–75–
MEL
Mi tía aparca el coche en la plaza de garaje que tiene en propiedad cerca de su casa y me despido de ella nada más salir a la calle.
Pongo rumbo a la casa de Nico. Cuando llego a su portal, me arrepiento de haber desayunado tanto.
Mi estómago vuelve a ser una centrifugadora y no tengo muy claro que aguante el trote. Inspiro hondo y timbro.
Me sorprende una voz femenina.
—Soy Mel. Vengo a ver a Nico, ¿está en casa?
—Sí. Te abro.
Subo las escaleras confusa. ¿Será alguna de sus tías?
Cuando llego frente a su puerta, me quedo parada frente a la madera, esperando, sin saber si debería timbrar, llamar con los nudillos o simplemente no hacer nada.
Entonces la hoja se abre y me recibe la última cara que esperaba encontrarme.
Mi tutora de proyecto y yo nos quedamos mirando la una a la otra con la misma expresión de sorpresa.
—¡Melania! —exclama Anabel—. ¿Y tú qué haces aquí?
Me pongo de todos los colores. Rojo, porque no se me ocurre una explicación lo suficientemente buena para darle a una profesora que acaba de pillarme visitando a otro profesor en su casa en plenas vacaciones.
Y el resto del arcoíris, porque me pregunto qué demonios hace ella en casa de Nico por la mañana, en plenas vacaciones.
—S-soy amiga de Vik, la hermana de Nico… de Nicolás —me corrijo, casi tartamudeando.
—¡Ah! No lo sabía —dice, aunque creo que no está del todo convencida.
—¿Él está en casa?
—Está terminando de ducharse. —Sus palabras caen como una maza sobre mí. La familiaridad con que las dice, lo que llevan implícito, me destroza por dentro—. Espera, creo que ya sale. ¡Nico, tienes visita!
El corazón me bombea a toda velocidad.
—¿Qué sucede? ¿Quién…?
Nico aparece por el umbral y su voz se detiene al verme.
Yo me quedo mirando la piel desnuda que todavía puedo ver entre los botones a medio abrochar de la camisa.
Esa piel que hace solo dos noches estaba pegada a mi cuerpo, haciéndome sentir adorada y especial.
Al parecer ya no debe quedar ni rastro de mí sobre ella.
—L-lo siento. No sabía que estabas ocupado.
Sin poder soportarlo más, me doy media vuelta y me voy.
—¡Melania!
Es la voz de Anabel la que me llama, no la suya. Él permanece en silencio, para que no me quepa ninguna duda de lo que esto significa. Mensaje captado.
Cuando salgo a la calle tengo ganas de gritar y de tirarme de los pelos. ¿Pero con quién demonios me he acostado? ¿Con el maldito gigoló de la universidad? Solo lleva unos meses en la facultad y ya ha metido en su cama a alumnas y profesoras.
¿Cómo puedo haberme dejado engañar así dos veces seguidas? ¿Es que soy tan fácil para los hombres?
Casi sin darme cuenta, termino sentada en un banco que hay en los jardines frente al Camp Nou, intentando encontrar una razón a mi inhabilidad total para detectar cabrones.
Soy consciente de que con David me autoengañé a propósito.
Me cegaron sus ojos verdes, sus abdominales de hierro y su palabrería bonita, y le pasé todas y cada una de las banderas rojas que ondeaban frente a mi cara como si hubiese un vendaval.
Lo reconozco. Pero con Nico juro que no lo vi venir…
Precisamente fue el hecho de que era tan diferente a David lo que me atrajo de él.
Su forma de mirarme, de preocuparse por mí, por Vik, por su madre…
Incluso su hermana lo tiene en un pedestal. Y resultó ser un bloque de cemento.
Nico representaba esa esperanza que las mujeres guardamos de que no todos los hombres son iguales, pero ahora mismo no sé qué pensar.
Tal vez, la única conclusión posible es que yo sea el problema. Que mi incapacidad de saber leer a los hombres venga de la ausencia total de uno en mi entorno en esa época de mi vida en la que las lecciones sobre ellos empiezan a ser fundamentales.
Mi teléfono suena, interrumpiendo mis pensamientos. Cuando veo la palabra “papá” en la pantalla, dejo escapar una carcajada sarcástica. Parece cosa del destino, así que cojo la llamada.
—Hola, mein Schatz [5] —dice su voz al otro lado del teléfono.
El apodo que utiliza me hace apretar los dientes. Por primera vez me doy cuenta de que mi padre ni siquiera tiene su propio apelativo cariñoso. Siempre ha usado el de mi madre.
—¿Qué quieres, papá? —lo corto.
—Me ha dicho tu tía que estás por aquí cerca. Me gustaría mucho verte y que conozcas a tu hermana.
Tomo aire. No sé si en este momento estoy preparada para enfrentarme a esto, pero por otro lado, tampoco me apetece más prolongar lo inevitable.
Cuanto antes mejor. Ya que hoy estoy abriendo heridas, será mejor hacer la sesión completa.
Sin anestesia. De hecho, creo que eso es justo lo que necesito para entender qué demonios está pasando con mi vida.
Volver a las fuentes, al origen de todo.
De pronto lo veo claro. Aunque me duela enfrentarlo, creo que si no ato los cabos que otros han dejado sueltos y con los que he estado tropezándome toda mi vida, nunca seré capaz de avanzar.
—Tienes razón. Me paso por ahí en unos minutos.
Cuelgo la llamada y me levanto, decidida.
Mi padre abre la puerta con una sonrisa comedida y un abrazo que me suena más a compromiso incómodo que al cariño de un hombre que lleva años sin poder ver a su hija, a la que ha extrañado.
—Estás tan mayor… —me dice, acariciándome la mejilla con el pulgar.
—Eso ya lo dijiste el otro día.
Sé que eso ha sido una bordería, pero no me sale nada más.
—Ven. Quiero presentarte a…
—A tu familia, supongo.
No puedo evitarlo. Me duele. Me duele ver a mi padre jugar a la familia feliz con otra mujer y otra hija.
En la vida real estas cosas no deberían ser como en los videojuegos, donde puedes resetear y volver a empezar.
Quizá estoy siendo injusta, pero en este momento soy yo la que siente que el mundo no ha sido justo conmigo.
—Esta es Vèronique —me dice ignorando mi corte y presentándome a su nueva mujer.
Ella y yo nos miramos, pero ninguna hace ademán de acercarse a la otra más de lo necesario.
Es una mujer más joven que mamá, rubia y de ojos claros.
Me dan ganas de reírme cuando pienso que parece más alemana que mi madre.
Y no solo en el aspecto, sino también en la actitud.
Tiene una expresión fría, distante, nada agradable.
Me queda claro que para ella yo no soy alguien a quien esté deseando conocer.
Soy la hija de la otra. Esa atadura con el pasado que a buen seguro llevará años intentando cortar.
Y por la reducción gradual de llamadas de mi padre, es evidente que lo estaba consiguiendo.
Así que este viaje tiene que ser una enorme piedra en la suela de su zapato.
Sin embargo, ahora está en mi territorio. Esta es la casa de Nanni. Casi como si la hubiese atraído con el pensamiento, mi tía sale de la cocina y se coloca detrás de la francesa, donde yo pueda verla, para decirme que no estoy sola.
—Y esta es Sophie —sigue mi padre, ignorando la tensión creciente entre las mujeres de la sala.
Sin preguntar, arranca a la niña de los brazos de la madre, que se pone nerviosa y discute en un francés del que yo apenas entiendo un par de palabras que se parecen al catalán. No me hace falta entender mucho para saber que a su mujer no le hace gracia esta situación.
Mi padre me acerca a la niña, que me mira con los ojos muy abiertos.
Parece asustada y no puedo evitar sentir lástima por ella.
Solo es una niña de cuatro años que no entiende lo que está pasando a su alrededor.
Solo sabe que su madre no está contenta.
Que nadie en esta sala lo está. Y de alguna forma, ella es el centro de todo sin merecerlo.
—Esta es tu hermana —nos dice a las dos.
El concepto de tener una hermana pequeña, después de tantos años, se me hace increíblemente extraño.
Nos une la sangre, pero somos unas completas desconocidas la una para la otra.
Y la distancia se extiende a tantos campos diferentes que me da vértigo.
No solo no nos conocemos. Tampoco hablamos el mismo idioma, ni vivimos en el mismo país, y nos separan casi veinte años.
¿Cómo demonios voy a establecer relación alguna con ella?