Bajo todos tus sombreros –76–
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NICO

Biel se sube al asiento trasero del coche y nos saluda con efusividad. Anabel le responde mientras yo intento incorporarme al tráfico, que a estas horas es una auténtica pesadilla.

—¿Alguien está de mal humor esta mañana? —dice mirándome con una sonrisilla de las suyas a través del espejo retrovisor.

—Llevo una mierda de semana, Biel. No le pidas peras al olmo —replico frenando por enésima vez en un semáforo.

—Estoy segura de que ir a casa de Lucas le animará —asegura Anabel.

En este momento, dudo que hasta la espectacular colección del novio de mi mejor amigo consiga levantarme el ánimo.

Es cierto que empiezo a acusar la falta de sueño de las últimas noches, pero la visita de Mel me ha dejado tocado.

La presencia de Anabel fue increíblemente inoportuna.

Tuve que explicarle que Mel era la amiga de Vik, que mi madre se está quedando en su casa y que su tía vive en la calle de al lado, por lo que seguramente traía algún mensaje de mi familia de paso que la visitaba.

“¡Pues menuda idea se habrá hecho al verme en tu casa mientras tú salías de la ducha! Seguro que vamos a ser la comidilla de la facultad”.

A Anabel le pareció una situación muy graciosa. A mí, en cambio, me retorció todo por dentro.

Por la forma en la que Mel se fue, seguramente Anabel no se equivoca.

Y, por un lado, quizá es lo mejor que pudo pasar.

Mi orgullo herido está complacido de saber que se ha vengado, que ha acribillado al suyo.

Pero debajo de toda esa fachada de resentimiento que he construido por puro cabreo de sentirme utilizado de esa forma, está una sensación de vacío que no consigo sacarme de encima.

Si la hubiera seguido, habría salido corriendo tras ella y habría evitado que se llevase una idea equivocada. O la habría llamado cien veces en la última hora, hasta que me cogiese el teléfono. Me habría arrastrado hasta su casa si fuese necesario.

Pero no lo hice. Me quedé mirando el hueco de la escalera como un imbécil, paralizado por la presencia de Anabel y el lío en el que puedo meterme si se entera de que Mel probablemente no estaba allí para darme un mensaje de mi madre.

¿Y por qué estaba allí entonces?

Esa es otra de las preguntas que no paran de rondarme la cabeza.

Seguramente para aclararme que lo del otro día fue un error. Que estaba muy sensible y no era consciente de lo que hacía, que actuó por resentimiento y que ha vuelto con David.

Por mucho que desearía autoengañarme y buscar otra alternativa, sé que la lógica me lleva a esa respuesta. Así que, pensándolo bien, la presencia de Anabel me evitó el mal trago y redujo una conversación desagradable a unos pocos segundos de tensión.

—¡Por cierto! —El tono efusivo de Anabel me hace regresar a la realidad mientras cojo la Ronda de Dalt—. ¿A que no sabes quién apareció hace un rato en la puerta de Nico?

—¿Quién? —pregunta Biel.

—¡Melania Llorens! Una de mis alumnas de Proyecto este año. La chica de los gorritos, ¿sabes cuál es?

Biel no me quita los ojos de encima a través del retrovisor.

—Sí, la recuerdo —contesta, tanteándome con la mirada para ver si debe sonreír o no. Lo conozco y, por desgracia, él también a mí, así que en su cabeza empieza a encajar el puzle de mi mal humor con lo que Anabel le está contando—. ¿Y eso?

—Pues no lo sabemos porque se quedó tan pillada al verme a mí allí y ver a Nico poniéndose la camisa que vete tú a saber qué se habrá imaginado la chiquilla. ¡Se fue corriendo! Creo que a estas alturas ya tendremos a media facultad pensando que estamos liados.

—Eso seguro…

Biel sonríe y me mira como si yo fuese una presa. Yo frunzo el ceño y aparto la mirada, cabreado con él, con Melania, conmigo mismo y con el mundo.

Cuando llegamos a la casa de Lucas, Biel no tarda ni dos minutos en buscar una excusa para quedarse a solas conmigo.

—¿Me vas a contar qué coño ha pasado con el corderito, o te lo tengo que sacar a la fuerza? Porque algo me dice que no vino a traerte magdalenas de tu mamá.

—Ahora no, Biel —respondo malhumorado—. Anabel puede entrar en cualquier momento.

—¿Te la tiraste?

Mi amigo, como siempre, usando el cerebro lo justo. Cuando se trata de cotilleo del bueno, todo vale.

—Biel, joder.

—¿¡Te la tiraste!?

Chasqueo la lengua y me froto la boca, nervioso. Pongo las manos sobre mis caderas y lo miro con gravedad. Él ahoga un grito y se cubre la boca con las dos manos.

—¡Te la tiraste! —exclama en susurros mientras da un salto de alegría, celebrando como si yo acabase de ganar una medalla olímpica.

—¡Tschhhh! Cállate que eres un bocazas.

Biel se cuelga de mi cuello y me da un beso en la mejilla, a pesar de que yo hago esfuerzos por apartarlo.

—Te la tiraste, no me lo niegues.

—Vale sí, ¡sí, me la tiré! —admito, mirando en todas direcciones, nervioso—. Y al día siguiente resultó que solo fui el polvo de venganza. Así que, como comprenderás, no tengo muchas ganas de echar cohetes con esto.

Biel se frena en seco y me mira, serio.

—Joder, eso no mola —reconoce—. ¿Estás seguro de eso? Mira que nos conocemos y tu intuición a veces funciona tan bien como el detector de icebergs del Titanic…

—¿Podemos dejar el tema? No estoy de humor.

En ese momento, Anabel y Lucas entran en el salón con un par de copas de vino para nosotros y me dan la excusa perfecta para dejar el tema. O más bien, dejar de hablar de él, porque Biel no deja de mirarme de reojo y yo no dejo de pensar en Melania.