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MEL
Intento hacerle una monería a la niña para que se tranquilice, pero se aparta y se abraza contra el cuello de mi padre.
—Es un poco tímida… —justifica él con una sonrisa.
—Es normal —digo.
Nos sentamos y mi tía sirve un poco de zumo.
—Bueno, cuéntame, ¿qué tal estás? —pregunta mi padre—. ¿Qué tal todo? Ya solo te quedan unos meses para terminar la universidad.
—Si todo va bien, sí. Termino este año —afirmo.
—Seguro que todo va a ir bien. Siempre has sido una estudiante aplicada —dice él.
“¿Y tú qué sabes? Si no has estado aquí para ver si estudiaba o no para mis exámenes en los últimos siete años”. Me dan ganas de decirlo en voz alta, pero no quiero añadir más tensión a la que ya hay, así que me muerdo la lengua y muestro algo parecido a una sonrisa.
Hablamos un poco de esto y lo otro. Mi padre me cuenta que viven en Angers. Se han mudado hace poco a una casa con jardín bastante cerca del centro. Mi padre trabaja como traductor para varias editoriales y su mujer es diseñadora de interiores.
No me pregunta ni una sola vez por mamá.
Supongo que lo entiendo, estando su nueva mujer delante, aunque tampoco creo que se enterase de mucho.
La tal Vèronique no parece hablar nada de español.
Probablemente sea mejor así, pero no puedo evitar sentir tristeza porque la mujer que lo dejó todo atrás en su país para seguirlo a España y darle una familia, no se merezca ni un ápice de preocupación después de haberse quedado a criarme sola.
La mujer de mi padre carraspea un par de veces y noto que mira a mi padre de forma insistente.
Parece impaciente. Sé que mi presencia le incomoda pero empieza a parecerme una auténtica capulla.
Le guste o no, soy su hija y no he visto a mi padre en años.
¿En serio pretende que mi padre me despache en quince minutos?
—Bueno, Mel, cuéntame, ¿ya sabes qué vas a hacer cuando termines la carrera? —pregunta mi padre.
—Pues no lo tengo muy claro —explico—. Siempre he querido estudiar diseño de moda, pero no puedo seguir tirando económicamente de mamá, así que tal vez busque trabajo.
—Pero antes tienes esas prácticas maravillosas que te consiguió Nico en la sombrerería —me recuerda mi tía.
—Ah, sí… Es cierto.
—Me sorprende que lo olvidases, ¡con la ilusión que te hace!
Miro a mi tía con una sonrisa esquiva y creo que ella entiende que hay cosas que tengo que contarle.
Esas prácticas me hacen muchísima ilusión, es verdad. Pero lo que ha pasado en los últimos dos días con Nico y con mi padre me tiene totalmente nublada. No sé ni por dónde ando.
—Siempre has querido diseñar sombreros —dice mi padre—. Si empiezas a trabajar ahora, después te será mucho más difícil volver a estudiar. ¿No sería mejor que continuases tus estudios?
—Claro que sí, pero ya te he dicho que no puedo pedirle a mamá que me pague otra carrera. Y mucho menos esos estudios, que no son nada baratos.
—Bueno, pero con el dinero que te dejó el abuelo debería ser suficiente.
Lo miro, confusa.
—¿El dinero que me dejó el abuelo? ¿De qué hablas?
Veo que mi tía le envía una mirada de advertencia a mi padre.
—¿Es que no le habéis dicho nada? —su pregunta va dirigida a Nanni, y yo me giro hacia ella con expresión interrogativa.
—Queríamos esperar para darle una sorpresa como regalo de graduación, ya que no puede acceder al dinero hasta ese momento de todas formas —contesta mi tía con un tono cargado de reproche.
Nanni se sienta en la última silla libre y me coge de la mano—.
Tu abuelo dejó un seguro de ahorro a tu nombre con la condición de que pudieses acceder a él el día que terminases tus estudios universitarios.
Con ese dinero podrás estudiar lo que tú quieras, tomarte un año sabático para viajar o incluso lanzar un pequeño negocio propio si así lo decides.
—¿¡En serio!?
Mi cara no puede ocultar lo bien que me cae la sorpresa.
No puedo ni creerlo. Después de la mierda de semanas que llevo, enterarme de esto es todo un soplo de aire fresco.
En casa llevamos años contando cada céntimo, sintiendo la presión de la escasez de dinero como una maza que está constantemente sobre nuestras cabezas, viviendo prácticamente mes a mes.
Saber que puedo disponer de un buen colchón me está quitando un peso de encima con el que había aprendido a vivir, pero sin el que creo que me sentiré un poco mejor.
Vèronique vuelve a cruzar un par de frases nerviosas con mi padre y veo que cabecea en mi dirección. Esta tía me cae fatal, en serio. Mi padre me mira, inquieto.
—En realidad, quería hablarte de eso.
—¿De qué?
—De ese fondo que te dejó tu abuelo.
Mi tía lo mira arqueando una ceja en actitud desconfiada y a mí, de pronto, no me gusta por dónde empieza a ir la conversación.
—¿Qué pasa con eso?
—Tu abuelo creó esa pequeña inversión antes de morir para su nieta, pero en aquel momento él solo tenía una nieta.
Sin embargo, ahora yo tengo otra hija… —Me quedo mirando a mi padre pasmada.
Mi tía, sin embargo, está a punto de explotar —.
Pero el fondo solo está a tu nombre, por lo que tendrías que firmar una cesión voluntaria de la mitad para tu hermana. ¿No te parece que sería más justo?
—¿Más justo? —No lo he dicho yo. Lo ha dicho mi tía—.
No me lo puedo creer… —explota—. ¿¡Por eso viniste!
? —Se levanta y empieza a deambular, gritando en mi nombre.
Cosa de la que me alegro porque yo me he quedado sin palabras—.
Justo ahora, cuando Mel está a punto de terminar su carrera y cobrar su dinero, apareces.
¡Por eso no sales del banco! ¡Estás intentando quitarle su dinero! ¡Otra vez!
—¡No digas tonterías! No quiero quitarle su dinero, solo quiero que mis dos hijas tengan lo mismo, ¿es eso un delito? —intenta justificarse mi padre.
—¿Lo mismo? —repite Nanni—. ¿¡Pero cómo puedes tener tanta cara!
? Obligaste a Sabine a vender vuestra vivienda para llevarte tu mitad en vez de cedérsela a tu hija, dejándolas al borde de la miseria mientras tú te pegabas la vida padre.
No les has pasado un duro de manutención en años, apenas te acuerdas de ella para llamarla y ver cómo está y ahora que seguramente lo has despilfarrado todo, tienes la poca decencia de venir a quitarle a tu hija lo poco que le queda. ¡Es que tú no tienes límite!
—Solo estoy pidiendo la mitad para Sophie. ¡Ella también es mi hija! Debería tener lo mismo que Mel.
—Lo mismo. —Mi tía suelta una carcajada cargada de ironía—.
Dime, esa maravillosa casa con jardín que os habéis comprado en el centro de Angers, ¿para quién será cuando tú la palmes?
¿Acaso vais a dejarle la mitad a Mel? —Mi padre se queda en silencio, sin saber qué contestar—.
¿Quieres que se lo pregunte a tu mujer, a ver qué opina?
Tal vez no hable francés, pero estoy segura de que puedo entenderme con ella en inglés.
—Eso es diferente… —Mi padre intenta justificarse, pero le tiembla la voz.
—Ya basta —lo corta mi tía—. Has abusado de mi generosidad.
Mentí a Mel por ti, os acogí en mi casa, y honestamente creo que lo he hecho más por esa niña, que también es mi sobrina, que porque seas mi hermano.
Pero se acabó. Tienes una hora para hacer las maletas, coger a tu familia y salir de mi casa.
No sé lo que quiera hacer Mel, pero por lo que a mí respecta, ¡te pueden dar mucho por el culo!
Mi padre se queda mudo, con los labios apretados. Sus ojos se fijan en mí, expectantes, pero yo no reacciono. Mantengo el rostro serio, inmutable.
La primera en levantarse es Vèronique, que creo que no ha necesitado traductor para entender que mi tía acaba de mandarles a la mierda.
Coge a la niña y sale echando humo del salón, encerrándose en el cuarto de invitados.
Mi padre se levanta con parsimonia y nos mira a las dos, consciente de que esa será probablemente su última conversación con nosotras en mucho tiempo.
Cuando al fin la puerta del dormitorio se cierra tras él, escuchamos el sonido de cremalleras, bolsas y fardos pesados que se arrastran.
Mi tía ocupa el lugar que mi padre acaba de dejar libre frente a mí y me coge de las manos.
—Siento haberte hecho sentir relegada, cielo —me dice, apretándome los dedos entre los suyos—. Jamás voy a cometer el mismo error. Siempre estaré aquí para ti.
Suspiro, y asiento, todavía conmovida y anonadada por todo. Tengo la sensación de que mi vida se está convirtiendo en un culebrón. Y ya de perdidos al río, el último capítulo del drama seré yo quien decida cómo escribirlo.
—Tía Nanni. ¿Puedo pedirte dinero prestado? Te lo devolveré en cuanto pueda.
Ella me mira un poco sorprendida.
—Claro, cielo. Lo que necesites. ¿Puedo preguntarte para qué lo quieres?
Bajo la vista y me miro las manos, todavía unidas a las suyas. Lo pienso un instante, intentando decidir si realmente tengo el valor para hacerlo. Entonces levanto la vista, decidida.
—Me voy de viaje.