Bajo todos tus sombreros –82–
97%

–82–

NICO

Mi paciencia con este país está llegando al límite. Todo ha ido rematadamente mal. Llevo media hora en una retención en la salida de la autovía a Berlín. En los últimos diez minutos hemos estado completamente parados. Ni siquiera sé lo que la está causando.

Cuando por fin la fila de coches se pone en marcha, me encuentro con desesperación con que mi coche se ha calado y no enciende.

—No… —gimo girando la llave en el contacto una y otra vez—. No, no, no… Ahora no, por favor…

Mis súplicas no surten efecto alguno. El coche no enciende.

A mi espalda se escuchan pitidos impacientes.

—¡¿Qué crees, que lo hago a propósito?! —grito, a punto de perder los papeles.

Vuelvo a intentarlo. Nada. No hay manera.

Salgo del coche y doy un portazo, cagándome en la agencia de alquiler, en la aerolínea, en el país y en mi puta suerte de los cojones.

Maldigo porque lo necesito y le doy una patada a la rueda para descargar mi frustración, mientras la fila de coches avanza lentamente a mi alrededor y los que siguen parados detrás de mí se cagan en mí y en todos mis antepasados.

El sonido de una sirena resuena y los coches se apartan como pueden.

—¡Oh, genial! —exclamo cargado de sarcasmo—. Lo que me faltaba, otra vez.

Atónito, veo acercarse al mismo coche gris. En su interior, el mismo agente que me ha metido una multa de doscientos euros hace hora y media me sonríe al tiempo que aparca frente a mí. Esta vez se baja con su compañero.

—¡ Españolo ! —exclama con un envidiable buen humor—. ¿Otra vez, tú?

Asiento, resignado, acordándome de mi maldito espíritu del universo que debe estar disfrutando de otra sesión de cine conmigo.

—No enciende, agente —digo intentando tragarme el cabreo y señalando al coche.

—¿Puedo? —pregunta

—Por favor —contesto con vehemencia tendiéndole la llave.

Lo veo hacer unos cuantos intentos sin resultado. Su compañero levanta el capó y hablan entre ellos en su idioma, dándose instrucciones que yo no entiendo, hasta que se dan por vencidos.

—Parece que está averiado —me dice mientras sale del vehículo—. Tenemos que apartarlo de la carretara porque está obstruyendo el tráfico. Siéntese al volante y le ayudaremos a moverlo al arcén.

Mientras uno de ellos dirige el tráfico, el otro empuja el coche y poco a poco, lo sacamos de la autovía y el tráfico vuelve a fluir.

—Tendrá que llamar a la empresa de alquiler para que le gestionen la recogida con el seguro.

Me echo las manos a la cabeza y la sacudo, riéndome por no llorar de mi mala racha. El policía se ríe y me pone una mano en el hombro. No estoy seguro de si le hago gracia o le doy pena.

—No se preocupe, hombre. Esto puede pasarle a cualquiera.

—Ya, pero me ha pasado a mí. No sabe el día de mierda que llevo. La semana de mierda que llevo. Necesito llegar a Berlín…

—¿Qué tiene en Berlín que le corre tanta prisa? ¿Trabajo?

Me froto la cara y lo miro con complicidad.

—¿Usted qué cree agente? —le pregunto—. ¿Porqué cree que habría cogido un vuelo de última hora de madrugada y estaría aquí, haciendo kilómetros, pagando multas y pasando un frío de cojones? Por una mujer, agente. Por una mujer.

Él se ríe y vuelve a palmearme el hombro.

—Ah, españolo . ¡Haberlo dicho antes, hombre! Venga, llame al seguro. En cuanto le recojan el coche, nosotros le acercamos al centro.

—¿En serio?

Asiente y me hace una señal para que llame, así que no pierdo el tiempo y saco mi móvil antes de que a mi inesperado salvador le dé por cambiar de idea y meterme otra multa.