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MEL
El ambiente se ha vuelto claramente hostil. Antes mi abuela y yo lo compensábamos, pero he terminado por pasarme al otro bando, así que ahora las caras agrias superan en número a la única actitud apaciguadora que queda.
—Mi madre se acuerda mucho de su país, y por eso yo sé hablar alemán —digo, haciendo un último esfuerzo por morderme la lengua.
—Hablas un alemán roto, como una española.
—Porque soy española —contesto molesta, antes de que mi abuela intervenga—. Soy española y alemana.
—Que hables alemán no te convierte en alemana, y ser hija de mi hija tampoco te convierte en mi nieta.
—¡Karl! —grita mi abuela, cubriéndose la boca con la mano—. ¿Cómo puedes decirle eso?
—Lo dice porque es cierto —digo con la voz cargada de resentimiento—. Ser hija de Sabine no me convierte en vuestra nieta, porque nunca os habéis comportado como mis abuelos.
Ella baja la cabeza, avergonzada, pero puedo ver que está intentando contener las lágrimas. Al contrario, él la mantiene alta, erguida, orgullosa. Qué tío.
—Nos habríamos comportado como tus abuelos si nuestra hija hubiese actuado como era debido.
Pero en vez de respetar a su familia decidió irse con el primer gigoló que se cruzó en su camino y avergonzarnos.
Después de todo lo que hicimos por ella.
No hemos sabido nada de ella en veinticinco años.
¡Veinticinco años! Pero sabía que tarde o temprano pasaría esto —dice, con una sonrisa triunfal—.
Imagino que tu padre se ha cansado de ella y ahora te envía a ti para ablandarnos, porque no tiene ni el valor de volver con el rabo entre las piernas.
Me quedo mirando a ese hombre atónita, incapaz de comprender cómo puede ser capaz de hablar así de su propia hija.
En ese momento, mi madre ya no es mi madre.
Soy yo. Su ofensa es la mía. Observo a mi abuela, que está temblando, indecisa, demasiado débil para mantener el valor durante demasiado tiempo, y decido que no tengo por qué perder más tiempo en este teatro inútil.
Sin prisas, dejo la servilleta sobre la mesa y me levanto.
—Por si te interesa saberlo, sí, así es —no puedo evitar el retintín de mi voz—.
Mi padre se cansó de mi madre hace ocho años y se fue a vivir con otra mujer al extranjero.
Ya que veo que disfrutas tanto de las desgracias de tu propia hija, también te gustará saber que se quedó sola, en la calle, sin dinero y con una hija a la que mantener.
Ha conseguido que salgamos adelante limpiando portales y colegios.
Incluso ha ahorrado lo suficiente como para que yo estudie en la universidad.
Y lo ha conseguido sola, sin ayuda de nadie.
—Mi tono está cargado de orgullo, pero también de reproche—.
A veces me pregunté por qué no la pedía, pero ahora lo he entendido todo.
Pero si crees que me ha enviado ella, te equivocas.
De hecho, estoy aquí en contra de su voluntad.
—¿Y entonces a qué has venido? —pregunta, levantando la voz—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero?
—¡Pero qué obsesión con el dinero! —exclamo, incrédula.
Se me escapa una carcajada sarcástica—. No, señor.
Le aseguro que ni mi madre ni yo queremos su dinero.
Honestamente, ni siquiera yo misma sé a qué he venido.
Tal vez a entender por qué mi madre es cómo es.
O por qué yo soy cómo soy. Con el carácter que usted se gasta, me queda claro de dónde viene el de mi madre —admito arqueando ambas cejas—, pero también me queda claro que no se parecen en nada.
Ella siempre ha sabido estar para mí, incluso cuando no estaba de acuerdo con mis decisiones.
A usted le estoy dando la oportunidad de intentar hacer las paces y arreglar su error, y lo único que hace después de veinticinco años sin ver a su hija y a su nieta es vomitar resentimiento.
No se merece el título de abuelo ni el de padre, porque ha hecho usted un papel de mierda en cualquiera de los dos.
La cara de mi abuelo se pone de un rojo casi navideño, a juego con la mía, que ha ido subiendo de temperatura a medida que el cabreo me suelta la lengua.
Mi abuela se echa a llorar en un sollozo casi imperceptible, ocultando la cara entre las manos. Él se levanta con ímpetu, con el rostro militar y apoya los dedos abiertos sobre la mesa.
—Sal de mi casa —me dice con firmeza.
Por última vez, me permito replicar su cochino orgullo y sostenerle la mirada.
—Con mucho gusto.
Sin despedirme, voy al vestíbulo, descuelgo el abrigo y la bufanda y me los pongo con parsimonia.
Mi abuela aparece y se aferra a mi brazo, impidiéndome que abra la puerta.
—No te vayas así, Melania. Tu abuelo… —se queda sin palabras. Ni siquiera ella encuentra una buena excusa—. Han sido muchos años.
—Para nosotras también, abuela —replico.
Ella aprieta los labios y asiente. Mira hacia el salón, nerviosa.
—Yo… no pude hacer nada. Tengo las manos atadas.
La miro sorprendida y me vuelve a entrar el cabreo.
—No, abuela. Lo siento, pero tú tampoco tienes excusa.
Todo es cuestión de elecciones y tú elegiste darle la espalda a tu hija para no perder las comodidades que tenías.
Mi madre eligió su libertad. Y puede que no hayamos vivido con los mismos lujos que tú, pero si hay algo que tengo claro es que nunca me habría dado la espalda como tú lo hiciste con ella.
Cojo mi sombrero, abro la puerta y salgo. Cierro sin dar un portazo, pero sin timidez. Se acabó el drama.
Ese simple gesto me da cierto desahogo. Mientras bajo las escaleras, la ira se va desvaneciendo.
Lo he hecho. No he solucionado nada, pero me he atrevido a enfrentar el pasado.
Algunos dirían que ese pasado no era mío, y que yo no tenía derecho a hurgar en esa herida.
En mi opinión, que es la que en este momento cuenta para mí, el hecho de que yo haya tenido que sufrir las consecuencias de las personas implicadas en esa historia me da todo el derecho del mundo a intervenir en ella.
Probablemente esta sea la primera y última vez que esté en esta casa y que vea a mis abuelos.
Pero al menos, me voy con la sensación de que he dicho lo que tenía que decir, o al menos lo que ellos tenían que escuchar.
Me he cansado de que todos hagan o deshagan sin pensar en los cristales rotos que dejan por el camino.
No puedo evitar recordar a Vik. Mi madre le ha cogido mucho cariño y creo que es porque le recuerda a ella misma.
Las dos huyeron de un padre autoritario en un arranque que sus familias tacharon como la rebeldía propia de la edad.
Viendo el ratoncito asustado en el que Adela se ha convertido y el poco carácter que mi abuela tiene para hacerse valer frente a su marido, me queda claro que en ninguno de los dos casos tenía nada que ver con la edad del pavo.
Ambas tuvieron el valor de dejar atrás a una familia tóxica, y estoy segura de que ninguna de ellas renunciaría jamás a esa libertad, aunque suponga vivir el resto de su vida al borde de la pobreza.
Y Nico…
A mi mente vuelve el momento que los dos compartimos sentados en el suelo, al lado del árbol de Navidad.
Aquella conversación íntima, breve pero sincera, en la que sentí que él me estaba abriendo su corazón.
El miedo en su mirada a ser como su padre.
Le recuerdo sonriéndome cuando le acaricié, y sus ojos brillantes cuando le besé a escondidas.
La forma en la que él me besó a mí la primera vez, con aquella desesperación.
Y luego pienso en la frialdad con la que me trató aquella mañana y esa pieza no encaja con las demás. Simplemente no encaja.
Salgo al exterior y el frío me recuerda que mis manos están desnudas.
Saco los guantes del bolsillo y un papel se me cae al suelo.
Afortunadamente, mi subconsciente va a mayor velocidad que mi razón y hace que mis manos lo atrapen antes de que salga volando con la ventisca.
Me quedo mirando el número de teléfono anotado en ese rectángulo de cartulina.
Ese papel fue el mejor regalo de Navidad que he recibido jamás.
Representa una oportunidad que ni siquiera sabía que necesitaba.
Una ventana a un futuro deseable que encaja conmigo, con la persona que yo soy y con lo que yo habría elegido de haber tenido la oportunidad.
David jamás me hizo un regalo así, ni siquiera cuando fingía ser mi pareja.
No es un detalle que alguien haga porque solo quiere acostarse contigo. Es algo que sale del corazón.
Vuelvo a guardar el papel y miro el sombrero de mi abuelo y sonrío.
No sé si será su efecto o qué es, pero se ve que hoy me siento un poco más valiente.
Me lo pongo y echo a caminar. La nieve ha empezado a caer otra vez, pero me da igual.
No tengo paraguas, pero el ala del fedora me viene estupendamente para evitar que los copos se me metan en los ojos.
Hago ademán de sacar el teléfono del bolsillo pero una repentina ráfaga de viento me sorprende y me golpea. Levanto las manos para cubrirme involuntariamente pero llego tarde, y mi sombrero ha salido volando hacia atrás. Me entra el pánico.
Me doy la vuelta para intentar cogerlo y me paro en seco al ver que alguien se me ha adelantado.