juntos. En mi piso o donde tú quieras. Aunque tal y como están los precios, creo que mi hipoteca es de lo más asequible. Y además, estás al lado de Nanni y te queda mucho más cerca del trabajo.

Desde luego. Como digo, ¡saltos de alegría!

En febrero empecé mis prácticas en la sombrerería como aprendiz y a los dos meses me ofrecieron un trabajo a media jornada en su taller. Después del verano y de unas vacaciones que me hacen mucha falta, empezaré a trabajar a tiempo completo.

—Tu piso es perfecto.

—Habrá que quitar figuras para hacerle sitio a tus sombreros en mis vitrinas.

Sacudo la cabeza.

—Hay sitio para las dos cosas —le aseguro—. Será mejor que baje ya o vendrán a buscarnos.

Nos despedimos con un montón de besos fugaces que siempre nos saben a demasiado poco y lo dejo atrás.

En la planta baja me encuentro con una sorpresa desagradable.

Entre el gentío, me parece ver a David. El tatuaje de su cuello me hace titubear, pues no lo tenía hace un año, cuando estábamos juntos.

Me escabullo entre la gente para verlo desde otro ángulo y me quedo pasmada de la sorpresa por muchos factores distintos.

Efectivamente, es él. Aquí, en mi facultad, el día de mi graduación.

No había vuelto a verlo desde el año pasado.

Pero lo que más me extraña es que, frente a él, está Vik.

Los dos parecen tener una discusión un tanto acalorada y me doy cuenta de que ella mira en todas direcciones, nerviosa.

Y para rizar el rizo, desde donde estoy puedo ver el tatuaje mucho mejor.

Es una especie de toro dibujado en inspiración tribal.

En los últimos meses, he visto un montón de dibujos así en el libro de bocetos de Vik.

Juraría que ese tatuaje se lo ha hecho ella.

¿Cuándo demonios ha pasado eso? ¿Y por qué no me ha dicho nada?

Los espío de lejos hasta que la veo fruncir el ceño y dar media vuelta a su estilo, dejándolo con un palmo de narices.

Lo veo bufar frustrado y echar a andar en mi dirección. Yo sigo pasmada, reacciono tarde, y me lo encuentro de bruces.

David se queda un poco pillado al verme, pero para mi sorpresa, me saluda con la cabeza, me esquiva, y se va.

Me quedo mirándolo con mil preguntas en la cabeza.

Al parecer, no estaba aquí por mí, cosa que me alivia, ¿pero qué demonios se trae con Vik?

Creo que tendré que tener una charlita con ella a solas en cuanto tenga ocasión.

Me encuentro a Cata y Rober de camino a la cafetería y dejo el tema para otro momento.

Los tres nos ponemos la toga y el gorro con birrete. Dista mucho de ser mi gorro favorito, pero es probablemente el que más he ansiado poder ponerme en toda mi vida.

La ceremonia de graduación se pasa en un abrir y cerrar de ojos.

Mi madre está más emocionada que yo. Han venido todos.

Incluso mi tía y mi abuela. El que no ha venido es mi padre, pero por primera vez en mucho tiempo, no me importa.

Incluso lo prefiero así, ya que su presencia aquí solo habría generado tensiones.

Creo que madurar significa darse cuenta de que hay problemas que no tienen fácil solución, y lo único que podemos hacer es aprender a convivir con ellos sin que nos impidan avanzar.

Mi padre se ha convertido en uno de esos problemas que prefiero evitar.

Desde las Navidades, volvimos a hablar una vez en Semana Santa, cuando yo le escribí para decirle que había tomado una decisión sobre el dinero de mi abuelo.

Me llamó diez minutos después, reafirmándome que cuando le conviene sí tiene disponibilidad para mí.

Aunque se me haya caído la venda con mi padre, lo cierto es que no puedo darle la espalda al hecho de que tengo una hermana de cuatro años que es tan inocente como yo en todo esto.

Y si mi abuelo estuviese vivo y descubriese que tiene otra nieta, probablemente tampoco la culparía.

Así que, en su honor, le comuniqué a mi padre mi decisión de cederle la mitad del dinero a mi hermana en un seguro de ahorros idéntico al que hizo mi abuelo, del que ella será la única beneficiaria y al que podrá acceder cuando cumpla la mayoría de edad.

Recordar el silencio al otro lado de la línea telefónica cuando informé a mi padre de mi decisión todavía me produce cierto orgullo malicioso. Que se joda. Si quería el dinero para mi hermana, me voy a asegurar de que así sea.

El resto de mi dinero, tan pronto como pueda acceder a él, he decidido dárselo en préstamo a mi madre y a Adela.

Me costó un mundo convencerlas, pero entre Vik, Nico y yo, al final lo conseguimos.

Ya tenemos un bajo medio apalabrado en el barrio para que las dos monten juntas una cafetería-pastelería en la que estoy cien por cien segura de que la repostería de Adela va a ser todo un éxito.

No quiero que mi madre vuelva a limpiar bajo las órdenes de otros y cobrando una miseria.

Quiero verla caminar con la cabeza alta, llevando su propio negocio, con su socia.

En el restaurante donde hemos reservado mesa para comer después de la ceremonia, las dos no dejan de hablar del tema.

Las veo hacer planes juntas de lo que van a ofrecer a los clientes, de cómo van a hacer los menús o decorar las mesas…

me encanta verlas así, a las dos, entusiasmadas por el futuro, en vez de pasarse la vida sobreviviendo al presente como lo han hecho casi toda su vida.

Siento la mano de Nico sobre la mía bajo la mesa. Entrelazo mis dedos con los suyos y acaricio su dorso con cariño. Nos dedicamos una sonrisa cálida mientras el resto de la mesa sigue a lo suyo.

En este momento por fin siento que he encontrado lo que quiero en mi vida, lo que significa la felicidad. En la vida y en el amor.

Mi realidad no se parece en nada a la que soñaba hace dos años, cuando creía que cumpliría mis metas cuando compartiese un ático en Sant Gervasi con mi novio de abdominales de hierro mientras estudiaba diseño de moda para convertirme en una diseñadora famosa, lo que me devolvería el cariño de mi padre y le daría una lección a mi madre.

Qué equivocada estaba entonces…

Afortunadamente, la vida tiene su forma particular de enseñarte otros caminos si aprendes a verlos. Unos que pueden parecer más tortuosos, pero que a la larga resultan ser más seguros e interesantes que los que tú habías planeado.

En cuanto al amor, he aprendido que ser feliz no significa no tener problemas, sino encontrar a alguien con el que enfrentar los que vengan de la mano.

Y mi mano y la de Nico encajan a la perfección.

– FIN –