Bajo todos tus sombreros –78–
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NICO

Son casi las ocho de la noche cuando llegamos de vuelta a Barcelona.

Después de dejar a Anabel y a Biel en casa, lo único que quiero es llegar a la mía y dejarme caer en el sofá.

Ha sido una mierda de día, la verdad. Me lo he pasado intentando disimular y poner buena cara, pero se me da fatal fingir y no he engañado a nadie.

Al final, hemos vuelto a casa en silencio, con la radio como única distracción.

Espero que Anabel crea que es por lo de mis padres y no se haga ideas con la visita de Mel que, por otra parte, es el motivo principal por el que no paro de comerme la olla. Tengo que sacármela de la cabeza y volver a pensar como un adulto antes de que esto se cargue mi carrera.

Sin embargo, cuando entro en casa, algo me dice que mi noche no va a ser mucho mejor. Según cierro la puerta, mi hermana se levanta del sofá y me recibe con los brazos cruzados y el ceño fruncido en una expresión de cabreo que me hace vacilar durante un segundo.

—¡Por fin llegas! Llevo un buen rato esperándote.

—¿Por qué no me llamaste?

—¡Claro que te llamé! ¡Como diez veces!

Miro mi teléfono y veo que, efectivamente, tengo notificaciones de unas cuantas llamadas suyas.

—¡Ostras! Lo siento, Vik. Fui al cine con Biel y unos amigos en Girona y se me olvidó volver a ponerle el sonido al salir. —La miro, alarmado—. ¿Qué sucede? ¿Es mamá?

Vik se acerca y su expresión no se relaja. No está preocupada. Está cabreada.

—¿Se puede saber qué coño le hiciste a Mel?

Su pregunta me deja con tres palmos de narices. Mi primera reacción es la de parpadear como un tonto, pero pronto recupero mi ego y mi orgullo herido toma posiciones en la pelea que es obvio que acaba de empezar.

—¿Qué le hice yo a Mel? —repito remarcando el pronombre. Dejo escapar una carcajada sarcástica, llena de resentimiento—. ¿Y ella? ¿Qué hizo ella?

Vik me mira, confusa.

—No lo sé, ¿qué hizo? —pregunta, braceando y exagerando.

—Utilizarme para vengarse de su ex, ¿te parece poco?

—¿Cómo que utilizarte? ¿De qué hablas?

—Ella estaba aquí cuando me llamaste ayer por la mañana. Pasó la noche conmigo, ¿te lo ha contado? —pregunto, enfadado.

—Sí, me lo ha contado hoy. Y también me ha contado que al despertar fuiste un auténtico capullo y prácticamente la echaste a patadas.

—¿Y qué querías que hiciese si me entero de que solo fui un polvo resentido para ella? Tú misma me contaste lo de David.

—¿Lo de David? Yo solo te dije que me lo había encontrado en el portal.

—Ya, ¿y qué estaba, repartiendo el correo? Melania llegó aquí hecha una magdalena. Es evidente que venía de hablar con él.

Mi hermana me mira con los ojos abiertos y, entonces, vuelve a fruncir el ceño y me suelta una colleja que me hace encogerme y frotarme la nuca.

—¿Pero qué coño haces?

—¡Tú eres tonto! —exclama—. ¡Pero tonto de la hostia!

Tío, pensé que eras más listo, en serio.

Y yo diciéndole a Mel que eras una joya…

—Sus palabras empiezan a ponerme nervioso.

Vik se cruza de brazos y esboza una sonrisa segura, que de cálida no tiene nada.

Es la expresión de alguien que se prepara para darte una lección—.

¿A qué hora llegó Mel a tu casa el día de Navidad?

Estoy bastante segura de que fue entre las cuatro y las cinco de la tarde, ¿no?

—Más o menos. ¿Y eso qué tiene que ver?

—Lo sé porque fui yo quien la animé a que viniese a verte. Estuvo conmigo toda la mañana. Y tiene todo que ver, porque yo me encontré con David en el portal alrededor de las nueve y media de la noche. ¿Quieres contarme tú qué estaba haciendo Melania a esa hora?

Me quedo mirándola paralizado. Mi cabeza no tiene ni que hacer números. Sé perfectamente qué estaba haciendo Melania a esa hora, porque lo estaba haciendo conmigo. En mi casa. En mi cama.

—Pero…

Me vuelve a caer otra colleja.

—¡Es que eres imbécil! —Sí, creo que queda clarísimo que lo soy—.

Mel pasó por casa de su tía antes de venir a verte y se encontró a su padre ahí, con su nueva mujer y una hermana pequeña que no sabía que existía hasta ese momento.

Resulta que su padre lleva tres semanas en la ciudad y ni siquiera se había dignado a llamarla.

Y para joderla más, hoy se enteró de que su abuelo le había dejado una pasta para cuando terminase la universidad, y su padre solo ha venido para ver si puede sacar tajada ahora que ella está a punto de cobrarlo.

En un mes se ha enterado de que su novio la engañó durante toda su relación, de que su padre es una mierda de persona y solo se acuerda de ella por interés, y ahora vas tú y la rematas.

Rebobino hasta escuchar las palabras de Mel cuando cometí la misma estupidez la primera vez y le reclamé que solo quería besarme para desquitarse de su ex. “No eres el único que tiene un padre de mierda” . Me lo dijo. Fue sincera. Y yo…

Ojalá el suelo se abriese y me tragase. Ojalá me partiese un rayo. Porque es lo que me merezco. Por idiota. Por borrego. Por…

—Soy imbécil.

—¡Pero de campeonato! —reafirma mi hermana—. ¿Y además te acuestas con otra al siguiente día? ¡De verdad que no te reconozco!

—¿¡Qué!? —exclamo—. Mierda, ¡no! —Chasqueo la lengua con fastidio—. Claro que no me acosté con otra. Eso fue un malentendido. Anabel vino con su hermano, que es el abogado que nos va a llevar el caso. Mel llegó en un momento muy inoportuno y se imaginó lo que no era.

—Y tú la dejaste ir creyéndolo. No se te ocurrió ir tras ella, llamarla o mandarle un puto mensaje, ¿no?

Me froto la cara, abochornado. Yo que hablaba de pensar como un adulto y he actuado como un adolescente, asumiendo sin preguntar.

Seguramente porque no creía en mi buena suerte.

Porque fui incapaz de asimilar que una mujer como Mel me hubiese elegido por voluntad propia.

Y por mi inseguridad, terminé lastimándola a ella.

—Estaba furioso… —reconozco—. Estaba muy resentido con ella, Vik. Joder, soy imbécil.

No puedo parar de repetirlo.

A mi cabeza vuelve su mirada esa mañana, cuando intentó darme los buenos días con mimos después de haber hecho el amor toda la noche y yo me aparté de ella y la invité a irse de la forma más fría y despectiva. Quisiera abofetearme a mí mismo.

—Tengo que verla —concluyo—. Aunque tenga que arrastrarme por el suelo para pedirle disculpas.

Mi hermana asiente estirando las cejas, pero aprieta los labios y se cruza de brazos.

—Deberías, sí —afirma—, pero me temo que lo tienes complicado, porque se ha ido.

—¿Cómo que se ha ido? ¿A dónde?

Vik suspira y deja caer los brazos, abatida.

—A Berlín. Su tía la llevó al aeropuerto después de comer. A estas horas estará aterrizando.

Se me cae el mundo a los pies.