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NICO
Son casi las nueve de la mañana cuando mi avión aterriza en Frankfurt, con las primeras luces del amanecer.
Mi maldita mala suerte quiso que las nevadas que están cayendo en el este de Alemania obligasen a las aerolíneas a desviar los vuelos a otros aeropuertos.
Ni siquiera tengo mucha idea de dónde estoy.
Enciendo el móvil y considero volver a llamar a Melania.
Si no me cogió el teléfono en la veintena de veces que intenté llamarla ayer, tampoco tengo muchas esperanzas de que lo haga hoy, pero de todas formas lo intento.
Al tercer tono, la llamada se corta. Me ha colgado.
“Bueno, es un avance”, pienso con el optimismo de los tontos.
Me conecto a internet y miro el mapa para ver dónde demonios estoy. A tres horas de Berlín. Genial…
La aerolínea nos informa de que están intentando conseguirnos un autobús para transladarnos a Berlín pero, debido a la nieve, hay poca disponibilidad y probablemente tengamos que esperar unas horas.
Me parece un plan pésimo así que rechazo la oferta.
Espero la maleta con impaciencia rezando porque no la hayan perdido, y me dirijo al mostrador de la empresa de alquiler de vehículos.
Afino mi inglés y pido el más barato, que aún así me sale por un buen pico.
A este paso, me voy a dejar todos mis ahorros en esta locura, pero me da igual.
En este momento solo puedo pensar en la cara de Mel cuando la rechacé el martes por la mañana, después de haber pasado la noche juntos.
En cómo cogí ese corazoncito que ella me estaba ofreciendo, ya magullado por otros, y terminé de pisotearlo.
No se me ocurren calificativos lo suficientemente gordos para ponerme.
Pero uno tiene que hacerse cargo de sus meteduras de pata y la mía fue garrafal.
Me asignan un Polo y, afortunadamente, tiene GPS integrado. Doy gracias de que Sabine sea alemana y no inglesa. Lo último que me faltaría hoy sería tener que conducir por la izquierda y pegármela nada más salir del aeropuerto.
Tras pagar y terminar el papeleo, salgo hacia el aparcamiento siguiendo al vendedor.
Nada más salir entiendo de golpe el verdadero significado de “frío de cojones”.
La helada me cala hasta los huesos, convirtiendo mi ropa de invierno española en un traje de baño.
Joder. No se podía haber ido a una isla griega.
El encargado hace las últimas revisiones y me da las llaves.
No tardo nada en meter la maleta en el maletero, encender el coche y poner la calefacción al máximo.
Dejo que le coche se caliente un poco mientras meto la dirección que Vik consiguió de Sabine en el GPS.
Estupendo. Me tengo que meter dos horas y cuarenta y ocho minutos de trayecto después de no haber dormido más que otras tantas dando cabezadas en el asiento del avión.
Me miro en el espejo retrovisor mientras me deshago del abrigo. Tengo unas buenas ojeras y estoy pálido del frío y la falta de sueño acumulada. Desde luego, no es mi mejor estampa, pero es la que hay.
Salgo de la ciudad y pronto llego a la autovía, en la que el calor de los coches y el sol de la mañana han derretido ya la fina capa de hielo que había caído por la noche, así que decido aprovechar y pisar el acelerador, consciente de que cuando me acerque a Berlín encontraré nieve y tendré que reducir más de lo normal.
Al menos estoy en Alemania, famosa por no tener límite de velocidad en sus autovías. Y ahora mismo eso me viene de perlas.
Hago kilómetros mientras intento elaborar en mi cabeza una disculpa lo suficientemente buena como para que Melania me perdone el intolerable desplante que le hice.
Nada me parece lo suficientemente bueno.
Si Vik me contase que un chico se acostó con ella y a la mañana siguiente no se dignó ni a mirarla a la cara, yo sería el primero en decirle que lo mandase a la mierda.
En ver una enorme bandera roja sobre su cabeza y en cabrearme si lo perdonase.
Y ahora yo estoy en esa situación. Yo, el profesor de Ética.
Me río de lo irónico de la situación. Deberían despedirme. Debería dimitir.
En esos pensamientos ando sumido cuando una sirena a mis espaldas me saca de golpe.
Sorprendido, miro por el espejo retrovisor y veo un coche con una lámpara rojiazul como las de la policía sobre el salpicadero.
Me pasa a toda velocidad y veo un letrero que me indica que salga en la siguiente salida. Mierda. ¿Y ahora qué coño pasa?
Les hago caso y dejo la autovía en cuanto tengo oportunidad, siguiéndoles y deteniéndome en el arcén poco después.
Uno de los agentes sale del coche y camina hacia mí.
Joder, no puede ser más alemán. Debe medir casi dos metros.
Bajo la ventanilla para recibirlo y me quedo igual que estaba cuando me habla en su idioma.
—Lo siento, agente, no hablo alemán —digo en inglés.
—¿Británico?
—No, soy español.
—Ah, españolo —contesta en un español roto con un marcado acento y una sonrisa—. Me gusta Mallorca.
Cómo no. Qué tópico. Los alemanes piensan que España se reduce a esa isla de la que todos parecen tener el carnet de socio.
En la hora y media que llevo en el país ya me han dicho lo mismo tres personas diferentes.
Pero es un policía y no quiero líos, así que aprovecho el cable que me echa y sonrío.
—Yo soy de Barcelona.
—¡Ah! —exclama él, entusiasmado—. ¡Fútbol Club Barcelona!
—Sí, sí, eso. —No me puede gustar menos el fútbol…—. ¿Qué sucede agente? ¿He hecho algo mal?
—¿Usted sabe a qué velocidad iba? —me pregunta en un inglés bastante bueno.
—Si no me equivoco, creo que iba a ciento sesenta —admito.
—No se equivoca. ¿Y eso le parece bien?
Estoy confuso.
—Tengo un poco de prisa por llegar a Berlín. Mi avión se dirigía allí pero nos lo han desviado y necesito llegar lo antes posible —explico—. Y según tengo entendido, aquí no hay límite de velocidad, ¿no?
Él se ríe.
—¿Es que no ha visto usted las señales de ciento veinte? —Me quedo con un palmo de narices—. La exención del límite de velocidad solo es en algunos tramos de toda Alemania. Y este no es uno de ellos.
Mi cara es un poema. Otra vez, me siento como un imbécil. Imbécil no, borrego. Aquí Melania le ha atinado a la perfección. ¿Y yo soy profesor de universidad?
—Agente, lo siento. —Mira tú por dónde, me viene bien para ir ensayando las disculpas—. Me siento un poco estúpido pero la verdad es que no lo sabía. Creí que era en todas las autovías.
—Pues tengo que ponerle una multa, muchacho.
Mierda. Mierda, mierda, mierda.
—¿No puede dejarla pasar por esta vez?
—Me temo que no. Así no se hacen las cosas en Alemania.
Lo veo.