Bajo todos tus sombreros –79–
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MEL

Berlín me recibe con una nevada monumental que contrasta con la oscuridad de la noche.

Puede que parte de mis orígenes estén en esta ciudad, pero no estoy nada acostumbrada a la nieve, y noto lo poco preparada que he venido para este clima en cuanto pongo un pie fuera del aeropuerto.

Sí, debería haber escuchado las advertencias de mi madre.

Y sí, es algo que pasa muy a menudo. Pero ella misma me reconoció que sus “consejos” vienen siempre motivados por los errores que ella cometió en el pasado.

Nadie aprende en cabeza ajena. Es hora de que cometa mis propios errores, y por lo visto este año estoy aumentando mi palmarés.

Mi plan inicial era moverme con el maravilloso transporte urbano de Berlín para no fundir mi presupuesto, pero en cuanto el frío atravesó mis vaqueros como si fuesen invisibles, decidí que valdría la pena invertir en un taxi en vez de arrastrar mi maleta por la nieve durante una hora.

La clavada del taxista me hace dudar de mi decisión, pero a lo hecho, pecho. La perspectiva de una cama caliente en este momento hace que los remordimientos queden para otro momento.

El hotel que he reservado es pequeño pero parece limpio y está en una de las zonas que mi madre calificó como decentes. Mi conversación con el recepcionista pone a prueba mi oxidado alemán, y me permito recuperar un poco del orgullo perdido en las últimas semanas al ser capaz de entenderme con él.

Mi madre insistía en hablarme en alemán cuando era pequeña.

De hecho, fue algo que mantuvimos hasta poco después de que mi padre se fuera.

Cuando se vio sola y en la necesidad de buscar un trabajo en España para poder mantenernos a las dos, se encontró con que dominar el idioma era fundamental.

Así que nuestras conversaciones pasaron a ser en español, aunque nos llevó bastante tiempo, y no poco esfuerzo, adaptarnos a ello.

Tras más tiempo del que me habría gustado, el recepcionista por fin me da las llaves de mi cuarto, un dormitorio individual en la segunda planta con una única ventana que da al callejón de atrás.

Las vistas distan mucho de ser espectaculares pero lo prefiero, ya que apenas llega el ruido de la calle principal.

Tras encender la pequeña lámpara sobre el escritorio, dejo la maleta apoyada contra la pared, me quito la bufanda, el gorro y los guantes y me permito un largo suspiro dejándome caer de espaldas sobre la cama.

Al fin, sola. Sola de verdad. Sin caras conocidas. Sin todo lo que me recuerda lo que va fatal en mi vida.

Sin embargo, no tardo en descubrir que la distancia no es suficiente para escapar de los problemas.

No dejo de pensar en todo lo que ha pasado en los últimos días.

En mi padre y la sensación que me ha dejado de que no le importo lo más mínimo.

Que solo soy esa parte de su pasado de la que se acuerda cuando puede sacar provecho.

Que para él y su nueva familia yo soy la hija de su ex, un incómodo recuerdo del pasado.

En David, que me vio la cara durante casi dos años, y la imagen de inocente facilona que debe tener de mí para seguir buscándome a pesar de que todo se ha descubierto.

Y en Nico.

Solo pensar en su nombre hace que se me encoja el corazón y se me salgan las lágrimas.

En solo una noche juntos, Nico consiguió recomponerme para desintegrarme por completo a la mañana siguiente. Todavía no entiendo qué es lo que pasó.

No sé si debí de habérselo contado a Vik, pero en aquel momento necesitaba desahogarme y necesitaba insultarle en voz alta, romper en pedazos esa imagen de chico perfecto que ha construído para mí y para todos.

Ella dice que no es posible, que su hermano nunca haría algo así.

Es su hermana. ¿Qué va a pensar? A mí tampoco me cuadra con el Nico que había visto hasta entonces.

Ni siquiera me cuadra con el que se desvivió en atenciones las horas anteriores a quedarnos dormidos.

Con ese hombre que, por primera vez, me demostró que acostarse conmigo no significa solo echar un polvo hasta correrse, luego echar el cigarrito y a dormir.

Quizá cuando me quedé dormida esa noche me desperté en un universo paralelo.

Quizá el problema soy yo. Supongo que ese es el pensamiento que me ha traído precisamente aquí, a Berlín.

Como mi tía me dijo más de una vez, una no puede empezar a recomponerse si no sabe por qué está rota.

Y en mi caso, los pedazos empezaron a caer incluso antes de que yo naciese.

Me siento tan cansada, tanto del viaje como de mi vida, que ni siquiera tengo energías para ponerme el pijama. Así que me arrebujo en el nórdico que hay sobre la cama y el calor me amodorra hasta que me quedo dormida.

***

Me despierto por la mañana en la misma posición en la que recuerdo haber cerrado los ojos y me doy cuenta de que he dormido con la lámpara encendida toda la noche.

Miro el móvil para ver la hora y, además de ver que son las siete y veinte, me doy cuenta de que todavía tengo el móvil en modo avión.

Lo desactivo y me desperezo. Mientras hago pis escucho los pitidos de las notificaciones que me están entrando.

Un montón de ellas. Seguramente mi madre y mi tía me han estado llamando para saber si había llegado bien.

Echo un vistazo. Efectivamente, tengo una buena ristra de llamadas perdidas. Unas cuantas de mi madre y mi tía, pero hay muchas de un número que no me esperaba. De un número del que habría esperado y deseado recibir llamadas ayer y también el día anterior.

Me quedo paralizada con el móvil en la mano mirando esas diecinueve llamadas perdidas de Nico.

Mi estómago se vuelve a encoger. Las mariposas vuelven a revolotear, pero esta vez me niego a dejarlas sueltas a su libre albedrío.

El resentimiento me hace tirar el teléfono sobre el colchón con rabia. ¿Ahora quieres hablar? ¡Que te den!

Me quito la ropa sintiendo cómo el mal humor va fermentando en mi pecho y me meto en la ducha.

Diecinueve llamadas perdidas.

¿Qué demonios quiere ahora?

Entonces una idea se me viene a la cabeza.

Conociendo a Vik, fue a pedirle explicaciones nada más despedirme de ella.

Seguro que le echó una buena bronca y ahora él viene a echármela a mí, a llamarme inmadura y a saber qué otras cosas.

Porque solo una cría como yo hubiese “malinterpretado” lo que pasó entre nosotros.

Y por mi estupidez y mi enfado infantil ahora él tiene que aguantar los reproches de su familia.

Quizá quiera por fin sentarse a explicarme que esa mañana le entraron los remordimientos por haberse acostado con su alumna. Que si en la facultad alguien se entera de esto podría quedarse sin trabajo y su carrera terminaría antes de haber despegado.

O tal vez quiera pedirme perdón. Tal vez quiera decirme que fue un imbécil, un borrego de categoría, y me pida una oportunidad.

En el mundo ideal de Melania, lo haría. Pero no vivo en el mundo ideal de Melania.

Vivo en la realidad, donde mi ex me puso los cuernos durante toda nuestra relación con la que resultó ser su novia de verdad, donde mi padre quiere el dinero que me dejó mi abuelo para llevar a su nueva hija a un colegio privado mientras yo no tengo ni para el billete del metro, y donde soy tan estúpida como para acostarme con mi profesor de Ética y pensar que eso significaría algo para él.

Sobre todo cuando al día siguiente se tira a mi profesora de proyecto.

Me da la risa floja pensando en la ironía del título de su asignatura.

No.

Tengo veinticuatro años. Es hora de dejar de vivir en las nubes y ver la realidad.

Salgo de la ducha y mientras me seco le envío un mensaje rápido de Whatsapp a mi madre y a mi tía diciéndoles que he llegado bien y que las llamaré cuando pueda.

Veo que tambien tengo un mensaje de Vik, pero decido ignorarlo.

Ni siquiera lo leo. Hoy no quiero saber nada de Nico ni de la pelea que hayan tenido entre los dos y de la que yo soy culpable.

Hoy tengo cosas más importantes en las que pensar.

Me visto con unos leggins por dentro de los vaqueros y varias capas de jerseys y miro el sombrero que ayer dejé sobre el escritorio. Es el fedora de mi abuelo.

Nunca me he sentido digna de llevarlo. Todavía no lo siento, pero no saldré del agujero sin una buena dosis de valor y he pensado en un enfoque distinto.

En vez de esperar a merecerme ese sombrero, tal vez sea el sombrero el que consiga hacer que lo merezca.

Así que me lo pongo y me doy un último vistazo mientras me coloco el abrigo.

La Melania que me devuelve la mirada está llena de miedos, pero al mismo tiempo, es la más valiente que he visto jamás en ese reflejo.