–81–
MEL
Después de rechazar la llamada a Nico, pongo el teléfono en silencio y lo guardo en mi bolso.
Me esfuerzo por ignorar sus intentos. Hoy tengo que ser egoísta y pensar en mí.
En lo que necesito hacer. Si cojo esa llamada, flaquearé, pase lo que pase en ella.
Me pongo los guantes y salgo al exterior.
Los leggins dentro del pantalón ayudan, pero no hacen milagros.
Al menos en este momento ha salido un poco el sol y ayuda a contrastar el frío de la ventisca, cosa que se agradece.
Por la noche ha estado nevando y nos hemos despertado otra vez con una capa de medio metro de nieve que se convierte en una amalgama marrón allá donde pisan neumáticos o zapatos.
Ver el paisaje nevado desde la ventana me saca una sonrisa involuntaria. Es la sonrisa de esa niña que creció junto al mar y apenas ha visto nunca la nieve. Si no tuviese la mente embotada por mis quebraderos de cabeza, me permitiría consentir a esa niña mucho más y disfrutar de la postal navideña.
Estoy demasiado nerviosa por lo que voy a hacer hoy, así que no me entra nada en el estómago. Una lástima porque el desayuno continental del hotel tiene una pinta deliciosa. Esperemos que mañana pueda disfrutar de él.
Después de caminar un par de calles me doy cuenta de que tendré que hacer una parada obligada para comprarme calzado nuevo y darle otro gran mordisco a mi presupuesto.
Con mis botas altas no soy capaz de caminar sin resbalarme a cada tres pasos.
Eso por no hablar de que no han pasado ni diez minutos desde que he salido del hotel y ya llevo los pies congelados.
Tras preguntar a una persona que esperaba en la parada del metro, decido bajarme un par de paradas antes de mi destino e ir a un centro comercial.
Salgo de allí casi una hora más tarde con unos botines de suela ancha y rugosa y una buena capa de pelo cálido en el interior que tienen mis pies cantando a los ángeles.
Mientras meto mis botas en la bolsa que me han dado en la tienda, pienso que cuando el frío aprieta, el estilo se vuelve mucho más práctico por narices.
Y al fin me planto delante del portal. Me quedo un rato mirando la entrada y los alrededores de la calle con una extraña sensación de melancolía por algo que nunca tuve.
Intento imaginarme a mi madre siendo una niña, correteando por aquellas calles con sus amigos.
Me resulta difícil. Miro hacia arriba y mi mirada se detiene en las ventanas de la segunda planta.
Aunque no puedo saber con certeza que son las que pertenecen a su casa, me imagino a mi madre sentada junto a la ventana siendo una adolescente, observando la calle y envidiando la libertad que se le presupone a los que caminan por ella.
Quizá me resulta mucho más fácil visualizar esa estampa porque yo también la he vivido.
Yo también me he sentido asfixiada por ella y he ansiado esa independencia hasta estar a punto de cometer su mismo error.
Exhalo con fuerza y me lleno de determinación, pero tras dos pasos me quedo mirando el timbre del portal como un pasmarote. ¿Qué voy a decirles para que me abran la puerta? ¿Y si no soy capaz de pasar ni siquiera de aquí?
Afortunadamente el destino me resuelve el problema cuando una señora mayor sale del portal para pasear a su pequeño perrito. Aprovecho para colarme en el interior.
Es un edificio antiguo pero que todavía conserva el encanto original que delata que, en sus tiempos, fue bastante lujoso.
Aunque tiene ascensor, subo por las escaleras y aprovecho la adrenalina del ejercicio para entrar en calor, aunque no estoy segura de si el temblor se debe al frío o a los nervios.
Me detengo ante la puerta derecha del segundo rellano y cierro los párpados por un instante, respirando hondo. Abro los ojos y pulso el interruptor.
Al cabo de unos segundos, escucho unos pasos que se van haciendo más perceptibles a medida que se acercan. Sonido de cadena. El cerrojo. Y la puerta se abre.
Me encuentro a una señora mayor más o menos de mi misma altura, con el pelo rubio teñido recogido en un moño discreto y ropa casual pero elegante para su edad.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —me pregunta, sacándome del estupor.
—¿Es usted Hanna?
—Sí, soy yo.
—Soy Melania —anuncio, apretando los puños bajo mis guantes para darme ánimos—, la hija de Sabine.
Tu nieta. Debería haberlo dicho, pero no me he atrevido. Quizá porque el título de nieta lleva implícito el de abuela, y ese hay que ganárselo.
Sus ojos se abren en una mueca de sorpresa y se lleva la mano a la boca.
Cuando la quita, veo que le tiembla el labio.
Me empiezo a poner muy nerviosa. En este momento no sé qué sería peor, que se ponga a gritarme como una loca o que le dé un patatús y se me desplome al suelo.
Puede que esto no haya sido buena idea, tal y como mi madre me repitió por activa y por pasiva.
Pero como siempre, yo fui demasiado tozuda y demasiado impulsiva.
Y aquí estoy. Frente a esa mujer que se supone que es mi abuela, viendo cómo le da un yuyu al verme por primera vez.
—Puedo irme… —ofrezco. Una parte de mí desea mucho irse, pero la otra siente un alivio inmenso cuando ella me coge de la muñeca y sacude la cabeza.
—No, tesoro. No te vayas.
Mi interior se sacude al escuchar esa palabra. Schatz . Mein Schatz . De alguna forma, eso me reafirma en que mi decisión de venir aquí fue la correcta. En que esa cadena de eventos que han desembocado en mis problemas con el sexo masculino en general es la clave para desatascarme.
—Pasa, pasa.
Abre la puerta para invitarme con un gesto y entro con timidez. Así que esta es la casa de mis abuelos. Ese lugar del que yo debería tener recuerdos felices de mi infancia. En el que debería haber pasado veranos y Navidades, pero que es completamente desconocido para mí.
La sigo hasta el salón, donde hay un hombre de su edad leyendo el periódico.
Va vestido con una camisa, un chaleco en tartán gris y unos pantalones de pinzas del mismo color.
Tiene bastante pelo para su edad, en un tono gris plateado y bien peinado.
Al igual que su mujer, exuda cierta elegancia, pero él además impone.
—Karl —le llama sin levantar la voz, como si tuviese miedo de su reacción—. Tenemos visita.
Él alza la vista y me mira por encima de sus gafas de lectura. No dice nada. Se limita a lanzar una mirada interrogante a su mujer, sin mudar su expresión seria.
—Es Melania. —Él se encoge de hombros como si le hubiese hablado en chino—. Nuestra nieta.
Entonces él me mira y su boca se abre lentamente. Intento que no se me note que casi ni respiro y hago todo lo posible por mantenerme firme, por no apartar la mirada. Si algo tengo claro es que yo no tengo ningún motivo para bajar la cabeza ante él.
Se quita las gafas lentamente y las deja sobre el periódico, y su entrecejo se frunce en una expresión que dista mucho de hacerme sentir bienvenida, pero entonces ella interviene.
—¿Quieres tomar algo? —me pregunta.
La miro y sacudo la cabeza.
—No, gracias. Estoy bien.
—Es casi mediodía. Estaba preparando una ensalada de patata. Era la favorita de tu madre. ¿A ti también te gusta?
—Ahh… sí. A mí también me gusta —respondo a duras penas, sorprendida por la diferencia de actitudes entre los dos anfitriones de la casa.
—Estupendo. Entonces te quedarás a comer con nosotros.
¿Qué? ¿A comer? Uf. No sé si eso es una buena idea. La cara de mi abuelo me dice que no lo es.
—No es necesario, Hanna, en serio —contesto—. No quiero molestar.
—Tú no molestas, tesoro —replica, cogiéndome de la mano y apretándola con cariño—. Tenemos que ponernos al día. ¿Verdad, Karl?
Esa pregunta ha sonado a algo a caballo entre una exigencia, una advertencia y una súplica. Y Karl parece tan sorprendido como yo. Ante la insistente mirada de su mujer, dobla el periódico y me hace un gesto hacia la silla que hay delante de él.
—Siéntate, entonces —concluye.
—Traeré unos aperitivos mientras pongo la mesa —dice Hanna.
Me quito el abrigo, los guantes, la bufanda y el sombrero y lo dejo todo en el perchero del vestíbulo, antes de tomar asiento frente a mi abuelo, que me observa sin perder detalle de todos mis movimientos, como si temiese que fuese a robarle una cuchara del cubertero si se despista un solo instante.
Mi abuela nos trae un par de copas de vino de manzana y empieza a poner la mesa.
—Así que eres mi nieta —empieza Karl. No me hace mucha gracia cómo ha dicho la palabra “nieta”. La ha soltado casi como si le molestase en la boca—. Bueno, cuéntame entonces sobre ti. Si no recuerdo mal, tendrás veintitrés años así que supongo que ya estás trabajando.
—Veinticuatro —lo corrijo—. Estoy terminando mis estudios universitarios.
—Doy un pequeño trago al vino de manzana.
Aunque apenas he hablado todavía, ya siento la garganta reseca.
Debe ser el aura poco amigable que desprende el hombre que tengo delante.
Aunque al parecer, escuchar eso parece que lo ha complacido.
—¿Y qué estudias?
—Administración y dirección de empresas. Estoy en el último curso —explico.
—¿Y qué tienes pensado hacer cuando termines?
Esto no solo empieza a parecerme un interrogatorio, sino que además la conversación empieza a recordarme demasiado a la última charla que tuve con mi padre.
No sé porqué demonios a todo el mundo tiene que importarle tanto lo que quieras hacer con tu vida cuando terminas la universidad.
Es como si ese momento fuese el más decisivo de tu vida y estuviesen esperando tu respuesta para juzgar si tu transformación a la adultez ha sido satisfactoria o un auténtico fracaso.
Con Karl, ese juicio se lee implícito en cada una de sus palabras.
—Todavía no lo sé —contesto con honestidad, cansada de tener que dar explicaciones.
—Aún eres joven —dice mi abuela mientras deja una fuente de ensalada de patata en el centro de la mesa y otra con lo que parece cerdo asado con patatas—. Ya lo decidirás.
—A su edad, ya debería de saberlo —zanja su marido—. Con veinticuatro años yo ya trabajaba en el mejor bufete de abogados de la ciudad. Igual que lo habría hecho tu madre si no hubiese…
—Karl, basta.
La voz de mi abuela lo corta como un cuchillo. Él se vuelve hacia ella sorprendido y a mí me da la sensación de que no está acostumbrado a que su mujer lo mande callar, a que no sea su voluntad la que se imponga. Ella titubea un instante bajo su mirada pero me mira a mí y parece recordar su valor.
—¿Quieres un poco de mayonesa con la ensalada, tesoro? —me pregunta, cambiando de tema rápidamente para suavizar la tensión.
Miro el tarro que tiene en sus manos y dejo escapar una carcajada.
—¡Mayonesa Thomy!
—¿La conoces? —pregunta mi abuela, sonriendo y dándome una cucharilla para servirme.
—Mamá está obsesionada con ella. Tanto que estas Navidades le conseguimos un bote. ¡Tenías que haber visto lo contenta que se puso!
Los ojos de mi abuela brillan, húmedos, casi ocultos por sus mejillas en un rostro cargado de nostalgia. Puedo ver a la legua que la echa de menos y que se muere de ganas por preguntarme por ella.
—Me sorprende que tu madre se acuerde de su país.
De nuevo, Karl rompe la poca sensación de calidez que mi abuela y yo intentamos construir, como un puente hacia el entendimiento.
La acidez de sus comentarios pone a prueba mi paciencia.
Lo enfrento con la mirada y él la sostiene con firmeza.
En ese momento comprendo que, haga lo que haga y diga lo que diga, hoy saldré de esta casa igual que entré: sin abuelo.